Eric Hansen: el caminante de Borneo

Eric Hansen: el caminante de Borneo

Borneo cuenta con algunos de los parajes más inexplorados y remotos del planeta. Eric Hansen se sumergió entre sus selvas a pie, solo, sin más ayuda que un buen mapa y una mochila por lugares donde –según los nativos–"sólo pueden viajar los espíritus". Convivió durante muchas semanas con gente encantadora y superó exitosamente asechanzas y peligros en este rincón recóndito del planeta. Descubre su huella y su vida.

Escribe: Viajeros.com
publicado

 
 

Eric Hansen ha emprendido un sinfín de viajes y así es como ha conocido Afganistán, Nepal, Extremo Oriente, Australia y Oriente Medio, donde naufragó en una isla desierta del Mar Rojo. Ha trabajado como conductor de un jinrikisha y como barbero en el Hogar de Pobres y Moribundos de la madre Teresa de Calcuta. Ha escrito numerosos artículos para periódicos norteamericanos y para Geo Magazine y Australian Geographic. Pero el mayor reto que ha superado este viajero deseoso de descubrir y vivir el mundo fue explorar una de las islas menos conocidas del mundo: Borneo.

El inicio de la aventura

Eric Hansen: el caminante de BorneoHansen adquirió el mejor mapa de Borneo que pudo encontrar y se lanzó a la aventura. Así fue como provisto tan sólo de una sábana, una muda de ropa y una mochila con artículos para trocar con los nativos, se encaminó a las zonas señaladas como "desconocidas" en el mapa. El resultado de ese viaje fue “Un forastero en la selva”, un relato de aventuras y, al mismo tiempo, una descripción de la selva y del pueblo Penan –los nativos de la región- y una mirada íntima a una forma de vida que está en trance de desaparecer.

Eric recorrió la tercera isla más grande del mundo completamente a pie, desligándose del mundo “cotidiano” y sus comodidades para introducirse como un aprendiz en un mundo desconocido. Explorador sin ansias de fama, este hombre fue más allá de los bordes de la civilización y regresó feliz, después de haber cruzado la fascinante isla.

Aprendizajes

En su viaje aprendió a manejar el cuchillo y a distinguir hongos y frutas venenosas, intercambió artículos occidentales con los penan por alimentos y guía para sobrevivir en la espesa jungla y, como Stevenson en Umolu y Samoa, contó cuentos occidentales y los adaptó a las tradiciones locales.

Generalmente se tiene la idea de que las grandes exploraciones han terminado con la conquista de los polos, y posteriormente de los picos del Himalaya, y que no hay ya nada que explorar. Hansen demostró con su relato y su viaje que el mundo siempre tiene nuevos caminos para recorrer, y que depende de cada viajero hacer los caminos que están marcados o aventurarse a hacer su propia huella. Sin embargo, a lo largo de tres intentos que se suceden a lo largo de cuatro meses, Eric se da cuenta que no puede cruzar la isla solo, y menos aún sin seguir las normas elementales de vida en la isla: debe convertirse en un buen trocador para sobrevivir, pues tierra adentro no aceptarán su dinero, y la única manera de seguir es aprendiendo a ser un mercader al estilo de la isla.

Eric Hansen: el caminante de BorneoEn su libro Hansen cuenta: “Practicaban un complejo sistema de trueque. Era evidente que en muchas zonas tendría que cambiar géneros por la labor de los guías y para hacer regalos. Ciertos géneros se vendían en las tierras altas por cinco o diez veces su precio de compra, pero no había conocido a nadie que supiera o estuviera dispuesto a decirme cuáles eran estos artículos.”

Finalmente consiguió un comerciante especializado en este tipo de comercio que lo asesora sobre los materiales y rituales para el trueque, con lo que realiza sus compras y se adentra en la selva de Borneo con dos guías penan, que en realidad son los dueños de la selva. El hombre occidental comienza a transformarse poco a poco con las vivencias cotidianas: “Era evidente que empezaba a afectarme el hechizo del entorno natural en el que me hallaba.”

El encanto de los mapas

Más allá del ánimo vibrante y lleno de expectativas en este momento del viaje, Eric confiesa que siempre ha sufrido un miedo muy grande a extraviarse, y más aún en una zona casi desconocida. Es por que eso que hizo el viaje con el mapa impreso, por inexacto que fuera, para adquirir confianza. Así fue como aquella tranquilidad en una situación en la que podría haber sido extremadamente vulnerable constituía un auténtico placer para el viajero.

En su libro cuenta al respecto de los guías y el disfrute del camino: “Era un alivio liberarme de los problemas del destino, el tiempo y la dirección. Bo ‘Hok y Weng –sus guías- se encargarían de todo ello... Al prescindir del elemento de control imaginario de mi entorno, observé de repente que la inmediatez de mis experiencias se intensificaban sobremanera. Era una delicia pensar sólo en el tiempo presente. Más o menos por entonces llegué a aceptar finalmente el hecho de que la selva tropical no era un territorio caótico al que debía enfrentarme y conquistarlo. No había nada que conquistar, y el caos se debía por completo a mi inexperiencia.”

El placer del descubrimiento

A medida que Hansen se iva adentrando en la selva, el placer del día a día se fue haciendo más fácil de encontrar en las pequeñas cosas... y eso es fundamental para que una persona pueda sentirse y ser viajera. Respecto a esto Eric comenta: “..me di cuenta de que el gran logro no estribaba en el recorrido físico, sino que el valor del viaje consistía en los encuentros cotidianos, mientras que el destino iba convirtiéndose en un subproducto del viaje.”

Eric Hansen: el caminante de BorneoAsí es como en estas vivencias continuas se hace amigo de las diferentes tribus de la isla, pero también entra en conflicto con su propia cultura y por momentos se desespera de estar en la selva: “La experiencia del viaje por la jungla se había vuelto embrutecedora, pero lo peor de todo era que cada vez tenía más conciencia del tiempo que llevaba ahí... Había pasado en el interior el tiempo suficiente, deseaba salir de allí, quería un respiro de la jungla, sumirme de nuevo en las comodidades de mi cultura, aunque tan sólo fuese por un día.”

El camino interno

Entre las tribus de la selva viajar lejos se considera bueno. Eric habla con varios sabios de las tribus y así es como descubre que la tribu de los kenjah llaman a esta práctica “peselai” (el largo viaje), y los iban “bejelai” (caminar). Esta tradición se remonta a la época en que cazaban cabezas. Así, a los tres meses de andar en la selva y muchas veces solo (pues sus guías lo han dejado al terminar un tramo), un anciano le dice: “No sólo recoges hojas y cortezas de árbol, tuan. Has venido desde muy lejos, también tú haces un peselai. Eres como nosotros.”

La mirada del otro

Varias tribus conservan entre sus mitos la imagen del “bali saleng”: es un monstruo que pide un tributo de sangre (humana) a cambio de la realización de grandes proyectos dentro de la selva. Generalmente el bali saleng era en realidad una invención de los grandes latifundistas que llegaron para establecer plantíos de arroz y sometían a sus deseos a los nativos con esta historia.

El tema es que, la descripción del bali saleng coincidía con la descripción física de Eric, por lo que se ve en problemas con una comunidad. Aunque el bali saleng no puede ser muerto, muchos lo intentan y así, el autor pasa de la confianza que llegó a adquirir en la selva al miedo profundo. El explorador se ve entre la aceptación en una comunidad a la que no pertenece y el rechazo de otras que lo consideran “forastero” y tratan de eliminarlo.

Aprendizaje y enseñanzas del camino

Eric Hansen: el caminante de BorneoEric finalmente sobrevivió a estas amenazas y tantas otras. Finalmente en el momento de llegar al fin de su viaje, reflexiona: “Quería finalizar el viaje en un estado de euforia, navegando por una tranquila corriente en la jungla, el corazón golpeándome en el pecho, sintiéndome fuerte por haber sido capaz de poner a prueba mi límites de resistencia. No se trataba tanto de los aspectos físicos como de la increíble gimnasia mental que acompaña a los grandes viajes: la soledad y las dudas constantes sobre mi capacidad de adaptación en un entorno desconocido. Aprender a sentirme cómodo con la vulnerabilidad y a reírme de todos los problemas que me creaba: tales fueron las auténticas lecciones.”

Un párrafo aparte merece la idea constante y sonante de libertad que este viajero se tomó para realizar este viaje... libertad que muchas veces anhelamos, pero que en situaciones límite muchos no saben cómo sostener. Respecto a ello Hansen cuenta: “Me encantaba pensar que el viaje había sido un asunto tan privado. No había ninguna presión por parte de los patrocinadores, ninguna fecha tope ni obligación para con nadie, excepto conmigo mismo. Había disfrutado de libertad para tomarme el tiempo que quisiera, y ése había sido uno de los grandes lujos del viaje”.


Buscar artículos sobre...