Mary Kingsley, la reina de África

Mary Kingsley, la reina de África

Mary Kingsley (1862-1900), convirtió los últimos años de su vida en una auténtica aventura por tierras africanas, cuando apenas nada en su anodina vida lo hacía presagiar.

Sorteando todo tipo de obstáculos que van desde su condición de mujer hasta los temibles fang, realizó importantes estudios etnológicos y científicos en una época en la que la raza blanca se afanaba en demostrar su superioridad respecto a otras razas en un tiempo en el que, dentro de la organización que esta misma raza blanca había establecido en occidente,el hombre se consideraba superior a la mujer.

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"Un negro no es un blanco subdesarrollado de la misma manera que un conejo no es una liebre sin desarrollar". Con su particular estilo, irónico y tajante, acallaba Mary Kingsley las voces de aquellos que en su presencia defendían la supremacía del hombre blanco, así como acalló con sus hazañas los argumentos de aquellos que consideraban a la mujer como un ser inferior (a pesar de haber defendido también ciertas posiciones demasiado conservadoras con respecto a cuestiones que favorecían la liberación de la mujer).

Mary Kingsley, la reina de ÁfricaMary Henrietta Kingsley nació el 13 de octubre de 1862 en Londres. Hija del doctor y trotamundos George Kingsley y de su criada Mary Bailey, se salvó de ser considerada hija bastarda cuando su padre decidió casarse con su madre cuatro días antes de que nuestra protagonista viniera al mundo. Tuvo un hermano, Charles, quien, a pesar de mostrar una discreta capacidad intelectual, llegó a cursar estudios superiores en Cambridge. Mary, de cuya inteligencia nadie se preocupó, se encerraba en la biblioteca de su padre, donde devoraba libros de viajes y obras científicas, geográficas o históricas, además de las cartas que éste, el gran ausente de su vida, le enviaba desde los lugares más exóticos del planeta. Este cúmulo de información que su cerebro iba absorbiendo le despertó el apetito por conocer el mundo que parecía desplegarse más allá del jardín de su casa, escenario de la mayor parte de sus días. Nada en su anodina vida hacía presagiar las excitantes experiencias que le aguardaban para ser vividas durante los últimos siete años de su existencia. Fueron unas desgraciadas circunstancias las que propiciaron la marcha de Mary hacia el continente negro.

En 1892 y en un plazo de seis semanas pierde a sus padres. El destino lógico en aquella época de una mujer de treinta años, soltera, que había pasado toda la vida cuidando de un hermano menor ante la incapacidad de una madre enfermiza que tampoco podía prescindir de sus cuidados y que no se sentía capaz de hacer otra cosa que no fuera acusar en demasía las ausencias interminables del marido, no era otro que el seguir cuidando de su hermano, esto es, convertirse en su criada. En lugar de eso, y favorecida por la marcha de Charles a China, decidió poner rumbo a África con el propósito de concluir el libro que su padre dejó a medias sobre las culturas indígenas, basado en los estudios realizados durante sus eternos viajes.

Viaje inaugural a África

Como preparación para su primer periplo africano pasó unas vacaciones de aclimatación en las Islas Canarias donde despertó, o quizá sería más correcto decir, se reafirmó su espíritu aventurero. Así mismo, y siendo consciente de que uno de los mayores peligros a los que habría de enfrentarse sería una lista interminable de enfermedades, hizo un curso de enfermería antes de partir, en julio de 1893, cuando embarcó rumbo a África a bordo del carguero Lagos. "Con el convencimiento de que nadie me necesitaba, muertos mis padres en un intervalo de seis semanas y a raíz de que mi hermano se fuera a Oriente, me dirigí al África occidental para morir". Pero..."África me divirtió, fue amable conmigo y no quiso matarme de inmediato".

Mary Kingsley, la reina de ÁfricaPrestando atención a las decenas de consejos recibidos de parte de sus atónitos familiares y amigos pero sin plantearse la cuestión de adecuar su vestimenta a la realidad africana, pareció adaptarse a su nueva vida y superar condicionantes como el sofocante calor, la comida o el hecho de ser mujer (era la única de toda la tripulación) y además blanca, con relativa facilidad.

La primera escala del viaje fue Freetown, Sierra Leona, donde se dejó embriagar por el perfume de las flores, el colorido de los mercados, la sensualidad de aquellos cuerpos masculinos apenas cubiertos y la exuberancia femenina envuelta en ropajes de llamativos tonos. A Sierra Leona le siguieron Liberia, Costa de Oro, Benín, Camerún y la actual Angola, donde permaneció unos meses iniciando sus estudios etnográficos. Comerciando con telas, ron o tabaco consiguió desplazarse hacia el norte hasta llegar al Estado Libre del Congo, propiedad personal de Leopoldo II, el sanguinario y cruel monarca belga de cuyas atrocidades, perpetradas en aquel rincón del planeta, informó Mary a su buen amigo y periodista Edmund D. Morel, quien capitaneó una campaña informativa en contra del terrible rey. Su viaje terminó en el protectorado británico de Calabar (actual Nigeria), habiendo viajado por el Congo Francés y Gabón recabando datos sobre los ritos religiosos que allí se practicaban.

Primeros escritos

Volvió a Inglaterra en enero de 1894 sabiendo que tarde o temprano habría de regresar a África. Necesitada de dinero para emprender su siguiente periplo, se dirigió al Museo Británico con los especímenes que había traído consigo; el profesor Günther, admirado por la calidad de los mismos y la posibilidad de hacerse con muestras de especies hasta entonces desconocidas, le brindó su apoyo y le cedió todo el material científico que Mary pudiera necesitar. Su segunda baza era la editorial MacMillan, y a ella se dirigió con el manuscrito de su padre que ella había completado con sus vivencias.

El editor, viendo la calidad de la parte escrita por Mary, le ofreció publicar sus experiencias y hallazgos científicos a su regreso. Por último, se le presentó la oportunidad de viajar como dama de compañía de Lady MacDonald, que se dirigía a reunirse con su esposo, el gobernador de Calabar.

Viaje a Calabar

El 23 de diciembre de 1894 partieron ambas a bordo del trasbordador Batanga. Cuando llegaron a Calabar, el gobernador instó a Mary a que les acompañara a la isla española de Fernando Poo, donde él tenía algunos asuntos que resolver. Allí pudo iniciar sus estudios antropológicos sobre los bubis y tomó una valiosas fotografías que serían publicadas en Londres.

Mary Kingsley, la reina de ÁfricaEn aquellos meses de actividad incansable recabó importante información etnológica y científica, recogió peces e insectos en los manglares para el Museo Británico, cuidó de los enfermos de tifus por la epidemia desatada en la zona y visitó a la misionera Mary Slessor, quien le proporcionó información de incalculable valor sobre las costumbres y ritos de los pueblos que habitaban la zona. Su siguiente aventura, una vez abandonado Calabar, consistió en remontar el río Ogoué, convertida en comerciante para la compañía Hatton and Cookson, con la intención de investigar a los fang, los temidos caníbales.

"El canibalismo de los fang, pese a ser un hábito frecuente, no me parece que represente un peligro para los blancos. La única molestia consiste en tratar de impedir que alguno de tus acompañantes negros sea comido. (...) Los hay que dicen que se comen a sus familiares, pero no es cierto que lo hagan. Lo que sí hacen en comerse a los familiares de sus vecinos, a los que ofrecen a cambio sus propios muertos". Los fang la ayudaron y la acogieron y entre ellos se entabló una relación muy especial.

Antes de regresar a Inglaterra se convirtió en la primera mujer en llegar a la cima del monte Camerún (Mungo Mah Lobeh, Trono del Trueno) por una ruta virgen hasta la fecha.

Su vida editorial

En noviembre de 1895 retorna a su país natal, donde comienza a escribir su primer libro sobre sus experiencias africanas que llevará por título Travels in West Africa (MacMillan, 1897). En él, el africano es descrito como una persona y no como un salvaje al que civilizar.

Se convirtió en un personaje muy popular, algo que ella aceptó con recelo, debido a la previsible manipulación de la prensa sensacionalista que, lejos de destacar sus logros científicos y sus investigaciones etnológicas, se esmeraba en subrayar su carácter demasiado excéntrico para la época.

Otros dos libros escritos por Mary vieron la luz: West African Studies (MacMillan, 1899) y The story of West Africa (Horace Marshall, 1900).

Mary Kingsley, la reina de ÁfricaEncontró la muerte a la temprana edad de 37 años durante su tercera estancia en África. Entonces se vio inmersa en la guerra entre los bóers y Gran Bretaña, donde ejerció de incansable enfermera voluntaria. El 3 de junio de 1900 moría víctima de la enfermedad del tifus, después de sufrir insoportables dolores. Su cuerpo encontró reposo eterno en el fondo del mar, tal y como ella deseaba, tras unos funerales con honores en Simon´s Town (Sudáfrica).

Un rasgo destacable de Mary Kigsley era sin duda su agudo e irónico sentido del humor del que podemos disfrutar en frases como estas:

"Si me hubiera ataviado con prendas de vestir masculinas, me habría clavado las estacas y habría muerto. En cambio, a excepción de unos cuantos cardenales, allí estaba yo, con la falda arrebujada sentada sobre nueve estacas de ébano de unos cuarenta centímetros y gritando para que me sacaran de allí."

"No voy a decir que un país coloreado de verde o de amarillo bilis invite a visitarlo, pero es posible que esos colores delaten la falta de sentido artístico del cartógrafo."

"De modo que me lancé con gran fervor a leer libros que hablaban sobre las misiones y, ¡ay!, descubrí que lo que aquella buena gente hacía en sus crónicas no era describir el país en el que residían, sino explicar cómo avanzaba hacia lo que debía ser y lo necesario que era que los lectores apoquinaran más sin pararse a pensar en la reducida cantidad de almas convertidas comparada con lo abultado de sus donaciones."

"Me comporto de forma exquisita, casi como una santa, y me maravilla mi actitud; estoy ocupada intentando decidir si mi aureola debía ser un sencillo aro circular o uno sólido, con forma de plato, cuando el señor Hudson se dirige al señor Cockshut y le dice con una voz cargada de reproche: -Tiene mosquitos aquí, señor Cockshut."

Terminaré este artículo con uno de mis fragmentos favoritos de sus escritos: "La majestuosidad y la belleza de la escena me fascinaron tanto que me quedé allí contemplándola, con la espalda apoyada en una roca. No imaginen que todo aquello hizo brotar en lo que me place llamar mi mente la complejas reflexiones poéticas que la belleza natural despierta en la mente de los demás personas; eso es algo que jamás me sucede. Lo que yo experimento es la sensación de perder el sentido de la individualidad, olvidar cualquier recuerdo de la vida humana, con sus penas, sus preocupaciones y sus dudas, y pasar a formar parte de la atmósfera. Si hay un paraíso, el mío es ése; es más, creo firmemente que si me dejaran el tiempo suficiente ante una escena como esa, o sobre la cubierta de un navío en una ensenada africana, contemplando cómo la chimenea y los mástiles oscilan ociosamente recortados sobre el cielo, me encontrarían muerta y sin alma."

Este artículo fue escrito por lachunga.


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