Los parques nacionales de Islandia son reductos de magia y belleza en estado puro; pero lo que los llena de misterio es saber que están vivos y en evolución, que todo cambia con el paso del tiempo, tanto de forma inmediata por su climatología, como también de improviso por su actividad volcánica, o pacientemente con el transcurso de los años; que a nivel geológico, representa un período infinitesimal en la vida de la tierra.
Si bien visitar estos espacios protegidos es un placer ineludible, recorrer cualquier otro rincón, de esos que ni siquiera aparecen en las guías, no es menos provocador. Así, sin más, es posible ver una casa blanca con su tejado rojo, bajo un acantilado totalmente verde y separado de un mar de arena negra azulada, por unos cientos de metros y con una catarata sorprendente cayendo a cuatro pasos de su jardín. O sino más: una pequeña lengua glaciar que se escapó de su manto original y fue a decorar el paisaje inmediato que se ve por su ventana.
Naturaleza en movimiento
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La naturaleza en Islandia no está separada de la vida, es parte de ella en sí misma; no está recluida allí donde el hombre le permite desenvolverse sino que habita en cada rincón y deja que el ser humano la ocupe, pero sin excesos. Sus habitantes son huéspedes circunstanciales que aceptan que, en una tierra con mas de 200 volcanes –30 de los cuales están activos– y situada sobre la unión de las placas continentales americana y europea, cualquier fenómeno geológico es posible; de hecho, la frecuencia media de las erupciones volcánicas se sitúa en una cada 4 años...
Si te dicen que los acantilados del sur se separaron del mar porque al retroceder los hielos de la época glaciar liberaron un peso que hizo emergen en algunos metros el nivel de la isla, esto resulta –para un mortal como yo– un hecho difícil de concebir. Si además te lo dicen mientras caminas por un campo de lava que hace unos años no estaba ahí y mirando las laderas de una montaña que desprende humo con olor a azufre y tonalidades rojas, fucsias, violetas, azules, ocres, amarillas, verdes y demás, se te hace tan extraño como escuchar un relato de Julio Verne mientras te internas en sus descripciones. No en vano eligió el cráter del volcán Snaefellsjökull para iniciar su “Viaje al centro de la tierra”. Que el sentido común se pierda en lo que se puede ver allí y en lo que creemos que puede existir, es un hecho que se constata a cada paso.
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Para un fotógrafo de paisajes Islandia es un sueño, pero también un reto y sobre todo un esfuerzo contra la incredulidad que provocarán sus fotografías si consigue robarle el alma y la esencia a los lugares a los que apunte con su objetivo. Para un senderista, es un espacio surcado de posibilidades, de sorpresas a cada paso, donde no cabe la monotonía ni la indiferencia; todo merece ser visto y explorado. Incluso con sólo cambiar el punto de vista o el momento del día, creeremos estar en un lugar diferente cada vez.
Un recorrido al interior, lo agreste y virgen
Para su visita, la red de carreteras islandesa nos proporciona una ruta fácil que circunvala todo el perímetro de la isla y que es muy apropiada para un primer contacto con el medio. Pero lo más interesante se encuentra hacia el interior, o por lo menos lo más agreste y virgen. Allí se pierde el asfalto y sólo hay pistas poco o nada transitables con vehículos que no sean todo terreno, haciéndose necesario cruzar ríos en los que el agua puede llegar con facilidad a cubrir una cuarta parte de su altura. Esto nos dará acceso a las Tierras Altas, desiertos del interior o a regiones como Sprengisandur con sus arenas negras.
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Landmannalaugar
Situado en el interior sur, Landmannalaugar es un paraíso de colores y senderos, con planicies de lava de formas agónicas y pasillos caóticos, enervadas aristas de piedra o suaves colinas de riolita, andesinas y obsidianas, ríos de aguas termales, pozos de barro burbujeante o nieblas sulfurosas que emanan de sus fumarolas. Si a esto le sumamos ese color obsesivo del mugo –por destacar sobre una superficie ya irreal en si misma–, los cielos amenazantes con sus perfiladas nubes y ese ambiente prehistórico de las primeras eras de la tierra, decir que has estado en Islandia es como decir que has viajado a la luna.
La región de Landmannalaugar, en particular, es accesible a través de la red pública de transportes; muy enfocada y preparada, por cierto, a los espacios naturales, pero que no cubre las zonas más aisladas, en las que casi no hay infraestructura alguna, ni tampoco islandeses.
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Hólaskjól
Otro espacio singular y poco conocido es Hólaskjól, también al sur. Enclavado en un entorno de coladas de lava y ríos encajonados por estrechos pasos rocosos, no deja de ser un lugar solitario y esquivo, por el que muchos pasan y pocos se detienen.
El trekking que lleva hasta la laguna de Alftavôtn sigue el curso de las oscuras aguas, descubriendo parajes insólitos, cubiertos completamente por líquenes y bañados por sucesivas cataratas de hilarante belleza. En la misma región, y a pocos kilómetros, la falla del Eldgjá nos muestra un cañón, que en cuanto a su forma me recuerda en parte al de Ordesa, en Aragón, pero con la peculiaridad de los materiales volcánicos que lo recubren y el manto verde que pinta las faldas de sus estilizadas paredes.
La cascada de Ófærufoss, por la que entra el río Nyðri en la fisura, no deja de ser un reducto idóneo para la contemplación y el deleite de las aguas esmeralda que rompen las coladas y el móberg, creando dos niveles en su caída, antes de abrirse paso a través de la cuenca fluvial que aparece en su base. Y todo esto sólo supone una ínfima parte de lo que se originó por las erupciones del Eldgjá, mil años atrás; un cataclismo geológico que influenció en la orografía de gran parte de la isla y repercutió sobre la atmósfera y la climatología del hemisferio norte y en particular, de Europa.
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Vatnajökull y el Parque Nacional
A pesar de todo, y en contraposición al propio significado del nombre de la isla, la tierra del hielo, Islandia sólo retiene bajo su manto gélido el 12% del territorio. Circunstancia que no le impide presumir de poseer el glaciar más grande de Europa, el Vatnajökull, accesible a través de Skaftafell, y en cuyo Parque Nacional, sus circos, lenguas y morrenas se expanden, creando lugares espectaculares, como el lago Jökulsarlôn, con infinidad de icebergs a la deriva.
Decir que el espesor medio del hielo ronda los 400m, llegando incluso en algunos lugares a 1 km, nos da una idea de las magnitudes de este espacio helado, que cubre más de 8100 km2 de superficie. Pero como siempre y a parte de las cifras, integrarse en el entorno es su mayor atractivo. El trekking –que partiendo de la zona de acampada de Skaftafell asciende al pico de Kristínartindar– nos ofrece una bella vista de una de las lenguas mayores, que bordea en toda su extensión hasta ganar altura para acceder a la belleza de su circo. La catarata de Svartifoss, entre columnas de basalto, nos sorprenderá en su recorrido y, si hay suerte y bastante sol, podremos ver el arco iris que decora su base.
En resumen, describir la sensación de libertad y descubrimiento que ofrece Islandia, el país más joven del mundo, así como sus paisajes remotos y vivos, no es trabajo de unas solas líneas, sino de muchos libros y buenas palabras. Viajar a sus tierras, aquí o allá, nos abrirá un mundo de posibilidades que nos hará pensar abiertamente, que por mucha experiencia que tenga uno, aún hay lugares que nos recuerdan que no lo hemos visto todo.
® 2006 Miguel F. Martín
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