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Escribe: jehane, desde: España

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Jerusalén, la ciudad de la paz
La ciudad santa de los árabes “al Qods”, la de la paz para los judíos –eso significa en hebreo– ha sido destruida y reconstruida en numerosas ocasiones. Cada centímetro de tierra está cargado de historia. Si uno espera a que el conflicto palestino-israelí se calme para visitarla, será difícil poder ir alguna vez. Jerusalén, con su ciudad nueva y su ciudad vieja, es un sitio como pocos en la tierra: mito, leyenda, historia y religión.
Jerusalén, la ciudad de la paz

"Todo se ocupa aquí del oficio de la memoria:
las ruinas recuerdan, el jardín recuerda,
el pozo recuerda sus aguas
y el bosque plantado recuerda sobre una placa
de mármol el lejano Holocausto
o incluso sólo el nombre de un donante muerto
que se recordará más que otros nombres"

Y. Amijai

En los últimos meses parecía que las cosas marchaban por buen camino hasta que en marzo de este año hubo el asalto a la cárcel de Jericó que volvió a enrarecer el ambiente ya de por si tenso. Tres días después del asalto volaba rumbo a Tel Aviv, con el corazón encogido, no sólo por pensar que todo podía estallar en cualquier momento, sino porque me disponía a visitar uno de esos lugares míticos que pueblan mis sueños. ”El año que viene en Jerusalén...” se había convertido en muchos años de espera hasta que al fin me decidí a ir.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 

El primer golpe de vista es impactante porque uno se siente en Europa al llegar a Israel y para nada tiene la sensación de estar en Oriente Medio. El aeropuerto, las carreteras, los pequeños pueblos que se divisan en la lejanía, los cultivos, todo respira prosperidad.

Al aproximarnos a la ciudad se observan las colinas que la rodean, llenas de colonias judías que desafían con su presencia la reivindicación árabe como capital del estado Palestino. Crecen por todas partes los asentamientos, algunos de ellos rodeados por muros electrificados, con espectaculares torres de vigilancia, que en la lejanía parecen la torre de control de un aeropuerto construido en el flanco de la montaña.

Jerusalén está dividido en varios sectores: el este es el antiguo sector árabe que los jordanos dominaron con la ciudad vieja y los santos lugares –desde 1948 hasta la guerra de los seis días– y la reunificación definitiva. El oeste y el sur son la zona judía, más desarrollada y próspera.

La Ciudad Nueva

La Ciudad Nueva carece de atractivos particulares, pero a pesar de no ser especialmente hermosa está llena de lugares interesantes y se respira en ella un ambiente bullicioso y cosmopolita. Su construcción es reciente, ya que data del s. XIX en que se empezaron a edificar las primeras casas fuera de las murallas.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 

Museo del Holocausto
La primera visita obligatoria en la zona nueva es el Museo del Holocausto, un conjunto de varias construcciones recientemente renovadas. Yad Vashem es un lugar sobrecogedor, el arquitecto ha sabido expresar el sufrimiento del pueblo judío. La exposición se hace de manera clara en un corredor central y varias salas laterales que van explicando cronológicamente la tragedia. El centro de documentación recoge en su cúpula redondeada los nombres de todos los judíos muertos en la shoah y es posible añadir alguno si se dispone de datos que lo corroboren.

La visita finaliza en un balcón de cristal con vistas al valle arbolado, es una ventana a la esperanza después del impacto de las imágenes que se han visto. En el conjunto de edificios también pueden verse un memorial en recuerdo de los niños muertos, en el que –en completa oscuridad, sólo iluminado por 4 velas que se multiplican al infinito por un juego de espejos– se asiste a la letanía constante de los nombres de las víctimas. La “alameda de los justos” recorre el lugar, con árboles plantados en nombre de todos los justos, aquellos no judíos que ayudaron a salvar vidas durante el período nazi.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 

Barrio ortodoxo de Mea Shearim
Otra de las curiosidades de la ciudad nueva es el barrio ortodoxo de Mea Shearim. Una pancarta en la entrada, advierte de la necesidad para las mujeres de llevar ropa adecuada, es decir: nada de pantalones, faldas cortas y escotes. Los hombres tampoco pueden pasearse en pantalón corto. Es asombroso observar cómo el tiempo parece detenido en esos hombres vestidos a la usanza del siglo pasado, de negro, con sombrero de ala ancha y tirabuzones que les caen a ambos lados de la cara, seguidos de mujeres casi niñas, con largas faldas oscuras, zapatos de plataforma y pelucas que les cubren el pelo original, que es preciso esconder... y varios niños de edades similares que llevan en su mayoría el mismo traje que sus padres. Hay niños por todas partes, cuantos más mejor, niños tristes, con esa tristeza en la mirada del que no es libre de correr a su libre albedrío.

Shabbat

La celebración del shabbat, que se extiende desde el atardecer del viernes al del sábado, es un momento crucial en la vida de estas comunidades ortodoxas.Como es obligatorio permanecer sin hacer esfuerzos físicos, muchas familias pudientes se trasladan a pasarlo a los hoteles, donde además de poder comer sin necesidad de cocinar, pueden utilizar “el ascensor sabático” que se detiene en todos los pisos evitando así el esfuerzo de siquiera presionar los botones.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 

Las calles aparecen desiertas esa noche y es un buen momento para pasear hacia la Ciudad Vieja sin el agobio de los coches, prácticamente inexistentes. Sólo se cruza uno con algún judío ruso, con sus inconfundibles inmensos gorros circulares de piel que parecen salidos de algún lugar remoto de Siberia. Como otros muchos ortodoxos, se aprestan a ir a rezar al muro, donde se reúnen y beben vino dulce que ofrecen al turista que quiera entablar conversación con ellos.

Otra opción en la noche del shabbat es dirigirse a los bares nocturnos de la avenida Ben Yehuda y sus aledaños, dónde los jóvenes laicos desafían a la religión ingiriendo hamburguesas (no se debe mezclar el queso y la carne) o bebiendo alcohol hasta la madrugada.

La Ciudad Vieja


La ciudad antigua se encuentra rodeada por una imponente muralla con 8 puertas: Yafo, Sión, de las Basuras, Dorada, San Esteban, Herodes, Damasco, Nueva; todas ellas aún abiertas excepto la famosa “puerta dorada”, por la que algún día Mahoma y Jesús entrarán para anunciar el fin de los tiempos. Un paseo agradable es ir rodeando la muralla hasta recorrerlas todas.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
La entrada a la Ciudad Vieja bien puede hacerse por la puerta de Yaffa, la misma por la que entró Allenby y la recuperó para los árabes después de haber estado en manos turcas. Esta es la puerta que normalmente utilizaban los peregrinos. A un lado se encuentra la Ciudadela del s. XII construida donde se encontraba el emplazamiento de las torres de Herodes. Desde esta puerta uno puede adentrarse en el barrio cristiano, de callejuelas estrechas llenas de puestecitos de venta, o bien a la derecha hacia el barrio armenio, con calles sin apenas comercio, llenas de viejos carteles alusivos a la masacre del pueblo armenio, con imágenes impactantes. Parece como si los armenios hubieran querido reivindicar una tragedia tan enorme como la del pueblo judío, que sin embargo ha permanecido en la sombra.

La Ciudad Vieja está dividida en varios sectores que sólo la presencia de militares judíos determina: barrio judío al sur, barrio armenio al sudoeste, cristiano al oeste y musulmán al noreste. De todos ellos, el barrio judío es el que ha sufrido más renovaciones en los últimos años puesto que fue destruido en 1948 por la legión árabe. Poseer una casa en este lugar es para muchos judíos un sueño por el que luchan toda la vida, sueño en ocasiones inalcanzable, vistos los precios inabordables que anuncian las agencias.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
Si se pasea por el cardo máximo, la calle principal de los romanos, en un lateral se puede acceder a una escalerita que nos pasea por las azoteas de las casas y nos lleva a una pequeña terraza, lugar privilegiado desde el que se puede observar el muro de las lamentaciones y la explanada de las mezquitas. Y aquí es donde a uno –si no lo había sentido antes entre el barullo de las callejuelas llenas de vendedores– le recorre un escalofrío por el cuerpo ante este brusco encontronazo con la historia.

El muro está dividido en dos partes por una empalizada, para que mujeres y hombres hagan sus plegarias separados. Arriba, justo encima, la explanada de las mezquitas con la cúpula de la roca dorada resplandece al sol. Parece una paradoja: el edificio más impresionante, sobrecogedor y hermoso de la ciudad está allí sobre el muro y es árabe.

Nos quedaríamos contemplándolo horas acodados en la barandilla del balcón. Con los cambios de luz, el brillo destelleante del oro nos hace guiños. Allí arriba, en ese espacio inmenso se han vivido tantas tragedias, la última: la visita de Sharon que comenzó la Intifada. Cuentan que Hussein de Jordania vendió uno de sus apartamentos en Londres para sufragar la renovación del revestimiento de láminas de oro del Domo de la Roca.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
El muro de las lamentaciones es lo que queda del templo construido por Herodes –son sus cimientos– y que fue destruido por los romanos en el año 70 d.C. Visitar el muro de las lamentaciones requiere pasar estrictos controles de seguridad en los que en ocasiones no faltan las preguntas. Una vez dentro de la plaza, los hombres deberán ponerse una kippah –que pueden obtener allí mismo– para acercarse y poder tocarlo. Los religiosos velan para que las personas que acceden no tengan ningún comportamiento indecente.

La gente escribe deseos en pequeños papeles y los incrusta entre las rendijas de las piedras. Los más fanáticos se dan golpes contra ellas y se retiran andando marcha atrás. Cientos de niños de las colonias acuden cada día al muro, vigilados por jóvenes armados ante la psicósis de algún atentado.

En el mismo lugar hay un acceso para la explanada de las mezquitas que los turistas sólo pueden utilizar en determinados días y horas. Desde la Intifada se han restringido mucho las visitas a este lugar. Aunque el mejor acceso es el que utilizan los musulmanes, oculto al final de un pequeño pasaje cerrado, no lejos del muro. Allí los controles de los guardias judíos son menos formales pero es preciso obtener el permiso de las autoridades religiosas musulmanas.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
Unas escaleras empinadas dan acceso a la explanada en la que se encuentran los 3 principales monumentos de la religión musulmana. El Domo de la Roca, que recubre el lugar desde el que Abraham se preparó para realizar el sacrificio de Isaac y en el que Mahoma ascendió al cielo; la Mezquita de Al Aqsa, lugar sagrado donde lo haya para los fieles y que después de La Meca y Medina todo musulmán debe visitar. Por último, la Mezquita Subterránea de la que el muro de las lamentaciones es una de las paredes. El acceso y visita a estas últimas es muy difícil para las personas no musulmanas.

Dentro del Domo de la Roca pueden admirarse mágnificas vidrieras datadas de la época de Solimán. Alrededor de la roca, para preservarla de los visitantes, hay una barrera de madera del s.XII. Los fieles se agolpan junto a ella y rezan o charlan en familia. En el subsuelo se encuentra una cripta en la que se venera –la que dicen es– la huella del pie de Mahoma.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
La mezquita Al Aqsa data del s. VII pero tuvo que ser reconstruida en el s.XII. En el Museo Islámico que se encuentra junto a ella pueden admirarse magníficos coranes iluminados, cerámicas, etc. En el subsuelo y accediendo por una escalera de piedra se encuentra otra mezquita subterránea de la que el muro de las lamentaciones es una de las paredes. Cuentan que en ella perecieron miles de musulmanes. Simplemente decorada y carente de todo adorno superfluo está en proceso de reconstrucción. Se respira en ella un aire de recogimiento y tranquilidad que no puede tenerse en Al Aqsa, mucho más bulliciosa y visitada. Bellos jardines rodean el conjunto, en la explanada se reúnen a rezar los viernes miles de musulmanes.

A los lugares santos del cristianismo se accede a través de la Vía Dolorosa que se encuentra actualmente en el barrio musulmán. Miles de peregrinos realizan este recorrido, algunos de ellos con cruces a cuestas.
El Santo Sepulcro es una inmensa iglesia que comparten 6 comunidades diferentes: coptos, sirios, etíopes, armenios, católicos y griegos ortodoxos. Los etíopes tienen su convento en la terraza, así como sus pequeñas casitas de adobe en las que viven ajenos al bullicio de la ciudad, parece una pequeña África en medio de Jerusalén. Aparte de las diversas capillas también encontramos la que dicen es la tumba de Cristo, guardada con celo por un monje ortodoxo que vela a que la visita al minúsculo cubículo en que se está, dure lo menos posible, ya que las colas para entrar son interminables.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
La vista más impactante de la Ciudad Vieja es sin duda la que se tiene desde el Monte de los Olivos, que permite observar la magnificencia del conjunto de la explanada así como las murallas. A los pies se encuentra el cementerio judío más antiguo del mundo, que tiene las tumbas de varios profetas.

Descendiendo por una de las laderas del monte está el Jardín de Getsemaní, con sus 8 olivos milenarios que fueron testigos según la tradición, de la traición de Judas. También se encuentran en los alrededores la tumba de la virgen, El Pater Noster y la Iglesia de María Magdalena, ejemplo de templo ruso con sus bulbos dorados resplandecientes.

Atravesar las callejuelas empedradas entrando y saliendo por las diferentes puertas es uno de los paseos más agradables que pueden hacerse. También es posible recorrer bastantes trechos de la muralla y gozar allí arriba de una vista privilegiada sobre los valles que rodean la ciudad.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
En los pequeños cafés del barrio muslmán se puede hacer un alto para beber un té o bien ese café turco fuerte y difícil de digerir, mientras se fuma una pipa de agua. Los árabes se reúnen allí para jugar a las cartas y charlar y es un buen lugar para encontrar a alguien que te cuente mil y una anécdotas sobre la ciudad. Y cómo no, comprar en los abigarrados puestos algunos dátiles, almendras, incienso, telas, objetos religiosos... o barbies con techador, lo último en muñecas. El bazar se extiende por muchas callejuelas y está siempre lleno de gente.

Si uno se ha salvado del “síndrome de Jerusalén”, ese mal que dicen que aqueja a algunos visitantes que provoca estados de histeria en el que se creen enviados divinos, no se salva sin embargo de un sentimiento profundo de estar en un lugar cargado de simbolismo para la humanidad, y por ello, incluso para las personas no religiosas, de estar en un lugar mítico. Ya decía el poeta israeli Amichai: “El aire de Jerusalén está saturado de oraciones y sueños, como el aire polucionado de las ciudades industriales”.

Jerusalén, la ciudad de la paz
 
Según me alejaba de la ciudad hacia el desierto de Judea y el paso de Bet Shean, tenía la sensación de que volvería de nuevo, no me dió tiempo a visitarlo todo, no me dió tiempo a empaparme de sus gentes y de sus conflictos. Había sin embargo dedicado tiempo a ver, a visitar, pero sobre todo a charlar. Porque Jerusalén, independientemente de las visitas culturales o religiosas es sus gentes, árabes israelíes, árabes jordanos, árabes apátridas, palestinos, judíos sefarditas o askenazis, cristianos…

Sin duda, el impacto mayor me lo dieron las conversaciones, las historias, las preocupaciones, las situaciones absurdas que viven muchos de ellos, obligados a no poder abandonar la ciudad porque no tienen ningún pasaporte. La Jerusalén que me quedó fue la de esas personas que me la describieron, que me relataron sus penas y alegrías y sobre todo su esperanza de futuro, del cansancio que tenían unos y otros por la situación y el deseo de poder un día compartir la ciudad en toda quietud.

Pero la imagen que guardo es la de un joven, casi un niño, que empuñando una ametralladora, se paseaba con toda impunidad por la avenida Ben Yehuda una noche de shabbat. Retuvimos la respiración al verlo, nos cruzamos con él intentando pasar inútilmente desapercibidos, como las pocas personas que estaban a esas horas. Todos haciéndonos pequeños para no ser vistos, pero no hizo nada, ni un gesto, siguió su camino sin que nadie le dijera una palabra. Imágenes como esa sólo se me ocurren allí, pués en ningún otro lugar la violencia y la paz están tan presentes en los espíritus y son ambas, caras de la misma moneda. Basta una pequeña chispa para que se incendian los espíritus.

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orfava dijo:

Lindo artículo que magicamente me hizo sentirme en aquellos dias de viaje porJerusalem. Como no recordar los eventos que enrarecen el ambiente, las penas y alegrias de quienes la habitan, la respiracion retenida por hechos impensables que acrecentan la esperanza de algún día disfrutarla en paz

lunes, 13 de noviembre de 2006, a las 14.07

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