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Escribe: menta, desde: Venezuela

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Bruce Chatwin: pasos como palabras
Bruce Chatwin es un escritor británico que se ha dedicado también a la vida del viajero. Con una formación en arqueología, su vida fue ante todo diversa. Luego de su trabajo en la casa de subastas Sotheby como Director del Departamento de Impresionismo, viajó a África para descansar de una larga temporada en el ambiente artístico. Después de sus labores de profesor de Arqueología y corresponsal del periódico The Sunday Times, dio inicio a los viajes que lo llevarían a dejar su cargo; viajes que se convirtieron en la materia prima de sus textos.
Bruce Chatwin: pasos como palabras

Todos los sentidos como si fueran nuevos, como si hubiera que darles uso por primera vez, esa es la predisposición de la que habla Chatwin cuando se refiere al viaje. La captación de lo que es ajeno, de lo que genera extrañeza extiende nuestras propias fronteras. Y, en lo que hace a travesía estrictamente, aplicar lo mejor que se pueda el sentido común: no sirve de nada cargarse de cosas, de compras. Hay que estar dispuesto a dejar, a desprenderse para seguir viaje tan liviano como se lo empezó, o más. Dirá que lo mejor es llevarse ropa de descarte, cosas que no representen grandes afectos para que los objetos abandonados continúen su ciclo de uso en otras personas. Ir renovando el stock a medida que se avanza para volver a dejar lo adquirido y así, hasta la vuelta. Al cabo del viaje el entrenamiento del desapego se habrá internalizado, habrá ablandado nuestro espíritu tendiente a la posesión y a la conservación.

El modo de poseer de Chatwin se concreta a través de su escritura. Es en la palabra donde se apropia. Es parte de construir la libertad necesaria para que el viaje sea completo; esa libertad que te permite modificar el rumbo a tu antojo sin fechas de vuelta que te apremien. Sin embargo, libertad, sostendrá Chatwin por ahí, no debe asociarse a imprudencia. La imprudencia no es heroísmo.

La necesidad de viajar es el principal motor de su escritura. Una vez en el sitio de los deseos, la tinta fluye. Después de su viaje a la Patagonia argentina, Chatwin dio forma al primer libro por el cual se haría famoso como escritor e inauguró a los 37 años un modo de construir relatos de viajes como una de esas fórmulas que funcionan porque ofrecen las proporciones adecuadas de cada cosa.

Bruce Chatwin: pasos como palabras
 

Atracción por lo suntuoso, pero también por lo sobrio: movimiento pendular que es producto de los salones de exposición en los que debía poner en juego su bagaje de conocimientos y gusto refinado y, por otro lado, el contraste de experiencias crudas y despojadas en África. O la vida nómada de los aborígenes australianos que caminan generación tras generación, marcando con sus cantos ancestrales una ruta de avance. Ahí está el ojo y la tinta para captar ese pasar sin dejar rastro, a diferencia de él.

Chatwin plantea la gran controversia de muchos aspirantes a viajeros de estos tiempos: ¿Cómo se hace en la cumbre de una carrera, en la cima del éxito y rodeado de lujos para dar el paso que dispare más allá de las propias fronteras? Es un caso extremo. La pregunta funciona sin las palabras “cumbre” ni “lujo”. Una especie de llamado interno proyecta su voz hacia afuera de muchas maneras. Cuando Chatwin decide viajar a Sudán, su vista le pedía un descanso. Pasaba horas y horas entregado a la tarea de detectar autenticidades y falsedades en obras pictóricas que valían mil veces mil viajes.

¿Para qué viaja uno si no es para escribir? parece decir Chatwin. El libro viene antes o después pero siempre hay un libro asociado. Disparador o producto. Voz que impulsa o resultado final, el viaje y el libro casi que se hacen, se leen o se escriben juntos.

Sentidos alertas, soledad, poco equipaje, nada de fechas de retorno y libertad para decidir a medida que se avanza parecen constituir los requisitos para empezar la aventura. Como ya se ha dicho, Chatwin consideraba que prestarle atención al temor es un buen recurso. Suele ser una buena consejera la intuición, una aliada en la soledad.

¿Y qué hacer cuando se ha llegado a destino de un sitio absolutamente desconocido, extraño por completo? Dirá Chatwin que los bares y las iglesias son los mejores sitios para que el parroquiano se sienta conmovido por el alma del viajero y le brinde protección y amparo, al menos con su charla.

Chatwin y la leyenda


Así como se internó y conoció pueblos orales, cuyos relatos constituyen la historia y la identidad de la comunidad, la vida de Chatwin también tiene algo de leyenda, de agregados, de ficciones que él en sus relatos autobiográficos contribuyó a generar. Sus excentricidades y una especie de práctica del desapego lo hacen una figura atractiva y extraña, anti-ortodoxa, admirada y cuestionada.

Bruce Chatwin: pasos como palabras
 

El viaje a Australia, del que surge su último libro, Los trazos de la canción, es el que mayores repercusiones originó, puesto que Chatwin se internó en la búsqueda del camino que recorrían las poblaciones nómadas tratando de encontrar cuál era la lógica de sus avances, los mojones que lo determinaban, y luego de dibujar el continente con sus pasos incansables, develó el misterio. Halló que la línea de continuidad estaba dada por los sonidos que integraban canciones ancestrales y que los caminantes reconocían y reproducían a medida que continuaban la marcha. Ese cambio de lógica es lo que fascina a Chatwin y lo que deja transparentar su escritura. El ojo que sale de su centro para buscar otras ópticas. En Los trazos de la canción también denuncia el vil negocio que Occidente gestó en torno a los productos culturales de los aborígenes. Un negocio que enriquece a unos pocos y que vacía, despoja a otros, somete a las leyes del mercado las más bellas simbolizaciones a través de las cuales se sostiene una cultura.

¿Cuáles son los elementos a los que Chatwin recurre para incluir en sus relatos? ¿Cuál es el criterio de selección que su ojo profesional recorta de todo aquello que ve y pliega para preservar en la memoria y luego en la escritura? La respuesta es una: las cosas simples, los detalles que hacen a una cotidianeidad diferente, las señales que marcan la diferencia como un alfabeto distinto en el que se escribe otra historia. Chatwin, el escritor, es también lector de esas huellas que hay que saber leer para codificar porque no sólo requieren el conocimiento que su formación en Arqueología pudo proporcionarle, sino la sensibilidad para dejarse penetrar por otras cosmologías, y la curiosidad para luego de explorarlas, cargarlas de un sentido que no pertenece a parámetros propios sino al rico cruce que se produjo en el contacto. La posibilidad de llevarlas luego a la trama del texto tiene que ver con su espíritu fabulador, un poco de antiguo cuentacuentos tiene aquél que hace de lo que conoce un relato que detiene el tiempo, porque una vez que comienza ya no hay quien pueda abandonarlo sin más.

Tanto pueblo oral recorrido ha hecho del caminante su narrador, ese que seduce por la palabra, que convoca la atención y mientras dura su decir detiene el mundo. El multifacetismo de Chatwin aportó tanto a su conversación que podía acaparar la escucha de quienes lo rodeaban, porque en sus palabras como en sus novelas confluían el saber del científico, el refinamiento de los salones de arte, el apasionamiento del explorador y las voces que en sus viajes habían entrado en él para habitarlo. Por eso, dentro de la producción de Chatwin encontraremos no sólo las voces ficcionales de las novelas y su voz autobiográfica en los ensayos, sino también las de las múltiples entrevistas que realizó como periodista y que plasmó desde su ojo avizor, atento a los detalles.

Pero Chatwin no fue ni es sólo palabras. Parte de la atracción que le generaba el mundo primitivo de barro, hojas, sol, tierra como centro, como madre, fuego como espíritu, se halla estampado en las fotografías que su cámara registró. Esas imágenes se pueden encontrar junto con los ensayos que integran ¿Qué hago aquí?

Libros andantes

Bruce Chatwin: pasos como palabras
 

Su primera novela, En la Patagonia, explora cómo se había instalado y desarrollado en Argentina la colonia galesa que arribó en el s. XIX. La colina negra de 1982 también se adentra en la vida campesina de los galeses. En 1980, los viajes a Brasil y a Dahomey habían inspirado El virrey de Quidah, relato que se centra en el origen del comercio de esclavos. Dos años antes de su muerte, Chatwin escribió Los trazos de la canción, novela en la que indaga la vida de los aborígenes de Australia y el fenómeno de nomadismo. Por último, Utz de 1988 aborda la obsesión de un coleccionista checo de porcelana. Ya a su muerte, se dio a conocer una selección de escritos que se editaron bajo el nombre de ¿Qué hago aquí? Su obra se resume entonces en seis libros de viajes, algunos ensayos y los artículos autobiográficos que se publicaron póstumos.

En los polos de la erudición o de la sencillez más absoluta, su escritura permite construir ese Chatwin complejo, amante de lo variado. El lector puede percibir claramente la influencia de Stevenson y de Junger. Hombre versátil, dispuesto a los cambios y al juego de las metamorfosis, algo que surge siempre como producto de los grandes viajes pero que también tiene que ver con el acto de escritura.

La torre del escritor


Se dice por ahí que la única morada estable de Chatwin en medio de su amor y el deslumbramiento que le produjo el nomadismo ha sido el arte. La cita que sigue es una bella prueba de su pluma para quienes no tiene el placer de conocerlo. Se denomina “Una torre en la Toscana” y dice así:

“Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes. Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios u enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor, u que ingenuamente creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en alguna parte. Incluso entre los muy grandes se encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstói, que trabajaban en sus bibliotecas; Zola, con una armadura junto a su escritorio; Poe, en su cabaña; Proust, en la habitación tapizada de corcho.

 

Por otra parte, entre los itinerantes está Melville, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts lo echó a perder, o Hemingway, Gogol o Dostoievski cuyas vidas, por elección o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un hotel a otro, de una habitación de alquiler a otra, y el último en una prisión en Siberia.

Por lo que me atañe (y por lo que me valga), he intentado escribir en lugares tan variados como una choza de barro africana (con una toalla mojada en la cabeza), un monasterio del Monte Athos, una colonia de escritores, una casucha en el páramo y hasta una tienda. Pero no bien llega la tormenta de arena, o comienza la estación lluviosa o un martillo pilón destruye toda esperanza de concentrarme, me maldigo y pregunto ¿qué estoy haciendo aquí, por qué no estoy en mi torre?”

Ampliar las fronteras


La crítica actual en lengua hispana casi no le reconoce mérito, pero Chatwin sigue diciendo desde su obra que lo prolonga, en la paradoja a la que condena la palabra escrita: paradoja porque es ausencia y presencia, porque es lugar fijo y viaje, porque es convención y ruptura, que la clave de la libertad se logra allí donde el ser humano extiende las fronteras, no las que se despliegan delante de sus ojos, sino aquellas que ciñen su mente y su espíritu.


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