Ya lejos del manto opresor de la religión y las luchas sangrientas de clanes, Dublín ha aprovechado la apertura económica e ideológica al estrechar lazos con el continente europeo.
Actualmente la tercera parte de la población isleña vive en esta ciudad, que en su momento fue la segunda ciudad del antiguo Imperio Británico. No hace mucho tuvo la oportunidad de mostrar su mejor cara al mundo cuando fue Capital Cultural durante 1991, logrando atraer más turistas y enriquecerse de modernidad.
Dublín está emplazada en una llanura rodeada por los montes Wicklow y dividida por el río Liffey, que se abre al mar de Irlanda a través de una extensa bahía. La ciudad sola te invita a recorrer a pie sus calles para descubrir todos los rincones que vieron nacer a prestigiosos escritores y sublimes músicos.
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Su historia comienza con el nombre de Dyflin, cuando los vikingos fundaron en el siglo IX el núcleo de lo que sería más tarde Dublín. Arrebatada a los vikingos por los caballeros anglo-normandos, el lugar se convirtió con el tiempo en una importante ciudad que acogió a gentes de todos los rincones de Europa, quienes contribuyeron de forma importante al crecimiento de la ciudad. Finalmente, ya por el siglo XVII se comenzó a construir el nuevo Dublín cerca del mar y del río Liffey, donde hoy se contemplan los más bellos paisajes.
Posiblemente sea la capital disfrutable de Europa; en invierno fría por fuera debido a su situación geográfica, pero muy cálida por dentro, mejora sus frutos según pasan los años. En verano se pueden recorrer sus maravillosos parques y disfrutar de lo mejor de la ciudad: su gente. El pub es el santuario donde se practica un viejo lema del país: «un extraño es un amigo al que aún no se conoce». Así recibe Dublín a los viajeros, con los brazos abiertos.
Por sus calles, buscando la identidad
Aunque la invasión y ocupación que sufrieron de los ingleses durante tres siglos (hasta 1921) —y que dura todavía en el norte de la isla—, acabó con la mayoría de los monumentos históricos; el tesón y la pasión de los irlandeses dota a la ciudad con otro tipo de riquezas, como el vigor de las tradiciones acumuladas en mil años de historia, el amor a la propia historia que se manifiesta en su música, generalmente tan triste, y en un puñado de escritores inmensos como los que pocos países pueden exhibir: Oscar Wilde, Jonathan Swift, Bernard Shaw, Flann O''''Brien, Samuel Beckett, James Joyce, Thomas Moore, Sheridan, Yeats... los cuales, por cierto, disponen de un precioso museo colectivo y de varios particulares.
Siempre verde
Toda Dublín en sí se semeja a un gran parque. Tanto el gobierno como los habitantes de la ciudad son fanáticos de la jardinería y ocupan parte de su tiempo en cuidar y embellecer su tierra con hermosos jardines. Así, el mismo Dublín de grandes filas de viviendas burguesas y neoclásicas, de sólidos edificios de piedra gris, es un jardín inmenso. Por toda la urbe crecen o aparecen mercados de flores, y entre hileras de edificios siempre se pueden apreciar parques de variados tamaños. Eso explica que una capital con pocos habitantes, poco más de un millón, tenga una extensión territorial tan vasta. Además, esta ciudad cuenta con el parque urbano más grande de Europa, el Phoenix, sin olvidar otros tan bellos como el St. Stephen''''s o el céntrico College Green.
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Dublín no posee grandes obras monumentales, pero eso no le quita belleza, de hecho la realza, ya que como los mismos dublinenses gustan decir, “la belleza está en el detalle”. Y no mienten. Las deliciosas puertas georgianas de muchas calles dublinesas encaminan inevitablemente al paseante hasta el Trinity College, el conjunto arquitectónico más soberbio de la ciudad, fundado en 1591 por Isabel de Inglaterra. De allí, se puede seguir el recorrido hacia el castillo, a las tres catedrales y a un puñado de nobles edificios civiles.
El visitante siempre quedará asombrado por la armonía de los frentes de las casas de frugal arquitectura, todas ellas al menos con una chimenea. Si uno se detiene, podrá ver que casi cada puerta, con sus brillantes colores, es una verdadera obra de arte.
Mientras se camina, merece la pena acercarse hasta Four Courts, un edificio construido entre 1786 y 1802 por James Gandon que ha alojado en su interior las cortes de la Judicatura, la Cancillería, el Tribunal de Hacienda del Rey y los Tribunales Comunes. En la actualidad es la sede de las cortes irlandesas.
Dublín es una ciudad armoniosa y limpia, apaciguada... salvo cuando los estudiantes alborotan las calles, y eso es común que pase, ya que más de la mitad de la población de la ciudad cuenta con menos de 28 años, y muchos de ellos son estudiantes de otros países que vienen a disfrutar de la hospitalidad irlandesa.
Trinity College
Sin duda este es uno de los edificios más emblemáticos de la capital irlandesa. Fue fundado por la reina Isabel I en 1591 sobre un monasterio previamente confiscado, y en su interior se conservan cantidad de obras literarias, entre las que destaca el Libro de Kells, que es una copia manuscrita de los evangelios realizada en el siglo IX.
Museos
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Dos museos destacan sobre el resto: el Museo Nacional y la Galería Nacional. El primero, inaugurado en 1890, hace un recorrido por la historia irlandesa desde la Prehistoria a la Independencia, con abundancia de piezas celtas y vikingas. Este museo cuenta con tres secciones, la de Antigüedades Irlandesas, Arte e Industria e Historia Natural, que tiene una importante muestra de ciervos prehistóricos irlandeses, conocidos como Irish Elk. Sin embargo, es la sección de Antigüedades Irlandesas la que conserva las piezas más importantes, entre las que se cuentan el Cáliz de Ardagh, el Alfiler de Tara y la Cruz de Cong.
Por otro lado, la Galería Nacional es la mejor pinacoteca del país, con cuadros de Caravaggio, Rubens, Vermeer, Goya o Velázquez.
Hay otros muchos museos interesantes que visitar en Dublín, uno de ellos es la Galería Municipal Hugh Lane de Arte Moderno que debe su nombre a su fundador. En su interior se pueden apreciar pinturas de Augustus John, Boudin, Corot, Monet y Renoir. Sin embargo la colección privada de Hugh Lane no se encuentra de forma completa en el museo debido a un contencioso en su testamento con la Galería Nacional de Londres, que finalizó con la salomónica decisión de dividir en dos partes la colección y repartirla entre ambos museos.
Las tres catedrales
Dublín se caracteriza, tanto en el aspecto arquitectónico como en el religioso, por tener un gran número de iglesias y nada menos que tres catedrales: la Catedral Iglesia de Cristo, la Pro Cathedral y San Patricio. La Catedral Iglesia de Cristo fue fundada en 1083 por el rey danés Sitric, y demolida y reconstruida por los normandos entre los siglos XII y XIII.
La Pro-Cathedral fue construida en el siglo XIX imitando varios templos, como la iglesia parisina de San Felipe du Roule o el Theseum de Atenas.
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Pero la más simbólica de las tres catedrales es sin duda la dedicada al patrón de Irlanda, San Patricio. El primer arzobispo anglo-normando, John Comyn, la fundó en 1191, añadiéndose la torre en el siglo XIV y la aguja en el siglo XVIII. Fue en el siglo XIV cuando la catedral albergó la sede de la universidad, hasta que ésta fuera suprimida por el rey Enrique VIII. La catedral está vinculada al autor Jonathan Swift, quien desempeñó el cargo de deán entre los años 1713 y 1754, y cuyos restos mortales reposan en esta catedral.
Castillo de Dublín
El Castillo de Dublín ha sido testigo de la historia de la ciudad y un símbolo de la dominación inglesa. Fue mandado construir por el rey John en 1204. Emplazado sobre una antigua fortaleza danesa, en él estuvieron encarcelados algunos de los más importantes líderes rebeldes. El edificio actual es en su mayoría del siglo XVIII, y aunque su aspecto externo no es muy llamativo, su interior tiene múltiples salones, entre los que se destacan el de San Patricio, en donde se celebra el ascenso del Presidente de la República de Irlanda.
Dublín y Joyce
Dublín, por donde se la vea, irradia literatura. Sus calles han visto nacer a cuatro premios Nobeles del arte de las letras –W.B Yeats, Samuel Beckett, Seamous Heaney y Bernard Shaw-, así como a literatos de la talla de Oscar Wilde o James Joyce. La literatura sigue imbricada en las calles, las costumbres y el acontecer diario de Dublín y un simple paseo por la capital irlandesa permite imbuirse en su pasado literario.
Realizar una caminata por la ciudad puede servir muy bien para conocer a James Joyce, ya que en las calles de Dublín se respira la obra de este dublinés por excelencia quien, pese a vivir apartado de la ciudad durante décadas, nunca pudo quitar de su pensamiento a esta tierra. A través de los años, el seguir los pasos del autor por la capital irlandesa se ha convertido en toda una tradición en Dublín. El 16 de junio, ya conocido como el “Bloomsday”, cientos de ‘joyceanos'''' llegados de todo el mundo reviven el recorrido de Leopold Bloom, el protagonista de ''''Ulises'''', por la ciudad con la obra en la mano y dispuestos a embeberse de cuanto destile literatura –y porqué no, de una cerveza-, ya que el espíritu de Joyce también se encuentra en pubs tan típicos como el de Davy Byrne o Egan''''s, entornos que han dado vida a acaloradas discusiones en ‘Ulises'''' o a noches de alcohol y penas en ‘Dublineses''''.
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Otros recorridos aconsejables son el museo de Joyce en la torre Martello, que fue su morada y sirvió de trasfondo para el primer capítulo de ''''Ulises''''. La Torre Martello, fue una de las muchas que se construyeron en la costa este irlandesa para resistir la invasión de las tropas Napoleónicas. Dicha torre se ha convertido en la Torre Joyce, y en ella se reúne una exposición sobre la vida y obra del irlandés más influyente del pasado siglo XX.
También se puede visitar el Colegio Belvedere, una institución de la que el propio autor formó parte y que queda perfectamente manifestada en la obra ‘Retrato de un artista adolescente'''', y que permite ahondar en la vida del autor e impregnarse de la esencia de la maravillosa ciudad.
Sin embargo, el Dublín literario no es sólo obra de Joyce. Pese a la lejanía que autores como Beckett o Wilde mantuvieron deliberadamente de la vieja ciudad irlandesa, aún es posible encontrar sus huellas en ella. Para hallarlas, nada mejor que visitar el ''''Dublin Writer''''s Museum'''', una joya que recoge todo lo relacionado con la vida y obra de las grandes figuras literarias de Dublín.
Los míticos pubs
James Joyce, el más ilustre guía de la capital de Irlanda, la vieja Ath Cliath céltica, se equivocó. Seguramente resultaría herético aclararlo, pero el mítico escritor reducía la verdad geográfica al asegurar que era imposible cruzar aquel Dublín que tan bien conocía y tanto le molestaba sin tropezarse con algún pub. Pues visto desde otro punto de vista, lo que realmente resulta imposible es viajar por Irlanda sin encontrar en las calles de cualquier localidad o en la placita de cualquier aldea, un buen Irish pub: la institución más auténtica y cabal de los irlandeses.
A Dublín pueden faltarle algunas cosas, pero si hay algo que no falta, y que de hecho algunos dicen que sobran, son pubs. Algunos son lugares habituales de reunión llenos de historia, como Kehoe''''s, The Long Hall, Neary''''s, Ryans o Doheny and Nesbitt''''s. En todos ellos se sirve la popular cerveza negra Guinness, cuya fábrica puede visitarse.
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Estos templos de la cerveza, de la cerveza negra particularmente, son en realidad el monumento popular que las gentes de Irlanda han dado a su manera de vivir y de entender la vida y la muerte; el refugio de sus tertulias, de su simpatía cordial, de sus soledades, de sus juergas, de sus peleas. Y son tan acogedores porque los irlandeses son gente hospitalaria y dada a la charla.
El rejuvenecimiento
Dublín presume de sus pubs añejos, como los del sur del río, y de sus casas de estilo georgiano. Pero tras esas puertas pintadas de colores trabajan los nuevos creadores dublinenses buscando nuevos cauces de expresión. La Dublín del siglo XXI sorprende con sus tiendas de diseño y con sus locales de moda donde se gestan nuevas tendencias. Es una ciudad llena de galerías de arte y espectáculos en vivo, con músicos, clowns y malabaristas en sus calles, con exposiciones en sus magníficos museos y por supuesto con genuinos pubs que conviven armónicamente con los locales más alternativos.
Para conocer el costado nuevo de la ciudad, es imprescindible dar un paseo por calles como Dame St., la arteria principal del barrio bohemio de Temple Bar, una de las zonas con más tradición e historia de Dublín que se ha transformado en los últimos años en el centro cultural y noctámbulo de la ciudad, con teatros, galerías, pubs, tiendas de diseño y restaurantes.
En el norte está también la verdadera arteria vital de la ciudad: la calle O''''Connell, llena de referencias y recuerdos del mundo de Joyce y punto de referencia para casi todo.
Hoy Dublín es por su tamaño una ciudad accesible, perfecta para el paseo y en la que es imposible perderse. Una ciudad en la que ni siquiera su clima impide disfrutar de su espíritu joven y renovado, lleno de oportunidades para la juventud. |