Uno encuentra personas, actitudes, anhelos y posibilidades que no cuadran con las ideas preconcebidas. Pocos países pueden ser, en la actualidad, tan diferentes de la imagen burda y parcial que nos hacemos con unos pocos elementos: en este caso, Jomeini, el chador y las mezquitas. Todo esto existe, evidentemente, pero también muchas cosas más. Entre ellas, un pueblo acogedor, curioso, que no quiere permanecer anclado en el pasado. Y además, algunos de los monumentos más grandiosos levantados por el hombre en toda su historia.
Irán es un país inmenso, imposible de recorrer en un solo viaje. Y si hay que perfilar un itinerario básico, no hay muchas dudas: Isfahan y Persépolis están a la altura -como ciudad viva y como monumento histórico- de cualquier otro destino en el mundo. La UNESCO los clasificó hace tiempo como Patrimonio Mundial de la Humanidad, y son los objetivos fundamentales para una primera inmersión en este país inmenso, variado y sugestivo. Shiraz es la puerta de acceso a Persépolis, y Teherán la entrada y salida del país, que merece una parada.
Teherán
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El encanto de Teherán se encuentra en su propio carácter y personalidad más que en los edificios majestuosos. Uno de los principales atractivos son sus museos, muchos de los cuales están considerados como los mejores en su especialidad. Algunos edificios interesantes en la ciudad son el Palacio de Saad Abad; la Mezquita del Imam, también conocida como la Mezquita Real; el Palacio Golestan, donde fueron coronados los dos reyes de la dinastía Pahlevi; el Antiguo Parlamento; El Majlis, o Parlamento iraní; la Universidad de Teherán y, sobre todo, su bazar, el más grande de todo Irán.
Mausoleo Jomeini
Su mausoleo se encuentra al sur de Teherán y es parte de un ambicioso proyecto que incluye diversas instalaciones. El edificio que alberga al imam está previsto que sea uno de los edificios más grandes del islamismo moderno. Se encuentra ubicado a medio camino entre Teherán, la ciudad que encabezó la revolución islámica, y Qom, la ciudad donde Jomeini impartió clases de teología y que, durante muchos años, fue el lugar donde vivió.
Kerman
Kerman está situada al borde del desierto y era uno de los pasos principales de las caravanas que recorrían la antigua Ruta de la Seda hacia Paquistán. Algunos de los monumentos más interesantes son: La Mezquita del Viernes, la Masji-e Jame, la Gombad Jabaliye y el Seljuk mehrab. Otro punto interesante es el viejo bazar cubierto de Vakil cuyas principales estructuras datan de la época safávida. Los baños de Ebrahim Khan y de Ghandj-Ali Khan, construidos en el siglo XIX, así como el Gonbad-e Moshtaghieh; el Museo de Sanati o la iglesia anglicana de San Andrés, son otros lugares de interés que, sin duda, merecen una visita.
Bam
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Bam es una plácida y fértil ciudad donde se encuentra la ciudadela de Arg-e Bam, un enclave situado a casi 1.000 metros de altitud, construida en tiempos de los sasánidas. La ciudadela está protegida por un triple anillo defensivo, y en su interior se albergan mezquitas, mansiones, un bazar, un caravanserai y un barrio residencial con plazas y callejas que da cobijo a la mayoría de la población del lugar. En el punto culminante de la fortificación se encuentran diversas dependencias militares y el palacio de las Cuatro Estaciones, lugar donde residía la elite militar del acuartelamiento.
Shiraz
Shiraz sigue siendo la ciudad de las rosas y la búsqueda de conocimiento -no en vano es llamada desde tiempo inmemorial Dar-ol-Elm, «la Ciudad de la Sabiduría»-, con una de las universidades más prestigiosas del país. Sus habitantes tienen fama de ser amables e ingeniosos, cultivados y generosos. El espíritu de sus poetas más importantes, Hafez y Sa''''di, pervive entre ellos, ya sea en sus mausoleos, en el bazar, en la mezquita de Vakil -con un bosque de columnas con fuste en espiral, un lugar sereno que llama a la meditación- y el mausoleo Boghe-yé Shah-é Cheragh, que guarda los restos de Sayyed Mir Ahmad, el hermano del imam Reza, el centro de peregrinación más importante de Shiraz.
En la actualidad, Shiraz ofrece un entorno calmo, mostrándose como una urbe cultivada, con amplias avenidas flanqueadas por árboles y abundantes monumentos, jardines y mezquitas. Su universidad se alza como una de las más elegantes de la nación, y la ciudad rebosa estudiantes deseosos de comunicarse con los visitantes. Entre los enclaves más notorios destacan la sosegada tumba y jardín de Hafez, un celebrado poeta; el mausoleo del sha Cheragh, importante punto de peregrinación chiíta que atrae a multitud de suplicantes; el Museo Pars, que alberga reliquias de la dinastía Zand; y el jardín de Eram, donde se erige un palacio kayar del siglo XIX junto a una bella piscina.
Shiraz posee un amplio conjunto de mezquitas de gran belleza, siendo la más antigua la Mezquita del Viernes, también llamada Masjid-e Attiq. En 1351 se le añadió el Khoda Khaneh, Casa de Dios, un edificio que fue construido a imitación de la Kaaba. Otro de los templos que merecen una detenida atención es el de Seyed Amir Ahmad, conocido como Shah-e Cheraqh; las mezquitas de Vakil Mosque y Masjid-e Now, así como la Iglesia Armenia y la de Simón el Celote. Shiraz también es famosa por sus jardines; no en vano se dice que es la ciudad de los poetas.
Persépolis
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Persépolis, conocida en Irán como El Trono de Jamshid, fue el centro del gran imperio persa de los aqueménidas. Los restos de esta impresionante ciudad se alzan cerca de la moderna Shiraz, en el suroeste de Irán. Fue fundada por el rey Darío I hacia el año 500 a. de C. y fue la capital del imperio hasta su destrucción por Alejandro Magno. Hoy, sus grandiosas ruinas todavía muestran al mundo la grandeza de una civilización cuyo arte se muestra por igual en su monumental arquitectura, en sus bellos frisos o en sus cuidados mosaicos.
Pocos lugares en todo el mundo pueden reflejar el esplendor de una cultura antigua como Persépolis. Está apenas a 55 kilómetros de Shiraz, junto a la carretera de Isfahán, y el viaje es la culminación de un sueño. Es la ciudad que representa todos los fastos de otras épocas, de otras culturas, de otras gentes.
En realidad, Persépolis -la «Ciudad de los Persas» en griego-, no era una ciudad en el sentido estricto de la palabra, sino un conjunto de palacios y dependencias que servía para celebrar los festejos del año nuevo durante el imperio aqueménida, cuando llegaban representantes de todas las naciones sometidas.
Los monumentos de Persépolis son el reflejo de un mundo perdido: la Puerta de Jerjes con sus colosales estatuas; las escalinatas que conducían al Apadana -el salón de recepciones de Darío, con capacidad para 10.000 personas-, que guardan una de las más espléndidas colecciones de relieves de todo el mundo; el palacio de Darío, el de Artajerjes, el de Jerjes, el Central, el de las Cien Columnas, el Tesoro de Darío... De algunos quedan grandes estructuras repletas de relieves, con puertas magníficas decoradas con figuras gigantescas de los reyes luchando con animales mitológicos; de otros apenas las huellas borradas por los ejércitos enemigos y su aliado, el tiempo.
Isfahan
La gran ciudad donde se siente el peso de la cultura iraní es Isfahan. Desde el siglo XVI, dos versos reflejan mejor que cualquier tratado la esencia de la gran metrópoli persa: Esfahan nesf-é jahan, «Isfahan es la mitad del mundo». Todo el refinamiento de la cultura persa está presente en sus monumentos exquisitos, su historia prodigiosa y las costumbres de sus habitantes.
Muchas de las construcciones más importantes de Isfahan fueron levantadas por órdenes del sha Abbás I, hace cuatro siglos. Con él la ciudad vivió su gran momento de gloria, aunque no el único de plenitud. Abbás I fue el monarca más importante de la dinastía safávida y quiso hacer de Isfahan la capital más grande y hermosa del mundo. Y no sería exagerado pensar que lo consiguió, teniendo en cuenta que lo mucho que se conserva no es sino una pequeña parte de su antiguo esplendor.
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Isfahan es el lugar donde se entiende que el bazar -la palabra farsi para «mercado» que ha traspasado todas las fronteras y se entiende en decenas de idiomas- es el corazón que mueve la vida diaria de una ciudad. Son calles cubiertas con una serie interminable de pequeñas cúpulas, casi nunca dos iguales, con un orificio central que deja pasar un chorro de luz que a mediodía parece una columna. Las tiendas se ordenan por gremios, siempre con hombres detrás del mostrador, casi siempre hablando, con compradores, con vecinos de tienda, con amigos. Hay callejones laterales que conducen a patios tranquilos, a plazoletas olvidadas, a talleres artesanales, a antiguos caravasares, a baños públicos, a viejas chayjunés, las casas de té donde se pasa el tiempo entre amigos, bebiendo y fumando a sorbos el té, el tabaco y la vida.
Este bazar serpentea entre la mezquita del Viernes -un resumen de la historia de la arquitectura de esta tierra que siempre se llamó Persia-, la más antigua y venerable de Isfahan, y la plaza del Imam, antes llamada del Sha, con las mezquitas más deslumbrantes de Irán y casi del mundo.
Aquí están la mezquita del Imam, que todos los estudiosos comparan en importancia artística con la basílica de San Pedro en Roma. También la mezquita del Jeque Lotfollah, y el palacio de Ali Qapu. Todo el poderío de una corte oriental de otro tiempo, un escenario de «Las mil y una noches».
Para reponerse de tanto esplendor lo mejor es dirigirse al río. El Zayandé viene de las montañas del Zagros y se pierde en el desierto de Kavir, y sus riberas son el lugar favorito de los habitantes de Isfahan para relajarse con la familia y los amigos, entregándose a los pequeños placeres de la charla, el paseo, el té y el ajedrez. Los puentes de Isfahan son uno de los más espléndidos centros de vida urbana que se pueda conocer. Son monumentales y prácticos, pero tienen un algo de palacio sobre las aguas, de lugar de descanso.
Gombad-e Kavus
Esta tumba en forma de torre es un espectacular memorial al destacado personaje Kavus (o Gabus), príncipe, poeta, erudito, general y mecenas artístico. Gobernó la región hacia finales del siglo X y decidió erigir un monumento que permaneciera en la posteridad. Esta construcción, de 55 m de altura, finalizó en el año 1006, seis años después de que Kavus fuera asesinado.
Gombad se ubica a 93 km. al noreste de Gorgán, una ciudad de dimensiones considerables en el norte de Irán, cerca del mar Caspio. Desde la terminal de Gombad, cada media hora parten minibuses hacia la torre. También existe un servicio de autobuses diario desde Teherán, a 470 km al Sureste.
Choga Zambil
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Junto al río Dez, el zigurat de Choga Zambil presenta un increíble estado de conservación y se alza como uno de los mejores ejemplos de arquitectura elamita que ha permanecido hasta la actualidad. Forma parte del patrimonio de la Unesco desde 1979. Originariamente estaba formado por cinco plantas concéntricas, de las que sólo permanecen tres, y alcanza una altura de 25 m. Resulta difícil creer que un hito tan imponente consiguiera mantenerse oculto durante más de 2.500 años, hasta que en 1935 fue divisado accidentalmente durante un reconocimiento aéreo de una compañía petrolífera.
Choga Zambil se encuentra en el sur del país, junto a la frontera con Irak y 45 km al este de Susa, ciudad a la que puede accederse en tren o autobús desde Teherán. Puesto que el zigurat se halla lejos de las rutas turísticas, es recomendable alquilar un taxi o pedir al conductor del autobús que pare en la autopista y luego hacer autostop.
Masulé
De todos los pueblos de montaña tradicionales (y todavía inalterados) de la provincia de Gilán, junto al mar Caspio, Masulé está considerado el más hermoso. Se halla a unos 1.050 m. por encima del nivel del mar y está formado por varios niveles irregulares de casas adosadas de tonalidades crema. Parece que haya surgido espontáneamente en su entorno. Las pendientes son tan pronunciadas que la localidad ni siquiera dispone de un sistema de calles: los techos planos de muchos edificios forman el camino para alcanzar el siguiente nivel.
Masulé cuenta con escasos equipamientos (un hotel y restaurante, aunque se pueden alquilar habitaciones en residencias privadas), pero su espléndida situación merece el esfuerzo de la visita. Se encuentra a 56 km. de Rasht, localidad ubicada al noroeste de Teherán y a la que puede accederse en autobús tras un recorrido de seis horas. Desde Rasht hay que tomar una sucesión de taxis compartidos o bien alquilar uno.
Cuevas de Ali Sadr
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Los viajeros que deseen visitar atractivos culturales ajenos a mezquitas, yacimientos arqueológicos o museos deberían desviarse hasta estas notorias cuevas, situadas a unos 100 km. al norte de Hamadán, en la parte occidental del país. Descubiertas hace tan sólo 40 años por un pastor del lugar en busca de una cabra perdida, tienen una altura de hasta 40 m. y son refugio de varios lagos de gran profundidad y enorme diámetro. En sus claras aguas no hay vida, ni siquiera revolotean murciélagos. Tampoco existen signos de anteriores pobladores. El servicio de minibuses entre Hamadán y Ali Sadr actúa con frecuencia. Hamadán se encuentra a 336 km. al noroeste de Teherán y se puede llegar desde la capital en autobús.
Naqs-i Rustam
A unos seis kilómetros al nordeste de Persépolis se eleva un acantilado rocoso vertical en el cual se hallan excavadas, a considerable altura, cuatro tumbas similares entre sí. Este lugar se llama Naqs-i Rustam o Imagen de Rostam por los relieves sasánidas que se ven debajo de las tumbas, que se cree representan al mítico héroe Rostam.
Una de las tumbas lleva una inscripción declarando expresamente que se trata del sepulcro de Darío I, hijo de Hystaspes. Según el historiador griego Ctesias, este sepulcro estaba en un acantilado de forma que sólo se podía alcanzar mediante una escala de cuerdas. Las otras tres tumbas de Naqs-i Rustam son probablemente las de Jerjes I, Artajerjes I y Darío II.
Todas las tumbas ofrecen invariablemente una fachada cruciforme, con aspecto de entrada de palacio. En el panel superior el rey está sentado ante el fuego sagrado, bajo la figura alada del dios Ahuramazda. Debajo de él hay una tarima apoyada en treinta figuras que representan los países del imperio. En Naqs-i Rustam pueden verse también los restos de un Templo del Fuego aqueménida, uno de los dos que se conservan en Irán; el otro se halla en Pasargadas.
Para tener en cuenta
Irán es una república islámica, por lo que cualquier viajero debe adaptarse a ciertas reglas, independientemente de si está de acuerdo con ellas o no. Muchas son comunes a hombres y mujeres: las manifestaciones de cariño no deben realizarse en público, el alcohol está prohibido, etc., pero otras atañen especialmente a las mujeres.
La más evidente se refiere a la forma de vestir. Todas las mujeres, iraníes o extranjeras, a partir de los siete años deben observar el hejab, un término general que a fin de cuentas significa que deben llevar el pelo y el cuello cubiertos y ropas amplias que impidan apreciar cualquier asomo de forma corporal (la foto del visado debe realizarse con esta indumentaria).
No es necesario llevar chador, y unos pantalones anchos y una camisa grande que llegue casi hasta las rodillas puede ser suficiente en la mayoría de las situaciones, aunque no para visitar algunas mezquitas u otros recintos sagrados. Conviene que los colores no sean demasiado brillantes, llevar pocas joyas y poco o nada de maquillaje.
Por otra parte la mujer es tratada con mucha cortesía, aunque a veces puede sentirse desplazada si va acompañada ya que mucha gente se dirigirá directamente al hombre. |