Viajar hoy por la antigua Birmania es todavía difícil, a pesar de que ya hace unos años que el visado se concede con una validez de un mes y que en todas las zonas abiertas al turismo, brotan como hongos los hoteles y casas de huéspedes. Pero las carreteras son infames, los trenes lentísimos y muy poco confortables y la compañía nacional de aviación, Myanmairways, está a punto de entrar en el libro Guinnes de los Récords por número de siniestros en la última década.
Aún así, todos estos inconvenientes no desencantan al viajero poco remilgado.
Porque, además de las bellísimas pagodas que coronan casi cada colina del país, Myanmar guarda otro maravilloso tesoro: su gente.
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Myanmar tiene frontera en el norte con la llamada Región Autónoma del Tíbet, bajo soberanía de China; al este con la propia China, Laos y Tailandia; y al oeste con India, Bangladesh y el golfo de Bengala, con el que también limita por el sur, junto al mar de Andamán. El país tiene un total de 2.832 kilómetros de costa.
La topografía del país está dominada por sistemas montañosos que en el norte alcanzan los 5.881 metros en la cumbre del Hkakabo Razi, y por el fértil valle del río Irawadi. Sus costas, tanto Arakan al sudoeste, como Tenasserim, en el sudeste, son rocosas y jalonadas de pequeñas islas.
Una utopía rota
El pueblo birmano se creó a partir de sucesivas migraciones de tribus chinas y tibetanas que se establecieron en la región desde el año 3.000 a. C., en primer lugar los môn, más tarde los pyu, hacia el siglo VII y, por último los shan y los kachin.
El primer Estado unificado en territorio de la actual Myanmar fue el reino de Pagan, fundado a principios del siglo XI. Sus devotos soberanos, respetados como defensores de la fe budista, donaron extensos territorios a los monasterios y levantaron muchas de las impresionantes pagodas que hoy adornan Pagan durante los más de 200 años que gobernaron sin enfrentamientos bélicos hasta la invasión mongola de 1287 dirigida por Kublai Khan.
En el siglo XVI, con la ayuda de comerciantes y aventureros portugueses, emergió una nueva dinastía birmana en el principado de Toung, que se mantuvo en el poder hasta ser derrocada en 1752 por una rebelión môn.
Durante los siglos XVII y XVIII, principalmente los británicos, pero también los holandeses y los franceses establecieron compañías comerciales cerca de la actual Yangón y, ya en el siglo XIX (1824–1826), Reino Unido atacó el país por mar durante la primera guerra anglo-birmana (1824-1826) que tuvo su continuación en la segunda (1852) y culminó con la anexión al Imperio Británico tras una tercera guerra, cuando cayó Mandalay en 1885.
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Con el dominio colonial, desaparecieron los tradicionales vínculos entre Estado y religión, y los numerosos monasterios del país entraron en una fase de decadencia aunque, no obstante, la cultura autóctona se mantuvo en la práctica del budismo, en el mágico mundo del teatro pue y en la lengua de las zonas rurales.
En 1886, los británicos trasladaron la capital de Mandalay a Rangún (la actual Yangón) que se convirtió en un activo puerto comercial del que llegaron a exportarse tres millones de toneladas de arroz antes de la Segunda Guerra Mundial.
Pero la implantación de los principios económicos, comerciales y políticos británicos dieron lugar a una progresiva desintegración social que propició el nacimiento de un movimiento nacionalista que, lentamente, fue cobrando fuerza y cohesión hasta conseguir formar un Ejército para la Independencia de Birmania que apoyó la invasión japonesa del país en 1942 y más tarde la combatió bajo el nombre de Liga Antifascista de la Libertad del Pueblo que, en 1948, consiguió negociar con Reino Unido la independencia de Birmania.
El nuevo Estado tuvo que enfrentarse, durante la década de los cincuenta, a una larga serie de insurrecciones políticas y étnicas que culminó con el ascenso al poder de U Un, quien, a causa de su política favorecedora del budismo como religión estatal y de su tolerancia con respecto al separatismo étnico, fue derrocado en 1962 por un golpe militar encabezado por Ne Win. Éste estableció un gobierno totalitario de corte socialista al frente del cual se mantuvo hasta 1981, año en que cedió su cargo al general retirado San Yu, aunque se reservó el seguir al frente de la presidencia del gobernante Partido del Programa Socialista de Birmania.
En 1988, los graves disturbios y manifestaciones antigubernamentales y en apoyo de Aung San Suu Kyi, hija del héroe nacional de la independencia Aung San, obligaron a Ne Win a presentar su dimisión. La represión de las protestas supuso la muerte de 3.000 personas.
Ne Win fue sustituido por el comandante en jefe del ejército, el general Saw Maung, bajo cuyo mandato el nombre del país pasó a ser, en 1989, Unión de Myanmar, y el de su capital cambió de Rangún al actual Yangón.
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En marzo de 2002, numerosos miembros de la familia de Ne Win fueron encarcelados acusados de «intento de golpe de Estado».
El Consejo de Estado para el Restablecimiento de la Ley y el Orden (SLORC) accedió a la celebración de unas elecciones legislativas que tuvieron lugar el 27 de mayo de 1990. La votación dio 392 de los 485 escaños a la Liga Nacional para la Democracia (LND), a pesar de que su líder, Aung San Suu Kyi, cumplía arresto domiciliario.
La Junta rechazó la victoria del LND, pero en octubre de 2000 la ONU auspició el diálogo entre el Gobierno y Aung San Suu Kyi, que había sido reconocida con el Nobel de la Paz en 1991.
Aung San Suu Kyi fue liberada el 6 de mayo de 2002. Pero en ese mismo mes, mientras participaba en una gira por el país para reconstruir la LND, fue encarcelada de nuevo.
El país está sometido a fuertes sanciones por parte de Estados Unidos y de la Unión Europea.
Yangón
La -hasta no hace muchos años- llamada Rangún esconde entre sus edificios, de aspecto sucio y descuidado, una de las más increíbles maravillas que el viajero pueda encontrar mientras recorre Asia. La gran Pagoda Shwedagon, dominando toda la capital desde la colina en que levanta majestuosa sus 100 metros de altura, luce, orgullosa y rodeada por los 82 edificios que la acompañan, sus 8.000 planchas de oro culminadas por una aguja en la que se incrustan 5.000 diamantes. El viajero que tenga el acierto de visitarla en más de una ocasión, hará muy bien en acudir alguna vez a la caída de la tarde cuando los últimos rayos de sol bañan su cúpula ofreciendo al atónito espectador un espectáculo inolvidable.
Más modestas, pero también merecedoras de la atención del visitante, son las pagodas de Kaba Aye, Chauk Htat Gyi, Sule y Botataung, con su laberinto de espejos, tras cuya visita se podrá disfrutar dando una vuelta por el siempre animado mercado al aire libre y por el mercado Bogyoke Aung San, antes de recorrer sin prisas los jardines del lago Kandawgyi para cenar espléndidamente en el restaurante levantado sobre sus tranquilas aguas.
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Yangón es una ciudad muy hermosa. Entre tres y cuatro millones de habitantes disfrutan de unas calles flanqueadas por preciosos y señeros edificios coloniales (aunque fachadas e interiores necesitan una urgente restauración), unos mercados nocturnos vibrantes, restaurantes de espléndida comida, y lo más importante: es una de las contadísimas capitales de Asia que no sufre una espantosa circulación siempre atascada.
Entre la mayoría de población de etnia birmana, unos cuantos miles de indios descienden de los trabajadores tamiles importados por los británicos como mano de obra. En sus restaurantes se sirve la deliciosa comida vegetariana del sur de India y en sus templos se honra a Shiva o Vishnú.
Casi desde cualquier punto de Yangón, la antigua Rangún, se puede ver recortarse en el cielo la dorada estupa de la pagoda Shwedagon, cuyos orígenes se remontan a más de 2.000 años, pero que decenas de incendios y terremotos han obligado a restaurar varias veces hasta el siglo XVIII. Su imponente estructura y la atmósfera de paz creada por los devotos que se inclinan ante las imágenes de Buda, o las lavan con suma delicadeza, quedarán en el recuerdo en una síntesis afortunada de lo que es este país: gentes sencillas que pululan entre miles de cúpulas doradas.
Bago
Bago, anteriormente denominado Pegu, cuenta, entre sus monumentos religiosos, con las pagodas de Mahazedi y Scwegugale y los santuarios de Hinta Gone, Kyaik Pun y Maha Kalyani Sima, pero sus mayores glorias se encuentran en la Pagoda Shwemawdaw o Gran Pagoda del Dios de Oro, y en el Scwethalyaung, gigantesca imagen de más de 50 metros de Buda reclinado.
Mandalay
La polvorienta Mandalay, de calles eternamente recorridas por trishaws y carros tirados por caballos y búfalos que se afanan en el transporte de mercancías desde le río hasta el mercado Zegyo, exhibe orgullosa su Palacio Real y sus pagodas de Kuthodaw, Kyauktawgyi, Mahamuni y Eindawya. Pero, posiblemente, lo que más atraiga la atención del viajero en esta ciudad sea el Shwenandaw Kyaung, el exquisito monasterio, totalmente de madera, en cuyo interior se podrá disfrutar contemplando la celebración de las lecturas y ritos de los monjes y fieles que allí se dan cita diariamente.
Amarapura
En las cercanías de Mandalay se encuentran las «ciudades desiertas» de Sagaing, Mingun, Ava, Monywa y Amarapura. Esta última fue la capital de la región antes de que Mandalay le arrebatase tal honor y de aquella época conserva la pagoda Kyauktawgyi, a la que se llega tras atravesar el entrañable puente de U Bein.
Sagaing
Sagaing se encuentra sobre una colina devorada por sus incontables templos tras los que se esconde la hermosa pagoda Kaunghmudaw, respecto a la que cualquier guía local relatará al viajero la curiosa historia según la cual el monumento fue erigido tomando como modelo el perfecto busto de la reina de Amarapura.
Mingun
La «ciudad desierta» de Mingun presenta a la curiosidad del viajero las ruinas de la que, de haberse llegado a construir por completo, hubiese sido la segunda pagoda más alta del mundo. Y algo parecido sucede con la campana que allí se exhibe, de la que también se dice que es la segunda mayor del mundo y la primera de entre las que no presentan grieta alguna en su estructura.
Bagan
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Pocas sensaciones sobrecogerán más al viajero a lo largo de su vida que las que disfrutará contemplando, al atardecer, los 5.000 templos que se levantan en Bagan, desde lo más alto del gigantesco Templo Thatbyinnyu.
La, hasta 1989, llamada Pagan es, sin la menor duda, una de las más sorprendentes maravillas que puede llegar a ofrecer el continente asiático. Recorrer sus miles y miles de edificios en alguno de los carros que, tirados por caballos, alquilan los lugareños, es una experiencia agotadora pero irrepetible que tendrá sus momentos de mayor admiración cuando el viajero contemple la blanca estructura del Templo Ananda, los mosaicos del Mingalazedi, las terrazas del Shwesandaw, los arracimados Budas del Manuha o la dorada hermosura del Shwezigonpuntos.
Lago Inle
El Lago Inle es uno de los parajes más bellos de Myanmar. Sobre sus aguas surge como por encanto el pueblo flotante de Ywana, por entre cuyos canales el viajero recorrerá sus mercados y pagodas, mientras los barqueros sortean la vegetación que se oculta bajo las aguas puestos en pie sobre sus embarcaciones y dirigiendo los remos con sus piernas.
Pindaya
Parada obligada en el recorrido por Myanmar son las cuevas de Pindaya, que durante siglos han guardado en su interior miles de imágenes de Buda entre las que el viajero, provisto siempre de una linterna, se perderá degustando el extraño ambiente místico que se respira en cada rincón de estas fascinantes cavernas.
La guía El clima en Myanmar es tropical y la temporada de lluvias dura, normalmente, de mayo a noviembre. Las temperaturas medias oscilan entre los 16ºC de las áreas montañosas y los 38ºC en las zonas más cálidas. A causa de la no muy desarrollada infraestructura hotelera del país, puede resultar complicado encontrar alojamiento durante los meses de mayor afluencia turística, es decir, diciembre y enero.
Myanmar, cerrada en numerosas ocasiones a los extranjeros, reabrió sus fronteras en 1991 y a partir de 1994 las embajadas birmanas comenzaron a expedir regularmente visados turísticos de 30 días que sustituyeron al de una semana hasta entonces en vigor.
El visado no es prorrogable, pero si el visitante tarda un par de días más de lo autorizado en abandonar el país, lo único que tendrá que hacer, por regla general, es preparar una buena excusa para las autoridades de inmigración del aeropuerto y estar dispuesto a desembolsar la correspondiente propina.
Hoy, el viajero puede, llegado a Yangón, planificar libremente su recorrido por el país, siempre que lo haga dentro de las zonas oficialmente designadas por el gobierno como abiertas al turismo.
El visado suele costar unos 16 dólares. Al salir del país hay que pagar una tasa de 10 dólares.
El viajero que, de paso por Bangkok, acierte a pasar por la estación de Hualamphong, tal vez sea abordado por algún emigrante birmano que asegure trabajar con alguna agencia de viajes y se ofrezca a tramitar en menos de 48 horas un visado para Myanmar. El aceptar tal oferta es, sin duda, una locura, un procedimiento muy peligroso y absolutamente desaconsejable que, sorprendentemente, suele funcionar a la perfección.
En 1969, todos los bancos birmanos fueron obligados a agruparse en el Banco Unido de Birmania que, desde entonces, regula todas las operaciones bancarias y controla la moneda, actuando como agente bancario del gobierno.
La moneda oficial en Myanmar es el kyat (pronúnciese «chat»), que cuenta con un incompresible sistema de fraccionamiento que, afortunadamente para el viajero, ha caído en desuso para los grandes pagos, aunque las pequeñas compras aún se realizan en la moneda local (de hecho, los kyat resultan muy ventajosos al cambio, y con ellos todo resulta mucho más barato).
El gobierno de Myanmar mantiene la más que molesta política de decretar, sin previo aviso, la nulidad de los billetes de mayor valor basándose en la teoría de que quien tenga en su poder grandes cantidades de este tipo de billetes ha debido obtenerlos de manera ilegal, por lo cual resulta aconsejable cambiar siempre billetes pequeños en previsión de este tipo de imprevistos.
Al salir del aeropuerto de Yangón, docenas de birmanos se acercarán al viajero para comprarle cigarrillos 555 y whisky Johnny Walker etiqueta roja a un precio que, aproximadamente, será de 500 kyat por los cigarrillos y 1.000 por el whisky. Esta práctica está, por supuesto, totalmente prohibida, sin embargo las autoridades, ante el tan manifiesto como descarado empeño de la población en mantenerla, miran hacia otro lado para no tener que sancionar la infracción.
En Myanmar, los cheques de viaje suelen ser complicados de cambiar, y con respecto a las tarjetas de crédito, hay que señalar que, últimamente, Visa parece comenzar a gozar de cierta aceptación en algunos establecimientos de la capital.
En Myanmar suele ser complicado e incómodo desplazarse de un lugar a otro. Los aviones utilizados por Myanmar Airways son, normalmente, viejos Fokker de hélice y la compañía parece desconocer por completo el significado de palabras como puntualidad, impaciencia y agotamiento. No obstante, desde hace un par de años opera la compañía privada Air Mandalay, mucho más segura y eficiente.
El visitante encontrará pocos autobuses en Asia que circulen tan atestados de viajeros y mercancías como los de Myanmar. Una alternativa a tener en cuenta son los microbuses que últimamente comienzan a verse circular por las maltrechas carreteras birmanas.
La travesía en barco, descendiendo por el río Ayeryarwady de Mandalay a Bagan, además de ser cómoda y tranquila, ofrece al visitante una buena oportunidad de conocer esta parte del país y, si el viajero dispone de tiempo, existe la posibilidad de continuar durante una semana hasta Yangón.
Los trenes convencionales son inabordables y no ofrecen demasiadas garantías de que el viajero consiga llegar a su destino. Por el contrario, el expreso que diariamente cubre la ruta entre Yangón y Mandalay durante la noche, dispone de mejores servicios.
Como era de esperar, tratándose de uno de los países más pobres del mundo, las condiciones sanitarias en Myanmar no son especialmente buenas, y los episodios de disentería resultan bastante habituales, por lo que el viajero deberá extremar sus precauciones y no beberá jamás agua no embotellada, ni ingerirá verduras que no hayan sido previamente cocinadas o frutas que no pueda pelar él mismo. Además se antoja más que necesario estar provisto de antidiarreicos y sueros orales por si fuese necesaria su administración.
Sería conveniente contemplar la posibilidad de seguir algún tratamiento profiláctico del paludismo, la fiebre amarilla, el tifus y la hepatitis A y B, además de incluir en su equipaje algún repelente de insectos con un contenido superior al 35% de DEET y procurar no mantener desnudos los brazos y las piernas al amanecer y al atardecer, es decir, cuando los mosquitos son siempre más activos.
Tampoco estaría de más llevar en el equipaje un pequeño botiquín en el que deberían figurar antibióticos, antipiréticos, antisépticos, vendas, tiras adhesivas de sutura (del tipo Steri-Trip) y jeringuillas de un solo uso.
Con respecto a la suciedad de ciertos hoteles, la frecuente presencia de serpientes en Bagan y la superpoblación de ratas en casi todas las ciudades, poco se puede hacer salvo tratar de evitarlas con la mejor voluntad posible.
Los objetos más apreciados por los viajeros a la hora de efectuar sus compras en Myanmar son los lacados, los cuencos de pelo de caballo, los tapices, las fundas para almohadones, los cojines hechos con pequeños espejos, las lentejuelas y los hilos de plata, y las pesas de opio que deberán tener, si se quiere comprar las que son antiguas, la marca de acuñación en su parte inferior (aunque todo se puede falsificar).
Posiblemente llamen mucho la atención del visitante las sombrillas del mismo rojo que las túnicas de los monjes budistas que éstos utilizan para protegerse del sol, pero si se decide a comprarlas, conviene que tenga mucho cuidado a la hora de empaquetarlas junto con el resto de su equipaje si no quiere ver cómo su ropa pierde su tono habitual y adopta el rojo de la sombrilla.
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