Transitar las calles de Madrid es encontrarnos a cada paso con sitios importantes. Desde sus calles y principales avenidas, hasta sus plazas y paseos nos hablan de cómo es la vida en una de las principales ciudades europeas.
Gran Vía
La Gran Vía, la principal artería de Madrid durante los comienzos del siglo XX, cantada en sainetes y zarzuelas, como La Gran Vía, del maestro Chueca (1846-1908), punto de reunión, lugar de paseo, centro comercial, aparador de las clases pudientes y símbolo de la renovación arquitectónica del Madrid decimonónico, se ha convertido en una calle constantemente congestionada tanto por los automóviles como por los ríos de personas que a ciertas horas del día recorren sus aceras repletas de tiendas, cines, discotecas, bares, restaurantes, heladerías, quiscos de lotería, castañeras (en invierno), librerías, etcétera.
En abril de 1910 el rey Alfonso XIII, empuñando una piqueta de oro, dio comienzo de manera simbólica a las obras de demolición de un buen número de casas y calles viejas para abrir esta moderna arteria proyectada al estilo de París, ciudad que a principios del siglo XX marcaba la dinámica urbanística del resto de capitales europeas.
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Las primeras casas de esta nueva vía las ocuparon burgueses y nobles enriquecidos lejos de Madrid, en las Américas, en las minas del norte o en tierras africanas. Actualmente la Gran Vía, que nace en la calle de Alcalá y muere en la plaza de España, muestra tres secciones bien diferenciadas. La primera, de Alcalá a la Red de San Luis, presenta los edificios más antiguos con recuerdos de los aires parisinos que impregnaron la capital. Bello ejemplo es el edificio Metrópolis, diseñado en 1905 por los arquitectos franceses Jules y Raymond Février, con decoración decimonónica y coronado por la escultura en bronce de una Victoria alada, obra de Federico Coullaut-Valera, de cuatro metros de altura, tres toneladas de bronce y suspendida a 44 metros del suelo. Restaurado en 1999 ofrece la belleza de su cúpula con dorados. Este edificio se construyó al mismo tiempo que el palacio de Comunicaciones y el Banco Central, que marcan una época y un estilo que definió el carácter de esta parte de la Gran Vía.
En el segundo tramo, de influencia neoyorquina, destaca el edificio de la Telefónica, el primero con voluntad de rascacielos construido en Madrid (1920) gracias al proyecto de Ignacio de Cárdenas y al arquitecto de la International Telephon Telegraph, Lewis S. Weelk. La decoración seudobarroca de la fachada resultó totalmente anacrónica, incluso en su época, en comparación con el resto de edificios circundantes.
Le sigue el centro comercial Sepu, en su día uno de los mejores pero hoy anticuado; el palacio de la Música, antiguo auditorio convertido en cine; el cine Avenida y el edificio del palacio de la Prensa.
El tercer y último tramo corre de la plaza de España a la plaza de Callao donde se alza el edificio Carrión llamado popularmente Capitol (esquina con Jacometrezo) construido en 1931 según planos de Luis Martínez Feduchi y Vicente Eced, quienes se inspiraron en la arquitectura expresionista de la Alemania de entreguerras. El cine Capitol, en la planta baja del edificio, conserva la esencia del modernismo. Junto a otros edificios de la Gran Vía recuerda el Broadway neoyorquino, función que tuvo esta avenida en los años cincuenta aunque con menos candilejas debió a la falta de libertades que imponía una dictadura fascista. El cine Rialto se inspiró en el Roxy; el edificio Hispano Americano luce una gran escultura de Vitorio Macho.
Calle Alcalá
La calle de Alcalá, la antigua carretera de Aragón, enlazó Madrid con los reinos de Aragón y Catalunya a través de Alcalá de Henares, el gran centro cultural de los siglos XVI y XVII. Hoy se ha convertido en un importante núcleo financiero y comercial donde se asientan muchos de los edificios históricos de la villa. Un paseo por la calle de Alcalá, con el recuerdo de las floristas que caminaban con la «falda arremanga y los nardos apoyaos en la cadera», permite vivir la esencia del Madrid aristocrático de entre guerras y disfrutar de un ambiente bullicioso y sosegado a la vez.
El tramo comprendido entre la puerta de Alcalá y el paseo de Recoletos, en el siglo XVII, recibió el nombre de calle del Pósito porque en la llamada huerta de Recoletos se alzaban los edificios del pósito creado por los Reyes Católicos y auspiciados por Felipe II para atajar las crisis cerealistas que hacían tambalear la economía.
Plaza y fuente de Cibeles
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La plaza de la Cibeles, en opinión de muchos expertos, puede considerarse la más bonita de Madrid. En ella convergen la calle Alcalá, la Gran Vía, el paseo del Prado y el paseo de Recoletos. Sus cuatro chaflanes están ocupados por bellos edificios, algunos ya comentados, como el Banco de España, los jardines del Cuartel General del Ejército, el palacio de Linares y el palacio de Comunicaciones.
La plaza tiene sus orígenes en los proyectos urbanísticos de Carlos III, quien encargó a su arquitecto, Ventura Rodríguez, el diseño de una serie de fuentes monumentales para jalonar el paseo del Prado. En otros tiempos la plaza de Cibeles o «de la Cibeles» como se ha hecho popular, recibió el nombre de plaza de Madrid; desde 1900 el de plaza Castelar y después de 1939 recobró el nombre original.
La diosa Cibeles, la gran madre frigiocapadocia, que los griegos identificaron con Rea, Gea y Deméter, y los romanos con Ceres y Maya, se ha convertido en el símbolo de Madrid. A ella acuden los seguidores del Real Madrid, el club de fútbol emblemático de la capital, a celebrar sus victorias y este hecho ha motivado algunos destrozos en la estatua que rápidamente han sido reparados por el ayuntamiento.
Paseo del Prado
El actual paseo del Prado sigue el trazado de la vaguada del Bajo Abroñigal o Valnegral también llamada arroyo de la Castellana, que nacía cerca de Chamartín, seguía en dirección sur y en Atocha giraba hacia el sudeste para desembocar en el Alto Abroñigal. En el siglo XVIII se cubrió el arroyo y se urbanizó la zona de los paseos del Prado y Recoletos.
El paseo del Prado, que se llamó en otros tiempos Prado Viejo debido a unos prados del común de la villa transformados después en huertas, fue un lugar campestre, lejos de la ciudad, donde acudían los madrileños a comer al aire libre o a tomar el fresco las tardes calurosas del verano junto al arroyo sombreado por imponentes arboledas.
Carlos III encargó a José de Hermosilla las obras de acondicionamiento de esta zona. Se cubrió el arroyo, se delimitó el paseo, en especial el sector comprendido entre Cibeles y Neptuno, y se decoró con edificios y fuentes neoclásicos, símbolos de la Ilustración; se fundó el Jardín Botánico, un edificio dedicado a las ciencias, un observatorio, etcétera. Carlos III, con la reforma del Prado, se convirtió en el alcalde por excelencia de Madrid.
Real Academia de la Lengua
Por la calle Felipe IV se llega a la Real Academia de la Lengua, máxima institución de la lengua castellana que tiene como lema: «Cultivar y fijar la pureza y la elegancia de la lengua castellana.»
Su sello es un crisol sobre llamas con el lema simbólico de «Limpia, fija y da esplendor.»
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Fundada en 1713 por Felipe V, a instancias del marqués de Villena, tuvo como primer objetivo crear un diccionario y una gramática para regular el uso del castellano.
José Napoleón refundió esta Academia a la de Historia, formando una nueva entidad que al mismo tiempo que redactaba el diccionario y la gramática, debía redactar la historia de España cuidando al mismo tiempo de conservar y clasificar las antigüedades conocidas.
Antiguamente tuvo su sede en la calle Valverde hasta que en 1894 se trasladó al palacete actual. El edificio, obra del arquitecto Miguel Aguado, consta de un salón de actos, muy bien decorado, y otras dependencias, como la biblioteca.
Museo del Prado
Enfrente de la estatua de Neptuno se alza el Museo del Prado, el más famoso de Madrid, el más importante del Estado por la calidad de sus colecciones y, en opinión de muchos, la mejor pinacoteca del mundo seguida del Museo de El Louvre y el British Museum.
Delante del museo había antaño cuatro cedros que Eugeni d''''Ors juzgaba dignos de figurar entre los árboles más bellos del mundo. En la actualidad grandes abetos sustituyen a los cedros con su porte y elegancia junto a las estatuas de Velázquez, obra de Aniceto Marinas y de Goya, obra de Mariano Benlliure.
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El museo cuenta con 8.000 obras de las cuales sólo se muestran al público una pequeña parte, alrededor de 5.000. Las tres mil restantes se guardan en almacenes o se depositan, temporalmente, en otros museos o edificios del Estado. Las colecciones tienen como base las aportaciones reales de Carlos I, Felipe II, los restantes Austrias, Felipe V y los sucesivos Borbones, enriquecidas posteriormente con los fondos del Museo de la Trinidad, que conservaba los objetos de arte confiscados tras la desamortización de Mendizábal (1835), diversos legados y adquisiciones. Debe destacarse que todas las obras son de procedencia legal y ninguna ha llegado al Prado como requisa, incautación o botín de guerra como suele ser frecuente en otros museos europeos.
Se considera un museo único en pintura española de los siglos XVI y XVII con una colección única de Velázquéz y Goya. Además, alberga espléndidas muestras de la pintura italiana del renacimiento, en especial de la escuela veneciana; de la flamenca primitiva y del siglo XVII; de la francesa del siglo XVII y XVIII, etcétera. Entre los lienzos se muestran bellas esculturas griegas y romanas, objetos de orfebrería, tapices, medallas, muebles, etcétera.
Jardín Botánico
En dirección a Atocha, en la misma acera que el Museo del Prado, se encuentra el Jardín Botánico fundado en 1781 por Carlos III para albergar una colección de plantas exóticas traídas de todos los lugares del mundo conocido. Fernando IV ya creó un jardín botánico en la huerta de Migas Calientes que con el tiempo pasó a ser vivero del ayuntamiento.
El jardín, rodeado por una verja de hierro, obra de José de Muñoz, consta de cuatro puertas: plaza de Murillo, calle de Espalter, calle de Claudio Moyano y paseo del Prado (la principal). Esta última, obra de Juan de Villanueva, muestra un pórtico de granito con arco de medio punto y dos columnas dóricas.
Museo Nacional de Arte Contemporáneo - Centro de Arte Reina Sofía
En la plaza de Atocha, con entrada por la calle Santa Isabel (nº58), se halla el Museo de Nacional de Arte Contemporáneo en las dependencias del antiguo hospital de San Carlos, obra de Sabatini muy influida por el estilo herreriano. Construido en 1776 sustituyó al antiguo hospital General (1566) fundado por Felipe II para agrupar a diversos centros sanitarios.
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La fachada principal (calle Santa Isabel) conjuga a la perfección sus líneas clásicas con los modernos ascensores exteriores convertidos en cajas de cristal que permiten contemplar una panorámica de la zona mientras ascienden. El Museo ofrece numerosas exposiciones temporales, de gran interés, a la vez que expone su fondo artístico en dos plantas (segunda y cuarta) con obras de finales del siglo XIX a mediados del XX (planta segunda) y de mediados del siglo XX al último cuarto del siglo (planta cuarta).
Entre las obras destacan El Guernica y Mujer azul, de Pablo Picasso; Cenicitas y El gran masturbador, de Salvador Dalí; La tertulia del Pombo, de Solana; Retrato de Josette, de Juan Gris, etcétera. Además hay pinturas y esculturas de artistas como Joaquín Torres, Rafael Barradas, Pablo Gargallo, Joan Miró, Julio González, Arp, Kandinsky, Calder, Masson, Max Ernst, Tanguy, Magritte, Oscar Dominguez, Man Ray, Francisco Bores, Moreno Villa, Luis Fernández, Le Corbusier, Tàpies, Tharrats, Ràfols Casamada, Oteiza, Guinovart, Farreras, Manuel Miralles, Francis Bacon, Henry Moore, Cuixart, etcétera; y también una colección de objetos personales de Luis Buñuel.
Parque del Retiro
Por la calle Alfonso XII, dejando Atocha a la espalda, se llega al parque del Retiro, el pulmón de Madrid junto con la Casa de Campo y el parque del Oeste. Lugar preferido por los madrileños para pasear los días de fiesta rebosa de gente que acude a tomar el fresco, el sol, a leer el periódico bajo la sombra de algún árbol centenario o, simplemente, a contemplar las escenas que protagonizan los titiriteros, cantantes espontáneos, mimos y mil personajes más que hacen del Retiro su escenario improvisado. El parque ocupa unas 120 Ha en el corazón de la ciudad, hecho que lo convierte en una isla de verde en mitad del negro asfalto. Cierra su perímetro una verja de hierro (siglo XIX) abierta por quince puertas.
La historia de este parque arranca en la huerta cercana a San Jerónimo donde el conde-duque de Olivares tenía una quinta de recreo. Según la tradición el conde-duque de Olivares sentía gran estima por las gallinas que en esta quinta criaba. La muerte de una de ellas, llamada «doña Ana», sumió en la tristeza al conde-duque y regaló la quinta al rey que, con el tiempo, adquirió otros jardines vecinos hasta forman el gran espacio verde de hoy en día. Lo único cierto es que el día 1 de octubre de 1632 el conde-duque de Olivares entregó al rey Felipe IV las llaves del parque en mitad de una gran fiesta de inauguración.
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En el parque se alzó el palacio construido por Felipe IV, en 1635, del que subsisten -en la actualidad fuera del parque- los edificios del Museo del Ejército y del Casón del Buen Retiro, antiguo salón de baile del palacio como se ha visto. En este descomunal recinto había además nueve ermitas, un corral de comedias, del que Javier Aparicio (op. cit) escribe: «La corte alcanzaría la supremacía del espectáculo barroco, muy especialmente en tiempos de Felipe IV, cuando el coliseo del Buen Retiro de Madrid, inaugurado en 1640, se convirtió, por obra y gracia del ingenio y de la maquinaria teatral, en un complejísimo mecanismo para fabricar ficciones verdaderamente espectaculares...» Hubo también una plaza de toros, la primera de Madrid inaugurada en 1743, donde encontró la muerte Pepe Hillo.
Entre los lugares de interés del Retiro merecen citarse la montaña Artificial, construida en tiempos de Fernando VII con objeto de cubrir con una bóveda una noria; la casita del Pescador, antigua casa de reposo que sirvió de pescadero real; los restos de la iglesia románica de San Isidoro (siglo XII) traídos desde la provincia de Ávila; la glorieta de Sevilla, decorada con bancos revestidos de azulejos sevillanos y la imagen de la Virgen de los Reyes; el monumento a Francisco de Paula Martí (1781-1827), inventor de la taquigrafía moderna; los jardines de don Cecilio Rodríguez, con una decoración de arcos de hierro; el Observatorio Central Meteorológico, antigua torre telegráfica de 1856; el quiosco de música; el monumento a Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, inaugurado en 1934.
Otro punto importante es el monumento a Cuba, formado por tres cuerpos con pilones semicirculares; la estatua a Ruperto Chapí, inaugurada en 1921; la plaza de Guatemala en cuyo centro el alza el monumento al general Martínez Campos; la glorieta de la Sardana, lugar de reunión de los catalanes que viven en Madrid; la fuente-monumento de Santiago Ramón y Cajal; el palacio de Exposiciones o de Velázquez, renacentista, construido para la Exposición Colonial de 1887; la rosaleda que se inspiró en su homónima de París; el monumento al Ángel Caído, alzado en 1880 y primer premio de la Exposición Internacional de París en 1878, obra de Mariano Benlliure, se considera el único monumento al diablo del mundo; la fuente de los Galápagos, que antiguamente se alzaba en la Red de San Luis; la chopera, la zona deportiva por excelencia; el Observatorio Astronómico (1790) auspiciado por Carlos IV; además, hay numerosas estatuas, fuentes, parterres, quioscos de bebidas, bancos, etcétera. Los dos puntos más importantes del Retiro, el palacio de Cristal y el monumento a Alfonso XII se tratan a continuación.
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