Viajando en una dahabia, una embarcación típica del Nilo, Amelia anotó cuidadosamente todo lo que vio de los templos, tumbas y monumentos e incluso descubrió una capilla enterrada por su cuenta. Esto se convirtió en el libro A Thousand Miles Up the Nile, la primera encuesta arqueológica de las ruinas de Egipto. El libro está lleno de notas a pie de página históricas y detalles cuidadosos. Amelia Edwards fue la responsable de la fundación de la primer cátedra en Egiptología (una ciencia a la que contribuyó a crear) en University College London, y apoyó el nombramiento de Sir Flinders Petrie. Se estableció como una de las máximas autoridades en el tema del antiguo Egipto y su libro A Thousand Miles Up the Nile todavía sigue siendo uno de los libros de viaje mas inspirados del tema.
Independencia y conocimientos
Amelia Ann Blanford Edwards nació el 7 de Junio de 1831. Sus padres eran Thomas y Alicia. Su padre fue militar, pero debido a su mala salud, dejó el ejército para convertirse en un empleado de banca. Más o menos lo que se consideraba un gentleman. Es decir, llevaba una vida totalmente convencional, desayunaba, leía el Times, iba al banco y trataba de imprimir una especie de disciplina militar en su impuesta vida civil. Cuando estalló la revuelta de Crimea, ofreció sus servicios al Ejército aduciendo que “aún podía y deseaba servir a la patria”, aunque ya contaba más de sesenta años. Esta oferta un tanto idealista nos da una idea de cuales eran sus valores.
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Su madre, Alicia, estaba emparentada con los Fitzgerald, una familia irlandesa de cierto renombre. Es decir que Amelia nació en una familia bastante acomodada, aunque sin formar parte de lo que se podría llamar la burguesía alta. Alicia era una mujer muy viva e inteligente, y sus intereses iban mucho más allá de los de una simple ama de casa.
Sus padres se casaron muy mayores para lo que era habitual entonces. Él tenía 43 años y ella 30. Amy, como la llamaban familiarmente, no nacería hasta 15 años después. Es decir que Alicia tendría 45 años cuando nació su hija. Fue hija única.
Alicia se dedicó totalmente a dar a su hija una educación muy por encima de lo que se esperaba para una señorita-bien. También supo inculcarle seguridad en sí misma, y una cierta dosis de orgullo. Incluso en uno de sus libros, Amelia cuenta como la miraron mal al ver que sabía preparar una tortilla, cosa que no cabía en la cabeza de las rígidas señoritas victorianas de clase alta.
De pequeña, sus lecturas favoritas eran los libros de viajes, en especial Vida y Costumbres de los Antiguos Egipcios de Sir. J. Gardner Wilkinson, y América Central de Spencer.
Empezó a escribir a los 4 años. Escribía todo en mayúsculas, porque aún carecía del dominio necesario para unir las letras. A los 7 escribió un poema titulado “Los Caballeros de la Antigüedad” Y a los 12 ya escribía con regularidad, e incluso dibujaba portadas y contraportadas. En una ocasión envió su trabajo a un famoso artista, que se lo publicó, sin saber la edad de su colaboradora. Un día fue a visitarla y quedó sorprendidísimo al ver la edad de su “colaboradora”. No obstante sus padres, aunque eran de mente más abierta que la generalidad de familias, se mostraron contrarios a que continuara la colaboración entre su pequeña Amy y el artista. Además de no satisfacerles del todo el que su hija entrara en ese mundo de los pintores, entonces se tenía la extraña idea de que el óleo era nocivo para la salud. Así, impidieron que esto fructificase, y la ocasión pasó de largo.
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En su primera juventud se concentró en la música, tanto enseñando como aprendiendo. Dedicando ocho horas diarias de práctica, llegó a ser una buena concertista. Y también cantaba con muy buena voz.
No resulta extraño que su madre estuviera orgullosísima del talento de su hija. La joven Amelia era entusiasta, llena de energía y, como la define su prima Mathilda Betham Edwards la “personificación de la alegría juvenil,” aunque se saltaba las normas con facilidad. Amelia y su madre solían pasar los veranos en Suffolk con su familia, compuesta de sus tíos y muchos primos. Aquí, ella gozaba de la libertad que se le negaba en Londres. Siempre tenía a sus familiares en vilo pensando qué nueva trastada se le ocurriría: abrir un barril de cerveza y estropearla, encerrar a una de sus tías en la despensa… etcétera.
Ya entonces tenía el encanto personal que conservaría a lo largo de toda su vida, y cuantas más trastadas hacía, más se ganaba el corazón de todos. Esta indulgencia que todos parecían sentir hacia ella podría haberla convertido en una niña mimada. Pero no fue así, y la personalidad de Amelia emergió intacta, sin perder nada de su atractivo juvenil, ni de su osadía.
Sus padres, al ser mayores, mostraban bastante ansiedad acerca del futuro de su única hija, y le procuraron un compromiso matrimonial en 1851. El nombre del novio era Bacon, y Amelia estaba muy lejos de estar enamorada de él. Más bien parecía sentir aversión hacia él, y el paseo dominical de la iglesia a casa se le hacía insufrible. En parte porque este noviazgo era un impedimento para su relación con un primo de Suffolk, al que se sentía muy unida desde muy jovencita. La relación con el primo no pudo fructificar anteriormente pues ambos eran muy jóvenes. Luego estuvo el noviazgo de ella, y el tren pasó de largo. Amelia lo comenta con tristeza: “mi desgraciado compromiso me arrebató esa oportunidad.”
Poco después comenzó a mantener correspondencia con un tal Emile Stéger, un francés, al que llamó “el más querido e íntimo de mis amigos”. Se encontraron en Paris en 1855, y con él y un grupo de amigos, hablaron, fumaron, bebieron champagne, y ella confiesa haber sido “totalmente feliz”
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En 1857 escribió La Escalera de la Vida” que es una historia de secuestros, persecución de un amor, descubrimiento de una voz portentosa para el canto, por mencionar algunos de sus ingredientes. Amelia veía la vida a través de unas gafas de fuertes colores, y sus heroínas literarias siempre encontraban obstáculos para llevar una vida independiente. Esta novela es un ejemplo del deseo que ella misma sentía por experiencias fuertes.
La muerte de sus padres la afectó mucho. Su padre murió de bronquitis a los sesenta y dos años, el 22 de Agosto de 1860. Su madre moriría cuatro días después de neumonía cuando tenía sesenta años. Ella, aunque nunca estuvo muy cercana a él, era igual que su padre, y muy dependiente de su madre. El hecho de permanecer soltera hacia que de alguna manera no hubiera cortado totalmente el cordón umbilical con ella
La familia Braysher, amigos de sus padres, casi apadrinaron a Amy para lanzarla en sociedad. Pero ella despreciaba la vida social de salones, y prefería la vida bohemia de los artistas en París. Incluso en sus escritos hace comentarios ácidos y jocosos sobre la brillante y encorsetada sociedad inglesa.
Sus viajes
Primero se fue a Suiza, y luego con unos amigos a Florencia. También visitaría Roma y el sur de Italia. Y empezó a tomar gusto a los viajes. Y también a escribir sobre ellos. Escribió Vistas e Historias, relato de unas vacaciones por el norte de Bélgica. En este libro ensayó torpemente la narrativa, hay que decir que sin excesivo éxito.
En el verano de 1872 se encontraba en la zona de los lagos del norte de Italia, y ella y una amiga decidieron embarcarse en una aventura un tanto insólita: Recorrer los Dolomitas. Los Dolomitas eran entonces unas tierras vírgenes. Muchas personas ni sabían lo que eran, incluso creían que se trataba de una secta religiosa. Ella y su amiga Lucy Renshawe, a quien siempre llamó L. tenían un arraigado espíritu aventurero, y abominaban del turismo de masas. Del turismo de entonces, que no tenía nada que ver con el actual. A menudo se refiere a los viajeros de la Cook con cierta condescendencia, como si fueran ganado. Ellas dos preferían implicarse más en sus viajes, en lugar de llevar todo previsto.
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Luego viajaría a Egipto de modo casual. Ella y su amiga L. se fueron al sur de Francia para buscar paisajes para pintar. Pero el tiempo no fue lo bueno que ellas hubieran querido, y decidieron irse a un lugar más cálido. Y pensaron que Egipto sería el mejor lugar para “secarse.” Esta decisión requería una gran dosis de valentía. No olvidemos que ahora ir a Egipto supone dinero y algunas horas de vuelo. Antes hacía falta mucho más dinero, mucho tiempo, y gran espíritu aventurero.
Fueron en barco de Brindisi a Alejandría y tuvieron una travesía fatal. Y al llegar tuvieron que aguardar 48 horas de cuarentena. Pero ella corre un velo sobre todas estas incomodidades, y no le da la menor importancia. Su llegada al hotel Shepheard''''s de El Cairo es uno de los momentos estelares del libro, ya que con su clásica ironía, a la pregunta de por qué habían ido a Egipto, contestaron que “para guarecerse de la lluvia.”
Por el Nilo
El relato del viaje por el Nilo es una verdadera delicia, ya que combina anécdotas y descripciones con arqueología, y lo hace con verdadero tacto y profesionalidad. Sigue empleando la tercera persona, y se llama a sí misma “la Autora.”
No regresó a Egipto jamás, como ella profetizaba en el libro. Pero Egipto ya no se apartaría de ella durante el resto de su vida.
Los demás viajes que hizo fueron consecuencia de su recién despertada “pasión” por la egiptología. Hizo una gira por Estados Unidos dando conferencias sobre su viaje a Egipto. Estas conferencias fueron muy celebradas, ya que parece ser que la voz melodiosa y la dicción de Amelia tuvieron mucho éxito entre los norteamericanos. Todo esto unido al entusiasmo que seguramente pondría en sus charlas, hizo que las conferencias resultaran todo un acontecimiento en la época. De los textos de estas conferencias, en 1891 se publicó un libro titulado "Faraones, Fellahs, y Exploradores”
Sus últimos días
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Durante su gira americana, sufrió un accidente que, aunque leve en principio, acabaría con su vida. Al bajar del estrado después de pronunciar una conferencia se cayó y se fracturó el brazo izquierdo. Sufrió una fractura compuesta que la obligó a tener el brazo inmovilizado durante cierto tiempo. Después la propia falta de movilidad de brazo y mano hizo que sufriera dos percances más en el mismo brazo, con la fatalidad de que una astilla de hueso al parecer se clavó en una arteria, y esto hizo que perdiera mucha sangre. Al poco tiempo comenzó a tener molestias en su pecho izquierdo y el diagnóstico fue fulminante: tenía cáncer. Inmediatamente se le practicó una mastectomía, y el mal quedó zanjado, y no regresó jamás, pero ella estaba muy débil por la pérdida de sangre, y jamás se recobraría totalmente.
Amelia Edwards murió finalmente al contraer una gripe, de la que no logró recobrarse. Su vida acabó el 15 de Abril de 1892. Su tumba está en el cementerio de Westbury-on-Trym, cerca de Bristol.
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