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Montreal: urbana y natural
Es la segunda ciudad francófona del mundo tras París. Con tres millones de habitantes, conjuga a la perfección su pasado galo con el británico, su carácter romántico y europeo con su aire vanguardista. Situada al borde del río San Lorenzo, la ciudad se extiende sobre una isla, al pie del Mont Royal, donde dos miradores permiten contemplar el panorama de la ciudad y su entorno.
Montreal: urbana y natural

Paul de Chomedey, señor de Maisonneuve, fundó Ville Marie en 1642, al borde del río y al pie de la montaña. Cien años antes, Jacques Cartier, al visitar el pueblo indio de Hochelaga, dio a la montaña el nombre de "monte Real", del que deriva el nombre actual de Montreal. En tres siglos y medio, lo que era una simple misión de evangelización se transformó en el mayor puerto interior del mundo, sede de los primeros bancos y sociedades comerciales de Canadá, segunda ciudad francófona en el mundo y una gran metrópoli internacional.

Montreal: urbana y natural
 

Montreal supo sacar partido a su doble origen francés y británico para transformarse en el punto de convergencia de ciudadanos procedentes del mundo entero. La rica vida cultural de la ciudad es una prueba de la intensa creatividad debida a dichos orígenes. Cines, teatros y salas de espectáculos atraen a la gente con una programación variada, mientras que los bares, cafés y discotecas están abiertos hasta muy tarde por la noche. Las compras figuran también entre los atractivos de Montreal, que se reconoce como una de las capitales de la moda.

Moderna y multicultural


Mucha gente la confunde con la capital de Canadá, porque junto con Toronto son las urbes más atractivas del centro-este canadiense. Es la segunda ciudad de habla francesa más grande del mundo, pero a pesar de su intensa actividad financiera, Montreal respira calma e inspira tranquilidad. Su ambiente romántico, sus construcciones medievales y su realidad bicultural sumergen al visitante en sensaciones poco comunes. Montreal ha superado los 350 años de vida, y aún continúa siendo un centro económico y cultural que impacta al mundo con su extrema prolijidad y sus aires melancólicos. Los tintes europeos de su arquitectura unidos al frío de su atmósfera recrean un paisaje que sólo es animado por la cordialidad de su gente y el calor de sus noches interminables. Sus rasgos helados han concebido un universo de ambientes interiores, vidrios empañados y chimeneas. Los locales viven sus días adentro, amparados desde afuera por un paisaje que los despierta con su grandeza.

Montreal: urbana y natural
 

La zona moderna de Montreal destaca por su vanguardismo. Sus rascacielos de cristal y acero y sus centros comerciales dominan el paisaje, aunque la ciudad no acaba ahí. Bajo la superficie se encuentra todo un complejo mundo subterráneo de tiendas, cines, restaurantes y otros centros de ocio, en muchos casos interconectados entre sí, donde los habitantes de Montreal pueden soportar mejor los rigores del invierno. Para épocas más calurosas, nada mejor que sus parques, hechos para pasear, descansar y acercarse a las ardillas que los habitan, o su enorme Jardín Botánico. En los alrededores de Montreal, hacia el norte, se encuentran los montes Laurentianos, donde poder esquiar, pescar, pasear o alojarse en algunas de sus mansiones rurales.
Se trata de una ciudad construida por islas. Son más de veinte puentes los que van uniendo las tierras a un lado y al otro del río san Lorenzo.

Desde las aguas internas vierte el romanticismo, que combinado con la tenue música y las galerías de arte, hacen de Montreal un perfecto lugar para soñadores y diletantes. Su bohemia no sólo hipnotiza a los enamorados, sino que pierde a cualquiera que sepa apreciar la distinción europea y el encanto de Canadá. Y sobre todo, atrae a los viajeros que sueñen con transitar paisajes nórdicos hasta desembocar en el Atlántico, o a aquellos que prefieren emprender el rumbo oeste en una larga ruta hasta Vancouver.

Montreal: urbana y natural
 

Recorrer sus barrios es ir entremezclándose con indios, chinos y europeos, recrean en cada distrito un país bien diferente. Los olores de las comidas de todo el mundo nos tientan a disfrutar de una buena mesa, que será acompañada por excelentes vinos. Así nuestros recuerdos canadienses tendrán un gusto multicultural y, sobre todo, un sabor delicioso. Lo cierto es que esta París norteamericana o esta Nueva York afrancesada atrapa con su distinción y elegancia en medio de un escenario de bosques, laderas y mucho blanco.

Durante el invierno, mientras que muchos prefieren patinar o practicar el esquí de fondo, los friolentos permanecen al calor de la "ciudad debajo de la ciudad", una red interior de más de treinta kilómetros que une, gracias a un metro limpio y rápido, edificios de oficinas, apartamentos, centros comerciales, hoteles, cines, restaurantes, estaciones de tren y estacionamientos de automóviles.

Calidez para todos


En realidad, a simple vista Montreal se parece a cualquier ciudad europea, con unos toques de la modernidad norteamericana, pero el tesoro real de esta ciudad viva es la gente. Son muy francófilos, sociables, amantes del arte, de la vida al aire libre, de la música y del sol.

Montreal: urbana y natural
 

Como le pasa a cualquier viajero descuidado, el primer contacto puede llegar a ser como los párrafos iniciales de un libro... tal vez un poco chatos (¡esto ya lo vi antes!). Pero después de recorrer la "obligada" zona histórica y los típicos paseos de calles adoquinadas y paredes que se resisten al paso del tiempo es hora de descubrir el verdadero Montreal. Claro que el verdadero Montreal tiene sus altibajos: en invierno todos se ocultan del frío blanco en oficinas, shoppings y restaurantes bajo tierra, comunicados por el metro; y en verano, luego de meses de espera impaciente, toda esa energía contenida explota en forma de movimiento, música, colores y risas.

Para entrar en calor, se puede empezar por una plácida caminata por Saint-Catherine. Si se tiene la fortuna de estar alojado en el Hostel de Montreal (una especie de Hostel cinco estrellas para los estándares jóvenes), sólo se requieren unos diez minutos para llegar al lugar donde está la acción. A partir del Palace des Arts, la calle se interna por el Quartier Latin y se viste con la desinhibición de unos neopunks de raíz francesa. Bares, pubs y negocios de tatuaje y body piercing se suceden entre paredes pintadas, veredas dominadas por los skaters y almacenes de inmigrantes de los rincones más remotos del planeta.

Internarse por Saint Denis es como transportarse a un rinconcito de París... pero después de haber pasado por un filtro informal. Durante los claros días de verano, los restaurantes y bares despliegan sus mesitas y sombrillas para que el joven de Montreal salga a tomar un trago con sus amigos. El lugar tiene una onda impresionante y dan ganas de quedarse tarde tras tarde a mirar pasar la gente, a probar cada rincón, o a incursionar por el cine montrealense en alguno de sus complejos de múltiples salas.

Montreal: urbana y natural
 

Colina arriba, y pasando la Plaza Saint Louise, donde los vecinos salen a descansar en la sombra de frondosos robles y maples, comienza una callecita peatonal que reúne diversas opciones de comidas, desde italiana a griega, en esta ciudad cosmopolita. Después de trabajar, los montrealenses prolongan su día paseando, charlando o andando en rollers por sus calles llenas de vida. Finalmente, y para tener excusas para quedarse más y más, el mundo latino también tiene su calle. En el Boulevard Saint Laurent abundan los cafés, espacios de arte, almacenes latinos y mucha, mucha gente con la mejor onda.

Veranos de festivales


Como la mayoría de los países que padecen largos inviernos, su gente está meses esperando la llegada del sol... y cuando llega, todo explota.
Y no sólo salen todos a la calle sino que la municipalidad y algunas empresas locales organizan una serie ininterrumpida de festivales espectaculares. Por ejemplo, cada fin de junio el mundo francófono se da cita para su festival de música más grande y reconocido: el FrancoFolies de Montreal.

Montreal: urbana y natural
 

Más de 150 conciertos gratis y al aire libre y algunos conciertos pagos le dan un ritmo increíble a la fiesta por excelencia. Participan grupos de Bélgica, Canadá, Francia, del Caribe y del Norte de África. Ritmos latinos, pop, rai, hip hop, jazz, funk, poesía y debates diversifican la fiesta. Los montrealenses no pierden el tiempo y al salir del trabajo o de sus estudios, chicos y grandes se juntan a partir de las cuatro de la tarde para llenar las gradas, jardines y plazas del complejo del Palace des Arts. Es un espectáculo imperdible, no sólo escuchar a los músicos, sino ver la alegría de todos disfrutando de su idioma tan defendido y del buen tiempo.

También a fines de junio, los miércoles y domingos a la noche se baten a duelo unos artistas especiales en la Benson and Hedges International Pyromusical Competition. La noche canadiense es desgarrada por los rojos, amarillos y verdes de los fuegos artificiales mientras la música acompaña sus trepadas y explosiones. Es una sinfonía de fuego.
La lista es bastante larga e incluye el Festival de Cine de Montreal, el Gran Prix de Canadá de Fórmula Uno, el Festival de la Risa, y muchos más. Pero el Festival Internacional de Jazz es el centro y el más esperado de los festivales. Este acontecimiento atrae a los mejores artistas y a miles de cultores del jazz de todo el mundo. Y la fiesta no termina...

Parque Mont Royal


Los montrealenses dan tanta importancia a la naturaleza que durante las cuatro estaciones frecuentan el parque del Mont-Royal, diseñado, al igual que Central Park de Nueva York, por el arquitecto paisajista estadounidense Frederick Law Olmsted. Sus dos miradores ofrecen espléndidos puntos de vista de la ciudad. El parque está unido a una extensa red de carriles para ciclistas y es un verdadero lugar público de ocio y diversión, como lo son las demás zonas verdes de la ciudad.

Los imperdibles

Montreal: urbana y natural
 

El ruido de los coches de caballos se sigue escuchando aún sobre el adoquinado de las calles del Viejo Montreal, entre las fachadas de piedra gris de los siglos XVIII y XIX. En Pointe-à-Callière, museo de arqueología e historia, se han descubierto vestigios con 350 años de antigüedad, que constituyen la mejor introducción a la historia de la ciudad. Muy cerca de este museo está la basílica Notre-Dame, de estilo neogótico, conocida por la riqueza de su decoración interior.

El Viejo Puerto, totalmente reacondicionado, es el lugar más popular entre los visitantes. Su parque y sus muelles están siempre animados, y desde ahí puede tomarse un barco para dar un paseo por el río o atravesar los rápidos de Lachine en una embarcación especialmente concebida para ello.

Enfrente, en medio del San Lorenzo, se extiende el Parc des Îles, sede de la Exposición Universal de 1967. En este oasis de vegetación las familias pueden elegir entre comer al aire libre y bañarse en verano, patinar y hacer esquí de fondo en invierno, o visitar el maravilloso parque de atracciones La Ronde. En este parque también se encuentran el elegante Casino de Montreal y la espectacular Biosfera, con su centro de interpretación del ecosistema del San Lorenzo y de los Grandes Lagos.

Montreal: urbana y natural
 

El Parque Olímpico, construido para las Olimpiadas de 1976, es otro de los lugares fascinantes de Montreal. Al Estadio Olímpico acuden durante el verano los aficionados al béisbol, que vienen a aclamar al equipo de los Expos. Desde lo alto de su torre inclinada, la mayor del mundo de este tipo, la vista de la región es única.

La central Beauharnois, al borde del San Lorenzo, al suroeste de la isla, es una de las obras hidroeléctricas más largas del mundo. El Museo Ferroviario Canadiense de Saint-Constant, también en la orilla sur del San Lorenzo, sorprende a sus visitantes por su magnífica colección de locomotoras.

La isla Des Moulins, otro parque encantador, situado en Terrebonne, al norte de Montreal, es un lugar ideal para comer al aire libre. El conjunto de edificios del siglo XIX que se encuentra en este lugar ha sido perfectamente restaurado y le da un encanto especial.

El Biodomo


Bajo las cristaleras del Biodôme, situado junto al Estadio Olímpico, conviven la fauna y la flora de cuatro sistemas diferentes: la selva tropical, el bosque de los montes Laurentinos, el medio ambiente marino del San Lorenzo y el mundo polar. Frente al parque se encuentra el Jardín Botánico, el segundo del mundo en importancia, donde se exhiben fabulosas colecciones. En su interior pueden visitarse los pintorescos jardines chinos y japoneses, así como el Insectario.

Opciones culturales


Montreal posee unos treinta museos, algunos de ellos de visita obligatoria por su importancia. Es el caso del Museo de Bellas Artes, el museo de arte más antiguo de Canadá; del Museo McCord de historia canadiense; del Centro Canadiense de Arquitectura y del Museo de Arte Contemporáneo. Este último forma parte del conjunto de Place des Arts, en cuyas salas actúan desde hace treinta años grandes artistas y, en especial, la Orquesta Sinfónica de Montreal y la compañía nacional de ballet.

El Planetario, otro de los numerosos lugares de interés de Montreal, muestra a niños y a adultos los misterios del universo, mientas que el Oratorio Saint-Joseph, famoso lugar de peregrinación, eleva su impresionante cúpula en las laderas del monte Royal.


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