Es, sin género de dudas, la ciudad más conocida y visitada de todo Brasil. Estampas como la del Pan de Azúcar, el monte de peculiar forma redondeada que domina la bahía donde se enclava esta metrópoli al sureste de Brasil, la estampa del Cristo Redentor, el estadio de Maracaná o las míticas playas de Ipanema y Copacabana son auténticos símbolos brasileños. Todo ello sin olvidar su Carnaval, uno de los más importantes del mundo con sus desfiles llenos de colorido y los fastuosos espectáculos del Sambódromo.
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Fundada en el siglo XVI, tiene ahora 13 millones de habitantes y es una de las ciudades más grandes del mundo. Está en una amplia bahía rodeada de frondosa naturaleza, como la de la Sierra Carioca, la del parque nacional Tijuca o la de los lagos Tijuca y Rodrigo de Freitas.
Ascender los casi 400 metros del Pan de Azúcar, visitar el parque nacional Tijuca, reliquia de la selva tropical que antaño rodeaba la ciudad, broncearse en sus célebres playas o pasear por sus barrios son algunas de las atracciones de la ''''ciudad maravillosa'''', como es conocida. Hay zonas para todos los gustos, desde los barrios ''''chic'''' hasta otros llenos de historia, zonas financieras abarrotadas de rascacielos u otras decoradas con bellos edificios modernistas hasta los más populares, con casas de colores. Los más tristemente famosos son las favelas, suburbios marginales llenos de delincuencia y peligrosidad donde se hacinan los excluidos por el sistema.
Las mejores visitas son la moderna Catedral Metropolitana, el Centro Cultural del Banco de Brasil, el monte Corcovado, coronado por la ciclópea estatua del Cristo Redentor, el estadio Maracaná, templo del fútbol; el Museo Nacional o el Museo de Bellas Artes. El fascinante Jardín Botánico, de 1808, alberga 6.000 especies vegetales distintas, a cada cual más exuberante. Sin embargo, como esto es lo más conocido y habitual que se comenta sobre Río, aquí te ofrecemos hacer un recorrido diferente de Río…
El costado de la Bohemia
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En los elegantes espejos de las paredes se reflejan las discusiones acaloradas, las charlas relajadas y los diálogos románticos que hombres y mujeres mantienen en las dos plantas, coronadas en el techo por un enorme y distinguido vitraux, de la Confitería Colombo. Esas escenas –en la que no faltan una o varias soledades en algún rincón– sumadas al aroma del café, las sobrias lámparas, la tenue iluminación y el glamoroso diseño de estilo art nouveau remiten, de inmediato, a un típico recinto de París, Roma, Madrid o Buenos Aires. Sin embargo, suceden diariamente desde hace cien años en pleno centro de la capital carioca.
Es que cuesta imaginar otra Río de Janeiro, una Río de Janeiro más allá de sus magníficas playas, del Pan de Azúcar, del Cristo Redentor y del Carnaval, las caipirinhas y las infartantes garotas. Pero esa otra ciudad existe y es tan interesante como toda gran metrópoli del mundo. Para empezar a conocerla, basta con reemplazar unos pocos días de playa por distintos paseos que, tomando como punto de partida al centro, servirán para descubrir los aspectos más relevantes de la historia y la cultura de la “ciudad maravillosa”.
En esa zona, actual asentamiento de las empresas y del distrito financiero, es donde nació Río de Janeiro, primero como capital del imperio portugués y luego como capital federal, hasta que surgió Brasilia. En sus calles conviven edificios modernos y de vanguardia con construcciones antiguas que representan los 500 años de historia de Brasil, un contraste que fascina a los turistas. Uno de los sitios ideales para conocer el perfil colonial es la Travessa do Comercio, un hermoso rincón conformado por construcciones del siglo XVIII y ubicado en una de las esquinas de la Plaza Quince de Noviembre. Allí se encuentra el Arco do Telles, un fascinante y viejo pasaje cuyas antiguas casas –de altas puertas de colores y pintorescos balcones– se han transformado en bares y restaurantes con mesas que también ocupan los empedrados originales de las sendas peatonales.
El recorrido colonial incluye la Iglesia de la Candelaria, una de las más antiguas, el Monasterio de Sao Bento, el Convento de Santo Antônio y la Iglesia Nossa Senhora da Glória do Outeiro, construida sobre el Morro da Gloria.
En el centro, el viajero conoce la verdadera dimensión de Río, ya que tiene la posibilidad de adentrarse en el movimiento cotidiano de la ciudad y visitar los sitios más destacados que hacen que la “cidade maravillosa” no sea únicamente un destino de playa.
Espacios culturales
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Como muestra del Río urbano basta y sobra con la bellísima fachada del Teatro Municipal, un señorial palacio de ensueño en cuyo escenario brillaron, entre otros, Maria Callas, Igor Stravinski, Kurt Mazur al frente de la Filarmónica de Nueva York, el Ballet Kirov, Zubin Mehta dirigiendo a la Filarmónica de Israel y hasta el músico de vanguardia Philip Glass. Con una amplia cartelera de conciertos, ópera y ballet, el Teatro Municipal es sólo una de las múltiples alternativas culturales que ofrece Río de Janeiro. Sin ir más lejos, a pocos metros se encuentran el Museo Nacional de Bellas Artes y la Biblioteca Nacional, donde se preservan originales de la literatura clásica brasileña y un ejemplar de la Biblia de más de 500 años de antigüedad.
Si el visitante está interesado en la historia del país, entonces debe acercarse al Museo Histórico Nacional, donde encontrará todo lo referido a la época y las costumbres imperiales; al Museo de la República, que exhibe documentos de los tiempos en los que Río era la capital de Brasil; al Paço Imperial, un edificio construido en 1743; y, por supuesto, a Petrópolis, la ciudad imperial en la que se puede recorrer el palacio de veraneo de Don Pedro II y el museo del lugar, además de fastuosos y floridos jardines.
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Otros interesantes museos son el de Arte Moderno (MAM), el de Arte Naïf, el de Imagen y Sonido –que posee la mayor colección nacional de films, documentos y grabaciones de la música popular brasileña– y el Centro Cultural Banco do Brasil, instalado en una construcción de 1880.
Como para redondear este panorama de arte, historia y cultura, en el Parque de Flamengo se encuentra el Museo Carmen Miranda, en realidad el gran homenaje de la ciudad a la diva brasileña que deslumbró a Hollywood en la década del ‘40. Aunque había nacido en Portugal, la estrella llegó a muy temprana edad a Río de Janeiro y, después de maravillar con su voz, su cuerpo y su inigualable aura a los cariocas, partió a los Estados Unidos y brilló a la par de Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Greta Garbo y Bette Davis. En el museo, formado por varios salones unidos por hermosos jardines, se pueden conocer objetos personales, vestidos, accesorios, joyas utilizadas en los films, tapas de sus primeros discos, premios recibidos a lo largo de su carrera y fotografías de sus películas más famosas, entre ellas Copacabana, en la que actuó junto a Groucho Marx.
En tranvía
Tampoco nos remite inmediatamente a Río de Janeiro la imagen de un tranvía. Pero ahí está, en pleno funcionamiento, transitando la calle Almirante Alexandrino, arteria principal del pintoresco barrio de Santa Teresa. Situado en los morros del área céntrica, éste es el distrito que eligieron para vivir los artistas, intelectuales y bohemios de la ciudad. Alejado del bullicio urbano y con maravillosas vistas del centro, la Bahía de Guanabara y la isla de Niteroi, Santa Teresa –algo así como el Montmartre carioca– conserva intactas construcciones de inicios del siglo XX y estrechas callejuelas plenas de magia con antiguas mansiones que actualmente son destacadas galerías de arte.
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Con acentuadas inclinaciones en su trazado, el barrio cuenta con más de 80 ateliers de artistas locales, muchos de ellos abiertos al público. Además, en sus inmediaciones se encuentra el Museo de Chacara do Ceu, en el que es posible tomar contacto con una de las colecciones de pintura más grandes del país, que incluye trabajos de Dalí, Monet y Picasso, entre otros.
Yendo a las zonas tradicionales de Copacabana, Ipanema y Leblon, la cultura se hace presente en el Café Severino –instalado al fondo de la librería Argumento– y en el Café Ubaldo, dentro de la librería Letras y Expresiones.
Música
Las atracciones de Río, como las de toda gran ciudad, son infinitas y muchas de ellas no siempre están incluidas en los programas turísticos. Como ejemplos vale mencionar los paseos en botes a pedal en la Laguna Rodrigo de Freitas, ideales para el atardecer; el Museo Amsterdam Sauer de Piedras Preciosas, con más de 3 mil brillantes piezas; el Jardín Botánico, el Planetario, la inmensa formación rocosa Pedra da Gávea y el Parque Nacional da Tijuca que, con sus 3200 hectáreas, es la más extensa floresta tropical del planeta ubicada en un área urbana.
Y, para culminar estos recorridos, nada mejor que hacerlo con música. Instalarse en una mesita del famoso Vinicius Bar y, como De Moraes y Tom Jobin, deslumbrarse con alguna Garota do Ipanema mientras se saborea una rica cerveza helada al compás de la mejor bossa nova.
Al ritmo del samba: el gran ritual
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Sin lugar a dudas, el Carnaval de Río es el de mayor envergadura y efusión. Todos los años, miles de turistas alcanzan las costas de la ciudad encantados por el ritmo sensual de la samba, la desinhibición, y la expectativa de pasar algunas noches desenfrenadas, trazadas de colores, alegría carioca, y alcohol. Y no es para menos, pensar que Río descansa todo el año en la ansiosa espera de los cuatro días que dura su carnaval.
Esta celebración tiene gran importancia regional, tanto que mucha gente guarda sus ahorros para destinarlos a ella, en vez de gastarlos en las fiestas de diciembre. Inclusive, se dice que los negocios deben quedar para después, cuando el año realmente comienza, ya que hay una considerable reducción en varias áreas comerciales, y los trabajadores no son tan confiables como en otras épocas del año.
El carnaval llegó al Brasil junto con la colonización portuguesa y con la migración de sus colonias: Islas de Madeira, Açores y Cabo Verde. Se dice que las fiestas portuguesas siempre fueron diferentes a las de sus pares europeas y que se caracterizaban por sus excesos. El punto de partida se encuentra en los comienzos del siglo XVIII, en una ceremonia llamada Entrudo (entrar) que semejaba una lucha cuyas armas consistían en huevos, harina, botellas con aguas perfumadas, tubos de vidrio que hacían explotar, y maíz y porotos para arrojar a la cabeza de la gente; además, también se tiraban a la calle aquellos utensilios que ya no tuvieran uso como jarros, potes y platos. Esta costumbre que luego se trasladaría al último día del año.
Como sucede con frecuencia, con el tiempo, las costumbres van cambiando o se van incorporando nuevas. Así en 1840 un negocio de máscaras importó caretas, bigotes y barbas falsas, para ayudar en la representación y en los bailes. Luego, en 1852, aparecería Zé Pereira, un grupo de tambores dirigido por José Nogueira de Azevedo Paredes, que caminó las calles carnavalescas al ritmo de los mismos. Con los años se incorporarían otros instrumentos como las "cuícas", los tamborines y los "pandeiros".
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En 1855 surgieron los primeros clubes de carnaval como el "Grandes Sociedades", que no se dedicaban sólo a la celebración sino que también se ocupaban de los problemas cívicos. Con su organización y carros alegóricos, se convirtieron en los precursores del carnaval tal como lo conocemos hoy en día. Pero todavía faltaba un ingrediente: la samba. Las escuelas de samba tienen su origen en Deixa Falar (significa "dejar hablar"), que en 1928 se transformó en la primera de su clase. Por aquellos años los bailes en el Palacio Copacabana y el Teatro Municipal fueron los más concurridos.
El resto de la historia es conocida y se acerca a nuestros días: los desfiles multitudinarios en los que las compañías demuestran todo su colorido y experiencia. El primer desfile oficial fue en 1935 y se llevó a cabo en un punto tradicional conocido como Plaza Once, que luego, ante la explosión urbanística, fue derruido para construir la Avenida Presidente Vargas. Así, el desfile fue trasladándose varias veces hasta que en 1984 se inauguró el Sambódromo, un verdadero templo en el que todos los años desfilan las mejores carrozas y Scolas do Samba, que se preparan durante meses para recibir una ovación.
Pero el espectáculo no sólo está reservado al Sambódromo: los bailes improvisados junto a las batucadas callejeras toman casi todas las ciudades brasileñas y las fiestas se extienden en la noche pobladas de turistas, arlequines, pierrots y espíritus alegres.
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