Situada en el Golfo de Finlandia y esculpida por islas y por el río Neva, la ciudad ofrece una vista simétrica de ordenada elegancia. ¿Qué impresiones podría transmitir una ciudad que ha sido diseñada al milímetro, construida sobre un terreno imposible y mimada hasta el extremo de haberse convertido en el centro de reunión de apasionados por el arte, por la cultura, por la literatura, por la música...? Peters, como la llaman cariñosamente, fue un sueño de zares y zarinas y hoy, lo es de todo el mundo. No importa la época del año: el invierno te envuelve en un manto aterciopelado que te hace sumergir más en sus murallas; el verano, cautiva el corazón de los más enamoradizos. Los puentes se abren a la navegación y parece que resurge de entre los hielos una «Venecia del Norte», la primavera acoge a los bohemios y caprichosos del arte, y el otoño, envuelve de melancolía. Es una pieza armónica que no pierde su paso. Con una apasionante historia que aún hoy sigue viva en cada milímetro de sus paredes de piedra.
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San Petersburgo nació cuando en Europa se vivía el llamado Siglo de Las Luces, el XVIII, del deseo y la inquietud de Pedro el Grande, el primer zar que se aventuró a conocer Europa, a saber qué era lo que estaba pasando fuera de las murallas de Rusia, cuáles eran las novedades arquitectónicas y edificadoras de Occidente. Su objetivo era construir una ciudad modelo, culta, bella, moderna, innovadora y, sobre todo, atenta a las realidades externas. Una urbe que huyera del medievalismo en el que se encontraba inmerso el país. Y así lo hizo. Cuarenta mil soldados y obreros, más una plantilla de trabajadores finlandeses, estonios, tártaros, calmucos, prisioneros suecos y mercaderes de Nóvgorod trabajaron hasta el agotamiento para construir la primera ciudad rusa hecha de piedra [hasta ese instante sólo unos pocos monumentos en Rusia se habían construido de piedra. La madera era el material más utilizado].
San Petersburgo nació en 1703 y deslumbró hasta el punto de que se convirtió en el corazón del país «Frente a la nueva capital, Moscú ha inclinado la cabeza del mismo modo que la viuda imperial se inclina frente a la joven zarina», escribía al respecto Pushkin.
Desde su origen hasta la actualidad ha ido continuamente buscando una identidad [cambió tres veces de nombre: San Petersburgo, Petrogrado y Leningrado. En 1991 por Referéndum volvió a su primer nombre], ha supuesto, en ocasiones, una auténtica paradoja [la ciudad construida por un zar fue el germen de la Revolución Socialista de 1917] y fue la preferida de los zares hasta el punto de que allí se construyó dos de los más bellos palacios: el Ermitage y el Palacio de Verano.
La ciudad musa
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Leningrado, Petrogrado y San Petersburgo. De los tres nombres por los que se ha conocido la ciudad fundada por Pedro el Grande en 1703, a orillas del delta formado por la desembocadura del Neva en el Golfo de Finlandia, fue con el tercero con el que se convirtió en un mito de la gran novela rusa. En ella tuvo lugar el duelo que el 27 de enero de 1837 pusiera fin a la vida de Alexandr Serguéivevich Pushkin, uno de los más grandes poetas rusos.
San Petersburgo es a Dostoievski lo que París a Balzac. Llegó a ella junto a su hermano Mijail en 1837, cuando la ciudad aún lloraba a Pushkin, si bien no faltan autores que fechan la llegada en 1839. Fuera cuando fuese, lo que llevó al novelista a la ciudad fue su ingreso en la escuela de Ingeniería Militar del Castillo de Mijailovski, edificación que todavía se alza para deleite del turista.
Los vecinos más humildes de San Petersburgo habrían de ser los protagonistas del escritor desde 'Pobres gentes' (1846), su primera novela, hasta 'El adolescente' (1875), la penúltima. El lector viajero aún puede visitar las mismas calles en las que Marmelládov muere atropellado y se suicida Svidrigáilov. Todas ellas se encuentran en las inmediaciones de la Plaza de la Paz, principal escenario de 'Crimen y castigo' (1866) que, junto a la visita a la casa en la que muriera el escritor (Pasaje de Kouznets, 5) y a su tumba, en el monasterio Nevski, completan, el paseo mínimo que ha de hacer el lector de Dostoievski en su visita a San Petersburgo.
Contemporánea y clásica
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La ciudad que se ve hoy es un conglomerado armónico de 42 islas y 86 canales, abrazada por el río Neva y perfectamente diseñada. Es casi imposible perderse en ella. Tres agujas doradas indican el camino: la del Almirantazgo, la de la iglesia de San Pedro y San Pablo y la de las columnas rostrales —dos faros de 32 metros de alto que antaño guiaban a los barcos justo donde el río Neva se divide en dos brazos frente al Almirantazgo—.
Pasear por sus calles en invierno, al son del ritmo acompasado de los pasos crujientes en la nieve, es todo una experiencia. La ciudad es majestuosa. Tiene más de 20 palacios y varios parques. Sus edificios, típicos del XVIII, contribuyen a la sorpresa y al enamoramiento. Se agradece perderse por la impresionante corpulencia del Ermitage o el Palacio de Invierno. O dejarse impresionar por la verdadera historia del país en la Catedral de Pedro y Pablo, donde están enterrados todos los emperadores rusos, inclusive Nicolás II. Recorrer las estancias del Palacio de Verano de Pedro el Grande. Descubrir a estos majestuosos edificios hay que añadir la visita a las Catedrales de San Nicolás y de San Isaac, recorrer los pasillos de la Casa Museo de Pushkin, pasear por los puentes de Dvortsovy y Bankovsky o adentrarse en el teatro de Mariinski. Luego, dejándose guiar por la aguja de oro del Almirantazgo, símbolo de la ciudad, podemos comenzar a descubrir la avenida más larga de la ciudad, Nevski prospekt.
San Petersburgo es hoy una ciudad varada en el tiempo. Todo aparece tal y como estaba en los siglos XVIII y XIX. Ni un sólo edificio moderno rompe la armonía del conjunto. Y aunque ha crecido hasta tener cinco millones de habitantes, su enorme centro histórico se ha preservado intacto. En los suburbios han ido apareciendo inmensas ciudades dormitorio de impersonales y grises edificios, pero las leyes prohíben todo tipo de construcción no oficial dentro de la ciudad diseñada por sus creadores. Falta, eso sí, una manita de pintura. La decadencia flota en el ambiente y los palacios echan de menos a sus aristocráticos habitantes.
La capital de los zares
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En 1702, Pedro el Grande ganó las tierras del norte a sus tradicionales enemigos suecos y decidió establecer la capital del imperio sobre los humedales del estuario del río Neva. Era el peor lugar de Rusia para construir una ciudad, pero el zar estaba determinado a tener una salida al mar y a disponer de una flota que se hiciera respetar en las turbulentas aguas del Báltico.
Comenzó por levantar el fuerte de Pedro y Pablo sobre una isla en el río que dominaba todas las entradas. Logró un fortín tan formidable que sus enemigos jamás osaron asaltarlo. Más tarde decretó que todos los maestros albañiles y carpinteros del país se trasladaran al norte para trabajar en la nueva capital. Contrató a los mejores arquitectos italianos de la época y les pidió construir la ciudad más glamorosa de Europa. San Petersburgo fue diseñada de una sola vez, un conjunto armonioso de palacios, catedrales, puentes y monumentos que se convirtió en el asombro de las cortes europeas.
Las dificultades de este colosal proyecto fueron numerosas. Para empezar, hubo que talar enormes extensiones de bosque. Sólo la catedral de San Isaac precisó unos cimientos de 24.000 troncos clavados sobre la tierra pantanosa en que fue construida. A cada arquitecto se le encomendó el diseño de un entorno. En sólo 10 años nació una ciudad sin parangón que ni los 900 días de asedio y bombardeos de la última Guerra Mundial, ni la Revolución Bolchevique de Octubre, ni las largas décadas de tiranía soviética lograron alterar. Hasta 1924 fue la capital de todas las Rusias y residencia de los zares. Todos ellos contribuyeron a la grandeza de la ciudad levantando teatros, museos, plazas y monumentos, aunque tal vez ninguno como Catalina II, que hizo construir un palacio para cada uno de sus numerosos amantes.
Mucho por recorrer
El área entre el famoso Palacio de Invierno y el Almirantazgo es el corazón de San Petersburgo, y la calle Nevsky su arteria principal. El extremo sur de la Plaza del Palacio está encerrado por el edificio semicircular del Almirantazgo. En el otro extremo reluce la ornamentación rococó del Palacio de Invierno (hoy alberga el museo Hermitage).
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El Hermitage es uno de los más grandes museos de Europa, junto con el Louvre y el Británico. Fue creado por Catalina la Grande en 1764 para albergar su colección personal de joyas y obras de arte (2,7 millones de piezas que van desde la Edad de Piedra hasta el siglo XX). La sección de pintura sobresale con obras de Leonardo da Vinci, Rafael, Caravaggio, Velázquez, El Greco, Gauguin y Picasso. Otra colección célebre es la de joyas de oro, plata y piedras preciosas, con antiquísimas piezas de la India, China, Mongolia, Egipto e Irán.
El agua es un elemento primordial en una ciudad que se levanta sobre las 100 islas que componen el estuario del río Neva y que ha servido para que algunos, exageradamente, la comparen con Venecia. El horizonte de la ciudad está dominado por las agudas flechas doradas, que parecen disparadas al cielo desde la fortaleza de Pedro y Pablo, construida antes que la propia ciudad, y desde el imponente edificio del Almirantazgo, símbolo del poder marítimo y militar del país, situado en la orilla meridional del río Neva, donde mueren las principales avenidas de la ciudad.
Junto al Almirantazgo, siguiendo la orilla del río, se encuentra la fachada posterior del Ermitage. Al otro lado, en plena plaza Dvortsovaya, centro de los acontecimientos históricos más importantes de la ciudad, se levanta la fachada principal del Palacio de Invierno, hoy convertido en el mayor museo del mundo, que encierra en sus salones y vitrinas cerca de tres millones de obras de arte. La colección la inició Catalina II en 1767, en el pequeño Ermitage, un edificio contiguo al Palacio de Invierno, residencia de los zares. La muestra creció tanto que fue preciso construir otro palacio adosado para alojarla, el Antiguo Ermitage.
Nicolás I continuó la obra de la zarina con una nueva construcción, el Nuevo Ermitage, para dar cabida a la incesante acumulación de obras de arte que terminó por invadir también el propio Palacio de Invierno. En la actualidad, las colecciones se exponen en 420 salas, con un recorrido de unos 24 kilómetros. Es imposible calcular el valor de los objetos que pueden admirarse allí, procedentes de todos los rincones del mundo. No basta una visita para abarcar ni una ínfima parte de lo que este recinto atesora. Los amantes del arte deberán programarse muy bien y dedicar unas horas cada mañana para sacar el máximo partido.
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Muy cerca, en la plaza de los Decembristas, puede admirarse una gigantesca estatua ecuestre de Pedro I, conocida como el Caballero de Bronce, cuyo peso sobrepasa las 1.600 toneladas. Unas calles más allá, se alza la imponente cúpula, rodeada de campanarios, de la catedral de San Isaac, el mayor monumento religioso de la ciudad, capaz de acoger a 14.000 fieles. En la actualidad es un museo en el que se puede admirar un formidable iconostasio de lapislázuli y malaquita, y subir los 562 escalones que llevan a la majestuosa columnata que rodea la cúpula, para contemplar desde allí una magnífica vista del golfo de Finlandia.
Otra catedral digna de destacar es la de «San Salvador sobre la sangre», construida en el mismo lugar donde fue asesinado el zar Alejandro II, el más democrático y humano de los emperadores rusos. Este templo ortodoxo recuerda extraordinariamente a la catedral de San Basilio, de Moscú. Ambos monumentos constituyen bellísimos ejemplos arquitectónicos del estilo ruso de la época.
Ciudad imperial
Pero San Petersburgo tiene mucho más. Basta vagar a lo largo del canal Griboedov para disfrutar de sus casas y palacios, o por la orilla del río Moika, donde aún se encuentra el Palacio Yusupov, en el que encontró la muerte el infame Rasputín, en malahora valido del último zar. O atravesar el río y adentrarse en la isla universitaria de Vasilyevsky, de cuyas aulas salió el antiguo coronel de la KGB, recientemente aupado a la presidencia del mayor país del mundo. O caminar a lo largo del malecón, frente a la Escuela de Marina, donde se halla, apaciblemente atracado, el crucero Aurora, el barco que inició la Revolución de Octubre con un cañonazo sobre el Palacio de Invierno.
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Como toda ciudad imperial que se precie, está rodeada de palacios suburbanos y residencias de verano de los nobles, que se extienden hasta la costa del Báltico. El más sorprendente de todos, por su belleza y suntuosidad, es el de Peterhof (Petrodvorets, en ruso), a sólo 30 kilómetros de la ciudad, donde el descomunal Pedro el Grande, un hombre de más de dos metros de altura, hacía sus memorables fiestas en verano.
Asomado al golfo de Finlandia, entre apacibles bosques y primorosos jardines, se encuentra el Palacio de Monplaisir, el pabellón favorito del Gran Pedro, cuya engañosa sencillez exterior contrasta con las desbordantes riquezas que atesora en su interior.
Olviden los temores infundados y la mala propaganda que ha sufrido Rusia durante las últimas décadas de represión soviética, y anímense a descubrir una ciudad que fue asombro de Europa y volverá a serlo en cuanto se lave la cara. Quizás, su primera sorpresa sea descubrir el calor de sus gentes y la seguridad de sus calles, muy superior, se diga lo que se diga, a la de cualquier gran ciudad europea. Además, hasta el 17 de julio, disfrutará de las noches blancas, jornadas de 18 horas en las que el sol nunca se pone del todo.
Largos días y noches blancas de verano
Hoy, las noches blancas son la puerta a la estación más propicia al turismo. La ciudad parece más abierta, menos imponente. El inmenso cielo, en el que se clavan las agujas doradas que rematan las torres de las basílicas, cobra una luz específica, con matices y fulguraciones azules, rosas y amarillas que en la tela de un acuarelista o en fotografía es cursi, pero in situ corta el aliento. Por los canales circulan los botes cargados de extranjeros, viva sugerencia de que hay otros sitios en el mundo donde la vida es fácil y tontorrona. Para ellos, en las plazas se instalan las orquestinas de músicos de fortuna.
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Los chicos se bañan en la playa de la isla de los Conejos, al pie de los muros imponentes de la formidable fortaleza. Otros toman el sol apoyados contra los kilométricos malecones de granito del Neva. La eminente Academia de Música prepara para esta época su programa de conciertos más especial. Durante el verano se celebran dos o tres festivales de cine, uno de ellos titulado “Mensaje para la humanidad”. En el famoso teatro Mariinsky, corazón cultural de la ciudad, se celebra el Festival de las Noches Blancas. En los alrededores de la ciudad, los palacios que antaño fueron de las familias de la nobleza también organizan sus programas veraniegos en los pequeños teatros y salas de concierto.
Maravilla subterránea
Numerosos tranvías y trolebuses dobles (unidos por un fuelle) recorren San Petersburgo; pero el subterráneo, que cruza el río Neva por debajo, es el medio que merece mayor atención. Sus estaciones son verdaderas joyas arquitectónicas y están decoradas con murales y esculturas de artistas famosos. El metro de San Petersburgo irradia una elegancia señorial, y lo que resulta llamativo son sus grandes dimensiones. Por un lado, fue pensado como refugio antiaéreo, y por el otro debió construirse a gran profundidad por la humedad del terreno. Las empinadas escaleras mecánicas descienden hasta 80 metros y, a veces, hay que bajar tres de ellas para llegar al andén (la gente suele leer durante el trayecto).
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