Patrimonio Mundial
Una de las razones de la Unesco para declarar a Lyon Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1998 fue su excepcional riqueza arquitectónica y urbana, en un lugar de enorme significación comercial y estratégica entre los ríos Saona y Ródano. Un buen comienzo para entrar en contacto con esta ciudad es recorrer el centro de la Lugdunum romana, situado en la colina de la Fourvière, coronada por un estrambótico santuario del siglo XIX. Durante la Edad Media la vida giraba alrededor de la catedral de Saint Jean, construida a orillas del Saona, en un barrio que con el tiempo se convertiría en el corazón del Lyon renacentista y que ha llegado prácticamente intacto hasta nuestros días. Se ha rehabilitado su misteriosa red de traboulles, como se conocían los pasadizos secretos en los bajos de los edificios para permitir una comunicación discreta por la zona, a resguardo de las autoridades. Más tarde, el centro se trasladaría a la isla entre el Saona y el Ródano, diseñándose grandes plazas barrocas y multitud de palacios para una burguesía adinerada que se había enriquecido con negocios tan prósperos como el de la seda.
Ciudad llena de historia
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Callejeando por los barrios de la ciudad, nos adentramos en épocas más o menos lejanas. Los vestigios de la primera instalación de la ciudad urbanizada por los Romanos, la colina de Fourvière y su teatro, su templo de Cibeles y su Odeón, demuestran el poder de la villa en la época Galorromana - Lyon es la única ciudad de Francia que posee un yacimiento arqueológico permanente.
El símbolo de la devoción lionesa del siglo XIX: la Basílica de Fourvière marca la "colina que reza", la Croix-Rousse, la "colina que trabaja", calificativos debidos al historiador Michelet; todo ello nos permite dar un salto en la historia, para llegar a la historia obrera de la ciudad del siglo XIX, con elevados edificios para albergar los telares de seda de los obreros, los Canuts. En la misma época, los Lioneses cruzan el Ródano y urbanizan el territorio de la ribera izquierda: Una primera fase se engalana de bellos edificios de estilo « haussmaniano ». Luego el desarrollo será incesante hacia la parte este, en particular con la instalación de industrias cuyo paisaje mantiene a veces rasgos del pasado y también interesantes zonas de cultura obrera (barrios Mermoz y Etats-Unis edificados por Tony Garnier, la Cité Jardin de Gerland).
Cruzando el otro río, el Saona, el recuerdo de un Renacimiento prestigioso, con tonos florentinos se impone por el barrio antiguo Vieux-Lyon (barrio de Saint Jean, Saint Georges y Saint-Paul). Entre ambos ríos: la presqu'île cuna donde se concentran los testimonios de todas las épocas, desde la huella de la Edad Media muy religiosa (la Abadía Saint-Martin d'Ainay, la iglesia Saint-Nizier) hasta el sello muy novecentista de las grandes avenidas (actuales calles de la República y rue Edouard Herriot) pasando por algunas calles renacentistas y las importantes obras de la ciudad clásica ( Hôtel-Dieu, Ayuntamiento, Museo de Bellas Artes), sin olvidar el carácter contemporáneo aplicado a monumentos simbólicos de la fama de la ciudad.
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La historia arquitectónica lionesa sigue escribiéndose: Jean Nouvel y Yann Kersalé han renovado de modo muy atrevido el Ópera; Renzo Piano ha erigido entre el azul frío del Ródano y el verde apoyado del Parque de la Tête d'Or una “Cité Internationale”, calentada por sus ladrillos de barro cocido rojo; Santiago Calatrava ha diseñado una estación ferrocarril en forma de mariposa en Saint-Exupéry, mientras que el nuevo Instituto de Enseñanza del Lycée International de Jourda y Perraudin se desliza como una serpiente de vidrio, en Gerland.
Por caminos y pasadizos
Sin duda, la mejor manera de apreciar el juego fluvial de los ríos que surcan a la ciudad es elevándose hasta la cima de Fourvière. En esta colina, aprendiz de montaña, se encarama ese estrafalario remate marmóreo que es la basílica de Notre-Dame-de-Fourvière. El templo, del siglo XIX, atrae a los visitantes más por las vistas que brinda de la ciudad desde la explanada que se abre a uno de sus costados, que por sus torres y vidrieras. No es para menos. La ciudad se extiende a sus pies, con una aparente uniformidad estética que la ancla en un indefinido pasado de prosperidad palaciega. Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad.
Basta descender la colina por las serpenteantes calles que llevan al río Saona para descubrir que esa aparente uniformidad simplemente oculta la rica variedad cromática y de estilos que encierra la ciudad. Así, en primer lugar surgen las ruinas de la antigua Lugdunum, el asentamiento romano fundado en el año 43 a. C., con sus rocosos anfiteatros recostados cómodamente en la pendiente. Poco después se despereza el Lyon renacentista con sus mansiones de marcado sello florentino, sus calles estrechas, sus torres con imposibles escaleras en espiral y esa catedral de Sant Jean que no es ni románica ni gótica, sino ambas cosas a la vez.
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Pero, sobre todo, surgen los traboule, pasadizos cuasi secretos que unían las casas para mantener alejados de miradas indiscretas a paseantes y, por qué no, a amantes furtivos. Aquí fue donde se instalaron, en la segunda mitad del siglo XV y a instancias del rey Luis XI, los primeros talleres que elaboraban seda. Aquí comenzó a gestarse la riqueza y la belleza de la ciudad.
El río Saona surge poco después como la frontera líquida que separa este Lyon del moderno, el que le debe todo su esplendor, precisamente, a la seda. Así, el barrio de la Croix Rousse, alzado en otra de las colinas de la ciudad, sigue poblado de esos edificios de altos techos que antaño albergaban a los canuts, los trabajadores de la seda, y los telares jacquard que a comienzos del siglo XIX permitieron la fabricación industrial de la delicada tela. Son edificios sobrios, sin estridencias, unidos, cómo no, por traboules que transportan al paseante por los secretos de Lyon como lo hicieron con los miembros de la Resistencia francesa cuando la ciudad estaba ocupada por los nazis. Las calles también descienden aquí vertiginosamente, como si pretendieran acelerar al paseante en su caminar para que no descubra más pasadizos de los necesarios, más secretos de los imprescindibles.
Cuando la colina se vuelve llano y las orillas del Saona y el Ródano se aproximan, el Lyon moderno deja atrás la sobriedad de los edificios-telares, las calles en cuesta y la moderación de las plazas, para poblarse de palacios barrocos, calles rectilíneas y grandes espacios abiertos. Todo ello pensado para el disfrute de una burguesía adinerada que se enriqueció, precisamente, con la seda. Por ello, la ciudad se viste de gala a partir de aquí. El Hótel de Ville se muestra grandilocuente. La cúpula de acero de la ópera neoclásica, de Jean Nouvel, se enseñorea. Y la gigantesca Place de Bellecour, donde el hombre no puede sino sentirse siempre pequeño, se abre generosa al paseo.
En esta parte de Lyon, encajonada entre los cursos del Saona y el Ródano, se levanta el mayor monumento a la seda: el Musée Historique des Tissus, donde descubrir su pasado, a veces no tan lejano, pero también su esencia, a mitad de camino entre Occidente y Oriente. Todo ello asentado en un palacio del siglo XVIII.
Los "bouchons"
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Lyon es la capital gastronómica de Francia. Hay una verdadera pasión culinaria que se refleja sobre todo en sus populares bouchons, los restaurantes típicos. En ellos se sigue la tradición de las mères (madres) como la Brazier, la Pompon o la Caron, que sentaron las bases desde sus modestos comedores de la mejor cocina lionesa. Los platos se riegan con buen vino, ya sea Beaujolais o Cotes du Rhone, y para los postres nada mejor que un queso conocido como cerebro de canut, hecho con vino, cebolleta, ajo, aceite y perejil. Los mejores bouchons están en el viejo Lyon, pero en la isla hay calles como la rue Mercière dedicadas a la gastronomía.
La cuna del Principito
Es seguro que Antoine de Saint-Exupery, el hijo más célebre de esta ciudad, paseó por estas calles del Lyon moderno mientras en su cabeza se fraguaba El Principito. Él vivía, precisamente, frente a la desmesurada Place de Bellecour. Y sus pasos, forzosamente, debieron recorrer las calles de esta parte de la ciudad en la que no hay edificios que destaquen en demasía frente al resto. Todos ellos son hermosos. Todos son discretos. Todos son sugerentes. Quizá ahí encontró Antoine de Saint-Exupery el secreto de su inmortal personaje. Y, tal vez, ahí esté el secreto de Lyon, en esa suavidad de formas.
La guía
Capital del departamento de Rhône, se extiende sobre 4.787 hectáreas, dividida en nueve ‘arrondissements', que surcan el Ródano y el Saona.
Se trata de la segunda ciudad más populosa de Francia, con 1,2 millones de habitantes.
Templado, con una temperatura media anual de 11º C.
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