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Escribe: mariposadefuego, desde: España

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Sevilla: donde el deslumbramiento marca los pasos del recorrido
La emoción, el deslumbramiento y el placer van marcando los pasos del recorrido por la histórica Sevilla. Balcones floridos y coloridos azulejos; bares, tabernas y “tablaos” donde vibra la pasión del flamenco; la imponente Catedral, la Plaza de Toros y los antiguos palacios. Bajo el ardiente sol andaluz, la ciudad revela sus siglos y su modernidad a orillas del Guadalquivir.
Sevilla: donde el deslumbramiento marca los pasos del recorrido

Sevilla, que tiene poco más de 700.000 habitantes, está situada en el sudoeste de España y es la capital de la provincia del mismo nombre a la vez de ser la sede del gobierno y el Parlamento de la Comunidad Autónoma de Andalucía.

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Su fisonomía se vio enriquecida en el siglo XX por dos sucesos fundamentales: la Exposición Iberoamericana de 1929 –gracias a la que se hicieron numerosas reformas urbanísticas, de las que conservan plazas, avenidas y todos los magníficos pabellones de los países participantes en aquel evento– y la Exposición Universal de 1992, que aportó la edificación de la moderna estación de trenes de Santa Justa, la incorporación a la vida urbana de los terrenos de la vecina Isla de la Cartuja –con seis nuevos puentes sobre el Guadalquivir–, la ampliación del aeropuerto de San Pablo, la instalación de flamantes hoteles y la construcción de nuevas avenidas de circunvalación. Con el impulso que esa exposición le brindó a su vida social y económica, Sevilla consolidó su posicionamiento en España y Europa, y le mostró al mundo todas sus bellezas y su potente infraestructura.

Se trata de una cuidada ciudad –tierra natal de Velázquez, Bécquer y Machado– que combina a la perfección su condición cosmopolita con un apacible ritmo provinciano. Y, si bien es notorio en sus calles el pujante presente europeo, su identidad y su esencia bien lejos están de los valores impuestos por la globalización.

Los rostros de las casas, con sus fachadas de cal y albero o con esa línea de rojo inglés con que Sevilla rompe el horizonte blanco de sus calles. Dejarse llevar por ellas sin dirección definida, como un vagabundo de los sentidos, y caminar bajo la escueta línea azul de un cielo primaveral que asoma en las alturas como una réplica del cañamazo urbano protegido en el verano por los toldos que contienen su extrema contundencia, descubrir la belleza de una arquitectura que se mantiene tal vez por la humildad de sus esquemas populares y domésticos, tal vez por la solidez de su buen gusto y su elegancia.

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Adivinar patios floridos de hortensias y claveles, parras verdes que dan sombra al agua rumorosa de los surtidores y, tras las persianas verdes, imaginar aposentos umbrosos protegidos por muros espesos y visillos blancos, sombras frescas en el interior de las viviendas; oír el canto de los jilgueros que van y vienen, rasgando con su canto las voces y con su vuelo el firmamento, y el tamborileo de los tacones en los adoquines que forma eco contra los muros como el contrapunto de la cadencia entre el ruido y el silencio, la noche y el día.

Recorriendo la ciudad

Luego saldremos a la catedral, la más grande de la cristiandad después de San Pedro del Vaticano y St. Paul Cathedral, construida en el siglo XV tras derribar la mezquita almohade. Hay que saber que este gigantesco templo se inauguró en el año 1184 como mezquita musulmana y que con el tiempo –y el avance de la religión cristiana– se fue transformando con las construcciones de estilo gótico, renacentista, barroco y neoclásico que se le anexaron a partir de la Reconquista que encabezó Fernando III de Castilla en 1248.

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Apenas se ingresa, los altísimos interiores y los enormes y bellos vitreaux causan el deslumbramiento del visitante, que es mayor aún cuando se enfrenta con el impresionante altar principal y –hacia el otro lado– con el descomunal órgano de 7000 tubos. Además de las capillas y las numerosas y valiosas obras de arte expuestas en diferentes espacios –pinturas de Goya, Zurbarán, Murillo y Luis de Vargas, entre otros–, el templo cobija los restos de Cristóbal Colón –parte de ellos– y de su hijo Hernando, y los de Fernando III y su hijo Alfonso X el Sabio. Del período musulmán –el templo original fue derribado– sobrevive el antiguo alminar de la mezquita, torre conocida mundialmente como La Giralda. Sus 97 metros de altura pueden ser recorridos a través de rampas lisas que facilitan el ascenso y permiten contemplar excelentes panorámicas de los exteriores –como los ciento cuarenta y nueve capiteles romanos y visigodos– y de toda la ciudad.

Allí, en las alturas, las cosas tienden a acomodarse. Uno toma distancia de las emociones y tiene la posibilidad de imaginar con calma los tiempos en que Sevilla, gracias a su Guadalquivir, fue elegida como puerto único para comerciar con las Indias Occidentales después del descubrimiento del entonces llamado Nuevo Continente. El río divide a la ciudad en dos, dejando del otro lado de la costa a los barrios más tradicionales: Los Remedios, Santa Cecilia y Triana. Este último –al que se llega cruzando el puente de Isabel II– es el que atrae a los turistas, que se instalan en las terracitas de la calle Betis, sobre el río, para contemplar por las noches la catedral iluminada, postal que se completa con la sutil iluminación de la Torre del Oro. Construida en 1220, esta fortificación formaba parte del sistema defensivo de la ciudad y fue llamada así debido a que en sus primeros años tenía un revestimiento exterior de azulejos dorados cuyos reflejos bajo la luz del sol se podían ver a varios kilómetros de distancia.

Sevilla: donde el deslumbramiento marca los pasos del recorrido
 

El recorrido por las construcciones de mayor importancia de Sevilla incluye el Ayuntamiento, el Museo Arqueológico, el Antiguo Hospital de las Cinco Llagas –que es hoy en día el Parlamento de Andalucía–, el Archivo de Indias, la Antigua Fábrica de Tabacos –donde actualmente funciona la Universidad de Sevilla–, el Museo de Bellas Artes, el Palacio Arzobispal, la Casa de Pilatos y el Palacio San Telmo. Y, por supuesto, es ineludible conocer los Reales Alcázares, la residencia real en uso más antigua de Europa.

Situado en la Plaza del Triunfo, este conjunto de palacios y jardines tiene sus orígenes en la Alta Edad Media, y está rodeado con murallas desde los primeros años del siglo X. Sus interiores mezclan conceptos arquitectónicos y de diseño almohade, nazarí y mudéjar junto con rasgos de los estilos utilizados durante el cristianismo, dando forma a frentes, techos y rincones cuya meticulosa ornamentación maravilla a quienes los contemplan con detenimiento. En los exteriores sobresalen jardines de ensueño, una delicada fuente de bronce y una santa rita que –sostenida por una inmensa estructura de hierro– es, sin dudas, la más grande del mundo.

En cuanto a los templos religiosos, además de conocer la Catedral, merece la pena contemplar las sobrias fachadas de las parroquias de Santa Ana y San Esteban, la Iglesia del Salvador, el Convento de Santa Paula, la Iglesia de San Luis de los Franceses, la Basílica de la Macarena y la Iglesia de San Jorge, Hermandad de la Caridad.

Mil flores y más

Sevilla: donde el deslumbramiento marca los pasos del recorrido
 

Nada hay más bello que esta ciudad ensoñada aún, teñida del color de sus piedras y de la mancha verde y oscura de su arbolado. Y a mediodía, cuando ya el sol cae vertical sobre sus paseos y avenidas y se filtra por las rendijas de sus calles antiguas, la ciudad se ilumina con el radiante color de los geranios que se deslizan desde las ventanas y los balcones, y las azaleas repletas de vida y de fucsia en las grandes macetas de las plazas, y las adelfas, arbustos gigantes que separan las direcciones viarias de las avenidas, y los malvas, los azules, y hasta del blanco jazmín que tapiza las paredes de las casas y de los conventos y le disputa el aroma a los naranjos en flor.

Y entre ese esplendor de placeres para la vista, para el conocimiento y para la curiosidad, la vida de Sevilla, movida, apretada, jocosa, se aglomera en las plazas y en los restaurantes que ponen sus mesas en las esquinas de las callejas o de los paseos. Turistas, canónigos, madres con sus niños, ejecutivos, estudiantes, hombres y mujeres en busca de un canto, de un vino, de una amistad o de una charla.

La gente

¿Y qué decir de los sevillanos? Seres privilegiados por el buen hacer que establecen con su entorno, con sus semejantes y consigo mismos. De ahí su hospitalidad y su alegría.

Sevilla: donde el deslumbramiento marca los pasos del recorrido
 

Son de maneras afables, tienen ingenio y la risa espontánea y sincera les sale del alma, pero una imaginación exaltada y brillante les arrolla y les lleva a veces a la exageración y al mito, cuando no a la superstición y a entender la vida y el mundo como una capa sucesiva de realidades que hay que desvelar o por lo menos aceptar.

Y esa mezcla de sangres que todo sevillano –todo andaluz– trasiega produce los más bellos y variados ejemplos de belleza en hombres y mujeres capaces de expresar con la mirada y el gesto la rotundidad de la risa igual que el golpe furioso del enojo, lo que unido a la pasión siempre presente y a la genial curiosidad y sabiduría de sus ancestros que se revuelve aún y por muchos años en las costumbres y las normas, los hacen merecedores de un intenso atractivo ante el que ningún ser de otras latitudes puede resistirse.

El viajero que llegue a Sevilla sin haberla conocido antes no sabrá cómo interpretar la exuberancia de la ciudad y del ser que la habita, que un dios benevolente y terrible, el dios de las tres religiones más mediterráneas, le ha concedido como un regalo sin que, por una sola vez, le haya pedido nada a cambio.

Latidos gitanos


Canto y baile endemoniado y pasional cuyos orígenes musicales –mezcla de ritmos judíos, musulmanes e indios– se remontan al siglo XV, con la llegada de los primeros gitanos a Andalucía. Género que salió de las ferias de ganado y llegó a los más prestigiosos escenarios del mundo. Además de escuchar las voces y las guitarras y contemplar el baile –el movimiento de las manos, la inclinación de las espaldas, la ductilidad de las cinturas, el sudor transparente–, también hay que prestar atención a los vestidos de las bailaoras, verdaderas obras de arte del diseño textil. La pasión flamenca también reverbera en otros “tablaos” de la ciudad, como El Patio Sevillano, El Arenal y Los Gallos. Y es recomendable buscar los bares de Triana donde se brindan espectáculos con artistas de menos renombre pero de igual calidad que los consagrados y con una mayor improvisación que en los shows for export.

Entre tapas y copas

Sevilla: donde el deslumbramiento marca los pasos del recorrido
 

De todos los variadísimos y deliciosos sabores probados durante la estadía, el cronista se queda con el de las aceitunas de tipo gordal, cuyo tamaño bien podría pasar por el de los pulposos fresones que se sirven como postre. Sólo morderlas es ingresar al exquisito mundo de los olivos y del aceite extraído de sus frutos, de presencia imprescindible en las comidas sevillanas.

Es, incluso, viajar hasta la época del Imperio Romano, cuando desde esta zona del territorio español, entre los siglos I y IV, se abastecía de aceite a Roma transportándolo por el Guadalquivir almacenado en ánforas.
Aunque la gastronomía sevillana merecería una nota aparte, no hay que dejar de mencionar, y de probar nuevamente, las tortillas de camarones, el pastel de pollo y pistacho, las albóndigas de cordero con canela, el famoso gazpacho –sopa fría de tomate con ajo, pepino, pimiento rojo, vinagre de vino y aceite de oliva–, los boquerones fritos, la riquísima cola de toro, la “mermelada de cebolla” –preparada con vino tinto y azúcar e ideal para acompañar carnes como la carrillada– y un atómico revuelto de huevo, ajo, chorizo y morcilla.

Hay que animarse, también, a extrañas construcciones semánticas como “helado frito”, “patatas a la importancia”, “papas en paseo” o “morcilla de arroz”. ¿Y cómo no ceder a la tentación de una frase como “bacalao al perfume de ajos confitados”? Todo, obviamente, acompañado con vino de jerez o manzanilla. En cuanto a los fiambres, es obligación ir a cualquiera de las tres sucursales del Mesón Cinco Jotas y probar allí el mejor y más rico y transparente jamón crudo del mundo, fabricado por los mismos dueños de este tradicional restaurante.

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Así es Sevilla, así es esta ciudad que no deja en paz el espíritu ni un instante, donde no hay un espacio libre de interés, de belleza y de historia. Una ciudad cuya geografía viene definida por la majestad de un río que la atraviesa y la de las altas palmeras ondeantes condensadas en parques y jardines, alineadas en aceras y paseos, desperdigadas aquí y allá como puntos que marcan el territorio de las dos orillas del Guadalquivir, su puerto, su razón de ser, la vida de la ciudad y de la vega.

Ciudad de tres culturas que invaden cada uno de los barrios que, como pequeños mundos, se atribuyen todos, y todos lo son, lo más característico de Sevilla: construcciones mudéjares aprisionadas por el magnífico barroco, iglesias y conventos, judería de Santa Cruz o de San Bartolomé, que mezclan sus orígenes y sus influencias y se abren a los ojos del visitante con la espectacular belleza que sólo es capaz de acumular un pasado mestizo de historia y de cultura, que ha llegado al presente y para la posteridad.


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