El más extenso de los desiertos y el curso fluvial más largo y más culto de la geografía no es figura de dicción ni licencia poética, sino taxonomía rigurosa. Los ríos forman parte del yang: son fálicos y fecundadores. Los desiertos, en cambio, pertenecen al hemisferio del yin: son receptivos y, en contacto con el agua, extraordinariamente fértiles, todo en ellos (dunas, alcores, planicie, tibieza, espejismos, vientos preñados de arena tostada) tiene forma y fondo de regazo de mujer. Podrás sentir la energía esencial allí mismo.
Kharga
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Es el primer oasis, el más remoto, el que hasta hace pocos siglos servía de jalón (y de calabozo) inicial, intramuros ya de Egipto, al infame vía crucis y cuerda de presos de las caravanas que subían desde Sudán cargadas de esclavos negros. Así nació, cuajó y se roturó la ruta de los 40 días. Kharga es el mayor de los oasis del Valle Nuevo. En las afueras se encuentra el Templo de Hibis, uno de los escasos monumentos persas en Egipto, que data del siglo VI antes de Cristo. La necrópolis de Al-Bagawat, con 263 capillas de ladrillos de lodo, es otro de sus grandes monumentos.
El amanecer aquí amplio honor a su fama pintándolo todo, absolutamente, de un rosa de sueños: La arena, el cielo, el horizonte, los fortines, los templos faraónicos, los penachos de los miles y miles de palmeras y los edificios de una sola planta o, como mucho, de dos que no ahogan ni fracturan ni esconden el paisaje, sino que brotan de él con la naturalidad y espontaneidad con las que crecen los árboles, los tubérculos, las hortalizas y la verdolaga en los bancales del oasis propiamente dicho.
Una vuelta por las calles de este sitio místico nos mostrará el mínimo zoco, la inevitable plaza, los cafetines, las mezquitas, los tejedores de alfombras, las artesanas del dátil, el excelente museo arqueológico, las chichas o narguiles, los asnos, los camellos... Una estructura, un modus vivendi, una filosofía, un esquema y un sistema que se repetirán, siempre iguales, siempre distintos, en todas las estaciones del recorrido por los oasis en fructuosa búsqueda de templos dedicados a Ra y a otros nombres humanos o divinos del santoral faraónico, de soberbias alcazabas con perfil y fiereza de ave de cetrería, de huertos, de acequias, de aljibes, de cangilones de noria, de ruinas, despojos y restos del naufragio de tanta y tanta cultura: la de los nubios, la de Sinuhé, la de Grecia y Roma, la de los coptos (imprescindible es la visita a la necrópolis de Al-Bagawat), la de los europeos... Sólo lo islámico, allí, permanece y dura.
El Desierto Blanco
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Aún, bendito sea Alá quedan dos oasis: el de Farafra y el de Baharía y, entre ellos, el museo natural de figuras esculpidas por el viento y por la arena al que llaman, y llaman bien, Desierto Blanco.
En Farafra, conocida como Tierra de las Vacas en la época de los faraones, se pueden visitar los manantiales de agua caliente sulfurosa (en Bir Setta) y el lago El Mufid.
Siwa hasta hace poco el más inaccesible es uno de los mejores lugares para comprar joyas, tapices, canastas y vestidos tradicionales. Visitar Siwa es adentrarse en un pueblo único dentro de las fronteras que delimitan ese país llamado Egipto. A lo largo del tiempo, este oasis de unos 24.000 habitantes ha tratado de mantener intacta su arcaica cultura. Hoy, por desgracia, sufre las consecuencias negativas del turismo masivo que, poco a poco, está abriendo una enorme brecha en su mayor atractivo: su identidad.
El turista que llega a Siwa descubre un lugar que aún conserva su propio idioma, el 'Siwi', un dialecto del lenguaje Amazigh de los beréberes del norte de África. Es curioso observar cómo circulan por sus caminos los carruajes tirados por asnos que aún, y bajo el asombro de los que visitan el lugar, siguen siendo el principal medio de transporte para los lugareños.
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Siwa mantiene vivas las tradiciones más estrictas del Islam en lo que se refiere a sus mujeres. Las niñas se comprometen desde muy pequeñas -apenas con 10 años- y deben casarse en plena pubertad -alrededor de los 16 años-, mientras que las mujeres adultas continúan realizando los trabajos artesanales -sobre todo las joyas de plata- en sus hogares no dejándose ver demasiado en público si no es con el rostro y el cuerpo completamente tapados.
Entre los principales motivos por los que los viajeros eligen Siwa como destino están las enormes lagunas de aguas frescas, los paseos en todoterreno por las inmensas dunas que se pierden en el horizonte o las ruinas, como la de la antigua fortaleza construida con barro y sal.
Pero Siwa ve en el turismo masivo la principal amenaza para la supervivencia de su identidad. Esta nueva 'invasión' de la que son testigos desde la década de los ochenta, es la que está deteriorando el rico ecosistema y erosionando sus enclaves más característicos.
La televisión y la paulatina inclusión de la lengua árabe entre sus residentes como consecuencia del turismo hacen peligrar la longevidad del 'Siwi' y por extensión, de la cultura de este mágico lugar.
Oasis de Siwa y Dakhla
Ambos oasis se encuentran en el desierto Occidental o Libio y están habitados por varias tribus beréberes y beduinos. Siwa está a unos 750 kilómetros al oeste de El Cairo, entre espesos palmerales y huertos con frutales, con numerosos manantiales de agua fresca y lagos salados. Sus habitantes tienen su propia cultura y hablan una lengua llamada «siwi».
En sus proximidades se encuentra el Oráculo de Amón, templo a donde acudió a pedir consejo Alejandro Magno en el año 331 a. de C. El oasis de Dakhla está ubicado en el valle Nuevo, que formaba un afluente del Nilo en tiempos prehistóricos y que hoy ya está seco. Es un área de gran belleza con fértiles cultivos rodeados de dunas que dependen de manantiales de agua subterráneos.
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En Dakhla el color se hace orgía, oración el silencio y el horizonte propuesta. Cerca se encuentra la aldea de Bashami y de ella se pueden extraer las siguientes sensaciones: adobe, laberinto, pasadizos subterráneos, espléndida casa del vendedor de joyas y cerraduras de madera, terrazas, niveles escalonados, recovecos, mujeres ataviadas como si salieran de las páginas de la Biblia, varones con empaque de filósofo socrático, niños felices que chapotean en el aljibe de la libertad, moscas por doquier... Y, enseguida, Mut, la capital del oasis, que ahora se llama Mutta, porque el topónimo original significa, en árabe, muerte. Pero todo lo que la rodea sabe justamente a lo contrario: a vida.
Algún día, esperemos que cercano, la UNESCO incluirá en el catálogo del patrimonio de los seres humanos la aldea de Balat todo en ella es de barro, menos los dinteles de madera repujada y los palos sarmentosos que hacen las veces de columnas en la espléndida mezquita y el enclave de Al Qsar. No hay palabras para describir la belleza de esos dos lugares y, caso de tenerlas, no cabrían aquí.
Cómo llegar
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La opción más rápida es volar hasta El Cairo y, desde allí, coger un vuelo interno (Egypt Air viaja dos veces por semana a Kharga). También se puede llegar a los oasis en un vehículo todoterreno y contratar allí guías para las rutas que más interesen. La distancia desde la capital egipcia hasta Kharga es de 600 kilómetros, y hasta Baharía, 400. Otros medios de transporte hasta los oasis son los autobuses o trenes, ya sea desde El Cairo o Alejandría. |