El banquete Nobel
El ayuntamiento es el edificio insignia de la capital sueca. De ladrillo rojo oscuro, con muy pocas ventanas y unas dimensiones nada despreciables, se distingue por el remate dorado de su torre, con tres coronas en la cúspide. En la base hay un restaurante, el Stadshus Källaren, en cuyas cocinas humean los platos que comen cada año los premios Nobel y los reyes de Suecia. La gran nave central del ayuntamiento, o Blue Hall, es capaz de albergar hasta 1.300 ilustres comensales. Hay otro salón en la primera planta, el Golden Hall, de paredes recubiertas por un mosaico hecho con teselas de dos vidrios que atrapan polvo de oro entre ellos. Ahí se celebraba el banquete Nobel hace años, pero el número de invitados motivó que se habilitara el Blue Hall, llamado así porque alguien pensó pintarlo de azul… pero nunca se hizo.
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Para que el resto de los mortales no se muera de envidia, y de paso se llenen las arcas municipales, las autoridades han diseñado una seductora estrategia de marketing: las salas se pueden alquilar para ceremonias privadas y el restaurante del Ayuntamiento ofrece el menú Nobel. En él están también representados los habitantes de Estocolmo, a través de los 101 miembros del Consejo Municipal –en Suecia no hay alcaldes desde los años 50– y de ocho consejeros.
Djurgarden
Es la isla más divertida de Estocolmo. Concebida como un gran parque de esparcimiento, contiene varios museos notables, una zona de atracciones, restaurantes exclusivos, algunas embajadas y un curioso parque zoológico, dentro de la zona llamada Skansen. El Nordiska Museet (museo nórdico) es un poco aburrido a excepción de la surrealista exposición dedicada a ABBA (¿!?).
Más en el interior se encuentra el Museo Vasa, mucho más interesante. Su nombre es el de un barco que fue botado por los reyes en 1628 y se hundió durante la ceremonia, lo que supuso una gran vergüenza para la flota y para la imagen internacional del país. En 1961, tras 300 años bajo el agua, se recuperó mediante una costosa operación y en su entorno ha nacido un museo. El ambiente tenebroso y húmedo de la exposición, sumado al efecto de ver un gran barco dentro de un edificio es difícil de olvidar.
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En el zoo de Skansen lo mejor es jugar con los lemures que campan en libertad. No se muestran agresivos y constituyen una extraña atracción. Áreas de reptiles, peces, arañas y otros animales completan una exposición que se realiza en un espacio cubierto por los rigores del clima, salvo la parte de la fauna local. Conviene ver un alce o un reno de cerca. Sus enormes tamaños causan sorpresa.
Pasear por Skansen en invierno, al anochecer, es una rara experiencia. Desde la altura de sus montañas Estocolmo parece un barco hundido en la profundidades de un mar imposible, con las agujas de sus iglesias como mástiles. Hay una torre con cafetería en la cúspide, la Rosendal's Terrace, desde la que se ven las cinco moles de Downtown y las torres un tanto kafkianas de Kungsgatan.
El centro
Gamla Stan es la isla más bella de la ciudad, y contiene el barrio antiguo. Aquí se originó Estocolmo, y parece que el tiempo no ha transcurrido por sus calles húmedas. Pequeña, empedrada, peatonal, antigua como la Historia. Alberga cafeterías y tiendas muy agradables, y cruzarla paseando es un placer que conduce al barrio de moda, Södermalm.
Experiencia inolvidable es tomar un barco nocturno para disfrutar de un bufé de invierno a bordo. Por ejemplo el Gustafsberg VII, que atraca en el muelle junto a la Royal Academy of Music, en Nybrokagen. A bordo, en una mesa con velas (por supuesto) podremos disfrutar del clásico Smörgasbord.
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En el centro, en Hamngatan, no hay que perderse los escaparates de los grandes almacenes NK, con interesantes belenes móviles. Gentes de toda Suecia se acercan a verlos. La ausencia de plástico en los muñecos navideños les confiere un aspecto terrorífico a la par que auténtico: telas, maderas, materiales milenarios… Podemos pasear por una calle empedrada y ser sorprendidos por unas adolescentes que, vestidas de Papá Noel y sin disimular las hermosas mujeres que pronto serán, vierten al aire frío canciones tristes en su lengua incomprensible, a capella. Los transeúntes quedamos arrobados por una mezcla de fetichismo y reverencia.
Por las calles
Esto ha contribuido a hacer de Estocolmo un lugar único, que puede presumir de haber adoptado una acertada ley que le dio su color actual. En 1690 el arquitecto real decidió que todos los edificios debían ser naranjas o rojos para darle calor y luz a las calles, y así se ha hecho desde entonces.
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También las estaciones dictan sus leyes, algo muy propio en un país habitado por el pueblo sami y el sol de medianoche. En Estocolmo los rigores del clima son más llevaderos, pero aun así la llegada de la primavera es todo un acontecimiento. Se destapan los barcos, se hacen más frecuentes las excursiones al archipiélago y todos encuentran la excusa perfecta para estar en la calle. O en alguno de los 3.000 restaurantes y cafés de la ciudad; hay uno cada dos pasos y siempre están llenos, a cualquier hora, y uno se pregunta cómo consiguen ser tan guapos y tan delgados si al menos dos veces al día se entregan a la placentera pero peligrosa tarea de comerse un buen trozo de tarta, un muffin y/o un enorme sandwich.
Quizá sea esta época la mejor para visitar la ciudad y para conocer sus barrios. Cada uno de ellos ha ido adquiriendo con el tiempo una personalidad muy distinta, contribuyendo a esa imagen ordenada y limpia que se reconoce desde el primer momento. Hay dos que ocupan su propia isla: Gamla Stan –la Ciudad Vieja– y Sodermalm.
Ensamble armonioso
La capital sueca es también, en lo físico y en lo simbólico, un auténtico archipiélago, pero de fragmentos armoniosamente ensamblados. Ciudad hasta no hace mucho muy permeable a exilios y emigraciones, enemiga oficial de guetos raciales y exaltación permanente de lo joven, de lo vigoroso y lo vital, igual conviven gentes de muchos pueblos que el cemento, el vidrio y el viejo ladrillo de los edificios.
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En las afueras, Skansen, reúne centenar y medio de edificios de todo el país, antología de la vivienda y de la vida sueca. Que no siempre fue tan brillante y jugosa como hoy se presenta. Hasta hace aproximadamente siglo y medio Suecia era uno de los países más pobres de Europa; tres de cada cuatro personas trabajaban en una agricultura miserable y su capital, la brillante Estocolmo crecida como centro de mercantil sobre una isla rocosa, carecía de todo atractivo.
El vuelco ha sido rapidísimo y radical. Valgan como símbolo un edificio y una reliquia. Ese edificio es el del Ayuntamiento: rojo, con su alta linterna, que se considera con razón uno de los más hermosos de Europa. Es allí donde se celebra cada diciembre la cena de la concesión de los premios Nobel y en uno de sus restaurantes puede cualquier mortal solicitar que le sirvan el menú del año de su preferencia.
Estocolmo en invierno
La capital sueca es una de las ciudades más lindas de Escandinavia. Cosmopolita y abarcable a la vez, con un centro se la conoce como “la pequeña gran capital” nórdica. El invierno es ideal para intentar alguna que otra pirueta en la pista de hielo al aire libre del parque Kungsträdgården, para pasear por el Djurgården –uno de los paseos preferidos de los suecos, con sus museos y atracciones, sobre la isla de Skansen, a poca distancia en barco del centro de la ciudad– y para tentarse en los negocios navideños de la avenida Drottningatan y Gamla Stan, el casco antiguo. Allí, donde todo el año cuelgan orgullosas banderitas suecas celestes y amarillas, ahora oscilan con gallardía, entre viento y copos de nieve, las guirnaldas con los colores de Papá Noel que durante todo el mes se adueñan de Estocolmo.
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El clima es mágico, tiene algo de cuento de hadas y mucho de fantasía, con miles de velas y luces encendidas brillando entre la bruma del día oscuro. Las viejas casonas medievales de Gamla Stan rebosan de artesanías, recuerdos –los típicos alces que simbolizan a Suecia, coronas de candelas como las que usan las chicas durante la cercana fiesta de Santa Lucía, caballitos de madera pintada– y dulces tentadores, como las “pepperkakkor” (galletitas de jengibre y clavo de olor) que se comen durante el período navideño. En Gamla Stan –literalmente, la “ciudad vieja”– se levanta un museo muy apropiado para visitar en vísperas de la grandiosa ceremonia del Nobel: justamente, el Museo Nobel, creado en 2001 a partir de la llamada Exposición del Centenario. La muestra, que nació como una exhibición itinerante para recordar los cien años del primer otorgamiento del premio, sigue su viaje por el mundo (hasta enero de 2005 estará en Nueva York, y luego en San Francisco), pero al mismo tiempo una colección permanente sobre Nobel y el desarrollo científico y cultural al que contribuyeron los premios se exhibe en Gamla Stan.
Estocolmo card
Con esta tarjeta se puede utilizar toda la red del transporte público (autobuses, metro y trenes de cercanías) de la ciudad a un precio único, y también entrar en 70 museos y atracciones. Además, da derecho a aparcar gratuitamente en todas las zonas con parquímetro, a una excursión en barco durante una hora, a descuentos en las excursiones en autobús y a una guía de Estocolmo.
Souvenirs y recuerdos
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Lo más fácil es un reno en miniatura, pero si nuestro gusto es algo más refinado, la repostería sueca puede ser una buena solución. Ropa, joyas, toda clase de velas, objetos de cristal, antigüedades, artesanía tradicional, diseño moderno, arte… Los mercados navideños más animados están en el área de Gamla Stan: artesanía y manjares suecos; en Skansen: embutido de reno, velas, pan recién cocido, vidrio de Skansen; en Rosendal: hortalizas ecológicas. Podemos acudir a una curiosa tienda especializada en vender duendes y trasgos, en Gamla Stan: Tomtar & Troll. También en Kungsträdgarden se organiza un bonito mercado invernal.
La guía
Estocolmo se localiza a orillas del mar Báltico. Es la capital de Suecia, país que linda con Noruega al Oeste y Finlandia al Este. El Báltico la separa de Dinamarca y el resto del Continente. Su superficie es de 449.964 km 2, y mide 3.000 km. de largo.
El sueco, aunque algunas minorías hablan finés y sami. No hay problemas a la hora de comunicarse en inglés.
En verano el clima es templado, con una media de 17º, pudiendo alcanzar los 22º, por ello es la época más recomendable para viajar a Estocolmo. |