Bienvenidos a la ciudad que rompe con todos los tópicos. Estocolmo es una ciudad anfibia en la realidad y en la metáfora. A partir de una fortaleza defensiva que se estableció hace ahora 750 años entre el gran lago Mälar y el fiordo Saltsjön, la ciudad fue creciendo sobre catorce islas principales, hoy fragmentos muy hermosos de arquitectura entre jardines que se asoman a unas aguas todavía tan limpias como para que se pueda pescar desde la calle o desde la ventana de casa.
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Aquí hay barcos-restaurante, barcos que enseñan la ciudad a los turistas como en otras lo hacen los autobuses, barcos ocupados por albergues de juventud, y el buque insignia de los museos suecos, el Vasa, que se inauguró en 1990 para mostrar un enorme navío de guerra recuperado en 1961 a pocos metros de la Ciudad Vieja. También es la segunda compra de su millón y medio de habitantes; después del coche, ahorran para el barco. Por eso está llena de veleros y yates –se calcula que unos 300.000– y sus dueños suelen tomarse la primera copa de la noche o celebrar un cumpleaños a bordo. Incluso existen almacenes al aire libre para guardarlos, como en Soder Malarstrand, el paseo que llega hasta Langholmen, una isla-parque con una curiosa cárcel convertida en hotel y albergue.
Otra de las características que se adivinan en esta ciudad, cuyos orígenes se remontan al siglo XIII, es la mezcla de estilos arquitectónicos. Por mucho que últimamente se empeñen en que sean arquitectos suecos quienes realicen los principales proyectos –de ahí la polémica del Moderna Museet, la impecable obra de Rafael Moneo– no pueden negar que sus barrios y edificios hayan bebido de otras fuentes, eso sí, siempre con el inevitable toque nórdico. Sitúese para comprobarlo en la isla de los Caballeros en los alrededores del Nationalmuseum y verás edificios de corte belga; en la zona residencial de Ostermalm y te encontrarás con un pequeño París; o en la calle Kungsgatan, copia de las grandes avenidas comerciales alemanas.
Estocolmo sigue siendo tan bella de día como de noche. Sin embargo, la mejor época para conocer esta ciudad es cuando sus habitantes invaden las terrazas y el sol apenas llega a ponerse.
Los Parques
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Sólo un tercio del territorio está construido. El resto son parques y agua que permiten a sus habitantes bañarse en el centro de la ciudad y pescar libremente desde el siglo XVII. El primer parque urbano del país, el Ecoparque, abarca el área que rodea la bahía de Brunnsviken, y en él habitan más de 100 especies de aves y robles centenarios.
Los Museos
Los hay para todos los gustos. En algunos sólo merece la pena el edificio que los alberga, mientras que otros guardan auténticas joyas. Los más recomendables, por compaginar ambos aspectos, son el Museo Vasa, el Nationalmuseum, el Moderna Museet y el Arkitektur Museet, este último por reunir una gran cantidad de curiosas y valiosas maquetas.
En la pequeña isla de Skepps Holmen, que puede alcanzarse paseando desde el centro, está el museo de arte moderno, o Moderna Museet, un edificio diseñado por Rafael Moneo, conocido por la polémica en torno a su reestructuración del Museo de El Prado. En Estocolmo no fueron tan cicateros y están muy orgullosos de él, más aún que de su colección permanente, que cuenta con obras imprescindibles en la Historia del Arte reciente, como la sala de Marcel Duchamp, las obras de Giacometti o Mondrian, o un Dalí muy curioso que levanta los comentarios de todos; se titula El enigma de Guillermo Tell, y los suizos se preguntan escandalizados si la tercera pierna que muestra Guillermo es un pene gigante… La Kantina Moneo es el restaurante del museo, un lugar estupendo para comer... y guardarnos un servilletero de recuerdo.
Ese museo es la penúltima cosecha de una urbe que siempre ha concedido preeminencia a los asuntos culturales y estéticos. Baste como ejemplo contemplar las noventa y nueve estaciones de su tren suburbano, que conforman la mayor galería de arte del mundo bajo tierra.
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El edificio es contiguo al museo de arquitectura, mucho menor, pero de gran interés por las maquetas de las calles de la ciudad, y por un singular concurso anual de casas realizadas con galletas de jengibre, al que comparecen cada año cientos de niños.
El Diseño Es una de las banderas suecas, y su capital da buena cuenta de ello. En los locales reina el minimalismo, sin olvidar la tradición nórdica en esta materia, protagonizada por el funcionalismo y los elementos naturales como la madera. Las tiendas de muebles son excelentes, el problema es que en sus etiquetas hay demasiados ceros para el bolsillo viajero.
Estilos y formas para todos
La ciudad antigua, o Gamla Stan es el punto de partida que utilizan todos los visitantes que quieran conocer Estocolmo. Hay que recorrer las callejuelas expectante, con la mente dispuesta a dejarse sorprender por tiendas, cafés y rincones curiosos. En esta zona nació la ciudad que ahora disfruta del esplendor económico y de ser una de las capitales del diseño de interiores. Ahora Gamla Stan sirve para unir las dos zonas de más expansión de Estocolmo, Norrmalm al norte y Sodermalm al sur.
La arquitectura del casco antiguo está marcada por la Edad de Oro que disfrutó el país por allá en el siglo XVII. Es curioso ver cómo en esta tierra tan preocupada por mantener vivas sus tradiciones y cuidar con mimo sus monumentos y lugares históricos, donde hierven las ideas más atrevidas del diseño mundial.
El paseo por las calles estrechas de Gamla Stan llevan inevitablemente al Palacio Real. El enorme edificio de inspiración barroca ha sido la residencia real habitada más grande del mundo, aunque los reyes actuales, Carlos Gustavo y Silvia, se han traslado al palacio de Drottningholm, que desde luego no llega a las 600 habitaciones del Palacio Real.
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Desde aquí hay que dirigirse hacia el barrio señorial por excelencia, Östermalm, con hermosos edificios antiguos, iglesias de torres picudas, tiendas, etc. Hay que continuar el recorrido por las amplias calles del barrio de Sturepan y, no dejar sin visitar el barrio bohemio de la ciudad, Södermalm. Aquí no faltan los cafés acogedores donde es posible encontrar actuaciones espontáneas y conciertos de jazz.
Sin embargo quien viaja a Estocolmo no puede dejar de visitar la isla de Norrmalm. Al otro lado del puente Norbro, el ritmo parsimonioso de Gamla Stan se acelera. Aquí se encuentra la siempre animada plaza de Gustavo Adolfo, la Opera, la plaza de Carlos XII, la Iglesia de San Jacob y la gran plaza de Kungsträden, llena de restaurantes y cafeterías populares y de moda.
El café Opera, en la plaza del mismo nombre, es vista obligada. En su interior se refleja el espíritu de los años en que fue inaugurado, entre los siglos XVIII y XIX, aunque quienes lo visitan no son precisamente los nostálgicos de siglos pasados, sino por el contrario, gente joven y guapa.
En esta zona también hay que callejear para descubrir su encanto, aunque lo que haya para ver no sean monumentos de siglos pasados ni mucho menos históricos. Por el contrario aquí se encuentran los edificios vanguardistas de los años sesenta y setenta, grandes tiendas de diseño de interior y mobiliario, grandes almacenes, bancos, hoteles, teatros y, cómo no, cafés y restaurantes con indiscutible estilo escandinavo.
Cosmopolita y moderna
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El aire cosmopolita y culto de Estocolmo se capta en cada esquina de sus barrios. A pesar de los largos inviernos la ciudad no descansa. Los teatros y salas de conciertos no paran durante todo el año, mientras en los pequeños cafés suelen organizarse pequeñas actuaciones.
Los suecos pueden presumir de ser especialistas en museos y en subastas, de hecho Estocolmo es destino obligatorio de los amantes de las subastas en toda Europa. En toda la ciudad hay más de 70 museos, aunque para intentar abarcarlos todos hay que dedicar tiempo y meses en la ciudad. Sin embargo el Museo de Historia es cita ineludible con su imponente Sala de Oro, una bóveda subterránea donde se exponen más de tres mil objetos prehistóricos de oro y plata. Tampoco hay que perderse el Museo Nacional y el de Arte Moderno, con una de las colecciones más imponentes y fascinantes del mundo.
Antes de abandonar la ciudad, no suele ser mala idea conocer el barrio de Söder, al sur de Gamla Stan. El aire rural de este sitio tiene un encanto especial que ha hechizado a diseñadores, artistas y bohemios que han trasladado sus casas y talleres aquí.
Y por último, una foto de la ciudad desde las alturas, bien desde la Torre de Kakmäs –de 155 metros de altura– o desde un globo. Estocolmo es una de las pocas capitales el mundo en las que es posible sobrevolar el casco urbano. Desde el cielo y desde la tierra es difícil encontrarle peros a Estocolmo. Una ciudad que invita al paseo por rincones con alma, a deambular sin rumbo fijo por tiendas de diseño y de artesanos, por puentes y mercados, por cafés. Lástima que el sol no sea uno de sus visitantes asiduos. No podía ser perfecta. |