Trujillo
En el centro-oeste español, la ciudad de Trujillo mantiene una majestuosa decadencia. Los palacios del siglo XVI que construyeron los trujillanos conquistadores al regresar de América cargados de riquezas muestran el deterioro del implacable paso del tiempo, ya que casi no han sido restaurados. Entre los más llamativos está el Palacio de los Marqueses de la Conquista, que aún sigue perteneciendo a los descendientes de Francisco Pizarro.
|
 |
| |
Al llegar a la ciudad de Trujillo se percibe de inmediato algo familiar en el aire. A primera vista no queda claro por qué pareciera que hubiésemos estado antes en este lugar, aunque no lo conocemos ni por foto. Pero al adentrarnos en sus calles y su historia se comprende la razón: desde este punto específico de España partieron los principales conquistadores de América a fundar ciudades a su imagen y semejanza, las mismas que hoy se visitan como reliquias coloniales. Las similitudes -matizadas con lo autóctono de las ciudades americanas– se expresan en la arquitectura. Detallismos al margen, es innegable que ciudades como Cartagena de Indias, Cuzco, Lima o La Habana trazan una línea directa de parentesco con Trujillo.
A diferencia de otras ciudades cercanas como Cáceres o Salamanca –donde la impronta medieval es muy fuerte–, Trujillo inclina su perfil hacia una combinación del Renacimiento con el Barroco. Pero hay una particularidad aun más marcada que probablemente determine que sea una ciudad única en España: el ambiente está rodeado por un aura de majestuosa decadencia, ausente en el resto del país donde todo fue perfectamente restaurado para el turismo, como si el tiempo no hubiese transcurrido. En Trujillo, en cambio, los edificios históricos se mantienen en pie pero con algunos techos resquebrajados. Y el hierro de ciertas rejas en las ventanas señoriales puede estar oxidado o escaso de pintura, como es natural en las cosas viejas. También hay adoquines levantados y palacios con las paredes de piedra carcomidas por la lluvia y el viento. Además, el color predominante es un ocre descolorido –el color del polvo–, sinónimo auténtico del paso del tiempo.
Cuna de conquistadores
|
 |
| |
Según los historiadores, los extremeños eran la mano de obra militar de la corona castellana. Fueron famosos por la crueldad de su carácter aventurero. Desde Trujillo partieron no menos de un centenar de conquistadores que fundaron grandes ciudades en América. Entre los más conocidos están Francisco de Orellana, quien navegó por primera vez el Amazonas; García de Paredes, fundador de la ciudad de Trujillo en Venezuela; Nuflo de Chaves, fundador de Santa Cruz de la Sierra; Francisco de las Casas, compañero de Hernán Cortés en la conquista de México; los Sanabria, aquellos adelantados del Río de la Plata que nunca llegaron; y el marqués Don Francisco Pizarro, fundador de Lima. Hoy en día Pizarro es la figura emblemática de la ciudad y es ensalzado, admirado y mimado por los guías turísticos oficiales, quienes relatan sus “hazañas conquistadoras” con verdadero amor.
De alguna manera, Trujillo es también un reflejo de América, porque su arquitectura monumental se construyó después de la conquista, cuando los trujillanos regresaron a su tierra natal con el fruto del saqueo. Así surgieron toda una sucesión de palacios señoriales que rodean la Plaza Mayor, en el centro neurálgico de la parte antigua de la ciudad.
Entre la serie de construcciones junto a la plaza, la más llamativa es el Palacio de los Marqueses de la Conquista, que perteneció a la familia Pizarro. Entre las grandes ventanas protegidas con barrotes de hierro forjado del edificio de tres pisos, sobresale “un balcón de esquina”, uno de los elementos arquitectónicos típicos de Trujillo, con el cual la presuntuosa nobleza mezclaba una recargada decoración con los escudos típicos de la familia (los blasones). Este balcón fue decorado con motivos platerescos que enmarcan los bustos en altorrelieve del conquistador dueño de casa, Francisca y Hernando Pizarro e Inés Huylas Yupanqui, una princesa inca casada con uno de los Pizarro.
|
 |
| |
El palacio todavía pertenece a la familia Pizarro, cuyos descendientes ahora realizan obras de caridad en la América hispana con parte de su fortuna. La familia del famoso conquistador también poseía el Palacio Juan Pizarro de Orellana que perteneció al primer corregidor de la ciudad de Cuzco. Durante largo tiempo este hermoso edificio renacentista fue conocido como Casa de Contratación porque allí se enrolaban quienes deseaban marcharse a Perú. Hoy en día es la Casa Madre del Colegio Sagrado Corazón. Justo al lado está la Casa del Peso Real –una construcción gótica con elementos del renacimiento–, donde se pesaba harina, trigo y cebada.
Uno a uno, los edificios históricos se suceden en los alrededores de la plaza: el Palacio de los Duques de San Carlos, el del Marquesado de Piedras Albas y el de los Sotomayor.
El castillo y la muralla
En Trujillo no todo es gótico y renacentista, sino también mudéjar. La influencia árabe –omnipresente en gran parte de España– dejó huellas muy claras que, a su vez, se imprimieron sobre lo que quedó de los romanos, quienes fueron los verdaderos fundadores de la original Turgalium. El principal rastro que el mundo musulmán dejó en Trujillo es el castillo situado en los altos de la ciudad, con una tipología típica de las alcazabas del califato de Córdoba (siglo X). En el 1500 el castillo sufrió algunas modificaciones, pero al menos su estructura básica sigue siendo la misma que trazaron los guerreros del Islam.
|
 |
| |
Fue con la conquista musulmana de España que Trujillo se consolidó como un núcleo de cierta relevancia económica. Durante el siglo IX la zona estaba dominada por la tribu bereber de los Nafza, que sufría las incursiones de los reinos cristianos de la región. Durante los tres siglos siguientes esta ciudad del imperio musulmán se llamó Torgiela. Y de aquella época quedan también los restos muy bien conservados de una muralla con diecisiete torres almenadas rectangulares. De las siete puertas originales de la ciudad amurallada sólo quedan cuatro. La más famosa es la Puerta del Triunfo, por donde pasaron las tropas cristianas el 25 de enero de 1232, cuando la ciudad fue definitivamente recuperada por la corona de Castilla.
Mérida
En el centro de España, la ciudad de Mérida ha preservado las ruinas monumentales de Emérita Augusta, la colonia romana fundada en el año 25 a.C. que llegó a ser una de las más importantes del imperio. El excelente nivel de conservación del Teatro, el Coliseo, el Foro y el Circo, así como de varios templos, calzadas de piedra, puentes y embalses, hacen posible retrotraerse en el tiempo para sentir el peso y paso de la historia.
|
 |
| |
En el año 25 a.C., por orden del emperador Octavio Augusto, se establecieron dos legiones romanas en un punto central de la península ibérica, lo cual originó la fundación de Emérita Augusta. Al poco tiempo, la ciudad fue declarada capital de la provincia Lusitania y llegó a ser una de las más importantes del imperio. Por allí pasaba la famosa Vía del Plata, una gran calzada que unió durante siglos el Atlántico con el Adriático. Emérita Augusta fue un baluarte del imperio hasta el siglo V y como toda ciudad romana tenía su teatro y anfiteatro, un circo y un foro, un acueducto, varios templos, una muralla que la encerraba y hasta un embalse. En la actual ciudad de Mérida, los restos romanos han aflorado como en pocos lugares del continente gracias al trabajo de los arqueólogos. Y no sería exagerado decir que, por momentos, la vieja Emérita Augusta se asemeja a la mismísima Pompeya, pero en mucho menor escala.
Voces del pasado
El monumento emblemático de Mérida es el Teatro Romano, con capacidad para 6 mil personas. Según el plano urbanístico, el teatro se hallaba en uno de los extremos del recinto amurallado de la ciudad. Su patrocinador fue el cónsul Marco Agripa, yerno de Octavio Augusto, y fue inaugurado entre los años 16 y 15 a.C. Más de veinte siglos después, los actores volvieron a ocupar el escenario: desde 1933, se realiza allí todos los años un Festival de Teatro Clásico.
|
 |
| |
El enorme graderío semicircular fue construido aprovechando la ladera de un cerro. Perfectamente conservado, se pueden ver los tres sectores separados por unos pequeños muros que dividían a las clases sociales: la parte inferior es el “ima cavea”; luego, el “medio”, y en los altos la “summa cavea”, con cinco filas de asientos. La “orchestra” es una medialuna central ubicada frente al escenario, donde se situaba el coro de las tragedias griegas. Pero la parte más espectacular es el “fron scaenae”, que sería en realidad el fondo de la escena, a espaldas de los actores, con dos pisos de columnas corintias y un gran muro revestido con mármol. Entre las columnas hay siete esculturas entre las que sobresalen Plutón, Proserpina y Ceres, y otras estatuas con togas y corazas que se cree serían imágenes de los emperadores.
En las ciudades romanas, los teatros se erigían por razones políticas, y el arte teatral en realidad era un medio de propaganda para consolidar la autoridad y el prestigio del imperio. Pero los gustos populares estaban claramente orientados hacia espectáculos como el circo y la lucha de gladiadores. Con la inauguración del anfiteatro en el año 8 a.C., se completó el proyecto de dotar a la colonia romana de un gran área pública para espectáculos, acorde con su categoría política. Ubicado cerca del teatro, este verdadero coliseo con capacidad para 14 mil espectadores era el escenario de jornadas apoteóticas que comenzaban por la mañana, cuando se enfrentaban numerosos elefantes, rinocerontes, tigres, leones e hipopótamos, enfurecidos a fuerza de flechazos. La tarde era el momento de los gladiadores, reclutados entre esclavos y prisioneros de guerra. Cada evento derivaba en una verdadera orgía de sangre, cuyas salpicaduras a veces caían sobre las primeras filas. De todo aquello, sólo han quedado las piedras y hoy impera el silencio en los oscuros recintos donde estaban encerrados los gladiadores y las bestias.
|
 |
| |
El otro espectáculo popular de los tiempos imperiales eran las carreras de carros tirados por caballos que se realizaban en el circo. El de Emérita Augusta –ubicado extramuros debido a sus vastas proporciones– fue uno de los mayores de todo el imperio, con una planta de 440 metros de largo por 115 de ancho, y capacidad para 30 mil espectadores. En este caso, la restauración ha sido más modesta, limitándose a la pista de carreras, sin las gradas. Generalmente, estas carreras las financiaba algún personaje de las clases dirigentes con fines electorales. El conductor de carros más célebre de Roma fue un lusitano llamado Cayo Apuleyo Diocles, y es de suponer que haya comenzado su exitosa trayectoria en el circo de Emérita Augusta. Con la adopción del cristianismo como religión oficial del imperio en el siglo V, estos espectáculos fueron decayendo, al igual que los combates de gladiadores.
Más allá de las ruinas, al recorrer la actual Mérida descubrimos en diez puntos distintos de la ciudad fragmentos de las calles de Emérita Augusta, que estaban pavimentadas con losas de diorita procedentes de una cantera cercana. Así, siguiendo el hilo de sus desperdigadas piezas se puede ir armando el gran mosaico de los distintos ámbitos en que se desarrollaba la vida en esta capital provincial de la Hispania Romana. Aunque los restos de Emérita Augusta no se pueden comparar con Pompeya –donde el puzzle está completo–, los fragmentos sueltos permiten imaginar el rompecabezas terminado, sin llegar a verlo. Acaso éste sea, precisamente, el secreto de su velado encanto.
Cáceres
|
 |
| |
Cáceres es una de las escenográficas ciudades construidas en piedra medieval que se repiten como un calco a través de la región de Extremadura, en el centro-oeste de España. Esta ciudad extremeña es la más monumental de todas ellas, y por esa razón su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986.
Dentro de su perímetro amurallado, en los altos de una colina, se entreteje un laberinto de calles estrechas con empedrado irregular, que suben y bajan al antojo del terreno. Junto a cada pequeña vereda se levantan casonas señoriales de antiguo linaje, con fachadas platerescas, escudos heráldicos y recios portones de madera. Sus pequeñas ventanas y balcones están protegidos por gruesos enrejados negros de hierro forjado, lo cual supone que las construcciones eran verdaderos palacios fortificados donde la nobleza feudal se protegía durante los conflictos de intereses con otros miembros de su clase. Algunos palacios carecen incluso de ventanas, aunque por dentro se despliegan alrededor de grandes patios.
Entre los antiguos palacios abundan las torres –un diseño estratégico para la defensa–, aunque la mayoría fueron “mochadas” (recortada su altura) por orden de Isabel la Católica a finales del siglo XV, como castigo al orgullo y la rebeldía de la nobleza feudal que gobernaba la ciudad.
La faceta mística del Medioevo floreció a sus anchas en la antigua Cáceres. Los grandes conventos barrocos y las suntuosas iglesias –en parte financiadas por las riquezas sustraídas de América– tuvieron su época de oro con los Reyes Católicos, luego de que la Reconquista expulsara a los moros.
|
 |
| |
Un rasgo distintivo de Cáceres –y de casi toda Extremadura– es la llamativa profusión de cigüeñas que tienen por costumbre anidar en pareja encima de los campanarios. Con los años, las cigüeñas han logrado entenderse con el clero, e incluso hay casos extremos de buena convivencia como en la iglesia de la vecina ciudad de Alcántara, donde las atrevidas aves zancudas han establecido 22 de sus nidos de amor entre cruces y santos. La cigüeñas de Cáceres, en cambio, son algo más recatadas, lo cual no quita que se las vea todo el tiempo entre cúpulas y lugares altos, y se escuche el repetitivo “toc-toc-toc” de su “canto” como golpeteo de maderas por los techos.
Romana, árabe y cristiana Cáceres ha sido siempre una ciudad de carácter guerrero. Casi desde su fundación romana bajo el nombre de Norba Cesarían –en 25 a. C.–, su núcleo fue una fortaleza amurallada.
Del período visigodo quedan algunos restos desperdigados, pero más tarde los árabes almohades conquistaron la ciudad convirtiéndola en una impenetrable medina perfectamente delimitada, a la que llamaron Qarci. Ubicada en una región de paso, todo cuanto los moros construyeron aquí era de carácter militar para defender así el avance hacia Andalucía.
Sucesivas civilizaciones están representadas en las murallas. Cuando los arqueólogos excavan su basamento, descubren siempre la piedra granito colocada en el tiempo de los césares. Pero el legado de Roma incluye también una gran puerta en forma de arco por donde se accedía a la ciudad a través de su avenida central (el decumano).
|
 |
| |
Los árabes, que dominaron España entre el 711 y 1492, dejaron huellas mucho más evidentes. Su paso se puede rastrear tanto en la muralla –muy bien conservada– como en algunas torres almenadas y los asombrosos restos de un depósito de agua subterráneo, que se visita en el Palacio de las Veletas erigido sobre el antiguo Alcázar árabe.
En 1229 llega a Cáceres la Reconquista de la mano del rey Alfonso IX de León, y años después comienzan a instalarse las grandes familias aristocráticas que levantarán en los siglos siguientes la mayoría de los suntuosos palacios y mansiones renacentistas. Un sitio de interés histórico y arquitectónico es la parroquia de Santiago, donde nació la Orden Militar de Santiago Apóstol, en 1161. La Orden estaba compuesta por doce caballeros que tenían como fin proteger a los peregrinos que iban a Compostela. El edificio fue reconstruido en el siglo XVI en forma de templo gótico con reminiscencias del románico.
Tierra de conquistadores Extremadura en general y Cáceres en particular jugaron un papel fundamental en la conquista de América. Desde esta región, un grupo importante de conquistadores como Francisco Pizarro, Vasco Núñez de Balboa y Francisco de Orellana se lanzaron a la mar impulsados por una extraña mezcla de hambre y ambición desmedida, en busca de El Dorado. Un testimonio de piedra de aquel violento proceso es el Palacio de los Moctezuma-Toledo, construido en estilo renacentista con el oro de la princesa Tecuixpo –Copo de Algodón–, hija del emperador Moctezuma que luego fue esposa del cacereño Juan Cano de Saavedra.
La cantidad de palacios, casonas, iglesias y conventos que ostenta Cáceres es prácticamente imposible de abarcar. Se trata de un todo monumental, que se extiende incluso extramuros del centro histórico, con el agregado de una tranquilidad absoluta que nos traslada, sin abstracciones, a la oscuridad monástica que reinaba en ese mundo de piedra que fue la Edad Media.
|