Río de leyendas
"Padre de las aguas" fue para las tribus indígenas, y "espíritu santo" para muchos conquistadores europeos.
Les sirvió de barrera durante la guerra civil --donde nace el nombre yankie--, y después fue moldeando las características entre el norte y el sur: mientras en un extremo los esclavos negros dejaban sus vidas cosechando algodón, por el otro, hombres de levita hinchaban el pecho --y el bolsillo-- con el cargamento de los enormes vapores.
Pero el gran río supo de desprecios. Alcanzada la holgura económica, los ferrocarriles no tardaron en aparecer con el humo de sus locomotoras. Después llegó el humo de los camiones y todo se oscureció de pronto.
Norteamérica le dio la espalda por décadas y al Mississippi no le quedó más alternativa que vivir de recuerdos. Quizá por eso el tiempo parece congelado en uno de estos barcos dedicados al turismo. Y si no fuera por los rascacielos que aparecen de tanto en tanto, podría decirse también que en sus riberas se ha detenido la historia.
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Placeres de todos tamaños hay en el Mississippi. Desde pequeñas barcas hasta los lujosos casinos-hoteles flotantes, que tardan hasta dos semanas en recorrer el tramo entre St. Paul, en Minnesota, y Nueva Orleans, en el sureño estado de Luisiana.
Arriba de estos barcos los norteamericanos padecen del mal endémico de la "memoria colectiva". De esa obsesión por mitificar y preservar un pasado más cinematográfico que remoto. Debe ser ésta la razón --en competencia con la turística--, de por qué los barcos son cuidadas réplicas de los del 1800.
En esa época fueron los responsables de terminar con las creencias indígenas que decían que el Mississippi --"Michi-Sepi" o "padre de las aguas" le llamaban-- era como un ser humano extendido sobre la tierra: las fuentes como cabeza; los afluentes, sus brazos extendidos; el cuerpo, el cruce rectilíneo, y las piernas, su desembocadura.
Leyendas donde el gigante no podía ser navegado, sino respetado. Hoy, ni los pocos indios que quedan en sus riberas --como los chippewa-- lo honran con tanta pompa. Basta ver cuántas Reinas flotantes surcan sus aguas a diario repletos de "caras pálidas".
Fueron esas características las que entusiasmaron a Mark Twain --piloto de uno de estos barcos--, hasta convertirlo en cronista de los diversos mundos que remontaban aguas. Del contraste entre la miseria de sus riberas y la victoriana opulencia flotante surgieron los personajes de Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Fueron espejo de Estados Unidos en su tiempo, y para Twain una salida de escape que lo salvó de terminar sus días detrás del timón.
Twain incluso ocultó su verdadero nombre, Samuel Clemens, tras un seudónimo donde Mark significaba "marca" y Twain, una medida de profundidad de las aguas de este mismo río.
La nación entera y no sólo el escritor le debió al Mississippi una vida nueva.
Lo que nació aquí ha llenado el planeta con sus sones, con sus imágenes, con lo mejor y lo peor de una cultura que pecha por hacerse universal, navegando tantas veces contra la corriente.
Origen físico: Investigaciones fechan el nacimiento del río hace unos 208 millones de años --durante el período de glaciación--. Las características actuales tienen sólo 10 mil años.
Afluentes, en orden de importancia: Río Missouri, Ohio, Arkansas y otros 250 tributarios. Recoge aguas de 31 estados norteamericanos y 2 provincias canadienses.
Longitud: 3.778 kilómetros desde el diminuto lago Itasca en Minnesota, hasta el Golfo de México. Al sumarle el Missouri, queda con 6.210 km, convirtiéndose en el tercero más largo del mundo después del Nilo y el Amazonas.
Caudal: 1.400 millones de metros cúbicos diarios.
Pasajeros: Anualmente, unos 1.100 viajes de cruceros transportan cerca de 175.000 personas.
Carga: 400 millones de toneladas al año, turistas incluidos.
Minnesota
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El Río Mississippi inicia su viaje de 2,552 millas hacia el mar, en el Parque Estatal Itasca. Desde sus diminutos orígenes el gran Mississippi se abre camino a través de Minnesota, cruzando por sus bosques boreales, sus cosmopolitas y contemporáneas metrópolis, y sus fértiles praderas.
Siempre hay algo nuevo a lo largo del Mississippi. En Minnesota, la tierra de los 15,000 lagos, la buena vida fluye como el gran Mississippi.
Natchez Trace Parkway
El Natchez Trace Parkway es una de las rutas más bonitas en Mississippi. La vieja senda comercial india tiene 400 kilómetros de largo y más de 8.000 años. Se estrecha de Natchez en Mississippi hasta Nashville en Tennessee. Animales salvajes, indios y bandoleros le han traído el apodo de "Devil's Backbone". Hoy, el trecho aún sigue la senda original y es parte del National Park Service.
Wisconsin
Localizado en el corazón de Estados Unidos. Wisconsin es un destino interesante durante todas las estaciones del año. Wisconsin es famoso por su incomparable belleza natural: dos grandes lagos, el famoso Río Mississippi, más de 15,000 lagos, majestuosos bosques y los más hermosos campos de golf.
Wisconsin es también el estado donde las culturas del norte de Europa y las culturas nativas americanas se encontraron y fusionaron. Wisconsin es rico en cultura, historia y experiencias urbanas.
Illinois
El Río Mississippi serpentea por 450 millas, del norte al sur de Illinois, los cuales nos recuerda los tiempos de los barcos de vapor, que se pueden encontrar recorriendo toda la extensión del gran río sumergiendo al viajero en un paisaje irreal.
Kentucky
Mundialmente famoso por sus destilería de Bourbon, su arte Folk y sus hermosos caballos pura sangre. Kentucky invita a explorar un lugar de herencia mundial: la Cueva Mammoth, que constituye el sistema de cavernas más grande del mundo.
Missouri
Missouri recibe a sus visitantes con una sorprendente variedad de atracciones. Desde las modernas ciudades como St. Louis y Kansas City hasta los históricos pueblos ribereños como Hannibal, el lugar del escritor Mark Twain. En Missouri hay mucho que ver y hacer.
No importa cuales sean tus preferencias: los deportes profesionales, la vida nocturna, los deportes acuáticos, las compras, los museos... Missouri lo tiene todo.
Arkansas
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Un estado natural para los amantes de aventuras al aire libre. Arkansas combina el encanto del viejo sur con el espíritu pionero del oeste.
Mas del 60% del estado se encuentra cubierto de bosques y de lagos que envuelven las montañas del norte y oeste, las Ozark y las Ouachitas. En contraste, el Río Mississippi rodea Arkansas al este por lo cual es una tierra fértil donde florecen la soya, el arroz y el algodón, además de todos los mitos e historias relacionados con su cauce.
Mississippi
El romántico pasado y el dinámico presente se unen en lo profundo del sur de Estados Unidos, en el estado que comparte su nombre con el gran río Mississippi lleva a sus visitantes por los intactos campos de Vicksburg, donde se lleva a cabo una de las batallas más importantes de la Guerra Civil Americana, hasta el Centro Espacial Stennis, donde se realizan las pruebas de los motores del trasbordador espacial.
La reina del río: Nueva Orleáns
Es el enclave francés y creole de Estados Unidos, la cuna del jazz, la ciudad cortés, amante de la decadencia. Sus barrios que vieron todos los pecados hoy mantienen una tradición cosmopolita, musical, de buena comida, cordialidad y mitologías de genios, de alcohol y escritores.
Es una ciudad de un nombre y varios sobrenombres: a Nueva Orleáns se la llama Crescent City, la ciudad de la Medialuna, Sin City, la ciudad del pecado, y The Big Easy, por su ambiente relajado. Francesa en un mar de angloparlantes, católica entre vecinos protestantes, “extranjera” en su propio país por tantos años, la ciudad es cuna del jazz y de un carnaval único en su tipo, el mardi gras, tiene su propia comida creole y es reputada por un acento local que ya tiene visos de dialecto. No es casualidad que tanto cosmopolitanismo llame la atención: la ciudad fue fundada como parte del proyecto francés de fundar un imperio en América, pasó a manos españolas, fue devuelta a Francia y acabó vendida, junto al estado de Louisiana, a los Estados Unidos. Con sus dólares, Washington compró también una cultura mulata, polirracial, tolerante del vicio, nada puritana y suavemente etílica. Es el mundo de Lestat el Vampiro y también el del joven delincuente juvenil Louis Armstrong.
“No sabes lo que significa extrañar Nueva Orleáns”, dice una vieja tonada popular. Es que hay mucho para ver: el Barrio Francés –con su plaza de armas española–, las mansiones sureñas del distrito Jardín, la relajada amabilidad de sus gentes y la sordidez barata de Bourbon Street, los pantanos, el increíble zoológico del parque Audubon.
Por momentos, todo parece demasiado armado para el turismo: hay muchos negocios de chucherías de baja calidad; el jazz parece, por momentos, un sonido folclórico que se quedó en el tiempo; el vudú, motor oculto de muchos cambios en esa sociedad, también produce todo tipo de souvenirs. Pero la ciudad tiene mucho más que ofrecer, hay corrientes escondidas que, a veces, asoman a la superficie, en alguna esquina perdida del límite del Vieux Carré, en la enésima vez que la Preservation Hall Jazz Band toca una versión magistral de “Cuando los santos vienen marchando”, en la maravillosa placidez de Algiers.
Una historia a cada paso
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Probablemente haya pocas ciudades en el mundo que ostenten un pasado tan complejo y contradictorio como Nueva Orleáns. Por otra parte, al caminar por sus calles se tiene la impresión de que todos esos sucesos tuvieron lugar en una especie de presente continuo que puede palparse en cada uno de sus rincones. A pesar de algunos rascacielos modernos que afean el paisaje, Nueva Orleáns, con su orgullo de dama sureña, su maravilloso tranvía, sus enormes mansiones de resabios esclavistas y la competencia entre las arquitecturas coloniales española y francesa, resuma historia en cada una de sus esquinas.
Un día de mardi gras del año 1699, una pequeña expedición francocanadiense ancló en la desembocadura del Mississippi para explorar y colonizar ese nuevo territorio, virgen y pantanoso, al que llamaron “La Louisiane”, en homenaje a Luis XIV, rey de Francia. Durante los años siguientes, la expedición construyó avanzadas y fortificaciones a lo largo del río, hasta que, en 1718, se consideró necesario establecer una población permanente para convalidar el dominio de Francia sobre esa región, codiciada por los ingleses y los españoles. El francocanadiense Jean Baptiste Sieur de Bienville escogió el mismo territorio donde hoy descansa la ciudad actual y decidió nombrarla en homenaje a Felipe, duque de Orleans, quien en ese momento gobernaba Francia como regente del joven Luis XV. Cuenta la leyenda que Bienville prefirió utilizar la forma femenina del adjetivo –dándole a la ciudad el nombre de “Nouvelle Orléans”– porque el duque acostumbraba a vestirse con ropas de mujer.
En 1754, la vieja disputa entre Francia e Inglaterra sobre la división de los territorios del norte de América provocó la conflagración conocida en Europa como la Guerra de los Siete Años, que los norteamericanos llaman pintorescamente Guerra con los franceses y los indios. A pesar de haberse aliado con España, Francia fue derrotada, y en 1763 le cedió a Inglaterra la mayor parte del Canadá y Ohio. Nueva Orleáns no estaba incluida en el paquete. Un año antes de la rendición, Luis XV la cedió a su primo, el rey Carlos III de España, en el tratado secreto de Fontainebleau. En los pocos años que duró la dominación española, la ciudad tuvo que soportar los vaivenes de la política internacional (nada menos que las revoluciones francesa y estadounidense) y la violenta oposición de los aristócratas locales de origen francés. En 1800, Napoleón obligó a los españoles a devolver Louisiana a Francia. Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos, preocupado por la libre navegación del Mississippi, estuvo a punto de entrar en guerra con el país europeo. Pero a último momento surgió una solución mucho más viable: le propuso a Napoleón comprar la ciudad, junto a las orillas del río. Napoleón, necesitado de fondos para financiar su propia guerra con Inglaterra (y seguro de perder en caso de una guerra), redobló la apuesta: le vendía a Jefferson la totalidad de la colonia de Louisiana.
El 29 de abril de 1803 los norteamericanos le pagaron a Francia 11.250.000 dólares por Louisiana, y al mismo tiempo, condonaron 3.750.000 de deuda externa de Francia, lo que cotizaba el territorio en quince millones. De esta manera, la ciudad de Nueva Orleáns pasaba a formar parte del tercer imperio de su historia.
Con corazón francés
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El Vieux Carré, o Barrio Francés, es el corazón de Nueva Orleáns y, también, el lugar donde esos vaivenes históricos pueden palparse y casi revivirse a través del hechizo de sus calles y sus edificios coloniales. Un rectángulo de poco más de setenta manzanas, el Vieux Carré se extiende a lo largo del río Mississippi, en el preciso lugar donde los franceses se instalaron por primera vez en 1718 y los crèoles (hijos de colonos franceses y españoles), con sus ejércitos de esclavos, construyeron sus primeras mansiones, la catedral, el mercado, la ópera y los teatros.
En la actualidad, el Vieux Carré es un distrito residencial que combina negocios de todo tipo con casas construidas según el estilo arquitectónico del siglo dieciocho. En pocas cuadras se puede pasar de la calma fresca de un patio colonial con resabios hispánicos a los sórdidos shows de strip-tease de la calle Bourbon (que, por otra parte, es la única que tiene letreros de neón en todo el barrio).
Jazz
El museo de jazz de Nueva Orleáns lo dice con absoluta claridad: el jazz es un invento de esta ciudad. Por otra parte, uno de sus habitantes, de nombre Ferdinand Joseph Lamothe –más conocido como Jelly Roll Morton– aseguró siempre que él mismo inventó el jazz, en 1902. Para esa época, Nueva Orleáns era una ciudad portuaria importante, y los elementos franceses, españoles, crèole y norteamericanos nativos se amalgamaban, hombres libres de color, tanto africanos como colored creoles, o criollos de color. Estos tenían una posición social apenas más baja que la de los blancos; eran profesionales educados y exitosos, vivían en agradables vecindarios del centro de la ciudad, hablaban tanto francés como inglés y, en algunos casos, ellos mismos poseían esclavos. Tenían su propio teatro de ópera y entre ellos había músicos entrenados en técnicas europeas, que a veces les enseñaban esas técnicas a sus primos menos privilegiados que vivían en los barrios más apartados: ex esclavos, de educación deficiente, que habían sido liberados después de la guerra civil. Pero estas personas también tenían su propia música, un estilo mucho más rústico, derivado de los ritmos africanos y de las formas folklóricas y con mucha improvisación simple. Por otra parte, comenzaban a llegar las bandas de bronces, originadas en la tradición militar, que eran contratadas para funerales pero también para bailes al aire libre y campañas políticas.
El flujo de inmigrantes mexicanos traía consigo una atmósfera española. (Jelly Roll Morton, que era un criollo de color él mismo, expresaría más tarde que no se podía tener verdadero jazz sin ese “tinte hispánico”). El catalizador de todos esos elementos fueron dos leyes creadas por políticos blancos. En 1894, Nueva Orleáns anuló su propia historia de tolerancia racial al aprobar el código Jim Crow que definía a los criollos de color como negros y que dictaminaba que fueran trasladados a los vecindarios segregados del norte. De pronto, las dos tradiciones de música negra de la ciudad estaban, a la fuerza, mucho más cerca que antes. En 1897, en un esfuerzo por “limpiar” los barrios, se creó una zona de cuarenta manzanas para la prostitución legalizada. Este distrito, llamado Storyville –ubicado en el Vieux Carré– se llenó de casas de citas que requerían “música de fondo”.
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Los blancos de clase alta no ensuciarían su arte en tales sitios, así que los músicos afroamericanos de la ciudad, tanto criollos como esclavos liberados, pudieron encontrar trabajo fijo. Mientras tanto, las bandas de bronces, muy utilizadas en los funerales, comenzaban a crear la tradición de tocar una música mucho más animada y jovial en el camino de regreso, sentando las bases de la polifonía y la improvisación grupal. Ya para 1917, un grupo de blancos de New Orleans denominado The Original Dixieland Jass (sic) Band grabaron un disco en Nueva York. Ahí empezó un asunto que siguió con las figuras paradigmáticas de Louis Armstrong (hijo dilecto de New Orleans) y Sidney Bechet, hasta el brillo neoconservador del clan Marsalis. Hoy, el jazz en New Orleans es omnipresente y prácticamente inevitable.
Mississippi se explora idealmente de región a región: norte, centro, sur y costa del Golfo de México. Además puede elegir un tema para su viaje a lo largo de una de las rutas históricas del estado.
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