Un recorrido especial
Los paisajes mejor conservados de la isla grancanaria se encuentran, hoy por hoy, siguiendo los caminos más secretos, aquéllos que dan la espalda a lo más trillado del turismo convencional para encararse con barrancos y palmerales que, cómplices de la aurora o la puesta del sol, introducen en el viajero el deseo de vivir en la isla eternamente, lejos del ruido y del cemento. Quienes vayan a Canarias no deben esperar ni caudalosos ríos ni estilizados trenes hendiendo el horizonte. Esta es la tierra, fragmentada, de los volcanes, las playas y los barrancos.
Una de las rutas más esenciales del Archipiélago es la que se inicia partiendo desde el conocido como Puertito de Mogán con dirección al norte de Gran Canaria, al Oeste de la isla, donde se hallan paisajes de una belleza a veces tortuosa debido en gran parte a su imponente sobriedad. A lo largo de esta senda, el viajero se sentirá impulsado a internarse de continuo en el corazón de la isla, que alarga en tentáculos su belleza hacia los bordes del territorio.
Cultura
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Culturalmente hablando, Gran Canaria es sinónimo de mestizaje. Una característica heredada de su condición histórica de lugar de paso de viajeros y de una sociedad de naturaleza abierta a todo lo que viniese allende los mares. El paso de la historia ha dejado en la Isla un patrimonio de alto valor arqueológico, artístico, arquitectónico y etnográfico, testigos de la evolución cultural de esta comunidad insular. Un patrimonio histórico, legado de la identidad isleña, que se ha enriquecido y acompañado de múltiples manifestaciones culturales y artísticas que confieren a la Isla unas singularidades difícilmente encontrables en tan reducido espacio territorial.
La mayor parte de los monumentos que se pueden ver en Gran Canaria son posteriores a la época de la conquista, aunque se han podido preservar algunos yacimientos y lugares pertenecientes a los aborígenes de la Isla (Cuevas Pintadas de Gáldar, el Cenobio de Valerón...).
Pero junto a las manifestaciones arquitectónicas y plásticas pertenecientes a los distintos momentos históricos y actuales de esta Isla y que se reparten por toda su geografía, Gran Canaria cuenta con una amplia y diversificada agenda de actos culturales que abarca todo el año. Conciertos, festivales internacionales de música y de cine, exposiciones y ciclos de conferencias con ponentes de prestigio mundial conforman, entre otros, la actualidad cultural de la Isla capaz de satisfacer al público más exigente. Entre ellos, es justo destacar el internacionalmente conocido Festival de Música de Canarias, que se celebra a comienzos de año y el único en toda Europa que se desarrolla en invierno. Por este Festival han pasado la casi totalidad de las primeras figuras del firmamento musical y en el mismo se producen estrenos absolutos de obras.
Mogán
Puerto de Mogán: a su llegada, el viajero habrá dejado atrás núcleos construidos al vaivén del devenir turístico más convencional para encontrarse un pequeño asentamiento costero cuyo mejor abordaje lo puede constituir el sabor de una buena breca pescada en aguas sureñas, aliñada con mojo picón y acompañada de papas arrugadas.
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En Puerto de Mogán, los restaurantes toman un gran protagonismo, tanto en las calles interiores como en primera línea del mar, donde el viajero se dejará mecer por el entrechocar de aperos procedentes de las embarcaciones deportivas. Conviene hacer buen acopio del aire marino antes de partir hacia el norte con escarceos frecuentes hacia el interior.
Puerto de Mogán presume de una playita de arena negra ideal para tomar en ella un chapuzón que nos sacuda de encima el calor del sur. Lo que hoy constituye el Puerto de Mogán fue un pequeño enclave pesquero en el que en 1981, en terrenos ganados al mar, se empezó a construir una urbanización de aspecto exquisito y conservando su antiguo encanto.
Sus edificios imitan la arquitectura popular de espacios abiertos, de sus balcones cuelgan buganvillas y el canal que cruza alguna de ellas convierten al puertito en el giro onírico de una Venecia imposible, pues la temperatura media anual nada guarda en común con la que se consigue en las ciudades europeas.
Desde el principio, el Puerto de Mogán fue concebido como lugar para recibir turismo de calidad, en contraste con otros puntos de Canarias en los que ni el paisaje ni el espacio se han tenido en cuenta a la hora de edificar. Como en los enclaves costeros vecinos, Puerto de Mogán resulta ideal para conocer las riquezas del fondo del mar. Cuevas, arrecifes, barcos hundidos y una infinita variedad de fauna submarina contribuyen a proporcionar fuertes emociones y han hecho del lugar punto de encuentro de los aficionados no sólo al buceo sino también a la pesca de altura, para la que existe la más amplia infraestructura al alcance del viajero aficionado como una buena flota de barcos chárter, patrones profesionales y campeonatos organizados.
Por otra parte, la parte costera de Mogán constituye un paraíso para los aficionados a la navegación, no en vano los vientos alisios y su posición en la ruta entre Europa y el Caribe han hecho de toda Canarias punto de encuentro internacional de los amantes de la vela.
Aunque no se sea un experto, se pueden efectuar paseos en barco por toda esta costa en los numerosos veleros y barcos de motor que incluyen en su oferta almuerzo, jornadas de pesca y todo tipo de actividades. Asimismo, se puede optar por una rápida excursión en catamarán, hasta por el alquiler (con o sin patrón) de un yate. La oferta para navegar es amplia y apta para todos los bolsillos, así como la variedad de deportes náuticos que permiten disfrutar del mar: desde la moto náutica hasta la posibilidad de volar colgado de un paracaídas a 120 metros de la superficie marina. O algo igual de atractivo aunque con menos riesgo: contemplar las profundidades marinas desde un barco con fondo de cristal o desde un submarino.
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Y los viernes: mañana de mercadillo en Puerto de Mogán, al aire libre, sintiendo la brisa marina. Pero no todo es bucolismo, pues la zona es propicia también para la diversión nocturna en sus múltiples locales, algunos de los cuales ofrece música en vivo. De hecho, en el municipio de Mogán tienen lugar tanto el encuentro musical de Veneguera como el denominado Festival de Jazz del Puerto de Mogán que concita el interés del resto de la isla. En Julio, como todo pueblo marinero que se precie, la Virgen del Carmen recorre en barco la distancia desde el puerto vecino, Arguineguín, hasta el de Mogán jalonada por el estruendo de sirenas y fuegos artificiales.
Mogán casco
Iniciando la ruta hacia el norte de Gran Canaria, el viajero se irá encontrando con una sucesión de verdes barrancos salpicados de huertas donde crecen papayos, mangos y tuneras, entre otros productos de la tierra. Procede una parada en el casco urbano de Mogán, que ofrece el mejor de los paseos.
A las puertas del casco de Mogán se encuentra un molino de viento perfectamente restaurado y acondicionado como local en el que se puede observar la labor tradicional de la molienda de los cereales tal y como se realizaba antiguamente. Asimismo, en distintos barrios del municipio, existen artesanos que siguen creando con materias primas naturales, como la palma y el barro, los objetos antaño imprescindibles para la vida diaria y que conservan su simple belleza.
A lo largo del recorrido por el casco se pueden contemplar bellas muestras de la arquitectura tradicional isleña, incluyendo la balconada típica del curato. En el pueblo de Mogán destaca la Iglesia de San Antonio, levantada en 1814 con el dinero enviado desde Cuba por el matrimonio canario de hacendados Sarmiento y Coto. En su interior cabe subrayar el hermoso artesonado de madera y las imágenes de San Antonio de Padua y de la Inmaculada Concepción, de factura granadina.
Sobre el topónimo aborigen de Mogán aún no se dispone de una fundada explicación semántica. Mientras por un lado se asemeja al nombre canario de la planta «mocán», por otro no resulta desechable la hipótesis de que sea una derivación de la expresión «tamogán-tacorán», de idéntica raíz semántica que «almogarén» o «mogarén», palabras del canario antiguo con el mismo significado: casa de Dios. Precisamente, un recinto sagrado se hallaba sobre el pueblo de Mogán, en la cima de Tauro. Pueblo agrícola por excelencia, Mogán conserva toda su identidad canaria; su vega permanece salpicada de blancas casas agrupadas en torno a la iglesia.
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El sol y la escasa humedad le han proporcionado a Mogán el reconocimiento de la Organización Mundial de la Salud como zona ideal para personas que padecen reumatismo y dolencias similares. De hecho, en el Barranco de la Verga se encuentra el centro noruego de asma y alergias en el que los pacientes experimentan asombrosas mejorías de salud. Apoyado por el propio gobierno noruego, al centro llegan asmáticos crónicos con sus familiares para pasar largas temporadas ya que incluso dispone de colegio para los más pequeños.
La propia naturaleza del municipio, ubicado entre elevadas montañas y profundos barrancos, postergó a sus habitantes durante mucho tiempo a vivir aislados del resto de los municipios grancanarios, siendo su principal vía de comunicación el mar. Menos mal que sus frondosos y fértiles barrancos han compensado a los moganeros con una excelente variedad de frutos codiciados por su calidad en todo el Archipiélago y muchos de los cuales pueden adquirirse en algunas tiendas del casco recién cogidos del árbol. La introducción de frutos tropicales como el aguacate, que entró en 1930, se debe al fenómeno de emigración masiva que se dio en Mogán a lugares como Cuba y Venezuela en busca de fortuna. Raro es el canario que no tiene alguna rama familiar que vive en uno u otro país.
Desde el barranco de Mogán existe carretera hasta la Presa del Mulato, un desvío de la ruta que conduce al interior y desde donde se puede observar una de las mejores vistas del pueblo. De continuar por este camino se llega a la Presa de Las Niñas, lugar ideal para excursiones, provisto de áreas de merienda y descanso.
A partir de aquí el viajero se dirigiría hacia Tejeda, el centro de la isla, en una zona de media-alta montaña cuyo paisaje se enriquece con una amplia presencia de hogarzos y otras plantas leñosas y, sobre todo, con una importante masa de pinares. La fauna autóctona se conserva en los espacios del interior al haber quedado irremisiblemente alterado el litoral marino, primero por el espacio agrario, y luego por el turístico. Entre estas especies cabe destacar el pájaro picapinos así como aves tales como el alcaudón, el pájaro moro o reptiles como el lagarto. La importancia de los espacios naturales en Mogán queda reflejada en la protección obtenida para buena parte de su territorio.
Los aficionados a hacer senderismo encontrarán en el casco de Mogán el mejor punto de partida para dejar el coche e iniciar algunas rutas a pie. Como la que empieza poco antes de llegar a la plaza de Mogán, por la carretera principal, viniendo desde el Puerto, justo donde está el cartel de bienvenida al municipio, de donde sale una carretera a la izquierda que, al finalizar, da paso a un sendero en medio de fincas llenas de frutas tropicales.
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El camino se inicia en pendiente ancha y con empedrado antiguo. Desde el mismo, la vista tiene acceso a La Fortaleza, cresterío abrupto entre Mogán y Veneguera, con bruscas pendientes. Aquí, la vegetación es de balos, verodes, aulagas y tabaibas. Asimismo, se pueden contemplar poblaciones de romero marino y melosa y, un poco más arriba, algún ejemplar de salvia morisca. La subida se convierte luego en un zigzag que pone a prueba el vigor del caminante por el lomo de la Quinta, pero merece la pena porque regala magníficas vistas del pueblo de Mogán. El camino es firme y cuenta con más tramos empedrados. Al llegar a lo alto de la cresta de la Fortaleza, en el lugar en que se avistan tres cruces de madera, volvemos a contemplar una buena panorámica de Mogán y Veneguera.
Regresamos a la carretera y volvemos a la ruta hacia el norte, remontando camino para girar hacia Veneguera, el más occidental de los barrancos del municipio. Se inicia a los pies de la espectacular formación rocosa de Los Azulejos, una grandiosa pared de rocas cuyos colores van desde el rojo oscuro hasta el azul, pasando por todos los tonos amarillos, a menudo salpicada por riachuelos y pequeños saltos de agua procedentes de las cumbres coronadas de pinos. Lo más chocante para el visitante es la extrema variedad de vegetación; oasis naturales de palmeras, frutas tropicales originarias de todo el mundo, áridas lomas salpicadas de cardones, tabaibas y numerosas plantas endémicas desconocidas en otros lugares.
La ruta hacia el norte por este lado de la isla redonda ofrece un espectáculo de acantilados rojizos que caen al mar, interrumpidos por playas de arena negra y guijarros, una belleza que se disfruta de otro modo si se efectúa desde el mar, en barco. En el mismo barrio de Veneguera se encuentra un núcleo de casas antiguas.
En las alturas, el Parque Natural de Ojeda, Inagua y Pajonales, que reúne un especial interés geomorfológico y biológico, albergando una importante masa de pinar. No cabe esperar, en esta parte de la isla, bosques inacabables, más bien llama la atención el pinar por encontrarse en un paisaje donde no se lo espera. La zona parece una muestra de las dudas divinas sobre si hacer de él un lugar seco y árido o un vergel. Así que los dioses hicieron ambas cosas.
A muy poca distancia, y siguiendo hacia el oeste, existen veredas como el Pié de la Cuesta a Los Almácigos (ambos en Veneguera) donde se conservan hermosas casas rurales muestra de la arquitectura del pasado.
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Desviándonos ligeramente del camino que continúa hacia el norte, el viajero encontrará los embalses de Chira, el de Cueva de las Niñas y el Embalse de Soria, donde la mano del hombre, en su empeño de aprovechar el agua, tan escasa en esta parte de la isla, realizó presas y embalses que, cuando se encuentran llenos, se confunden con lagos debido al magnífico entorno en el que se encuentran enclavados.
Adentrándonos un poco más llegamos a Ayacata y, ya en el camino a Tejeda, se alzan el Roque de Bentaiga y el Roque Nublo, éste último auténtico símbolo de Gran Canaria y cuyo entorno Miguel de Unamuno, en su visita, definiría como paisaje «de tormenta petrificada».
De regreso a la ruta que conduce desde Mogán al norte, después del escarceo a la cumbre, el viajero atraviesa una parte de la costa grancanaria bañada por el Atlántico que recorre 30 kilómetros de roquedales abruptos avanzando hacia el Oeste hasta llegar a otro municipio, La Aldea o San Nicolás de Tolentino, extendido de norte a sur en una amplia zona costera.
La Aldea
Es la cara poniente de Gran Canaria, un valle rodeado de montañas heridas por el recorrido de verdes barrancos. Su larga playa se abre al Atlántico y su puerto proporciona abrigo a los pesqueros que faenan en sus aguas. En el valle, entre molinos de agua y de viento, a la sombra de los palmerales, se cosechan tomates, millo (nombre que adquiere en Canarias el maíz), plátanos y frutas tropicales que, junto a sus quesos, carnes y pescados, dan vida a una gastronomía rica y natural.
Existen infinitas sendas para recorrer a pie, al igual que en Mogán, y la mayoría de ellas se entrecruzan, no en vano ambos municipios comparten armónicamente sus parques naturales.
A la intacta playa de Güi-Güí únicamente se puede llegar en barco, lo que ha contribuido en gran parte a conservar su belleza. Esparcidos por los escarpados barrancos, entre los rebaños de pastores y la flora endémica de la isla, hay pueblos blancos caracterizados mediante nombres sonoros que evocan un pasado ancestral: Tocodomán, Tasarte, Tasartico... A estos pagos se llega tomando los correspondientes desvíos, desvíos que en todos los casos merecen la pena.
El viajero se encontrará inmerso en un pueblo, La Aldea, cuyas tradiciones reviven cada día gracias a los artesanos que crean con el barro, la madera, la caña, la palma o la lana objetos y utensilios de toda clase. La Aldea también se alza como protector y conservador de los tradicionales deportes isleños tales como la lucha canaria, la lucha del palo y el salto del garrote, costumbres y prácticas que se adueñan de las calles durante las Fiestas del Charco (en septiembre).
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La playa y el pequeño puerto de La Aldea son otros de los encantos de esta parte de la isla de Gran Canaria, quizá la mejor protegida de los embates del turismo convencional, donde no encontramos grandes hoteles sino alojamientos rurales llenos de belleza donde pasar unos días de tranquilidad mientras se camina por las múltiples sendas que, desde La Aldea, conducen al interior de la isla. En el puerto, aguas transparentes, pequeñas embarcaciones que se recortan en el cielo azul y paisanos dispuestos a observarte con curiosidad y a hablarte del devenir de su pueblo con el suave y cadencioso acento de la tierra.
La Aldea encierra algunos tesoros culturales de carácter tradicional. Se han rescatado costumbres ya extinguidas en la mayor parte del Archipiélago canario, como son el romancero, los cantares de trabajo, los ritos de ánimas, las danzas estacionales, el folclore mestizo al que dio lugar la emigración y los oficios artesanales. Aquí, como en otros pueblos canarios, se entremezclan las culturas europeas, norte africana, americana de emigración y aborigen-canaria.
De esta última perviven costumbres tan singulares como lo son la Fiesta de la Rama (9 de septiembre), en la que se implora agua de lluvia; o la Fiesta del Charco (11 de septiembre), herencia de la costumbre aborigen de pescar en los charcos costeros a base de «embarbascar», es decir, aturdir a los peces con la leche que se saca de las tabaibas y los cardones. Esta fiesta no tiene réplica en ninguna otra isla, ni tampoco en ningún otro pueblo de Gran Canaria, unicidad que le confiere gran relevancia dentro de amplio calendario festivo del Archipiélago.
Entre los puntos interesantes a visitar en La Aldea merecen mención particular el Parque Municipal Rubén Díaz (en El Chozo), el Aula Etnográfica, el Museo Vivo, los molinos harineros de viento y agua, la Casa-Balcón (en la calle peatonal), el Jardín de Cactus «Cactualdea», el Monumento a la Mujer Aldeana, el dedicado a la Rama (en El Barranquillo Hondo) y el Monumento a las Madres (en Los Espino).
Tradicionalmente agrario, no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que los productos de La Aldea entraron en la dinámica de la exportación. También el sector ganadero ha ido adquiriendo gran importancia, existiendo una cabaña de ganado caprino de unas 10.000 cabezas, lo que da lugar a una considerable producción de queso, tanto artesanal como industrial, ambos de destacada calidad. Por lo que respecta a su gastronomía, en La Aldea de San Nicolás se pueden degustar diferentes variedades de pescado fresco, caldo de pescado, mojo hervido de morena, sopa de verduras y una infinita variedad de frutos tropicales, así como una exquisita y nutritiva repostería.
Agaete
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En la ruta escogida se alcanza ya el norte, el Puerto de Las Nieves, en Agaete, terruño de poetas y barcas donde el cielo deja ver uno de sus apéndices, pues allí se alza el denominado Dedo de Dios, esculpido caprichosamente en las rocas. El paisaje se ha vuelto definitivamente verde, sin vacilaciones, y las plataneras ocupan buena parte de las laderas de este municipio costero al que llegan, varias veces al día, los barcos de pasajeros desde Tenerife. Las casas blancas de Agaete se arraciman en torno a una bahía rocosa de arenas negras hasta la que descienden sus acantilados. Cuna de artistas, Agaete tiene fama de acoger amorosamente a quien se acerque a sus costas con afanes creativos. Si el viajero es buen nadador, puede llegar a la Playa de las Palomas. A través de ella (también se puede alcanzar en barca) se accede a una sorprendente ruta volcánica.
Entre los lugares dignos de mención destaca la Ermita de Las Nieves, que guarda en su seno un tríptico de origen flamenco del siglo XVI, así como maquetas de barcos. Asimismo, no conviene perderse la exposición botánica ubicada en el Huerto de las Flores. En el mes de agosto, aquí también tiene lugar una de las fiestas más animadas del Archipiélago, la Fiesta de la Rama, que reproduce la tradición aborigen según la cual había que acudir desde el monte hasta el mar para azotar las aguas y solicitar la caída de las lluvias.
Alejándonos de la cara marítima del municipio descubrimos el fértil valle en el que se asienta Agaete , donde la agricultura todavía actúa como motor económico. Más al norte se encuentran los municipio de Guía y Gáldar, el primero con su Iglesia de Santa María, donde se veneran varias obras del imaginero Luján Pérez, y el segundo que fue la capital aborigen y, por tanto, conserva algunos vestigios arqueológicos de gran importancia como la Cueva Pintada y las casas de El Agujero.
Los alrededores de Agaete ofrecen numerosos caminos reales por los que practicar senderismo, especialmente los que conducen al Sao, al Hornillo y a Tamadaba. Y si la pereza ataca tras el largo camino recorrido desde el sur, siempre queda la posibilidad de tomar un poco de pescado fresco en alguno de los numerosos restaurantes que dan al puerto.
Playas
Gran Canaria cuenta con una enorme riqueza natural, en la que sobresalen sus numerosas playas de calidad, en su mayoría de arena rubia, algunas de las cuales son únicas en el mundo. Casi 60 de los 236 kilómetros de longitud de costa de Gran Canaria están ocupados por playas de distinta naturaleza, que van desde la impresionante Maspalomas, con sus 250 hectáreas de dunas junto al mar, a la recóndita y virgen Güigüi, pasando por la animada playa capitalina de Las Canteras.
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El clima templado y la agradable temperatura del agua de baño (entre los 18 grados de los meses de invierno y los 22 del resto del año) permite que las playas puedan ser usadas todo el año.
Algunas de ellas están localizadas en enclaves especialmente atractivos ya que se encuentran protegidas por su encanto natural y la virginidad de sus paisajes. Destaca, además, un gran número de pequeñas calas y playas naturistas de espectacular belleza, que, en su mayoría, se localizan en la costa sur de la isla.
Las principales playas se encuentran en la vertiente meridional de la Isla, entre Tarajalillo y Mogán, que es donde el clima es más seco y soleado. Debido a que las montañas del interior retienen las nubes provenientes del Norte, el Sur se mantiene casi todos los días del año despejado, lo que permite tomar el sol y bañarse en el mar, tanto en verano como en invierno. Vinculados a estas playas existen núcleos turísticos que ofertan desde las comodidades de un centro urbano a la tranquilidad de un pequeño pueblo o la posibilidad de practicar algún deporte en las mejores condiciones naturales y de servicios.
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