Gracias a su situación geográfica entre Europa y Asia, Bulgaria ha estado siempre en el cruce de caminos y culturas. Por aquí pasaron y dejaron sus huellas eslavos, latinos y asiáticos;dominaron tradiciones paganas, cristianas y musulmanas que determinaron el carácter variado del país pero, sin embargo, no impidieron a la fuerte identidad de los búlgaros. La arqueología con la necrópolis de Varna y los túmulos tracios, la historia con la obra de los santos hermanos Cirilo y Metodio, la arquitectura con el Monasterio de Rila y la ciencia con el invento de John Atanassov, forman parte de los logros de ese país pequeño de carácter montañoso. En Bulgaria encontraréis también pueblos pintorescos de folklor vivo y ricas recetas de cocina tradicional, ritos paganos y artes con los cuales descubriréis una nueva y desconocida faceta de Europa.
Actualmente, Bulgaria sólo presenta una actividad turística plena en las ciudades costeras del mar Negro -donde muchos extranjeros compran casitas para veranear-, o en las estaciones de esquí del sur del país.
Cultura
En los 13 siglos de su existencia, Bulgaria ha pasado a través de periodos muy desiguales: desde dominar el Sur de Europa (siglos XII-XIV), hasta prácticamente disolverse en los límites del Imperio Otomano (siglos XV-XIX). Casi desde el principio de su existencia, su espíritu nacional se ha conservado en algunos pocos rasgos clave: el idioma y su expresión escrita, en cirílico; la fe cristiana ortodoxa; la gran tolerancia interétnica; y la notable capacidad de sublimar las peripecias históricas en variadas expresiones de la cultura popular.
La literatura búlgara -la más antigua de las eslavas-, que surgió en la segunda mitad del siglo IX, se desarrolló gracias a la independencia que le aseguraba el cirílico y ejerció una importante influencia sobre las letras rusas, serbias, croatas, eslovenas y rumanas.
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Muchas religiones y etnias conviven en los Balcanes desde hace siglos. Los búlgaros profesan la fe cristiana ortodoxa la cual difiere de la católica sobre todo en ciertos aspectos formales. Tal vez la distinción más característica consiste en la apariencia más ascética y en el contenido más místico de los ortodoxos, así como en la cercanía de sus sacerdotes al pueblo y a la idea igualitaria de la estructura de su iglesia. Los ortodoxos no tienen una autoridad máxima, como el Papa, sino 15 Patriarcas en los respectivos Patriarcados desde Bulgaria, Constantinopla, Serbia y Rumania hasta Moscú o Jerusalén. De todas formas, tras los 50 años de dominio comunista, durante los cuales la religión era rechazada por ser «el opio del pueblo», en las palabras de Marx, las jóvenes generaciones búlgaras no son practicantes, aunque puedan considerarse creyentes.
El folclor era la única esfera donde el genio búlgaro ha podido brillar sin interrupción durante los cinco siglos bajo el Imperio Otomano. Muy interesantes y originales son la música tradicional, la arquitectura y la artesanía. Merece la pena ver y oír en vivo un espectáculo del conjunto nacional de baile y canto, Fílip Kutev, es una experiencia reveladora. Los cuentos, los refranes y las fábulas populares están reunidos en unos 20 tomos. Los coros y los hábitos eclesiásticos también merecen una mención aparte.
Festividades
El 6 y el 24 de mayo son fiestas estatales y, al mismo tiempo, religiosas y populares. Aparte de ser el día del Ejercito, el 6 de mayo es también el de San Jorge, muy querido en el país –venerado por cristianos, musulmanes y patrono de los gitanos de esta parte de Europa– por marcar el principio del verano y ofrecer un excelente motivo para reunión familiar. Se celebra con cordero asado y pan especial. El 24 de mayo es otra fecha muy importante para todos los búlgaros, dado que conmemora los creadores del primer alfabeto eslavo, los santos Cirilo y Metodio.
El 14 de febrero se celebra Trifon Zarezán, santo del vino y heredero de la gran tradición tracia y griega de Dionisio, el dios de la embriaguez y de la alegría que moría cada invierno y renacía en primavera. Se considera que si en este concreto día se podan las vides, no padecerán enfermedades.
El 1 de marzo familiares y amigos se regalan 'martenitsi', unos amuletos hechos de hilos blancos y rojos que abocan la buena salud, la fuerza y la suerte, y se tienen que llevar hasta que se vea la primera cigüeña o, simplemente, hasta el final de marzo. Tienen una variedad indescriptible de formas –desde la clásica de dos muñequitos (Pizho y Penda) o dos pequeños pompones hasta brazaletes y collares–. Las 'martenitsi' no se tiran ni se guardan, sino que, siguiendo la tradición, se tienen que colgar en las ramas de un árbol. A los niños se les cuentan las historias de 'Baba Marta', la abuela Marta, una ancianita caprichosa, que pasa pronto por la mañana para regalar 'martenitsi' a los buenos y pellizcar las mejillas de los malos.
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La fiesta más importante de los búlgaros es Velikden, el 'Día Grande' (Domingo Santo). Toda la Semana Santa es una preparación para la Resurrección de Cristo: como señaló un ensayista búlgaro, Toncho Zhechev, siendo más místicos que los católicos, los ortodoxos atribuyen mayor significado a un suceso tan insólito y solemne como la resurrección que a un 'simple' nacimiento (Navidad). El Domingo de Ramos abre la Semana de la Pasión, y se dedica el día a todas las personas con nombres de flor o árbol (Lilia, Kalina, Tsvetán, etc.) y, en ausencia de palmas, se festeja con ramas de sauce. El Velikden empieza el Sábado Santo con una ceremonia en todas las iglesias, desde donde, a medianoche, los sacerdotes sacan los presentes y dan varias vueltas seguidos por la muchedumbre mientras cantan canciones. Durante el Domingo Santo, en vez de '¡Buenos días!', la gente saluda con '¡Hristós vozkrese!' (la respuesta es '¡Vo ístina vozkrese!'), '¡Cristo ha resucitado!' y '¡De verdad ha resucitado!'. Se regalan huevos pintados de muchísimos colores y maneras (se pintan sólo el Jueves o el Sábado Santo, nunca el Viernes de la Crucifixión). Se juega a 'choque de huevos', para ver quien tiene el huevo más resistente y va a gozar de una firme salud y buena fortuna. Ese día se come 'kozunak', un pan dulce con uvas pasas y nueces.
El 6 de diciembre se festeja San Nicola, el protector de los pescadores y los marineros, por eso se come pescado. Un plato riquísimo que se suele preparar es la carpa rellena de arroz y nueces.
El 24 de diciembre es 'Budni vecher', la Vigilia, cuando se reúne toda la familia para cenar. En la mesa tiene que haber siete, nueve ó 12 platos vegetarianos y 'pita', el pan redondo cocido en casa, con una moneda dentro. El que la encuentre será el más afortunado de la familia. Nadie tiene que irse antes de que acabe la cena; al terminar el banquete, todos juntos levantan un poco la mesa, como un buen augurio del futuro crecimiento (de las riquezas, de los niños, de la cosecha).
El 25 de diciembre es Koleda. El nombre, 'paganamente', viene del verbo 'kolia' ('degollar') porque tradicionalmente para Navidad se degollaba un cerdo y con su carne asada se celebraba la fiesta religiosa. En pocas familias sobrevive la bonita costumbre del 'koleduvane': grupos de niños que van de casa en casa con 'surovachki' (unas ramitas adornadas con materiales de varios colores con las que se dan golpitos simbólicos en la espalda a todos los miembros de la familia para que la tengan fuerte, en todos los sentidos) y cantan canciones folclóricas. Los regalos se dan y se reciben tanto el 26 de diciembre, como el 31 de diciembre, cuando se come también la 'banitsa s kusmeti', un pastel salado, en el que están escondidos papelitos con augurios –'felicidad', 'amor', 'viaje'– que predicen el año que viene a cada uno de los que los encuentran.
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Además de las fiestas religiosas y familiares, en Bulgaria hay muchas celebraciones que merecen la pena ser visitadas. Uno de los eventos periódicos de mayor interés en los Balcanes es el Festival Nacional de Folclore de Koprívshtitsa, que se organiza cada cuatro o cinco años, según los recursos disponibles. En el pintoresco pueblo de la montaña se concentran todos los cantantes, bailarines, cuentacuentos y conocedores de la cultura popular más auténtica de Bulgaria y durante una semana exhiben entre las casas de Koprívshtitsa, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en escenarios montados en medio de la magnífica naturaleza, todo lo que han guardado durante los años: estupendos vestidos tradicionales, cantos y bailes de todos los rincones del país, juegos, objetos hechos a mano.
Gastronomía
Muy típicos son los productos lácteos y, si hay que escoger un símbolo culinario para presentar Bulgaria, éste sin embargo sería el yogur. De hecho, no por casualidad el nombre científico de los microorganismos que transforman la leche en yogur es 'Lactobacillus bulgaricus', 'bacilo de leche búlgaro'. Cualquier otra forma de obtenerlo –añadiendo almidón, leche en polvo, aromas artificiales y conservantes– transforma el producto en simple leche fermentada sin las cualidades y el sabor del verdadero yogur balcánico. Usando el yogur como elemento fundamental se hace la sopa fría 'tarator' (yogur líquido, pepinos, ajo, aceite y nueces), que se toma como el gazpacho. Muy popular durante el verano es la bebida refrescante 'airán', yogur diluido con un poco de sal.
El 'sírene' es una especie de queso blanco y duro, de vaca o oveja, que se usa en muchos platos, por ejemplo la clásica ensalada 'shopska salata' (tomate, pepino, pimiento verde y cebolla) o en el pastel salado 'bánitsa'.
En Bulgaria se comen bastante legumbres, carne (la del cerdo es la preferida) y pescado: todo depende de la estación, la ocasión o la localidad. Si se va al Monasterio de Rila, por ejemplo, hay dos paradas 'obligatorias': una por la mañana, para desayunar con 'mekitsi' (bollos fritos de masa hecha con harina, huevo, leche y levadura); y una a la hora del almuerzo, para comer la trucha.
Sólo en los pueblos de la montaña Rodopi se pueden probar el 'patátnik' (un plato a base de patatas, huevos, mantequilla, 'sirene' y hierbas), el 'klin' ('banitsa' con arroz, espinacas y leche) y la 'fasul chorbá' (una sopa densa y muy condimentada de las enormes semillas de las judías pintas de la zona de Smilian).
Al norte del país se tiene que probar el 'kachamák' (polenta de maíz, aderezada con mantequilla caliente, pimentón y queso o carne). En Sozopol y las otras ciudades cerca del mar, son imprescindibles la mermelada de higos y el pescado ('kefal', 'pópcheta', 'safrid', 'kalkán').
La 'kavarmá' (guiso con carne de cerdo, puerros, vino, chile y finas hierbas), la 'méshana skara' (parrillada mixta), el 'gyuvech' (guiso de carne o vegetariano, cocido al horno en un recipiente cerámico) y las 'sarmí' (carne picada y bien condimentada, envuelta en hojas de vid o de col) se pueden degustar en todo el país y, prácticamente, en cualquier momento del año.
Lo mismo vale para los postres muy dulces heredados de la tradición turca: 'baklavá' (tarta de hojaldre rellena de nueces y miel y regada de almíbar), 'tolumba' (churro ensopado en almíbar) o 'kadaif' (fideo muy fino, también con nueces, canela y almíbar).
Para acompañar la 'banitsa' una buena opción es la 'bozá', una bebida densa y de un característico color marrón claro, cuya invención se atribuye a los albaneses. Se prepara con mijo (las alternativas son trigo o centeno), agua y azúcar, y, dado que se deja fermentar, tiene un pequeño porcentaje de alcohol (hasta 1%).
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Otra curiosidad para los viajeros entusiastas es el 'shkembé chorbá'. Significa literalmente 'sopa de tripa' y, como se cuenta, hace décadas era lo primero que tomaban los obreros antes de que amaneciera y comenzara su día de trabajo. Dado que, a las cinco de la mañana, esta sopa tenía que resucitar hasta a los muertos, lo que más la caracteriza son sus aderezos. Se prepara con un poco de leche y harina (para darle color y densidad) y se come con páprika picante, ajo y vinagre en cantidades que dependen de la resistencia de los comensales.
Con la ensalada habitualmente se beben 'rakía' (aguardiente de ciruelas, uvas o peras) o la 'mastika' (anís). Mientras se toman cacahuetes, almendras y 'pastarmá' (deliciosa carne seca de vaca) o 'lukanka' (el embutido más característico búlgaro, especialmente bueno el de Kárlovo), se puede tomar una buena cerveza: 'Zagorka', 'Shúmensko pivo', 'Ástika' o 'Kámenitsa'.
Bulgaria es el país de los sabores naturales, por eso tiene renombre como exportadora, por ejemplo, de miel y setas. Pero en realidad, su 'plato fuerte' son los vinos. Las variedades típicamente locales son el 'Mavrud' (destaca el de Asénovgrad), la 'Gamza', el 'Pamid', el 'Misquet' rojo, la 'Keratsuda' y la vid de Mélnik, pero las internacionalmente conocidas –desde 'Cabernet Sauvignon' o 'Merlot' hasta la georgiana 'Rkatsiteli'– son cultivadas con gran éxito.
Sofía
Desde el principio de su independencia, Bulgaria tiene tres ciudades con pretensión metropolitana: Sofía, por su importancia administrativa, Veliko Tárnovo, por su estatuto de antigua capital (desde 1186 y durante todo el Segundo Reino Búlgaro hasta 1396) y Plóvdiv, uno de los centros culturales y económicos de mayor relieve en estas tierras ya desde el siglo IV a. C.
Actualmente Sofía es la ciudad principal de Bulgaria. Tiene un bonito casco antiguo de aires centroeuropeos en colores pastel, en fuerte contraste con los muchos barrios-dormitorio de edificios parecidos, grises y desagradables a la vista, herencia de los setenta. En aquella época el flujo de personas de las zonas agrarias a la capital provocó la rápida construcción de gran número de viviendas baratas y de baja calidad arquitectónica -un fenómeno que se puede observar en todas las ciudades búlgaras-.
De todas formas, en la parte céntrica de Sofía están concentradas algunas joyas urbanas de diferentes estilos y periodos como el Teatro Nacional Iván Vázov; el Baño Turco Central; el mercado cubierto Jálite; la enorme Sinagoga y, en sus inmediaciones, el mercado de las Mujeres, Zhénskiat Pazar; la catedral Alexandar Nevski con sus cúpulas de oro, una rica colección de iconos e impresionantes coros y el mercadillo de las antigüedades y de la artesanía frente a ella; las iglesias Svetá Nedelia, Svetá Sofia, Svetá Petka, Svetí Sedmochíslenitsi y la rotonda San Jorge; la particularísima iglesia rusa Ópera; la calle de los teatros Rakovski que termina en la plaza Slavéikov y el mercadillo más nutrido de libros en toda la ciudad; la calle de las tiendas y de los bares Vítosha, que llega al Palacio Nacional de la Cultura con sus decenas de salas, muestras, conferencias y proyecciones; el lindo Palacio de los Reyes (actualmente Pinacoteca Nacional) a cien metros de la gigantesca y amenazadora Casa del Partido Comunista y de la antigua mezquita Byuyuk Bashí, transformada en Museo Arqueológico, todos en medio de la ciudad; el Museo de Arte Internacional; la Universidad estatal Svetí Kliment Ójridski, fundada en 1888 gracias a la donación de los hermanos Hristo y Evlogui Gueorguíevi; los Jardines del Rey Borís y mucho más.
A pesar de sus calles llenas de tráfico y la contaminación, Sofía es una ciudad hermosa, bastante verde y muy llena de diversidad, vida cultural y buenos restaurantes.
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En los alrededores de Sofía hay cinco montañas: Vítosha, Plana, Verila, Lozen y Lyulin. En Vítosha se hallan la Iglesia de Boyana (del siglo XIII, una de las muestras de pintura medieval mejor conservadas de Europa del Este), patrimonio cultural de UNESCO, y el monasterio de Dragalevtsi (del siglo XIV, también famoso por su pintura). Otros tres monasterios muy interesantes están a poca distancia de la capital: los de Kremíkovtsi, Kurilo y Kokaliane. A sólo 22 kilómetros de Sofía se encuentra Bankia, uno de los sanatorios de agua termal más importantes en el país, donde se tratan enfermedades cardiovasculares y pulmonares.
Plóvdiv
La historia de Plóvdiv, la 'ciudad de las seis colinas', es larga y pintoresca. Cuando pertenecía a los tracios -la fundaron en el primer milenio antes de Cristo- su nombre era Evmolpias. Bajo los macedonios se llamó Filipópolis, gracias a los romanos se dio a conocer como Trimontium y fue devastada por hunos y godos hasta encontrar una paz relativa con la invasión eslava en el siglo VI. Ellos la llamaron Paldin. Desde 815 hasta su caída bajo los turcos en 1264, la ciudad cambió de dueños muchas veces. Para los búlgaros era Plóvdiv, Filibé para el Imperio Otomano.
La actual Plóvdiv, a 150 kilómetros sureste de Sofía, es la segunda ciudad más grande de Bulgaria y conserva algo de todas las etapas de su turbulento pasado. Las casas y las calles de su casco antiguo son una fiel representación de la etapa renacentista del país (siglos XVIII-XIX), con colores intensos, características segundas plantas prominentes de los edificios (varios de los cuales son museos etnográficos o galerías de arte), interiores tradicionales y suelo empedrado. En esta ciudad tracia conviven templos como Dzhumayá Dzhamía (la 'Mezquita del Viernes') del siglo XIV, la catedral Sveta Bogoroditsa (Nuestra Señora de Plóvdiv) del XIX o las excepcionales iglesias Santos Costantín y Elena y Santa Marina, del mismo periodo; monumentos significativos como la Torre del Reloj del siglo XVI, el Teatro Romano de Marco Aurelio, del siglo II, o Aliosha, la estatua gigantesca del soldado soviético; y manifestaciones de una febril vida moderna como la Feria Internacional y los múltiples festivales (desde ópera o jazz hasta marionetas).
Desde Plóvdiv es fácil acceder a los montes Rodopi, el lugar natal del leyendario músico Orfeo, con sus decenas de bellísimos pueblos característicos -Kováchevitsa, Momchílovtsi, Shiroka laka, Trigrad, Stóikite, Sólishta, Búkata y otros-, el maravilloso monasterio de Báchkovo, la preciosa ciudad de Smolian, los balnearios Devin, Naréchen y, a 42 kilómetros al norte, las antiguas termas romanas Augusta en el pueblo de Hisaria (20 fuentes de aguas mineral con propiedades curativas), las impresionantes cuevas Diávolsko garlo (la Garganta del Diablo), Jaramíiska y Újlovitsa, así como las estaciones de esquí Pamporovo y Chepelare o la antigua fortaleza de Asen (cerca de Asenovgrad, a unos 19 kilómetros de Plóvdiv).
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