Publicar un artículo
Indice por tema | Archivo
Destinos
destinos | BrasilColombiaEcuadorPerú y Venezuela

Escribe: divagante, desde: Colombia

Agrandar el textoAchicar el textoImprimirEnviar a un amigo
Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
El Amazonas ha sido habitado desde tiempos inmemorables. Cuando los exploradores europeos llegaron en el siglo XVI se estima que algunos millones de indígenas vivian en la región. La ocupación moderna del Amazonas empezó en 1540 aunque la presencia humana en la floresta solo se hizo ver a finales de la segunda guerra mundial, cuando algunas modificaciones fueron hechas en partes de la selva. Una nueva era comenzó cuando el gobierno federal decidió impulsar el desarrollo agrícola de la región y el establecimiento de poblaciones inmigrantes de regiones densamente pobladas o muy pobres. Tales cambios producieron resultados climaticos, ecologicos y ambientales a la zona contiental del Amazonas.
Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)

Manaos

Una famosa ciudad fue levantada en medio de la selva amazónica, donde se unen dos grandes ríos. Manaus. Su pasado delirante huele a caucho y grandes fortunas. El presente, a industrias, zona franca y recesión. Es una gran aglomeración urbana donde no faltan las nostalgias, ni la decadencia.

En la amazónica ciudad de Manaus existe un gran salón con dos espejos franceses colocados frente a frente. Quien se pare al medio podrá verse proyectado hasta el infinito rodeado por lámparas rococó y muebles de terciopelo rojo, pero aún así será difícil comprender las fuerzas ocultas del delirio que provocó esta aglomeración urbana en la selva.
El Teatro de la Opera, los grandes hoteles, las industrias, la zona franca. Los recuerdos: las fuentes y las glorietas de las plazas que son verdaderas maravillas, o los palacios. O las realidades: autobuses que se aglomeran en las avenidas, legiones de vendedores callejeros, casas y edificios hasta donde llega la vista.

Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
 

La ciudad de Manaus existe desde fines del siglo XVII, y en ese pasado fue un bastión para las fuerzas portuguesas en sus escaramuzas con los españoles. Pero el verdadero florecimiento, y tal vez su condena, se produjo durante el siglo XIX, alimentado por la producción de caucho o goma. El comercio del caucho creó la leyenda de la ciudad rica en medio de la selva, una especie de El Dorado en plena revolución industrial. El dinero fluía hacia Manaus, donde vivían las grandes familias y tenían su sede las compañías encargadas de la extracción del entonces precioso producto vegetal.

Manaos nació a mediados del siglo XVII con la creación de un fortín portugués. Su auge como ciudad comenzó en 1860 cuando surcaban el Amazonas los grandes barcos cargados de una materia prima que había sido descubierta en la selva llamada hevea brasiliensis en latín, “borracha” en portugués y caucho en español. A su regreso los barcos llegaban a Manaos con productos manufacturados en Europa y Estados Unidos para el consumo exclusivo de una clase social enriquecida de súbito, cuyos representantes fueron conocidos como “los barones del caucho”. Estos nuevos ricos hicieron su fortuna explotando a los inmigrantes nordestinos –los seringueiros–, quienes llegaban a la selva en busca de un porvenir y eran engañados con el viejo truco de endeudarlos con el almacén de la empresa para quedar así atrapados en un engranaje que implicaba tener que trabajar para pagar las deudas que no paraban de subir. El resultado fue un sistema de semiesclavitud.
Con el auge del automovilismo, estos magnates amasaron fortunas asombrosas que no eran fáciles de dilapidar en medio de la selva. Entonces comenzaron con las excentricidades. Por un lado, desdeñaban el agua de los ríos así que algunos mandaban sus ropas a lavar a Francia. Por otra parte, hicieron traer un teatro casi completo desde Europa para tener su propia ópera, que en aquel tiempo estaba realmente en medio de la selva.

El sueño dorado de estos “barones” era construir una metrópoli europea en la selva cuyo modelo era París. Y hacia 1912 parecían cerca de lograrlo, hasta que llegó la debacle. Ese mismo año un explorador inglés llamado Henry Wickman sacó de contrabando 70.000 semillas del árbol que prodigaba el látex para probar si podía germinar en otro lugar más práctico a los intereses del imperio. Y germinaron, nada menos que en los Jardines Reales Británicos, y de allí fueron a parar a Ceilán y a casi todo el sudeste asiático. La decadencia de Manaos fue inevitable y sostenida a lo largo de medio siglo.

En 1967 la economía de Manaos dio un vuelco al ser declarada la ciudad “zona franca libre de impuestos”. El gobierno decidió salvar a Manaos permitiendo el ingreso libre de toda clase de accesorios y piezas para la fabricación de productos industriales y electrónicos. Como resultado se instalaron grandes industrias de marcas internacionales y, paradójicamente, la capital del estado Amazonas pasó a ser un gran polo de desarrollo industrial en medio de la selva. Es así que en las últimas décadas viene a Manaos gente de todo Brasil exclusivamente para comprar electrodomésticos a bajo precio.

La gran ciudad de hoy es un reflejo de su pasado “europeísta” y su presente industrial. Por un lado están los grandes edificios y los negocios de venta de productos electrónicos. Y por el otro, los restos de la ciudad europea en decadencia que conserva esporádicos fulgores igual que una vieja dama de alcurnia que ha perdido su fortuna pero no su orgullo ni la costumbre de exhibir sus últimas joyas extraídas del viejo arcón del olvido.

La “prenda” antigua mejor cuidada de Manaos es el Teatro del Amazonas. Le siguen algunas mansiones victorianas y el Mercado Municipal inaugurado en 1882 con un armazón de hierro y vitrales de estilo art nouveau con forma de arco de medio punto. Se trata de una réplica exacta del extinto mercado parisino de Les Halles diseñado por Eiffel. Un interesante contraste se descubre en la efervescencia y el sucio caos de un mercado tropical hasta la médula. Hoy en día se vende de todo en el mercado, especialmente los productos típicos del Amazonas. En el sector de la pescadería se ofrecen trozos de pescado pirarucú, que tiene el tamaño de una media res. En unas jaulas sobre la vereda están expuestos al mejor postor numerosos gansos, gallinas, palomas blancas, loritos y conejos. La rítmica música nordestina suena a todo volumen en un ambiente húmedo y caluroso donde gran parte de la gente anda en cueros, vistiendo apenas un short y un par de hojotas, algo absolutamente lógico en este contexto.

Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
 

El colorido de las frutas exóticas se lleva casi todas las miradas del visitante, al igual que las olorosas especias y las bolsas de guaraná en polvo, un estimulante natural de la Amazonia muy popular en Brasil.
En los puestos cuelgan toda clase de baratijas y productos de consumo diario como son los remedios de origen natural basados en recetas indígenas. Lo más interesante de este mercado es que no tiene productos para el turista sino que se trata de una auténtica feria para el consumo popular.

Justo detrás del mercado –y conformando un todo con él–, está ese otro lugar de paso que es el puerto sobre el río Negro. Este singular puerto flotante fue construido en 1902 con una estructura articulada de origen inglés que se adapta a los cambios de nivel del río, que puede fluctuar con diferencias de hasta 14 metros. Desde allí parten las típicas barcazas amazónicas colmadas de hamacas rumbo a las profundidades de la selva.

La mayor cantidad de edificaciones antiguas subsiste en torno al puerto, una zona con callejuelas llenas de hoteles baratos, almacenes al por mayor, vendedores ambulantes, mutilados y pordioseros, prostitutas, navegantes, viajeros, guías turísticos y pequeños restaurantes.
Es como casi todos los puertos, sólo que también tiene el enorme mercado de Manaus, una hermosa estructura de hierro forjado donde se venden las frutas y los pescados más increíbles, se ponen vacunas contra la fiebre amarilla, se compran artesanías indígenas, o simplemente se sienta uno a tomar cerveza y a mirar el río Negro lleno de barcos.
En medio de ese escenario romántico del puerto amazónico, comienza y termina la visión de Manaus. Pese a tanta realidad, es difícil dejar de creer que no sea un espejismo, o algo más delicado aún, una nostalgia.

Ciudades en busca de un destino

Obidos y Santarém son escenario de dos maneras distintas de existir junto al río. La primera se agarra a la historia, la segunda a las riquezas de la región. Pero en ambos lugares está llegando el futuro, lleno de complicaciones.

Tortuoso a su manera, el río Amazonas se deleita creando su propio universo, al borde del cual se desencadena la existencia. Uno de sus caprichos es la "garganta", un sitio donde las dos orillas se acercan, las profundidades aumentan y las corrientes son fuertes y contradictorias.
Hace 300 años los portugueses navegaron hasta allí en busca de la parte más angosta del río para construir un fuerte, con la misión de controlar el paso de todos los barcos. En ese lugar aún sobrevive Obidos, la ciudad de los atardeceres.

Desde lejos, sobre la cubierta de un barco, pueden divisarse la iglesia y algunas otras protuberancias incrustadas en la geografía de una colina. Al llegar al embarcadero aparece una fila de casas antiguas, de almacenes un poco descascarados que alguna vez fueron usados por grandes firmas comerciales.

Para resistir con más fuerzas al paso del tiempo, la parte más antigua de esta ciudad ha sido transformada en un "museo contextual". Por eso las casas allí tienen placas para certificar su valor y contar su historia, que es la del desquicio amazónico.

Pero Obidos aún deberá encontrar una fórmula para enfrentar con más expectativas el futuro, pues la historia no se detiene.
Los cañones del fuerte, un poco maltratados por el tiempo, aún apuntan hacia el río desde la colina. La intención de los portugueses era detener a los franceses y holandeses, que tenían ambiciones territoriales en el norte de Brasil.

Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
 

Después vino la religión, los aventureros, las grandes haciendas de cacao y castañas, los esclavos, el puerto, las actividades comerciales. La creación de una ciudad.
La Obidos vieja, encantadora, es casi un secreto en el río pues recibe muy pocos visitantes, casi nadie que no sea un negociante, un vendedor, un pariente o un vecino de alguna localidad cercana. Las guías de turismo no la toman en cuenta, y sus habitantes no saben como lidiar con los viajeros.

Atrás queda la antigua ciudad, desde cuyo puerto, en medio de las casas históricas llenas de anécdotas y aventuras, se contemplan cada tarde unos atardeceres impresionantes. Eso es lo único que no ha cambiado para Obidos.
Paisajes de la ciudad: el sol hundiéndose lentamente en el agua, los niños corriendo por la plaza, la enorme cantidad de barquitos que entran y salen con destinos remotos, pescados descomunales a la venta en el mercado.

Desde Obidos salen carreteras hacia algunos poblados cercanos. Toda la región es agrícola y pesquera, aunque hay algunas empresas de madera en busca de los tesoros de la selva con sus sonoros nombres: jacarandá, jatabá, maracatiara, guariúba, marubá, araracanga, sucupira, cupiuba.
A lo largo de todos estos caminos el espectáculo es casi invariable, de una finca, granja o comunidad rural al lado de la otra. Son rastros de la presencia de los colonos provenientes de zonas más deprimidas del Brasil, que van como atraídos por un imán hacia donde los ríos o las carreteras, por más precarias que sean, hayan abierto una posibilidad.
Todos los días salen barcos de Obidos hacia Santarém, la tercera ciudad más grande en las riberas del Amazonas. La travesía dura una noche, durante la cual se duerme en hamacas que pueden llegar a bambolearse vertiginosamente en medio de una borrasca.

A diferencia de Obidos, en Santarém el pasado casi no se nota. La renovación de las edificaciones ha sido constante, lo que ha provocado una pérdida de identidad. La estructura urbana sólo es similar en la periferia, pues en las dos ciudades se reproducen las casas de los colonos, generalmente unas pobres cabañas.

Santarém es una ciudad grande, con instalaciones portuarias de envergadura, e incluso con algunas industrias, lo cual permite mantener a una población mayor. Sin embargo la gran faja de viviendas marginales revela que ya no basta para todos.
La ciudad está justo en el sitio donde el río Tapajoz, de un color verde profundo, desemboca en el Amazonas, de color amarillento. Las dos aguas no se mezclan, así que el espectáculo desde el embarcadero es inquietante.

Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
 

También es el punto de partida hacia uno de los sitios más especiales de la región. En Alter do Chao el Tapajoz se transforma en playas de aguas verdes transparentes sobre arenas blancas, que dan la impresión de estar en el mar, sólo que el agua es dulce. Es una alucinación caribeña.
Además salen transportes hacia las abandonadas plantaciones de caucho de Fordlandia o Belterra, y hacia pueblos del interior que parecen sacados de una película del lejano oeste, desde donde parten buscadores de oro y otros minerales rumbo a la jungla.

Caucho y oro, las dos cosas forman parte de esta ciudad que creció bajo el dudoso amparo del sueño amazónico. Y de alguna manera no puede escapar de él: es uno de los sitios desde donde se puede acceder a una de las locuras más contundentes de la época moderna, la carretera transamazónica.

Donde el río y el mar se confunden

Lluvias que caen en forma rotunda, vientos capaces de doblegar a las palmeras, oscuridad en pleno día. Tarde borrascosa en Mosqueiro, una isla desde donde se contempla hacia el infinito el delta del río Amazonas.
Desde el malecón se ven otras islas, pero lo demás es sólo agua turbia, que en el horizonte tiende a confundirse con un cielo lleno de nubes. Se sabe que al frente, a cientos de kilómetros de distancia, está la otra orilla. Hacía el este, no muy lejos, se produce la entrada del río más grande del mundo en el océano Atlántico.

La escena abarca todo un mundo: es demasiado grande como para comprender sus dimensiones. Pero sí son notables las contradicciones propias de un encuentro colosal. Las playas de Mosqueiro, poseedoras del agua dulce del río, tienen olas.
El agua del Amazonas, que en algunos casos ha viajado seis mil kilómetros, pierde la calma. El oleaje no es demasiado fuerte, pero hace ruido, y por las noches es inevitable acordarse del mar, aunque no se siente el aroma de la sal.

Cuando el río Amazonas desemboca en el océano con sus millones de toneladas de agua y residuos, se produce un choque conocido por los lugareños con el nombre de Pororoca. En los momentos más temperamentales, en el encuentro se pueden producir olas enormes y perturbaciones que afectan a una gran parte del inmenso delta.
Además, hay otro fenómeno más cotidiano. Dos veces al día en la desembocadura, y también a muchos kilómetros tierra adentro, el Amazonas experimenta sus propias mareas. En Mosqueiro el agua se retira más de 30 metros. Las diferencias de nivel también son asombrosas en Belém, la gran ciudad ubicada al final del río.
Es también la ciudad más antigua que se consolidó en las riberas del Amazonas, con más de 380 años de existencia. Por detrás de los embarcaderos que cubren la costa, surgen los perfiles de los edificios modernos, y más allá de las áreas urbanizadas, los barrios más pobres, la zona industrial, y las rurales. Casi un millón y medio de personas habitan esta metrópoli del río.

Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
 

Por estar en la desembocadura, Belém es a la vez puerta de entrada y de salida del río. En las visiones desde la costanera se atraviesan los barcos más distintos del mundo, empeñados en sus navegaciones amazónicas.
La ciudad tiene una serie de edificaciones antiguas que se conservan en buen estado. Toda la parte que rodea al puerto, y algunas de las avenidas principales, están bordeadas por viejos caserones, a veces palacios e iglesias. Algunas de estas construcciones son de un lujo que sólo fue posible gracias a las fortunas del caucho de fines del siglo pasado y comienzos del actual. Las avenidas de la parte central suelen tener muchos árboles, y las plazas son hermosas.

El imán más poderoso de toda la ciudad es la enorme feria que se forma alrededor del mercado de Ver-o-Peso, un antiquísimo centro de compra y venta de productos, seguramente uno de los más grandes de América.
La parte principal de la feria es una estructura de hierro, importada desde Europa, adornada con cuatro torres que parecen las de un castillo. Adentro se venden solamente los pescados provenientes del río. Pero por fuera se ofrece casi cualquier cosa. Animales vivos, incluyendo especies exóticas de la selva, toda la variedad de frutas y vegetales de la región, carnes, alfarería, cestería, hamacas, insumos para la navegación. Una de las zonas funciona como restaurante popular de comidas típicas las 24 horas, y en algunos rincones se colocan sobre una caja una botella de aguardiente, un vasito, un paquete de cigarrillos y una cajita de fósforos, que se comercian al mayor de los detales.

Al lado mismo del mercado están las embarcaciones que utilizaron los productores para llegar hasta allí, incluso pequeñas barcas marítimas que llegan desde el Atlántico con camarones y algunos moluscos. Cada mañana, desde la madrugada, el mercado se convierte en un tumulto de oferta y demanda, con ríos de gente caminando por los estrechos corredores entre los puestos de venta. Es la zona de los negociantes, las amas de casa, los productores y los curiosos. También de los borrachos, los mendigos, los niños de la calle o los carteristas.

No es un mundo fácil, pero Ver-o-Peso tiene su propio punto de equilibrio, y eso le ha permitido sobrevivir al paso del tiempo. También se trata de un lugar donde se hacen realidad los sueños sobre el mercado de la selva, caliente, húmedo, loco.
Belém es el poblado más grande y activo del delta, pero no es el único, pues la zona está llena de canales, ríos y bahías donde existen numerosos pueblos, incluyendo los de la isla de Mosqueiro, que es un balneario.

Frente a la ciudad está ubicada la masa más grande de todo el delta, la isla de Marajó de unos 50 mil kilómetros cuadrados, con largas playas y manadas de búfalos salvajes. Y es un yacimiento arqueológico. Aunque la isla es baja, y por lo tanto sufre frecuentes inundaciones, fue habitada en el pasado por los indígenas Marajoara, considerada la cultura precolombina más avanzada entre todas las que poblaban la región amazónica. Pero no se sabe mucho más pues a mediados de este milenio ya habían desaparecido.
En la lejana ribera del frente, se encuentra el territorio de Amapá, remoto y despoblado, enigmático, fronterizo con la Guayana Francesa. Es una zona donde abunda la pobreza y el analfabetismo. También la aventura y la malaria. Además hay una fiebre por la explotación del manganeso.

Es así como culmina el río. Los sonidos marítimos del delta del río llenan las noches en las riberas. Anuncian el fin de todas las navegaciones fluviales.

La selva en peligro

Amazonas: el último tesoro del planeta (parte II)
 

Hasta el día de hoy, alrededor del 14 por ciento del total de la selva amazónica ha sido depredada. Las razones principales son la industria maderera y la agricultura, que avanzan a paso firme año tras año. El mayor peligro en este momento proviene de la soja, que se ha adaptado exitosamente al clima tropical.

El espacio depredado hasta el momento es equivalente a una superficie un poco más grande que Francia. Pero la Amazonia es muy vasta y en proporción todavía queda mucho de ella (el 76 por ciento). Sin embargo las proyecciones marcan que, al paso en que avanza el problema, en el año 2086 la zona quedará reducida a un desierto. Y la metáfora del pulmón verde de la Tierra no es un bonito juego de palabras sino una realidad muy comprobable: la Amazonia purifica alrededor del 10 por ciento del dióxido de carbono producido por todos los motores a nafta del mundo. Por otra parte, es también la mayor reserva de agua dulce de la tierra y resguarda un potencial bioquímico millonario en términos económicos, muy codiciado por los laboratorios medicinales del mundo. De hecho ya son varios los presidentes brasileros y las organizaciones ecologistas que han advertido que Estados Unidos está rodeando militarmente la Amazonia con la finalidad última de quedarse con ella.


Volver Atrás | volver al inicio de viajeros

 
Votos del Artículo
Puntuación Promedio: 4,12
votos: 40


Por favor tómate un segundo y califica este artículo:

Malo
Regular
Bueno
Muy Bueno
Excelente



Ultimos comentarios:

Aún no se han publicado comentarios.
Para dejar comentarios primero debes iniciar sesión

Contenido relacionado:

Marlins Viajes y Turismo
Agencia especializada en Bahía-Brasil con las mejores opciones para conocer a Bahía. Salvador/Morro de São Paulo/Ilha de Boipeba Transfer en Salvador, Catamarã para Morro de São Paulo, Trecking en Chapada Diamantina, Buceo en Isla de Boipeba. Venga.

Buzios Adventure Hostel
Hostel en Búzios en la entrada de la playa de Tartruga. Excelente ubicación para conocer las 23 playas y la movida noche buziana. Una opción de hospedaje de calidad con tarifas muy accesibles.

Amigobrasileiro.com Turismo
Viajes a medida a precios justos. Viajes de negocios, de novios, de pesca, vacaciones y todo más.

Gramado: Ciudad de flores
Tema: Destinos
"...Gramado: ciudad de flores A cincuenta minutos de Porto Alegre se encuentra Gramado, un centro turístico que se escapa de las típicas postales playeras de Brasil. La ciudad de Gramado deslumbra al..."

Curitiba: proyectando una ciudad armónica
Tema: Destinos
"...Curitiba: proyectando una ciudad armónica Curitiba es una ciudad con grandes plazas, e inmensas zonas verdes en pleno centro de la ciudad, con bulevares y calles floridas. Considerada la ciudad de..."

Río de Janeiro

Río 2007

Escribe: maxi-trip

Breve historia: En 1502 el navegante portugués Gaspar de Lemos  entró con su barco en una bahía llamada hothelmy y bahía de Guanabara en la costa...

Rio de Janeiro

Carnaval Rio de Janeiro 2006

Escribe: kasmadr

Decir que rio de Janeiro es increible es poco decir si más aún les cuento del famoso Carnaval de Río; es realmente una de las siete maravillas del mundo. El viaje comienza en...

Federico Schenone Madueño
En su página personal Federico Schenone Madueño nos muestra sus gustos personales y relata sus aventuras por algunas regiones su país, Argentina, y sus viajes por Estados Unidos, Brasil, Italia, España y otros destinos europeos.

Buzios Turismo
Portal de turismo con todos los datos para el viajero que quiera conocer este destino. En inglés, portugués, español y alemán.

¡Explora Viajeros!


Publicidad


Encuesta

¿Qué es lo que más te interesa conocer cuando llegas a un lugar nuevo?

Sus platos y sabores
Su música y sus bailes
Sus palabras y expresiones
Su historia


Resultados
Encuestas anteriores

Votos: 396
Comentarios:

¿Quien está conectado?

En este momento hay
1730 invitado/s y
31 viajeros conectado/s.

Hora en el mundo


Anuncios de Viajes