Sudáfrica, un mundo en un país
Afortunadamente, debido a mi profesión, pude conocer varios países. Pero uno que me dejó recuerdos imborrables es Sudáfrica, que conocí en 1995 junto a un contingente de venadenses que asistieron a la Feria SAITEX (South African International Trade Exhibition).
La publicidad que promociona a ese país, reza que ha Un mundo en un país.
La diversidad cultural, arquitectónica y humana, la extraña mezcla de violencia y paisajes bucólicos, la tensa situación política de un país difícil de gobernar, la rara conjunción multicultural de las comidas y la extraordinaria riqueza exhibiéndose impúdica a los ojos de millones de negros analfabetos, sumisos y resignados a la miseria eterna, confirman la veracidad de dicha frase.
Sudáfrica tiene una población de 33 millones de negros (un 50% desocupados) y 5 millones de blancos (muchos de ellos viviendo en una absoluta opulencia), y es dominado por 8 empresas multinacionales que controlan el 80% de la economía.
Algunos detalles que llamaron mi atención es que Johannesburgo no tiene transporte urbano de pasajeros: no hay ni colectivos ni subterráneos, los blancos se movilizan hacia sus respectivos destinos en espectaculares automóviles (las distancias son muy largas y las autopistas irreprochables)., mientras que la población negra se traslada en pobladas traffics (coherente con su modus vivendi).
De todos modos, más allá de su alto índice de violencia, hay aspectos que la tornan inolvidable; en Johannesburgo, a la sombra de altos y modernos edificios, se encuentran bloques de abigarrados departamentos, sinagogas y victorianos chalets. Graciosos edificios de estilo holandés recuerdan el encanto de épocas pasadas, mientras en el interior del país la gente tribal habita chozas de estilo tradicional, trabajando el suelo y cuidando el ganado.
Un capítulo aparte merece la comida, ya que en los restaurantes se conjugan los platos tradicionales de los malayos del Cabo, la herencia de la cocina tradicional hindú con sus platos picantes y un entrañable menú compuesto por 140 platos sudafricanos, donde el cocodrilo, la cebra, el elefante y el antílope, son los privilegiados a la hora de hablar de exotismos. Los gusanos, pueden quedar para otra oportunidad.
Y la inolvidable experiencia que nadie puede dejar de vivir, es recorrer Sun City (que no en todos los tours está presente, a pesar de estar cerca de Johannesburgo): hoteles de lujo conectados subterráneamente por casinos que no tienen nada que envidiarle a los mejores de Las Vegas, y canchas de golf de primera categoría. Dentro de la ciudad, un hotel sacado de las Mil y Una Noches: el Palace, también denominado “La Leyenda”. Es uno de los pocos hoteles del mundo de seis estrellas, con escultóricas reproducciones de decenas de animales salvajes, una construcción impresionante, salones comedores donde el lujo es lo cotidiano, habitaciones señoriales, tentadoras cascadas, piletas espectaculares, playas artificiales de arenas blancas, topless de jóvenes turistas a la orden del día, y un señorío que campea en cada uno de los detalles. Un datito aleccionador: una noche en la King Suite cuesta 4 mil dólares por noche.
A pocos metros del hotel, el Parque Pilanesberg, que brinda refugio a kudus, leopardos, leones, jirafas, cebras, elefantes y enorme cantidad de aves.
Sumergido en constantes tironeos, enfrascado en una dura batalla por tratar de olvidar el pasado doloroso, tratando de conciliar destinos y objetivos muy diferentes, Sudáfrica es un país que vale la pena conocer, precisamente porque cumple con el slogan que lo identifica: es, sin ninguna duda, un mundo en un país.
Juan Carlos Rodríguez
Periodista de Venado Tuerto, Santa Fe.
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