Contrastes y crecimiento
Malasia viene a ser como un resumen de Asia, un cajón de sastre en el que están representadas las comunidades más numerosas y los cultos más extendidos del continente. Situada en el sudeste asiático, esta confederación formada por trece estados, de los cuales nueve son sultanatos, comprende dos zonas geográficamente diferenciadas. Una, la peninsular, al sur de Tailandia, parece un largo dedo que señala hacia Australia. La otra, al este, ocupa el norte de la mítica isla de Borneo. En los albores de la era cristiana, Malaya era, para los occidentales, el territorio conocido más oriental. En el siglo XV, con la supremacía económica de la ciudad de Malaca, en la costa oeste, el Islam se extendió por todo el estado.
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Las potencias europeas, atraídas por la promesa de riquezas, no tardaron en llegar, y portugueses (1511), holandeses (1641) y británicos (1795) se sucedieron en el poder. Estos últimos extendieron posteriormente su dominio a toda la península, Singapur y el norte de Borneo y, para explotar las minas de estaño y las plantaciones de hevea, importaron mano de obra. Llegaron gran cantidad de chinos y tamiles, y se produjo un importante cambio demográfico.
En 1957, Malaya obtuvo la merdeka –independencia– bajo una constitución consensuada que recogió los derechos de malayos, chinos e hindúes. Con la incorporación de los dos estados de Borneo, en 1963, nació Malasia.
Hoy es un país de bellos paisajes naturales cuyo principal objetivo es mantener la estabilidad social y el fuerte crecimiento de su economía, y que carece de una identidad nacional común cimentada en una cultura propia que vaya más allá del folclore. La tolerancia es la base de este país. La libertad equivale a seguridad y por ello conviven todos en paz.
Cultura
Con todo, la mayor especialidad de Malasia reposa donde siempre, en su historia y cultura, y eso lo ofrece a raudales. El Museo Marítimo se extiende hasta el malecón del río para enseñar la réplica a toda escala de un galeón portugués, Flor de la Mar, el buque insignia de la flota de Alfonso de Alburquerque. La civilización malaya está representada en tantas casas tradicionales, palacios y museos, como el de Jasin, que no ha de temerse escasez de oportunidades para sentirse retrotraído a un lujoso tiempo de aromas y sultanes.
Al este de la península, en la parte del país donde la población es mayoritariamente malaya, las tradiciones populares se ponen de manifiesto en el «main gasing», ancestral hilado con rueca, el arte de hacer volar cometas y el «sepak raga», tradicional juego de pelota que se practica con un balón hecho a base de tiras de «rotan». También es posible presenciar exhibiciones de «silat», arte marcial tradicional y autóctono de la península de Malaca; y, por su puesto, de «wayang kulit», una variante de la arraigada tradición del teatro de marionetas que se practica en todo el sudeste asiático, donde se narran pasajes del poema épico hindú del Ramayana.
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Uno siempre ha creído que los marcos de las ciudades importan menos que sus gentes. Si por suerte te invitan a una boda malaya, comprenderás enseguida el mejor secreto de Malasia, un arte de vida, y de hospitalidad, que no se improvisa. Todo se añade y se pliega aquí como las yardas de una pieza de seda: la gran fiesta musulmana de Hari Raya al acabar el Ramadán, el mayor festival chino Gong Xi Fa Cai, la Navidad cristiana, o el Deepavali hindú. Lo que va a faltar es tiempo, no luces, ni sonrisas, ni la posibilidad de ser aceptado en cada una de las comunidades sin los recelos al uso. Eso ha ido creando la sabia Malasia, además de la prosperidad que siempre trajeron los vientos del monzón.
Festividades
En Malasia la mayoría de las festividades está asociada a celebraciones religiosas, si bien, al regirse tanto musulmanes como hindúes y chinos por el calendario lunar, diferente al de los occidentales, las fechas en que tienen lugar las distintas manifestaciones festivas cambian continuamente de un año para otro.
El Año Nuevo Chino se celebra entre enero y febrero; en marzo tiene lugar el Hari Raya Pausa; el Wesak en abril o mayo; junio es el mes del Hari Raya Haji; en torno al mismo mes se conmemora el Gawai Dayak o Festival Dayak, que marca el fin de la cosecha de arroz y en el que el pueblo sarawak agradece a los dioses y espíritus las bondades de la Tierra. Entre mayo y junio tiene lugar el Awal Muharam; y el nacimiento del profeta se conmemora en julio o agosto.
El quinto día del quinto mes del año chino se celebra en la isla de Penang el Festival Internacional de Botes Dragón, una fiesta de origen chino que simboliza la lucha del hombre contra la Naturaleza, la enfermedad y la muerte. Es una festividad muy pintoresca en la que el color rojo tiñe todos los botes como señal de la estación estival. Tampoco faltan los pastelillos de arroz envueltos en hojas.
Todos los años, durante el mes de julio, se celebra en la Aldea Cultural de Sarawak -Isla de Borneo- a los pies del monte Santubong el Festival de Músicas del Mundo 'Rainforest'. Durante tres días, un centenar de músicos llegados de todos los continentes expresan su cultura a través de la música en un encuentro único en el mundo, en el que intérpretes de renombre se unen a indígenas de la isla para fusionar sus melodías.
Principales sitios turísticos
Kuala Lumpur
Es un fiel reflejo de la mezcla de culturas autóctona, india y china –sin olvidar la cierta influencia británica de los tiempos coloniales- que se dan en este país.
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La capital malaya sabe ofrecer al viajero lo nuevo y lo antiguo mezclado en dosis justas para crear un ambiente de armonía que consigue rápidamente hacer que el visitante se sienta a gusto en ella.
El tráfico y los edificios de cristal con decenas de plantas sobre el suelo conviven sin problemas con las viejas y señoriales mansiones coloniales.
Merece la pena acercarse a la Estación Central para admirar su historiada estructura de principios de siglo y el edificio de la Malayan Railway Administration, que se alza majestuoso frente a ella. Fue construida en 1911 por el británico Arthur Benison Hubbock y desde abril de 2001 dejó de cumplir su función para ser restaurada y convertirse en patrimonio nacional.
Estilo similar presenta el edificio Sultán Abdul Samad, la central de Correos, el Ayuntamiento, e incluso la mezquita de Masjid Jame que, por su puesto, resulta pequeña si se la compara con la inmensa Mezquita Nacional de Masjid Negara, con sus 73 metros de minarete y su cúpula en forma de estrella de 18 puntas.
Inventando el futuro
La capital, al oeste de la península, en la confluencia de dos ríos, es una gran urbe que evoluciona atropelladamente. En ella cohabitan los rascacielos –con las espectaculares torres Petronas a la cabeza– y los lujosos centros comerciales con las construcciones de baja calidad y los tradicionales barrios chino e hindú. Pasear por KL, donde no hay aceras, ni pasos de cebra, es una utopía. Circular en coche, una pesadilla. Sorprende favorablemente que no haya bolsas de pobreza, y la ciudad tiene el atractivo de su obsesión por lo moderno. Un club nocturno como el Emporium simboliza su capacidad para ponerse al día a velocidad de vértigo.
Partiendo desde KL, los malasios están creando infraestructuras de telecomunicaciones digitales mediante un corredor multimedia de 50 kilómetros de largo por 15 de ancho. Se trata del megalomaníaco proyecto Visión 2020, ahora en sus inicios. Visitamos sus dos futuras ciudades inteligentes, Putrajaya y Cyberjaya, donde naturaleza y tecnología se complementarán. Putrajaya será la capital administrativa del país, sede del gobierno electrónico. Cyberjaya albergará industrias, universidades multimedia, casas inteligentes... Llegarán miles de habitantes y habrá un nuevo marco legal, las ciberleyes.
La visita al mercado chino nocturno es imprescindible. Se pueden hacer compras de todo tipo: quimonos, batas, fulares y una gran variedad de aparatos para reproducir música, todo a un precio muy asequible. También son puntos que no hay que dejar de ver el Palacio del Sultán Abdul Samad, muestra de la arquitectura malaya, el Museo Nacional o el Museo de Jade.
El punto de encuentro: Malaca
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Situada sobre un promontorio desde el que se domina el estrecho del mismo nombre, es la ciudad histórica del país. Los edificios coloniales holandeses, rojos, de piedra y con fabulosa carpintería de madera, evocan la época de esplendor, cuando su puerto era uno de los principales en la ruta de las especias. Las antiguas casas de los inmigrantes chinos de los estrechos, que crearon en el siglo XIX la cultura chino-malaya de los peranakan, de fachada decorada y estrecha, profundas y con patios abiertos, albergan cuidados anticuarios.
A un par de horas de Kuala Lumpur por autopista, Malaca recibe al visitante con arcos floridos donde triunfa la palabra selamat, el saludo imprescindible en el país. Al poco de entrar en la capital de uno de los estados más pequeños de los trece con que cuenta la Federación de Malasia, lo que impresiona es la amplitud del crisol étnico y religioso. Aparte de malayos musulmanes, hay chinos taoístas y baba-nyonyas, es decir chinos adaptados a las costumbres islámicas del lugar. Hay indios hinduistas y chittys, antiguos mercaderes y marinos del sur de la India que se casaron con mujeres malayas. No faltan minorías como los sikhs, ni unos centenares de orang asli, aborígenes protomalayos que viven en los últimos bosques de caucho que quedan en el cinturón de la ciudad.
Los portugueses conquistaron Malaca en 1511 y la retuvieron durante ciento treinta años.
El viento tuvo la culpa de todo lo bueno de Malaca, un nombre que para algunos vendría del árbol melaka y para otros de mulagah, «encuentro» en árabe. Es en todo caso el lugar donde se juntan los aires del Este y el Oeste. El soplo del monzón fue determinante para entrar y salir del mayor cuello de botella del Índico, los célebres y temidos estrechos de Malaca, entre la Malasia peninsular y la isla de Sumatra. Las naves que ponían rumbo a las islas de la especiería y al Mar del Sur de China tenían que contar con el monzón apropiado. Si les fallaba, les esperaban muchos meses de paciencia en el puerto. Por eso, Malaca se convirtió en el mayor depósito comercial, de alfombras y porcelanas, especias y sedas, alcanfor y piedras preciosas, y atrajo desde su fundación, en 1396, oleadas de gentes de Asia y Europa.
Hay fusión, eso es Malaca, como antes hubo mezcla racial. Ya en 1545 el rey Joao II de Portugal mandó a Oriente a muchas mujeres, las llamadas «huérfanas de la reina», para que se casaran con los jóvenes locales. Y el monumento más conocido de la ciudad, casi su icono, sigue siendo la Porta de Santiago, con el escudo del antiguo reino lusitano.
Sin embargo, el viajero suele buscar lo otro más que lo propio. Templos chinos, hindúes, mezquitas, jalonan varias calles del centro. Una de ellas, llamada oportunamente Temple Street, permite poner un pebete de sándalo en el Templo de la Nube Verde, ofrecer un plato de frutas y flores a Hanuman, y descalzarse para admirar a placer el minarete con estilo de pagoda de Kampung Kling.
Al mismo lado abren sus puertas las tiendas de antigüedades de Jonker Street, el sitio justo para regatear por un gramófono o por platos de porcelana china de varias dinastías. Si un día existió algo se encuentra en Jonker Street, y eso vale por un candelabro holandés, una cama victoriana de bronce, o un viejo bastón hecho con la célebre caña de Malaca.
Ipoh: ritos para todos
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Esta ciudad de clara mayoría étnica china es el lugar ideal para planear una visita a las cercanas cuevas, convertidas en templos, que se encuentran a sus afueras. Las dos con mayor interés son las que albergan los templos de Perak Tong y de Sam Poh, al sur. La antigua capital del estado de Perak, Kuala Kangsar, ofrece al viajero las ineludibles visitas de su centenario Palacio Real y de la fascinante mezquita de Ubadiah, con sus espléndidos minaretes arracimados junto a la tradicional cúpula en forma de cebolla.
Penang: templos y mitos
La isla de Penang recibe al visitante con las mismas magníficas playas de las que tomó posesión hace más de 200 años el capitán Francis Light, cuando este territorio se convirtió en el primer asentamiento británico en la zona. Merece la pena visitar algunos de los templos que aquí se ofrecen, en particular los de las Serpientes, el Templo Birmano y el del Buda Reclinado, además de la famosa y centenaria mansión Khoo Kongsi.
Kota Bharu: recuerdos del pasado
Kota Bharu es la animada capital del estado de Kelantan. Desde su plaza principal, Padang Merdeka, se pueden visitar el Palacio de Istana Balai Besar y el Museo Real, donde se dan la mano arquitectura tradicional y la colonial; la mezquita de Kelantan; y la sede del Consejo Musulmán. También merecen el paseo del viajero las casas flotantes junto al río, el bazar Buluh Kubu y el Mercado Central.
Kuala Terengganu
Entre el mar de la China y el río Terengganu, la capital del estado del mismo nombre y sede del sultanato, es una ciudad tranquila donde merece la pena visitar el barrio chino, los mercados Central y de Istana Maziah, y pasear al atardecer entre los puestos callejeros de la playa de Pantai Batu Buruk.
Sarawak: la más grande
La historia del estado de Sarawak podría servir de fondo para una novela de aventuras. En 1838, el británico James Brooke ayudó a sofocar una rebelión indígena contra el sultán de Brunei y, como premio, recibió unas tierras a su cargo, convirtiéndose en el rajá blanco, azote de los piratas y pacificador de las tribus guerreras nativas. Su dinastía extendió sus dominios y reinó por más de un siglo. Hoy, Sarawak ofrece al visitante sus magníficos parques naturales y la cultura de sus tribus indígenas, los dayaks.
Es el estado más grande y geográficamente diverso de Malasia. Entre sus atractivos se encuentra la ciudad de Kuching, que resalta por su gran riqueza histórica, las cuevas prehistóricas de Niah o el Parque Nacional Gunung Mulu, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, así como numerosos parques marinos.
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Kuching es la capital del estado de Sarawak, en Borneo, es una de las ciudades más agradables de todo el Sureste Asiático. Tiene un tamaño apropiado para recorrerla a pie, se extiende a orillas del Sarawak, un río caudaloso y limpio, y se encuentra libre de las plagas que asolan la mayoría de las urbes de Asia: ruido, contaminación ambiental, congestión de tráfico, suciedad, etcétera.
En Kuching se encuentran algunos de los mejores museos del país, como el de Sarawak.
Dedicado a la cultura de las etnias tribales de Borneo, muestra armas, chozas, artesanía, embarcaciones, tótems y otros muchos aspectos de las culturas de los antiguos cazadores de cabezas, los dayaks, los ibon y otras tribus de Borneo.
Otros museos magníficos son el del Islam y, en menor medida, el de la Historia China. El primero es una visita sobre la historia de la religión musulmana, con trajes, armas, artefactos de cálculo aritmético y astronómico, etcétera.
Pero en Kuching hay que embarcarse en los botes que cruzan el río Sarawak para echar un vistazo a la orilla norte, presidida por el Fuerte Margarita, construido en 1879 por Charles Brooke –uno de los rajás blancos que Emilio Salgari enfrentaría a Sandokán en sus novelas- y el Palacio Istana, que no se puede visitar, aunque sí admirar desde fuera.
En el mismo centro de Kuching, la Corte de Justicia se alza frente a la Square Tower desde 1874, justo donde una columna recuerda las gestas de Charles Brooke, aliado del Imperio Británico e hijo de James Brooke, nombrado rajá de Sarawak por el Sultán de Borneo en agradecimiento a su ayuda para exterminar a los piratas que amenazaban su reino.
Desde este edificio se penetra enseguida por Jalan India, una atractiva calle con comercios y restaurantes de la comunidad indostaní en Kuching.
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