El castillo
En cuanto al Castillo, que sin duda inspiró a Kafka la novela del mismo nombre, es uno de los lugares más característicos de Praga. No es una simple fortaleza, sino un amplio complejo fortificado de edificios, sobre una colina que domina la ciudad. Desde el Castillo se ha gobernado siempre a los praguenses. Incluso hoy está allí la sede de la presidencia de la República Checa. El conjunto comprende ministerios, iglesias, palacios, las viviendas de los funcionarios: una ciudad dentro de la ciudad.
En lo más alto está la catedral (la que aparece en El Proceso) y uno de sus más peculiares rincones es el callejón del Oro, donde se dice que moraban los alquimistas que Rodolfo II atrajo a su corte, y en cuyo número 22, una minúscula casita azul, vivió también Kafka durante algunos meses de 1917. Pero hay mucho más que ver en Praga, incluso para quienes no hayan leído a Kafka.
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En 1618 ocurrió en el castillo la famosa “defenestración de Praga”, cuando los embajadores del emperador alemán fueron arrojados sin miramientos por una ventana. Afortunadamente para ellos, cayeron sobre una montaña de paja, pero la “efusividad” de la nobleza praguense con los diplomáticos alemanes dio inicio a la Guerra de los Treinta Años, que entre otras cosas les costó la cabeza a los nobles checos.
Al ingresar al castillo por un arco del año 1614 se descubren colosales salas reales que estaban diseñadas para que los caballeros entraran a caballo. El castillo es un verdadero complejo edilicio que se completó a lo largo de muchos años. En su interior se levanta la impresionante fachada gótica de la Catedral de San Vito, comenzada a construir en 1366 por orden del emperador Carlos IV. La sola visita del complejo del Castillo lleva un día entero.
En la misma colina del castillo –surcada por sinuosas callecitas– está la Calle del Oro, el centro de un pequeño barrio del siglo XVI con pequeñas casas medievales, que fue famoso por sus alquimistas.
El clima es duro en invierno, y muy cambiante en primavera y otoño, épocas en las que puede fácilmente pasarse frío y calor, y tener sol y lluvia, en la misma jornada. Pero pese a ello, Praga es una ciudad confortable y agradecida para el peatón, que puede moverse por el centro con comodidad. Cada uno encontrará su momento, su rincón. Eso sí, algo que nadie debe perderse es el atardecer en la plaza de la Ciudad Vieja, animado por el bullicio de su mercadillo.
Después de tanto aludirle, y de recorrer, como tantos otros, Praga de su mano, es justo recordar que Kafka siempre quiso salir de allí. Pero ni siquiera le sirvió irse a vivir a Berlín y a morir al pueblo de Klosterneuburg, en las afueras de Viena. Praga, la vieja hechicera, se la jugó de todos modos. Su cuerpo está enterrado en Strasnice, el otro cementerio judío de la ciudad, y sus ojos, inasequibles al tiempo y la muerte, siguen mirando fijos la plaza: desde las camisetas que con la leyenda Prag-Praha cuelgan de todos los tenderetes.
Puente mágico
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Atardece. Una indudable aura de fábula y magia flota sobre los tejados de la ciudad. La Muerte marca la hora y da vuelta a su reloj de arena, y los 12 apóstoles desfilan y hacen reverencias mientras uno de los anillos marca la casa del zodíaco en la que se encuentran el sol y la luna. Hay algo de cábala mística. Allí, en el puente Carlos, músicos, mimos y titiriteros se bañan en la luz del crepúsculo y algunos turistas se apresuran para ir a cenar –el goulash del Privnice Radegast es excelente y muy barato– o para adentrarse en la penumbra del Teatro Negro. Al llegar la noche, las omnipresentes estatuas religiosas parecen trágicas en su quietud; los dionisíacos gigantes que sujetan algunos edificios antiguos parecen retener su respiración, y casi se oye a las gárgolas despertar, acaso esperando, todos ellos, la llegada del Gólem, la criatura fantástica nacida de las entrañas de Praga.
La ciudad no sólo ha integrado tres ciudades sino también varios estilos arquitectónicos. El gótico convive con el barroco, el modernista con el soviético y el cubista con el moderno. Nové Mesto o Ciudad Nueva –nueva para Carlos IV, quien la fundó en el siglo XIV–, cuya principal referencia es la avenida que baja desde la plaza de Wenceslao, conserva poco de su pasado medieval y reúne los edificios más emblemáticos de los siglos XIX y XX. Entre fachadas de art nouveau se intercalan otras cubistas, y es también aquí donde está la gran obra de 1996: el Edificio Danzante, una original construcción que emula a Fred Astaire y Ginger Rogers.
La ciudad vieja rejuvenece
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Ingresar en la Ciudad Vieja es hacerlo en una caótica madeja de senderos, cortadas y pasadizos que se entrecruzan sin cesar. Pero también hay grandes avenidas al estilo parisino –que desembocan en una plaza central– y antiguos palacetes de la nobleza desde el siglo XIV. Además hay edificios de estilo art-nouveau construidos a principios del siglo XX. Cerca están los restos del antiguo barrio judío, conocido como el Gueto de Praga, que fue devorado por las llamas en el siglo XVIII. Las primeras comunidades judías en habitar la Ciudad Vieja llegaron en el siglo X. En los siglos siguientes la población judía fue extendiéndose hasta que en el siglo XVII alcanzaron el número de 7000 personas viviendo encimadas en estrechos y lúgubres callejones. Ya mucho antes –en 1179–, un edicto los confinaba a vivir separados de los cristianos por una muralla. En el barrio judío quedan las sinagogas Klausen, Pinjas y Maisel. Pero la más importante de todas es la Staronova, una de las más antiguas de Europa, levantada en 1270 en un severo estilo gótico primitivo. Aún se siguen realizado oficios religiosos en ella.
El lugar más extraño y misterioso del barrio es el Cementerio Judío, ubicado en una reducida superficie con 12.000 tumbas y sus respectivas lápidas cinceladas con epitafios en hebreo. Las lápidas –algunas de ellas ya ilegibles– están acumuladas de manera caótica, ya que el pequeño cementerio rápidamente había quedado chico para una comunidad tan grande. Incluso hay doce niveles de tumbas superpuestas bajo tierra. La más antigua –perteneciente a Avigdor Karo– data de 1439 y la última de 1787. La más famosa pertenece al rabino Judá León, quien en el siglo XVI era célebre por dedicarse a la cábala, esa misteriosa práctica que consistía en permutar letras y números en los textos de las Sagradas Escrituras para hallar el verdadero nombre de Dios. Según la tradición, el rabino habría encontrado el nombre, y al repetirlo ante un muñeco, éste se convirtió en una criatura imperfecta a la que llamó Gólem.
Además de hermosa, Praga es una ciudad que combina variadas estéticas conformando un todo armónico: el esplendor barroco de los palacios, la melancolía del Puente Carlos IV, la tristeza del Cementerio Judío, y el misterioso laberinto sin salida de la Ciudad Vieja, con su castillo en lo alto. Secreta y manifiestamente, muchos escritores suelen estar vinculados con un ámbito geográfico. Arlt a Buenos Aires, Henry Miller a Nueva York y Jorge Amado a Bahía. La desconcertante Praga –en cada una de sus letras– es la ciudad de Kafka.
Melancolía y alegría
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Mal conoce Praga quien habla sólo de sus melancolías, que las tiene y disfruta. Las alegrías son otro cantar. Como las del teatro, porque el teatro es aquí parte de la vida cotidiana más que en otras capitales. De esas cuatro tablas dependen los orgullos checos, los altares de libertad, de la democracia, de la lengua materna endiablada. El presidente Vaclav Havel -iniciado como tramoyista- ha dicho que "el teatro debe ser el centro espiritual de cada época". Y eso sigue ocurriendo en la capital bohemia.
Havel pasó del teatro del absurdo y del socialismo real al realismo mágico del poder. Está instalado en un castillo fundado el año 880, ahora barroco-clasicista, y solemniza las ceremonias en la catedral, hecha en homenaje a un santo siciliano, Vito o Guido, que ha pasado casi siete siglos en construcción, inspirada inicialmente en el gótico de Toulouse, en los Pirineos, y de Narbonne; luego en el gótico alemán, para culminar con una reconstrucción y torre renacentistas.
Al caminar por Praga es fácil recorrer un milenio en pocas horas, entre construcciones del románico primitivo hasta las rarísimas fachadas cubistas. En grandes y bellas casas lo románico se halla apenas maquillado con lo gótico, y vemos casas góticas barroquizadas que conservan sus bases románicas... Florencia no está ausente en Praga por el renacentismo italiano traído por los Habsburgo, y Venecia se asoma en la calle Husova.
Si se mira la ciudad desde una colina -con el cielo del oeste hecho sangre- se verá una desordenada procesión de campanarios con forma de cebolla, agujas góticas, cúpulas redondas o en trapecio. Todo un espectáculo.
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Ningún guía se salta el llamado "callejón de oro", en un rincón del Castillo. Casas pequeñas, estrechas, llenas de color. Les atribuyen historias de alquimistas, de enanos. Muchos se lo creen. Es una zancadilla que Praga le hace al turista. Se trata de casas de fundidores, orfebres y sirvientes, que no hace mucho fueron maquilladas por Jiri Trnka. Se trata de un dibujante de cómics y pintor.
Lo imperdible de la ciudad
- El castillo: Aparte de las dependencias palaciegas, entre las que destaca la gran sala Ladislao (del siglo XV, y en la que en otra época se celebraban torneos y banquetes) merece la pena visitar la catedral gótica de San Vito y la basílica de San Jorge, originariamente románica pese a su fachada barroca. Y pasear por el recinto y por sus callejones y disfrutar de las vistas.
- Cementerios judíos: Por razones diferentes, ambos, a quien no le parezca muy macabro acudir a una necrópolis, justifican la visita. El Viejo, incrustado en la Ciudad Vieja, es algo tan singular que difícilmente podrá olvidarse: las lápidas se amontonan literalmente las unas sobre las otras, creando un paisaje alucinante. También alberga un interesante Museo Hebreo y un memorial del Holocausto. El cementerio nuevo, en Strasnice, es todo lo contrario, racional y amplio, con las tumbas alineadas bajo altísimos árboles. Un monolito próximo a la valla señala el lugar donde yacen los restos de Franz Kafka.
- Plaza de la Ciudad Vieja: La iglesia del Tyn, con sus dos torres de múltiples agujas, que se alzan sobre la plaza, es una de las imágenes más características de la capital checa. Su interior impresiona por la gran altura de la nave en proporción a la planta.
Miradores: Praga es bonita de cerca y de lejos. Para apreciarla a distancia y desde lo alto, además del Castillo, puede acudirse al mirador del Monte Petrín, al parque Chotkov o, más lejos, a Vysehrad.
- Galería Nacional: Cerca del Castillo, en Hradcany, su núcleo principal es la colección del Museo Sternberk, con obras que van desde Bruegel el Viejo y Durero hasta Picasso y Kupka.
- El Moldava: El río resulta verdaderamente notable, y para apreciarlo nada como cruzar el puente Carlos, sólo para peatones, lleno de animación a todas horas. En las riberas hay espacios para el esparcimiento como el Zofin, muy agradables con buen tiempo.
- Marionetas: Una tradición de la ciudad. Hay muchas tiendas que las venden, desde modelos baratos y simples hasta los más sofisticados. El más habitual: la cómica figura del valeroso soldado Schwejk, el personaje creado por Jaroslav Hasek.
- Música de cámara: Cualquier día del año puede acudirse a conciertos de música de cámara, improvisados en iglesias, museos y dependencias varias. No son caros y suelen resultar más que dignos. El nivel musical de la ciudad es muy alto.
- Plaza Wenceslao: Esta plaza, presidida por el edificio del Museo Nacional, representa la Praga más grandiosa y monumental. Allí tuvo su centro la fallida revolución de 1968, la llamada Primavera de Praga. Hoy es una animada zona comercial.
- Y algunos consejos: Visitar todos los cafés de esta ciudad de cafés... El Europa (modernista), Milena (en memoria de Kafka)... Así como sus cervecerías.
No coja, o hágalo tras cierto regateo, taxis Mercedes. Prefiera los tranvías, llenos de encanto, o los cada vez más escasos Skoda. Que éstos le lleven a cualquier rincón, calle, iglesia, o restaurante donde sirvan jamón a la antigua con ciruelas y vino melník.
Si ama las cruzadas, no deje de visitar la iglesia de los Cruzados y el Monasterio de los Cruzados con Estrella Roja.
Si le gustan las piedras semipreciosas, no deje de comprar la jranáty, de color rojo, típica de la ciudad y muy barata.
Kutna Hora
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Esta ciudad se encuentra a tan sólo 65 kilómetros de la capital y es la ciudad más importante después de ella.
La parte vieja de la ciudad es maravillosa, y cuenta con gran variedad de monumentos, algunos de ellos impresionantes, como la Catedral de Nuestra Señora de estilo gótico, la iglesia de San Jaime, el Colegio de los Jesuitas, la Catedral de Santa Bárbara y el Convento de las Ursulas.
Pero si lo que realmente quieres conocer es la historia de la ciudad, entonces tu lugar es el Museo Hradek.
Krivolat
Lo más significativo de esta pequeña aunque bellísima ciudad, es su castillo, del siglo XIII, y en el que se pueden observar su capilla gótica, las celdas donde se recluía a los prisioneros de guerra y la cámara de tortura. Y está rodeado de un antiguo bosque que ha sido considerado como Reserva Natural.
Otra parte de esa reserva son las montañas de Nezabudice, y su impresionante castillo del siglo XII. También éste fue utilizado como prisión.
Deportes
La República Checa es un país con gran cantidad de instalaciones para practicar deportes de invierno, como el esquí (que además resulta muy barato). El único inconveniente es que es mejor llevar el equipo necesario. La mejor época está comprendida entre Enero y Abril y especialmente en la Cordillera de Sumava, en la frontera con Austria y Alemania.
En verano también se puede dedicar gran parte del tiempo al excursionismo en el sureste de Bohemia, la escalada en cualquiera de sus formaciones montañosas y la navegación a lo largo del río Sazava.
Gastronomía
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Lo cierto es que la comida checa es bastante apetitosa y muy sabrosa, porque se compone principalmente de carne de cerdo.
Con la mayoría de los platos típicos se sirve el knedlíky, una especie de albóndigas de carne, cortadas en grandes porciones, que también se acompaña con patatas, arroz y verduras.
También son muy habituales las salsas.
Y cómo no, se sirve en gran cantidad de lugares el plato probablemente más conocido de Europa del este, la choucroute, así como el cerdo asado.
El primer índice que descubre al viajero la situación y el desarrollo de un país, de una ciudad, es la cantidad, variedad y nivel de su gastronomía pública. La evolución en Praga desde la debacle de la URSS, o más bien en la última década es espectacular. La monótona oferta del mismo gulash en diferentes decorados y precios, el omnipresente aroma de la col (choucrout), el linóleo o la moqueta raída, remendada con la habilidad de quien sabe que ha de durar, han dado paso a una curiosidad cosmopolita.
Y así hoy se pueden encontrar restaurantes chinos, mejicanos, platos franceses, pasta italiana, un sushi bar, un comedor español y el inevitable multinacional fast-food. Despierta la misma curiosidad y entusiasmo que en 1790 afamó el espectáculo de tres presuntos antropófagos brasileños devorando pollos crudos en la calle Cadenas. Allí queda, en memoria de la superchería, la Casa de los Tres Salvajes.
Nes el único recuerdo gastronómico en la ciudad. A dos pasos del puente Carlos, en el islote Kampa, un par de ruedas de molino de casi diez metros de diámetro, recuerdan que fueron ellos, los molineros, los encargados de conservar el puente. Y poco más allá, en la calle Celetná, el recorrido por restaurantes y cervecerías típicas —imprescindible la visita a El Sol Negro— es un viaje a las catacumbas, al pasado románico y gótico sumido muchos metros por debajo de la calle desde que, en el S XII, un monarca resolvió el problema de las inundaciones cubriendo con tierra la zona para la nueva urbe. Y es que en la superficie, en las alturas que cosquillean el cielo y en la más oscura profundidad Praga es pura historia. Historia y belleza, historia y vida bullente, siempre al ritmo de las músicas que florecen en cada esquina. Por eso proliferan los restaurantes musicales, como una muestra de su idiosincrasia y no como un trasnochado reclamo para paquetes turísticos.
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Desde que Deodatus Damayan, a su regreso de Viena en 1706, abrió el primer café en la Plaza Pequeña, en la casa que aún conserva el nombre y la imagen de la Serpiente de Oro, los cafés son en Praga una deliciosa combinación de golosa confitería y amable concierto. La cita es, a la hora de la merienda en el primer piso frente a la torre del reloj, en el Slavia junto a la mesa de Kundera y en esa zona de ocio, de cafés, vinaterías y exposiciones en que se ha convertido la Casa Municipal, junto a la Torre de la Pólvora.
Pero para comer en checo hay que acudir a las cervecerías, no en vano la cerveza (piva) más reconocida entre las Lager procede del país, de Pils, que le ha dado el universal nombre a la Pilsen. Desde hace cinco siglos la elaboran en U Fleku, en U Kalicha o en U Bonaparta para acompañar ricas salchichas en un ambiente festivo, bullanguero. Y se encuentran excelentes vinos búlgaros y del resto de Europa tanto en los restaurantes como en las vinaterías de nuevo cuño.
En el plato, el menú tradicional es rotundo, desbordante de sabor y energía, desde el aperitivo a los strudel de manzana o la inolvidable tarta de cerezas. No puede faltar una sopa como la Kulajda de verduras y una descomunal albóndiga, la knedliky o las aromáticas de hígado. Las mejores en el barrio de Mala Strana, en el musical U Vladare, en el centenario Staroceská, en el renovador Pohadka, en el vanguardista Villa Voyta o, para conocer las mejores recetas de caza centroeuropea, en U Lorety. Excepto en los restaurantes más lujosos, es habitual compartir la mesa. Supone una ocasión excepcional para disfrutar, aunque sea por señas, la entrañable hospitalidad de Praga.
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