La República Checa se encuentra encajonada en pleno corazón de Europa. Limita al norte con Polonia y Alemania, al este con Eslovaquia, al sur con Austria y al oeste con Alemania. Carece de salida al mar.
El país está dividido en dos regiones, Bohemia al oeste y Moravia al este. La primera es una llanura rodeada de montañas, una de ellas, los montes Sudetic, albergan el punto más elevado del país, el Snezka (1.602 metros). Al suroeste, en la frontera con Alemania, se halla la selva de Bohemia. Moravia es un territorio montañoso cruzado por los Cárpatos y atravesado por varios ríos, que dan lugar a fértiles valles.
El pueblo checo pertenece a la rama occidental de los pueblos eslavos que se establecieron en el actual territorio de la República Checa a finales del siglo V. Fueron cristianizados en el siglo IX, y tan sólo un siglo más tarde fundaron el reino de Bohemia.
En el siglo XIII este reino pasó a manos de los Habsburgo, bajo cuyo dominio Bohemia vivió una época dorada
Con la dinastía Luxemburgo el reino alcanzó un gran desarrollo cultural y económico, sobre todo con el rey Carlos I, que creó la capital en Praga y además una universidad. A su muerte la zona se separó de Moravia y comenzó a extenderse entre la población el movimiento husista, partidario de las teorías del religioso reformista Juan de Hus, que atacaba la autoridad de la Iglesia de Roma y el poder del Rey. También propugnaba el surgimiento de un nacionalismo bohemio.
A principios del siglo XVI la dinastía católica de los Hasburgo accedió al trono de Bohemia y en torno al XVII se perdió la independencia del territorio de manera definitiva en la batalla de Bilá Hora, la más importante de la Guerra de los Treinta Años.
El territorio checo pasó así a depender del Imperio Austro Húngaro hasta su derrota en la Primera Guerra Mundial.
La independencia de Checoslovaquia fue conseguida gracias a todos los esfuerzos de checos y eslovacos en el exilio, y se vió confirmada en el Tratado de Versalles.
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Tras esto vino un periodo de tranquilidad y prosperidad que de nuevo se vería interrumpido por los afanes expansionistas de Adolf Hitler.
El ejército checo se reorganizó en el extranjero, aunque en el interior del país hubo una gran cantidad de deportaciones e incluso ejecuciones entre la población. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, y después de haber sufrido muchísimo toda la población, se restauró por fin el Estado Checoslovaco. Asumió el poder el Partido Comunista, lo que supuso estar claramente controlado por la Unión Soviética.
En la década de los 60 se inició un proceso de reforma orientado hacia las cuestiones económicas, aunque también evolucionaría a los aspectos políticos. En enero de 1968 Alexander Dubcek se convirtió en secretario general del Partido Comunista Checoslovaco y llevó a cabo una política reformista. Este periodo se conoce como ‘Primavera de Praga' y en él se pretendía adaptar los principios comunistas a las peculiaridades de Checoslovaquia, además de ampliar la libertad de prensa y expresión actual.
La invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas el 21 de agosto de 1968 detuvo este proceso. En abril de 1969 Dubcek es sustituido y comienza un proceso de intento de normalización que intentaba detener todo aquello que había sido reformado. La población aceptó de forma pasiva esta situación y se volvió al dominio comunista.
En 1989 llegó el momento en que el viejo régimen fue sustituido por un Estado democrático en lo que se conoce como ‘Revolución de Terciopelo' por su carácter pacífico. El dramaturgo Vaclav Havel se convirtió en presidente de la República y en 1992 se celebraron elecciones que mostraban el avance del nacionalismo eslovaco.
La ruptura entre checos y eslovacos era inevitable y los gobiernos de ambas naciones decidieron que era hora de empezar un proceso de separación pacífico y controlado, que acabaría el 1 de enero de 1993 con la desaparición de Checoslovaquia y el nacimiento de la República Checa y la República Eslovaca.
Cultura
El pueblo checo siempre ha sido considerado como uno de los referentes principales de la cultura centroeuropea.
Su paisaje está plagado de más de 2.500 castillos y palacios fortificados, y hay muchos ejemplos de su arquitectura en las grandes ciudades como Praga donde predominan los estilos románico, gótico, renacentista, barroco, modernista y los principios del siglo XX.
También muchos de los escritores y artistas checos han sido influencias fundamentales en las corrientes artísticas del centro de Europa. Son algunos como Franz Kafka, Karel Capek, el presidente Vaclav Havel, Milan Kundera y el poeta Jaroslav Seifert, Premio Nobel de Literatura en 1984.
Pintores conocidísimos son Alphonse Mucha y Frank Kupka fueron la base en el desarrollo del arte europeo, y ya compositores que han enriquecido notablemente el repertorio musical del país son Bedrich Smetana, Antonín Dvorák y Leös Janácek.
Festividades
Este es un país en el que las fiestas son prácticamente constantes, con un gran número de celebraciones religiosas. La Navidad y el Año Nuevo tienen un gran significado propio y son de las más celebradas en todo el país. En Marzo comienzan las celebraciones culturales con el Festival de Música de Praga.
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Una de las más importantes y vistosas es la que se celebra en Praga el 30 de Abril, Día de la quema de brujas, que en las últimas décadas se ha convertido en una noche en que las familias y amigos se reúnen en toro a las hogueras y entonan cantos regionales. Aunque en este mes también se localiza el Festival de Música de Semana Santa y el Certamen Floral.
Pero aún así, todavía hay multitud de celebraciones folclóricas y culturales. El Festival de Música Primavera y el de Cine Infantil en Praga durante el mes de Mayo.
Durante Junio y Julio se puede disfrutar con el Festival Internacional de Cine, el Festival de Mimo el Cultural de Verano y el Concurso nacional de ópera, todos ellos en Praga.
La Feria del Libro Internacional también tiene lugar en Praga durante el mes de Mayo. En Julio y Agosto se localizan los mejores festivales musicales, como Festival de Chopin o el de Opera Barroca.
Por último, y ya en Septiembre, el Festival de Música de Mozart, la Fiesta de la cerveza, el Festival del vino y en Octubre el Festival Internacional de Jazz.
Durante el mes de Diciembre se organizan un buen número de mercadillos y espectáculos navideños en las calles de casi todas las ciudades, pero especialmente en Praga.
Praga
La capital es una de las ciudades más famosas y atractivas de toda Europa del este. Es conocida como la ‘Madre de todas las ciudades'.
En ella se puede disfrutar de gran número de edificios que permanecen como historia viva de la ciudad. El primero de ellos es la Torre de la Pólvora, de estilo gótico y que data de finales del siglo XV. Se la llama así porque fue utilizada como polvorín en el siglo XVII.
La Casa Municipal fue construida entre 1906 y 1912 en estilo ‘art nouveau'. Este es el lugar en el que se proclamó la independencia de Checoslovaquia del imperio Húngaro en 1918.
La Plaza de la Ciudad Vieja, un antiguo mercado en la Edad Media que hoy en día es un lugar lleno de cafeterías y restaurantes, que se convierten en terrazas al llegar el verano.
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Goethe la calificó como la gema más hermosa de la diadema del mundo. Ubicada en el centro mismo de Europa, Praga semeja un gran decorado donde se entremezclan puentes góticos con palacios barrocos, y basílicas de estilo románico con callejones medievales. A diferencia de Varsovia, Berlín o Budapest, la capital checa sobrevivió casi intacta a los destrozos de la Segunda Guerra Mundial, y desde entonces ha sido preservada con sumo cuidado por todos los gobiernos. En consecuencia, la ciudad es un todo monumental donde perduran antiquísimas sinagogas, románticos puentes de piedra sobre el río Moldava, castillos medievales y una infinidad de estatuas en las calles que la decoran como a ninguna otra en el resto de Europa.
Praga se extiende en un pintoresco valle con sus altas colinas coronadas por dos castillos. El río Moldava la divide en dos formando con su curso un gran signo de interrogación a través del casco urbano. De un lado está el Barrio Pequeño, con sus recargadas residencias barrocas y grandes jardines que pertenecieron a la nobleza local. Del otro, la Ciudad Vieja, antiguo centro gótico de la ciudad.
Lo que realmente importa de Praga está condensado en una pequeña geografía, a ambos lados del Moldava. Una serie de diecisiete puentes cruzan de un lado al otro del río, así que la consigna para el viajero es “caminar y caminar”. En lo alto de una colina, el Castillo de Praga es el punto máximo de atención en la ciudad. Se lo ve desde todos lados, y no casualmente ha sido el centro del poder político desde hace doce siglos. Allí residieron los legendarios reyes de Bohemia y los sucesivos jefes de gobierno hasta el actual presidente Havel. Su origen data del siglo IX, aunque fue reconstruido muchas veces. Su arquitectura representa los estilos que primaron en las diferentes épocas de Praga, incluyendo algunas paredes románicas que se remontan al año 870.
La Plaza Wenceslao es el centro de la vida cultural y social en Praga. Y además fue el escenario principal de la conocida ‘Revolución de Terciopelo' de 1989. Muy cerca de ella se encuentra el Teatro de los Estados, construido en 1781 y que fue el primer lugar donde se representó la ópera Don Juan de Mozart.
Y ya en el barrio judío, lugar buscado por todos los turistas, se encuentra la Sinagoga, una de las obras góticas más antiguas de la capital. Cerca de ella se encuentra el Ayuntamiento Judío.
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Cuenta la leyenda que cuando el emperador Rodolfo II firmó un decreto para expulsar a los judíos de la ciudad, el rabino Jehuda Löw ben Becalel (el mismo a quien la leyenda adjudica la creación del primer androide, el Gólem) fue a su encuentro en el Puente de Piedra y le cortó el paso a la soberbia carroza de cuatro caballos que encabezaba la comitiva imperial. Inmediatamente las bestias se detuvieron, como paralizadas por un hechizo. La plebe empezó a tirarle al rabino barro y piedras, pero uno y otras se tornaron flores. Rodeado de ellas, el rabino se postró de rodillas. Al verlo allí prosternado, Rodolfo II no sólo le concedió la gracia para la gente del gueto, sino que le invitó a la corte. El episodio, aunque sea legendario, refleja bastante bien la conjunción de las dos fuerzas que contribuyeron a crear una buena parte del atractivo y la intensidad de ese extraño paraje a orillas del río Moldava: el emperador que engrandeció la urbe, a la que convirtió en su capital, y aquella comunidad hebrea, infestada de cabalistas y taumaturgos, que desde la oscuridad del gueto alimentó a lo largo de los siglos su magia persistente.
Para constatarla hoy, basta con pasear por la Ciudad Vieja o por los vericuetos del Castillo, o con recordar a algunos de los que, sin apenas salir de allí, hicieron sonar en sus voces un mensaje universal.
Sus dos centros innegables son la plaza de la Ciudad Vieja (Staromestské Namestí), que es una de las más bellas y fascinantes del mundo (al menos de la parte de el que conoce quien esto escribe) y la plaza de Wenceslao (Vaclavské Namestí).
La ribera izquierda, en cambio, con sus montes boscosos y sus calles empinadas, es una especie de espacio intermedio entre el campo y la ciudad. Allí dominan tres promontorios: el monte Petrín (que el lector de Kafka conocerá por su nombre alemán, Laurenziberg), el del Castillo y el del parque Chotkov. Desde todos ellos el viajero puede obtener fastuosas vistas de la ciudad, pero por razones sentimentales y por tranquilidad (suele estar mucho menos concurrido) si me dan a escoger prefiero el decadente Belvedere del parque Chotkov, uno de los lugares favoritos de Kafka, dicho sea de paso.
La musa de Kafka y de muchos más
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Resulta inevitable mencionar, cómo no, a Franz Kafka (de ascendencia judía, por cierto); aquel discreto empleado del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, que en los ratos libres levantó un mosaico de febriles alegorías donde anunciaba minuciosamente todo el horror de un siglo que él apenas llegaría a ver. Y lo hizo tan sólo a partir de aquella ciudad, a la que odiaba y amaba a un tiempo, por cuyas calles paseaba incansable y en cuyas esquinas intuía las sombras de los monstruos, feroces de puro humanos, que luego plasmaba en sus páginas. El paisaje literario de Kafka, que uno cree al leerlo que es una invención caprichosa y fantasmagórica, existe en realidad: es Praga, sólo Praga y enteramente Praga; uno lo descubre apenas pone el pie allí, incluso ahora, cuando lo que le recibe es una capital europea del siglo XXI que tiende por fuerza a asemejarse a sus pares, en lo mejor y en lo peor. Ya lo dijo otro praguense, Johannes Urzidil: «Kafka era Praga y Praga era Kafka». Y nosotros, sus amigos, sabemos que esa Praga, hecha pequeños trozos, está toda contenida en la obra de Kafka».
Pero con ser el más conocido, Kafka no es ni mucho menos el único. Praga ha dado numerosos rastreadores y descifradores de lo oculto; anotadores y relatores de una realidad, a primera vista extravagante, por prodigiosa o por terrible, pero cierta y palpitante para aquellos que sepan ir más allá del horizonte rutinario.
Quizá el reverso de Kafka sea el poeta Jaroslav Seifert. Si el primero indaga sombras invisibles, el segundo busca, y encuentra, la luz que a veces parece ausente. Pero también en su escritura, profundamente praguense, irrumpen lo paradójico y lo inexplicable. Pueden tomarse como ejemplo muchas páginas de sus memorias fragmentarias reunidas bajo ese admirable título, Toda la belleza del mundo (que junto a la obra de Kafka y la de Ripellino, si me aceptan un consejo, redondearían una buena lectura preparatoria para disfrutar de la ciudad).
Valga aquel pasaje en el que el poeta, ya septuagenario, logra algo que sería imposible en cualquier otro sitio, pero no en Praga: darle a una muchacha el beso que ésta le había negado cincuenta años atrás. El milagro sucede cuando en una joven estudiante que viene a visitarle, llamada Kamila, reconoce Seifert a la nieta de una muchacha, Kamila también, a la que quiso y no pudo besar una tarde de primavera en el mirador del monte Petrín. La chica, que trae varios libros suyos, le pide que le dedique uno, y él le pregunta qué le daría si le firmase todos. La joven, azorada, le ofrece un beso. Y así fue, evoca el poeta, como logró aquel día besar a su propia juventud.
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Para completar la geografía kafkiana de Praga, bastan un recorrido por la Ciudad Vieja y otro por el Castillo. En la plaza de la Ciudad Vieja, contigua al antiguo ayuntamiento, está aún la casa en la que vivió gran parte de su infancia, y al otro lado, el Palacio Kinsky, donde el escritor cursó sus estudios secundarios. En las cercanas calles Celetná y Pariszká, otras dos de las casas que habitó, y en la calle Na Poricí, tampoco muy alejada, la oficina en la que trabajaba.
Junto a la calle Pariszká se halla la sinagoga Vieja-Nueva, un bello edificio del siglo XIII, donde iba Kafka con su padre cuando era niño, y que conserva intacta la atmósfera de entonces. Una calle más allá está la sinagoga Klaus, y contiguo a ella, el viejo cementerio judío, último residuo del antiguo gueto, demolido a comienzos del siglo XX, y que cautiva al viajero con su insólito paisaje de lápidas apiñadas. Entre todas ellas, destaca la de aquel rabino Löw que le plantó cara a Rodolfo II; según la leyenda, acabó muriendo, a pesar de sus poderes, cuando fue a oler una rosa que le regaló su nieta: la muerte, harta de que la esquivara, se había escondido allí para sorprenderle.
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