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Historia
Desde hace tres millones de años Etiopía ha conocido la presencia humana. Esa es la edad calculada a los restos de homínidos hallados en el valle de Awash. Mucho después, hacia el año 1000 a. de C., las semíticas tribus de Saaba se instalaron en el territorio de la actual Etiopía tras cruzar las márgenes del mar Rojo.
Ya en el siglo II d. C., la dinastía Salomónida estableció el reino de Aksum que, siguiendo la línea copta egipcia, se convirtió al cristianismo alrededor del siglo IV. Esta dinastía –que se consideraba descendiente del mismísimo rey Salomón–, fue desplazada en el siglo X por la de los Zagwe, pero restableció su poder casi 300 años después sobre buena parte del país, aunque las zonas costeras y del sudeste se mantuvieron bajo dominio musulmán.
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Con el nombre de Etiopía, los griegos designaban las tierras habitadas por personas de raza negra. En cambio, Abisinia, el otro nombre con el que se ha denominado el país, proviene de las gentes de origen árabe, que hace 4.000 años se asentaron en zonas de la actual Etiopía. Desde entonces son innumerables los momentos de la historia en que Etiopía aparece como uno de los Estados más influyentes de la región. Desde los escritos bíblicos mencionando a la reina de Saba, en realidad, Makeda , en el siglo X a.C, pasando por el reino de Meroe, una de cuyas reinas detendría a Alejandro Magno en su avance por África, o el Rico reino de Axun que desde el inicio de la era cristiana hasta avanzado el s. VII sería la principal potencia comercial, administrando tierras tan extensas que llegaban hasta la actual Yemen.
Con la expansión de los árabes, esta hegemonía comenzaría a decaer y Etiopía, un reino cristiano quedaría cercado por países de cultura musulmana. Cuando en el siglo XVI, los portugueses entran en relación con el mítico rey Preste Juan, se encuentran con un país políticamente similar a los estados feudales europeos, con tres clases sociales muy definidas: la nobleza, la iglesia y el pueblo llano.
A finales del s.XIX, tras un periodo de buenas relaciones del rey Menelik II con las potencias europeas, Italia intenta ocuparla encontrándose con la resistencia de un bien organizado ejército etíope que infligió a los italianos las principales derrotas que jamás había sufrido un ejército colonial europeo, siendo especialmente destacable la batalla de Dogal, donde los europeos perdieron a 4.000 hombres de la tropa de 10.000 que llevaban.
Será Menelik II el creador de la actual Etiopía. Durante su mandato (1889-1913), coincidiendo con la carrera que los países europeos mantienen por la máxima ocupación de tierras africanas, Menelik II se lanza a la misma carrera, pero dedicándose a la conquista de tierras en torno a su Estado. Hasta esas fechas, la actual Etiopía estaba formada por diferentes reinos y Estados independientes, o por tierras habitadas por innumerables naciones sin Estado. Melenik II consiguió someter todos estos territorios, unas veces mediante acuerdos pero en la mayoría de los casos tras crueles guerras que dejaron cientos de miles de muertos y poblaciones sometidas a la esclavitud, y pactar con el Reino Unido, entonces la otra potencia de la región, el respeto mutuo a las fronteras acordadas.
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A partir de entonces el gobierno central se dedicó a cambiar la historia y hablar de Etiopía como uno de los más antiguos Estados del mundo, como el único país africano nunca sometido al colonialismo, con una monarquía que duró 3.000 años, intentando que la memoria histórica nacional e internacional olvide que, aún hay en día, muchos de los Estados y Naciones sin Estado , en otro tiempo independientes, siguen reclamando su independencia pasada y muchos se siguen definiendo como países colonizados.
Gran parte del s. XX estuvo marcada por la figura de Emperador Haile Selassie . Durante su mandato (1930-1974), Etiopía sucumbió a la ocupación italiana (1936-1941) del gobierno de Mussolini. En 1962, Etiopía se anexionó la antigua Abisinia italiana, Eritrea, consiguiendo de esta manera tener acceso al mar. Sin embargo, no logró mantener durante mucho tiempo la utilización de los puertos eritreos, ya que desde el principio los movimientos eritreos de resistencia a tal ocupación impidieron mantener el control efectivo sobre los mismos.
En 1974 un golpe militar acabó con la monarquía de Haile Selasie instaurándose en 1977 una República Popular presidida por Mengistu Haile Mariam. Su Gobierno, apoyado por la Unión Soviética se enfrentó con los movimientos armados secesionistas en las provincias Tigre y Eritrea, y con choques fronterizos ocasionales con Somalia. Tras años de gran sequía, mala administración económica y la desconfianza entre el Gobierno y las agencias Occidentales de asistencia ocasionaron la más famosa de las hambrunas sufridas por Etiopía, en 1983. En mayo de 1991 fue forzado a dimitir, refugiándose en Zimbabwe.
Las tropas del Frente Democrático Revolucionario de Etiopía (EPRDF) tomó el gobierno de la capital y su líder, Meles Zenawi, asumió la presidencia del gobierno provisional, comprometiéndose a la celebración de elecciones. El EPRDF, que había recibido ayuda de los rebeldes etíopes, apoya la celebración de un referéndum supervisado por la ONU, en la provincia de Eritrea, referéndum que con más del 99 % de los votos llevara a Eritrea a recobrar su independencia en mayo de 1993.
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Ese mismo año, el EPLF celebró las primeras elecciones multipartidistas que fueron boicoteadas por el Frente de Liberación Oromo (OLF) que venía luchando por la independencia de la región Oromo, en el oeste del país. El gobierno de transición pactó con el FMI una serie de reformas que le permitieron a acceder a préstamos del Banco Mundial. Sin embargo estos préstamos no llegaron en los plazos acordados lo que ayudó a que otra hambruna, en 1994, ocasionara millares de muertos en el distrito de Wolayata, en el sur del país.
En 1995 se realizaron nuevas elecciones que de nuevo fueron boicoteadas, pero esta vez por la práctica totalidad de la oposición. El gobierno saliente de estas elecciones presidido por Negasso Gidada, promulgó una nueva constitución por la que Etiopía de dotaba de una estructura federal y formó un gobierno dirigido por el presidente anterior, Meles Zenawi y compuesto por ministros provenientes de los diferentes principales grupos étnicos que componen Etiopía.
Tras la aprobación de la nueva Constitución, Etiopía adoptó el nombre de República Federal Democrática de Etiopía, constituyéndose como la Federación de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos de Etiopía, dividiendo el territorio en nueve Estados diferenciados por su composición étnica (Tigray, Afar, Amhara, Oromia, Somalia, Benishangul-Gumuz, Naciones, nacionalidades y pueblos del sur, Pueblos de la Región Gambela y Pueblo Harari), reconociéndoseles a cada uno de ellos el Derecho de Autodeterminación.
Cultura
La tradición literaria etíope es mucho más rica de lo que habitualmente se piensa, aunque se centra principalmente en traducciones de códices del griego y árabe clásicos al ge´ez amárico actual.
Los antiguos poetas se acompañaban, en ocasiones, para recitar sus poemas, del tradicional krar, una especie de lira de cinco o seis cuerdas afinada en escala de cinco tonos que se toca con o sin púa y que en ocasiones es acompañada por tambores y flautas.
Los principales temas de la literatura etíope son los mitológicos, históricos y teológicos que, a su vez, también influyen en el arte religioso plástico y arquitectónico que refleja la secular tradición cristiana del país con unas influencias coptas y bizantinas que resultan tan evidentes como valiosas.
Etiopía es un país de religión cristiana ortodoxa, obediente de la Iglesia copta de Egipto. Rodeado por países de fe musulmana, ha mantenido su liturgia, influida por el Islam y el judaísmo, casi intocada desde muchos siglos atrás. Si se tiene en cuenta que Etiopía es el único país africano nunca colonizado, aunque fue invadido varias veces, la última por las tropas de Mussolini, hay que convenir que estamos ante una civilización sumamente original en el gran continente negro, única, y muy orgullosa de sí misma.
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Muchas de las mejores expresiones de su cultura están en la región del Tana. Primero, en la islas, en 20 de las cuales se alzan templos y monasterios, algunos del siglo XVII. En Kentran-Gabriel una comunidad de monjes mantienen una iglesia de aquel siglo en la que pueden verse bellísimas pinturas murales del arte etíope, de corte bizantino. Hay allí un rústico y pequeño museo donde se guardan viejos códices, crónicas reales, trípticos con pinturas religiosas, y sables y coronas de antiguos emperadores. En varias de estas comunidades de las islas del Tana no pueden entrar las mujeres, pero en una de ellas existe una pequeña comunidad, con tan sólo dos monjas, en la que quienes tienen prohibida la entrada son los hombres.
Addis Abeba
Addis Abeba, la capital de Etiopía, se encuentra a 2.440 metros de altura en una amplia meseta cercada por colinas, por las que transcurren numerosos ríos. El centro neurálgico es su gigantesco “Mercato” al aire libre, en el distrito oeste de la ciudad, considerado por muchos como el mayor de África, y donde se encuentran desde trabajos artesanales hasta puestos de venta al por mayor de tabaco y café.
Los modernos edificios de la capital contrastan con las pequeñas viviendas tradicionales de no más de dos plantas por entre las que conviene pasear para hacerse una mejor idea de las duras condiciones de vida en este país.
También es interesante rendir visita a la catedral copta de San Jorge, construida sobre planta octogonal a finales del siglo XIX, al Salón de África para admirar sus interesantes vidrieras, al palacio de Menelik II, conocido como La Flor Nueva y al Museo Etnográfico donde se conserva una réplica de los famosos restos fósiles de Lucy, uno de los más antiguos homínidos descubiertos hasta el momento.
Bahir Dar
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El mayor atractivo de la zona es el lago Tana, la fuente del Nilo Azul que abandonará Etiopía en busca de Sudán. Son impresionantes sus cataratas, a unos 30 kilómetros, que los etíopes llaman Tisissat, las aguas que fuman. En las aguas del lago hay numerosas islas con interesantes monasterios ortodoxos del siglo XV que albergan exquisitas muestras de la pintura religiosa etíope en sus frescos. Los monjes están siempre dispuestos a mostrarlos, junto con sus antiguos manuscritos, que son verdaderos tesoros en piel de cabra y caballo.
Gondar
Gondar está situada al norte del lago Tana y ofrece al visitante un magnífico recinto amurallado que alberga cinco espléndidos castillos medievales que merecen sin duda una detenida visita por parte del viajero. Aquí detallaremos las dos más notables:
Fasil Ghebbi
O Recinto Real, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Esta área cerrada de 70.000 m2 contiene seis castillos, edificios auxiliares, túneles y pasillos, todo del s. XVII, y realmente sorprende mucho encontrar estos castillos aquí. No en vano Gondar también es conocida como la Camelot de África. El sitio es fantástico y es muy agradable de visitar. De todos los castillos el mejor y más bien conservado es el castillo de Fasilidas, aunque ahora está cerrado al público por obras en su interior. La planta baja del castillo de Mentewab es ahora una biblioteca pública. La visita a este recinto se puede hacer perfectamente en dos o tres horas y la entrada cuesta 50 Birr. Esta entrada sólo sirve para una sola vez, aunque también es válida para la visita a la piscina de Fasilidas en el mismo día. El recinto está en la zona central de Gondar y su entrada principal está situada en el lado oeste.
Debre Birhan Selassie
Esta iglesia se encuentra a 1'5 km al este de la Piazza y es la única construida durante el imperio gondarino, a finales del s. XVII, que sobrevivió entera a la destrucción generalizada de los derviches sudaneses. Su principal interés no es tanto el edificio en sí sino las magníficas pinturas que hay en su interior, tanto en las paredes como el techo. Especialmente este último, decorado con pinturas de 80 caras de querubines mirando en todas las direcciones, es seguramente una de las estampas más típicas de Etiopía y más reproducida en postales y recuerdos. La entrada a la iglesia cuesta 15 Birr y es de visita obligada si visitamos Gondar.
Aparte de las visitas imprescindibles ya mencionadas también recomendamos pasear por las calles de la zona central de Gondar. En la misma calle de la oficina de Turismo se puede ver por fuera el palacio Ras Mikael Suhal (no es visitable). También se puede pasear por la calle que va al mercado y la estación de autobuses o ir en dirección al Fogera Hotel. En algunas calles del centro, viendo circular los garis (carros tirados por un caballo que transportan pasajeros o mercancía) y a muchos etíopes vestidos con sus ropas tradicionales, y además con los castillos de fondo, uno se siente como si estuviera en la Edad media.
Nech Sar
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El Parque Nacional de Nech Sar fue creado para fomentar la conservación del “Swaynes Hartebeest”, una extraña especie de antílope exclusiva de esta parte de África. Pero en él se ofrece la excelente oportunidad de observar, en completa libertad, cebras, gacelas, leopardos, hipopótamos y cocodrilos.
Harar
La ciudad de Harar se fundó en el siglo XII y es considera como santa por los musulmanes. Para el viajero su principal atractivo consiste en disfrutarla paseando y empapándose del ambiente y el colorido que se respira por sus calles y de la amabilidad de sus gentes, muy diferentes a las del resto del país. Uno de sus más populares atractivos turísticos es el contemplar cómo los hombres hiena alimentan a estos animales a la caída de la tarde.
Considere, ante todo, el lector, que Harar es un islote de cultura islámica plantado en un océano animista y cristiano, un vestigio del ayer caravanero y nómada, un macondo, un reino de Taifa impermeable a cuanto, extramuros, lo rodea.
Su religión, su lengua (el harari), su pulso, su ritmo, su modus vivendi, su idiosincrasia y sus costumbres poco o nada tienen que ver con las imperantes en el resto del país. Y además, por lo que se contempla, percibe, recibe e intuye al hilo de la visita, cabe deducir que nunca, gracias a Alá y al desierto, dejará de ser lo que ahora es: un punto y aparte. Nació para eso. Lo suyo es un destino.
¿Cómo llegar hasta allí viniendo de Adis Ababa? La duda ofende: el mejor modo —el más viajero, el más gitano, el más torero— consistiría en subirse al ferrocarril que se detiene en la cercana ciudad de Dire Dawa, después de recorrer algo más de 500 baqueteadísimos kilómetros a lomos de vagones que parecen sentinas de barcos de negreros, y que rinde viaje en Yibuti, pero el trayecto, abigarrado y promiscuo donde los haya y de casi inverosímil duración y rudeza, sólo está al alcance de personas curtidas, templadas, bragadas, experimentadas y provistas de un sistema inmune capaz de hacer frente a toda clase de virus conocidos y desconocidos. Decida a su arbitrio el lector, pero sin olvidar que la travesía terrestre es aún más dura, y, desde luego, más larga. Lo sensato y lo usual, qué le vamos a hacer, es recurrir al avión. Los hay prácticamente a diario.
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