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Historia
Los primeros habitantes de las Filipinas se asentaron hace unos 300.000 años, probablemente llegados a través del puente de tierra entre el continente asiático y Filipinas. Los Negrito están considerados como los habitantes más antiguos de Filipinas, llegados del continente asiático hace 25.000 años. Más adelante se produjeron diversas oleadas de inmigración llegadas desde Indochina, las cuales, unidas a otras de procedencia malaya e hindú (desde Sumatra y Java), contribuyeron al intercambio de comercio e ideas en las diferentes islas.
La propagación del islam llegó en el 1380 a través del pequeño archipiélago de las Sulu, afianzando la conversión del sur del país hasta nuestros días.
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Fernando de Magallanes arribó en las Visayas el 1521 clamando el país para la corona española. Sin embargo éste no tardó en morir durante una de las batallas contra los indígenas. La ya permanente ocupación de la colonia tuvo lugar décadas más tarde, comenzando a erigirse fuertes e iglesias allá donde los españoles iban tomando tierra para controlar todo el territorio a excepción de las islas del sur, en poder de los musulmanes.
Hasta el 1821 las Filipinas fueron administradas desde México, y fueron duramente hostigadas por holandeses, chinos, portugueses e ingleses, llegando a tener estos últimos el control de Manila por un breve período de tiempo. A finales del siglo XIX comenzaron las primeras revueltas independentistas que acabó liderando José Rizal, quien a la postre se convertiría en el héroe nacional al ser ejecutado por los españoles en el año 1896.
Fue a raíz de la disputa por Cuba entre España y Estados Unidos cuando los filipinos, con el general Aguinaldo al frente, ganaron la independencia y España vendió la colonia a Estados Unidos por 20 millones de dólares.
Fue así como los filipinos continuaron dominados por una potencia extranjera, aunque no tardaron en lograr que se reconociese su propio presidente.
Durante la Segunda Guerra Mundial los japoneses invadieron el país, y entre 1942 y 1944 estuvieron bajo dominio nipón. Fue el General Mc Arthur quién liberó al país y en 1946 las Filipinas recibieron plena independencia, ya prometida en el 1935 por los americanos. El primer presidente de la república fue Manuel Rozas.
Ferdinand Marcos fue elegido como presidente en el 1965 y reelecto en el 69. El país estaba sumido en un mar de violencia y desorden y en 1972 fue instaurada la ley marcial.
Filipinas se abrió a las inversiones extranjeras durante los 70, justo cuando diferentes guerrillas comunistas sembraron de nuevo la violencia en el país.
Aunque la ley marcial fue abolida en 1981, Marcos continuó su régimen dictatorial y ese mismo año consiguió la reelección por otros seis años, aunque acompañado de disturbios.
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En 1986 entró en escena Cory Aquino como presidenta. Ella recuperó las instituciones democráticas, pero tuvo diferencias con las altas esferas militares y los problemas económicos del país. En 1992 fue sustituida por su ministro de defensa, Fidel Ramos, quien intentó acabar con la corrupción y revitalizar la economía atrayendo inversiones extranjeras. En el año 1996 se consiguió un tratado de paz con la guerrilla musulmana, a la que se concedió cierta autonomía para las provincias de Mindanao. Pero este acuerdo no fue asignado por todos los grupos, y los problemas entre los grupos cristianos radicales y las guerrillas musulmanes continúan en el sur.
Luzón
Es la isla más grande del archipiélago y contiene más de la mitad de la población, incluída la capital. En la parte norte de la isla se encuentran las que quizás sean las terrazas de arroz más impresionantes del planeta, en una zona montañosa y muy rica en diferentes tribus. Por el contrario, el centro y el sur se encuentran más industrializados y poblados. Aquí la densidad de volcanes es impresionante, algunos de ellos tristemente famosos por sus erupciones devastadoras.
Visayas
La mayoría de la islas del archipiélago forma este compacto grupo llamado las Visayas. Las mayores son Bohol, Cebú, Guimaras, Leyte, Negros, Panay, Romblon, Samar y Siquijor. Exigen una complicada red de barcos para mantenerlas comunicadas y significan para el viajero infinidad de destinos con diferencias propias.
Palawan
Es la isla más alejada, alargada en su forma (400 kilómetros de largo por 40 de ancho), y consistente en accidentadas junglas. Contiene muchos escenarios naturales intactos e infinitas playas tropicales vacías. Además la escasa población resulta de lo más amigable. Los bosques, la flora y la fauna cuentan con cantidad de endemismos, y las barreras de coral con impresionante variedad marina, aunque en algunos lugares se encuentre destruida por la pesca con dinamita.
También hay numerosas etnias que pueblan los lugares más inaccesibles de la isla. El desarrollo de la isla es inferior al resto del país, y por ello los transportes son difíciles y lentos.
Manila, la súper metrópoli
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La capital del archipiélago de las Filipinas se convirtió en metrópoli cuando, en 1975, doce municipios de su extrarradio decidieron unirse a ella. Conocida desde entonces como Metro Manila, en la actualidad es un conglomerado inabarcable que ocupa una extensión de 626 kilómetros cuadrados donde viven más de diez millones de personas. Por eso exhibe sus encantos bajo una pobreza endémica, devastadora.
Como ocurre en todas las urbes superpobladas, Metro Manila cuenta con varios centros, aunque el más representativo es el que ha crecido en torno a la primitiva ciudad de Maynila nombre que significa «hay nila», mangle que crecía a orillas del río Pasig y que servía para hacer jabón, bautizada Manila por Miguel López de Legazpi, en 1571.
Cualquier itinerario para visitar Manila ha de iniciarse en Intramuros, la vieja ciudad española mandada construir por Legazpi. Pese a que se concibió como plaza defensiva, la ciudad fue diseñada en cuadrícula, siguiendo los planes urbanísticos del Nuevo Mundo. Desgraciadamente, son pocos los vestigios que quedan de esta primera época. Mil veces destruida por los terremotos y los incendios, y otras tantas levantada, Intramuros fue definitivamente arrasada durante la II Guerra Mundial. De especial interés es la iglesia de San Agustín, construida por el soldado y arquitecto Juan Macías en 1586.
Tras sufrir numerosos avatares de toda índole, en 1973 el conjunto fue restaurado y el antiguo monasterio convertido en museo.
Frente a San Agustín se encuentra Casa Manila, fiel reproducción de una vivienda colonial española del siglo XIX. Pese a que en su interior se respira el aire solemne de un museo, es una digna muestra de las condiciones de vida de los españoles en esta parte del mundo. Al norte de Intramuros se levanta el fuerte Santiago, llamado así en honor a Santiago Matamoros.
El fuerte sirvió como cuartel general a españoles, británicos, americanos y japoneses, las cuatro potencias que han intervenido, en mayor o menor medida, en el destino de las Filipinas. Durante la II Guerra Mundial se convirtió en un lugar maldito, donde miles de personas fueron encarceladas, torturadas y ejecutadas por la policía militar japonesa, la temible kempeitai.
Reconstruido en 1950 como parque público, fue declarado Santuario de la Libertad.
Además de los baluartes de San Francisco y de San Miguel, cuya función era la de proteger el fuerte de los ataques de los piratas chinos, merece una visita el santuario de José Rizal, héroe nacional que estuvo aquí preso los últimos días de su vida. Si se desea caminar tras los pasos del libertador filipino hasta el lugar de su ejecución, en el amanecer del 30 de noviembre de 1896, basta con seguir las huellas pintadas en el suelo. Cualquier referencia a Rizal ha de acabar, no obstante, frente a la imponente estatua de su persona que preside el parque que lleva su nombre, también conocido como Luneta Park. El Parque Rizal, corazón de la ciudad, tiene un jardín japonés y otro chino, ambos muy interesantes.
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Terminado el recorrido por la Manila histórica, es recomendable visitar el colorista mercado de Quiapo, en el barrio del mismo nombre. Asentamiento tradicional de la colonia china, Quiapo ofrece al visitante todo lo imaginable, desde un puesto de verduras hasta un vendedor de toallitas para enjugar el sudor. Los precios no son fijos, por lo que conviene regatear.
En cuanto a museos, la oferta de Manila es amplia, si bien destacan el Metropolitan Museum y el National Museum. En el primero existe una soberbia colección de arte prehispánico. En el segundo se puede admirar parte del pecio del San Diego, galeón español hundido a la salida de la bahía de Manila a principios del siglo XVII.
Tras estas visitas, lo mejor es sentarse tranquilamente a contemplar el famoso atardecer de la bahía de Manila. Cualquier lugar cercano a Roxas Boulevard es bueno, incluso la misma acera de la avenida, aunque tal vez el mejor de todos sea The Manila Hotel, frente a Rizal Park.
La refinada decadencia de sus salones y terrazas, el estilo colonial de su arquitectura y su privilegiado emplazamiento sobre la bahía hacen de este exclusivo hotel el lugar ideal para admirar la puesta de sol más hermosa del planeta.
Si se está buscando una auténtica cena filipina a base de pescado o marisco, es recomendable dirigirse hasta el mercado de Parañaque, en cuyos aledaños existen numerosos restaurantes. El sistema consiste en comprar directamente la materia prima en el mercado, y luego llevarla a uno de estos restaurantes, donde la cocinarán a la manera tradicional filipina.
Pese a que el mercado de Parañaque está enclavado en un suburbio un tanto ruidoso por encontrase cerca del aeropuerto internacional Ninoy Aquino, la experiencia es siempre aconsejable.
Si se desea cenar respirando la brisa del mar, el mejor sitio es el Harbor View, al final del South Boulevard, en Luneta. El restaurante es un pantalán sobre la bahía de Manila, iluminado por cientos de bombillas de colores y servido por una corte de solícitos y simpáticos camareros tocados con pañuelos de piratas. El pescado, en especial el tanguigue, es exquisito.
Algunos de los rascacielos son sencillamente imponentes, comparables a los de Hong Kong o Manhattan. Otro tanto ocurre con los hoteles, los centros comerciales o de diversión, exponentes de un lujo exclusivo que nada tiene que ver con la realidad de la calle.
En caso de que la diversión se prolongue más allá de la medianoche, será recibido por numerosos taxistas, porteros y recepcionistas con un cordial «Buenos días». No se avergüence. Los filipinos, en especial los capitalinos, son absolutamente fieles a la tiranía del reloj.
Puerto Galera
Puerto Galera es lo más parecido al paraíso terrenal, si bien esta circunstancia no ha pasado desapercibida para quienes ven en el turismo una fuente de riqueza. No obstante, los resorts que han proliferado en la zona están perfectamente integrados en el medio natural, por lo que es una delicia pasar allí una noche. No importa que la luz eléctrica funcione sólo a ratos, o que el agua de la ducha, además de fría, sea tan salobre como la del mar.
Si se tienen arrestos, es recomendable viajar en jeepney una especie de autobús público muy popular en las Filipinas desde Puerto Galera hasta Calapan, la capital de Mindoro Oriental. Pese a que en muchos tramos la carretera no es más que una pista de tierra, el paisaje merece la pena.
Cascadas de agua cristalina, plataneros, palmerales y arrozales se suceden creando un entorno único capaz de reconciliar a cualquiera con el mito de las tierras vírgenes.
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Para apearse del jeepney basta decir: ¡para! Pese a que la música suene a todo volumen, los compañeros le darán el mensaje al conductor. No montar en un jeepney es imperdonable. No importa que en el asiento de al lado viaje un cerdo despiezado, o que el número de viajeros exceda la capacidad del vehículo. Y todo gracias al espíritu solidario del pueblo filipino.
Mindanao
El sur secesionista y de mayoría musulmana es la segunda isla del archipiélago en cuanto a extensión. Prolongándose por el grupo de las Sulu llega casi a tocarse con Borneo. Durante años la isla ha sido el escenario de constantes levantamientos de diferentes grupos étnicos, religiones, intereses comerciales y ambiciones políticas que han marcado y siguen marcando el día a día de sus habitantes. Mindanao sigue siendo la espina clavada del gobierno central, que no acaba de controlar la situación política, religiosa y étnica. Es por tanto una zona de cierta inestabilidad. Además constituye un paraíso para el visitante, con gran diversidad natural y paisajística, étnica, comercial y folclórica.
Cebú
La isla de Cebú está situada en el centro de las Visayas, el principal grupo de islas de las Filipinas, y es la novena en extensión del archipiélago.
La historia moderna de Cebú City, también conocida como la ciudad reina del sur, comenzó en marzo de 1521, cuando el marino portugués Fernando Magallanes desembarcó en nombre de la corona española en una villa de pescadores llamada Zubu. Pese a que el propósito de Magallanes era dar la vuelta al mundo, no olvidó la labor tanto colonizadora como catequizadora.
Del paso de los primeros colonos españoles queda la llamada Cruz de Magallanes, levantada por orden del explorador portugués en el lugar donde fue bautizado el primer filipino. Destaca también la Basílica Minore del Santo Niño de Cebú, cuya imagen es considerada como la reliquia más antigua de las islas Filipinas. Según cuenta la historia, la imagen del Santo Niño fue el regalo que Magallanes hizo a la reina indígena Juana el día de su bautismo, en marzo de 1521. De fecha más reciente es el Fuerte de San Pedro, construido en 1738 para defender la ciudad contra los piratas. El fuerte fue baluarte de los libertadores filipinos durante la guerra de Independencia contra los españoles, en 1898.
En la actualidad, es un parque histórico cuyos antiguos barracones forman parte del Museo Nacional. Otros puntos de interés de Cebú City son el Museo Casa Gorordo, residencia del primer obispo de la isla, y la calle Colón, la más antigua de las islas. Por último, es obligatorio mencionar el monumento en honor del jefe indígena Lapu-Lapu, que dio muerte a Magallanes en el lugar conocido como Punta Engaño, en la vecina isla de Mactan. Curiosamente, el Lapu-Lapu es hoy el nombre de uno de los pescados más populares.
Pero si es interesante la visita a la capital, aún lo es más viajar por esta tranquila isla de verdes y abruptas montañas, blancas playas y aguas de una limpieza que asombra desde el primer momento. Tomar un baño en cualquier playa de Cebú supone hacerlo en compañía de numerosos peces. El fondo marino está alfombrado por estrellas de mar y corales de vivos colores.
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Navegar en una banca, embarcación típica de las Filipinas, puede depararnos sorpresas tan gratas como la de encontrarnos con un cardumen de delfines o presenciar cómo el pez volador despega y aterriza a la par que la barca surca el límpido mar. No menos espectacular resulta viajar por tierra, ora por el mal estado de las carreteras, jalonadas por innumerables pueblos donde el tráfico es infernal; ora por la belleza del paisaje, un impresionante palmeral que en ocasiones adquiere el aspecto de una jungla.
Tanto en Bohol como en Cebú sorprende la cantidad de ciudades y pueblos con nombres españoles como Valencia, Antequera, Sevilla, Toledo City, Ronda, Alcoy, Asturias o Alcántara. Otro tanto ocurre con el folclore, la artesanía o la lengua. Las resonancias españolas del cebuano son innumerables: gwuapa (guapa); sarado (cerrado) o abri (abierto). Para colmo, una de las industrias principales de la isla es la fabricación de guitarras españolas, muy demandadas por el mercado japonés. Los cebuanos están orgullosos de su herencia cultural e histórica.
Boracay, el paraíso desconocido
Boracay está ubicada en el centro de ese mosaico de 7.107 islas que es Filipinas. Forma parte de la región de Visayas, el grupo de islas centrales del archipiélago y, por tanto, al refugio de los tifones, siendo prácticamente el apéndice norte de una isla mayor, Panay. De no ser por un equipo de filmación cinematográfico extranjero y por un alemán que escribió un libro relatando su excepcionalidad, quizás hoy sería una isla Robinson Crusoe más en el microcosmos del Pacífico y viviría sumida en el anonimato.
Pero tras despertar el interés tanto en la región de Asia-Pacífico como en determinados ámbitos de Occidente, Boracay es hoy un ejemplo inapelable de cómo deben inyectarse las comodidades que aporta el turismo sin que éste arrase todo su encanto. Ese turismo inocente, junto con las bondades de un clima cálido y unas características naturales excepcionales, hacen de Boracay el destino más exclusivo de Filipinas.
La llegada es ya de por sí una aventura: Boracay se encuentra a unos 400 kilómetros de Manila o, lo que es lo mismo, a una hora de vuelo bajo las nubes, hasta el extremo norte de Panay. La idea de la perfección que todos tenemos en la cabeza se vislumbra desde una avioneta que ofrece una vista aérea memorable del microcosmos filipino.
Una vez en tierra, hay que navegar unos 30 minutos adicionales hasta Boracay, a bordo de un barco autóctono sin quilla que permite descabalgar a los clientes a pie de playa, frente a los resorts situados en la White Beach o Playa Blanca. Esta playa inconmensurable, de cuatro kilómetros de largo, está considerada por distintas publicaciones internacionales como una de las cinco mejores del mundo. Y aunque esas verdades universales encierran siempre cierta subjetividad, no hay duda de que merece la distinción: la arena es blanca y fina, casi polvo, y el agua es fría, de color azul turquesa. Igual que en las postales.
Está sitiada por una barrera de árboles tropicales, predominantemente palmeras, que cobijan los pequeños y coquetos hoteles que se levantan a pie de arena. Hay unos 300 alojamientos de toda índole y precio en la isla.
Con habitaciones decoradas con bambú y maderas tropicales y estancias comunes abiertas en plena arena, los establecimientos más singulares y menos concurridos logran plasmar una atmósfera selvática imprescindible, pero con un nivel de confort y servicios óptimos. Bajo la sombra de las palmeras, con los pies descalzos sobre la arena y rodeados de calma, los clientes se benefician además de todas las comodidades que se ofrecen a la carta: masajes con aceite de coco al salir del agua, variadas combinaciones gastronómicas con pescados y mariscos recién capturados, la batería de cócteles con zumos naturales de piñas, mango, plátanos o leche de coco y actividades acuáticas de todo tipo.
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A pocos metros de la costa hay zambullidas con buena visibilidad y poca corriente, si bien las dos mejores, para submarinistas intermedios o avezados, se encuentran en la llamada Cueva de la Catedral y en Yapak, que acogen pronunciadas paredes submarinas de coral de hasta 65 metros repletas de fauna de considerable tamaño. Para buceo sin botella, hay incontables localizaciones cerca de la barrera de coral que rodea la isla, a unos 20 minutos en barco. La cara oeste, frente a la gran playa, es la más protegida.
Con mayor inestabilidad marina, las playas del sur y este de Boracay disfrutan de mayor tranquilidad. La playa de Ilig Iligan, situada en un entorno de vegetación densa, permite ver a grandes murciélagos autóctonos colgados de los árboles frutales; otras, como la de Diniwid, sólo se alcanzan a pie tras trepar escarpados caminos. Al igual que las dos situadas en el norte —Puka y Yapak—, cuentan con pequeños y contados restaurantes donde se come el pescado del día.
Ambas playas, ubicadas una a continuación de la otra, se hicieron famosas porque décadas atrás sus habitantes vivían de la venta de unas conchas blancas que se utilizaban para hacer collares y otras bisuterías.
Hoy, bajo la estampa de un enclave desierto, aún corretean sobre la arena y las conchas, por cientos, los cangrejos blancos de la orilla.
Boracay permite también algunas excursiones tierra adentro. Pueden realizarse a pie, en bicicleta o en moto. Hay una única y estrecha carretera que corta longitudinalmente la isla, con un tramo central que coincide con la playa principal y se convierte en un espectacular bulevar.
Las opciones no son muchas, acaso la montaña Luho con sus cien metros de altura y sus formidables vistas, o las cuevas de los grandes murciélagos del norte, a las que se accede por sinuosas sendas de tierra que enseñan los niños de las aldeas por unos pocos pesos.
Con todo, el verdadero atractivo de esos trayectos cortos y fáciles se encuentra en el paisaje y en las paradas en las pequeñas aldeas, repletas de vida básica y simpatía.
Cuando cae el sol, el deporte nacional es ver el pletórico y fugaz atardecer en la cara oeste de la isla, en cuyo paseo se desatan los decibelios y la guerra de cócteles. Es el momento de los paseos tranquilos sobre la arena, la compra de rarezas autóctonas y la música en vivo. Luego llega la cena al aire libre, con velas y ambiente relajado, antes de que la música y los bailes se apoderen de la noche.
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