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Introducción
Los complejos turísticos del archipiélago de las
Maldivas atraen al visitante con la promesa de ofrecerle "el
último paraíso sobre la Tierra". Quienes por
paraíso entiendan prístinas islas tropicales donde
se balancean las palmeras, playas de arena blanca y vistosas lagunas
color turquesa no se sentirán defraudados al visitar estas
islas. Asimismo, se trata de uno de los principales destinos para
los aficionados al submarinismo, que acuden atraídos por
la belleza de sus arrecifes de coral y la riqueza de su vida marina.
No obstante, no son aptas para mochileros con un bajo presupuesto
o para aficionados a la antropología que deseen viajar
de forma independiente y vivir a imagen y semejanza de los lugareños.
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En Maldivas, el turismo está controlado de forma escrupulosa;
las líneas directrices del plan de gestión turística
señalan el entorno submarino y el factor Robinson Crusoe
como sus principales atractivos, pero éstos se consideran
incompatibles con el turismo de masas, bajo presupuesto y a gran
escala. La falta de recursos locales obliga a importar una gran
parte de las necesidades del visitante, desde mobiliario a verdura
fresca, por lo que este destino no puede competir a nivel de precios.
La estrategia utilizada se ha basado en desarrollar un número
limitado de centros de calidad en cada isla deshabitada, libres
del tráfico, la delincuencia y el mercantilismo desenfrenado.
La estrategia turística de Maldivas pretende igualmente
minimizar los efectos perniciosos del turismo sobre las comunidades
musulmanas tradicionales. Los viajeros pueden realizar breves
visitas guiadas a los pueblos pesqueros, para luego regresar a
su centro contratado. La mayoría se sienten satisfechos
de poder entrever la vida y cultura locales, pero aquellos que
deseen permanecer más tiempo, o viajar a los atolones situados
fuera de las zonas de recreo, deberán argüir una razón
de peso y disponer de un permiso especial junto al aval de un
lugareño. Resulta difícil imaginar qué beneficio
podrían obtener las comunidades ajenas a las largas estancias
de un número incontrolado de turistas.
Las principales playas se encuentran en el Atolón Male
(norte y sur) y en el Atolón Ari. El resto de los atolones
goza, por supuesto, de espléndidas playas, pero no acoge
a turistas. Todas estas playas son de una arena blanca y suave,
con un mar azul de aguas cristalinas, palmeras meciéndose
al son de la brisa marina, y todas ellas prometen suculentos buceos.
A pesar de las similitudes entre las playas, los precios y los
servicios pueden variar.
Maldivas es reconocida a nivel internacional como un modelo de
desarrollo turístico sostenido respetuoso con el medio
ambiente.
Historia
Los primeros habitantes llegaron probablemente al archipiélago
desde Ceilán (Sri Lanka) y del sur de India antes del año
500 a.C. Los maldivos creen que una antigua raza llamada Redin,
devota al dios Sol, fue la primera en instalarse en Maldivas,
dejando una herencia de creencias referentes a malos espíritus,
o jinnis, que aún hoy se mantienen. Los Redin abandonaron
supuestamente el archipiélago en el siglo V a.C., o fueron
absorbidos por los budistas de Ceilán o los hindúes
de la India. Debido a que el material para edificar era limitado,
cada grupo erigió sus templos encima de los restos de los
habitantes anteriores. Por eso muchas mezquitas maldivas están
orientadas hacia el sol, y no hacia la Meca.
La conversión al Islam, en 1153, es una parte de la historia
maldiva que permanece oscura. Según la leyenda, un jinni
marino llamado Rannamaari pedía sacrificios de jóvenes
vírgenes en Male. Abu Al Barakat, un visitante árabe
norteafricano, sustituyó a una joven virgen en el altar
y expulsó al demonio leyendo el Corán, el libro
sagrado islámico. El rey maldivo se convirtió al
Islam entonces, y Abu Al Barakat pasó a ser el primer sultán.
Una serie de seis dinastías sultánicas se sucedió,
y cuando llegaron los portugueses en el siglo XVI, dos dinastías
regían el país: la Malei y la Hilali. Los portugueses,
ansiosos por ampliar sus rutas comerciales en el océano
Índico, obtuvieron permiso para edificar una fortaleza
y una fábrica en Male, pero pronto quisieron más,
y en 1558, el Capitán Andreas Andre llevó en marcha
una invasión portuguesa matando al Sultán Alí
VI. Andre gobernó Male hasta 1573, cuando un jefe local,
Mohammed Thakurufaan, derrocó a los portugueses.
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En el siglo XVII, Maldivas pasó a estar bajo la protección
holandesa y más tarde británica, pero ninguno de
los dos países estableció una administración
colonial. En 1860, los mercantes Bora que venían de Bombay
empezaron a adquirir el monopolio casi exclusivo del comercio
internacional de Male, y esto hizo que el Sultán Mohammed
Mueenuddin II firmara en 1867 un acuerdo con los ingleses para
garantizar la plena independencia de las islas. Subsiguientemente,
Maldivas se convirtió en un protectorado británico
y en su base militar.
A partir de la Consitución de 1932, los sultanes empezaron
a ser elegidos, hasta que en 1953 el sultanato quedó abolido
y una república fue proclamada con Amin Didi como presidente.
Pero este régimen no duró siquiera un año,
pues poco después el sultanato fue restablecido con Mohammed
Farid Didi elegido novegésimo-cuarto sultán de Maldivas.
Paralelamente, las Fuerzas Aéreas Británicas seguían
desarrollando sus bases militares en el país, contra las
cuales se sublevaron los habitantes de Addu y Suvadiva, quienes,
influenciados por las ideas británicas al mismo tiempo,
pidieron la independencia de sus pequeñas islas. En 1965,
Gran Bretaña reconoció la soberanía de las
islas y Maldivas pasó a ser una república independiente.
En 1968 un referéndum abolió nuevamente el sultanato
y una nueva república fue inaugurada con Nasir como presidente.
Pero pronto éste fue sustituido por el progresista Maumoon
Abdul Gayoom, sobreviviendo a dos golpes de Estado, en 1980 y
en 1988. En 1993 volvió a ser elegido. Los últimos
años se caracterizan por la creciente modernización
del país, pero el gobierno debe decidir entre la preservación
del mediombiente marino o la industria pesquera y el turismo masivo.
Entorno y medio ambiente
Las islas Maldivas están formadas por una cadena de 26
atolones coralinos situados al suroeste de Sri Lanka, y abarcan
754 km de longitud y 118 km de anchura. Las 1.192 islas coralinas
son tan diminutas que la tierra de secano supone menos del 4%
del territorio total del país. Algunas islas constituyen
meros bancos de arena deshabitados con una porción de matojos,
mientras que otras disponen de varios kilómetros y vegetación
abundante, de ahí quizá que su nombre, Maldivas,
deriva del sánscrito y significa "collar de flores".
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En general, las lagunas presentan un color azul brillante, con
asombrosos arrecifes de coral y una rica vida marina. Aunque la
estricta legislación sobre pesca y explotación comercial
ha mantenido el entorno marino en un estado de conservación
perfecto, en 1998 los arrecifes sufrieron los efectos de El Niño:
el aumento de la temperatura del mar durante dos semanas despojó
a los arrecifes de un alga simbiótica que provocó
el descoloramiento de los pólipos coralinos. Aunque esto
puede conllevar consecuencias desastrosas, la mayoría de
los arrecifes de coral de Maldivas salieron indemnes y parece
que ninguna especie marina se ha visto afectada. Los arrecifes
permanecen como el enclave idóneo para practicar el submarinismo
y el buceo con tubo, aunque hayan perdido temporalmente parte
de su belleza multicolor (un proceso cíclico que se superará,
según los biólogos marinos y los especialistas en
arrecifes).
En el resto de las islas, lo que se encuentra es mucho más
primitivo: pequeños pueblos de pescadores en los que sólo
el turismo ha supuesto un cambio para una vida que mantienen como
hace siglos. Para visitarlas es necesario un permiso del Ministerio
de Turismo.
De las doscientas islas habitadas del archipiélago, menos
de setenta están equipadas para el turismo, aunque el número
va en aumento. Cada una es un hotel, con todas las comodidades
imaginables y un jardín exuberante que forma la propia
isla y que no se tarda más de veinte minutos en recorrer.
Son hoteles peculiares, formados por habitaciones muy amplias
construidas a guisa de cabañas con materiales autóctonos
y diseminadas por la isla. Algunas están construidas sobre
el agua, elevadas sobre pilones y comunicadas con tierra por una
pasarela. En este caso, cada habitación tiene su propia
escalera hasta el mar.
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Por lo demás, existe un intenso tráfico marino
entre las islas, con turistas y lugareños visitando unas
y otras en los barcos que hacen las veces de taxis. En Maldivas,
el 99 % del territorio nacional es agua. Un agua impresionante,
de variados e intensos tonos azules que contrastan con el blanco
de las playas y el verde del follaje.
Se habla fundamentalmente inglés, y la moneda nacional
es la rupia aunque los dólares se aceptan casi sin excepción.
La oferta de restaurantes depende casi exclusivamente del hotel
de la isla. Algunos tienen dos, pero normalmente no tendremos
ninguna dificultad, ni opción, para elegir. La comida es
sobre todo india y oriental, además de la acostumbrada
comida internacional.
En la aduana suelen ser bastante intransigentes con la prohibición
de introducir figuras religiosas y bebidas alcohólicas,
que no obstante luego se sirven en el hotel sin ninguna restricción.
Como país musulmán, también están
prohibidos el Top-less y el nudismo. Es recomendable llevar un
repelente antimosquitos y un desinfectante para los cortes con
el coral. También un calzado de goma para no hacerse daño
con los arrecifes.
El turismo en las Maldivas está muy bien gestionado y con
visión de futuro. Se están ampliando las plazas
hoteleras, pero con suficientes precauciones para conservar las
condiciones que hacen atractivo el archipiélago: la superficie
edificada no puede superar el 20 % del total de la isla, debe
dejarse un margen de playa y la altura no puede sobrepasar la
de los cocoteros. Además, no pueden construirse hoteles
en las islas de los pescadores.
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A pesar de que muchas de las islas de mayor tamaño se
erigen como la representación perfecta de una fantasía
tropical rebosante de palmeras, la mayoría posee un suelo
arenoso pobre que únicamente permite el crecimiento de
una variedad limitada de plantas: bambú, pandanáceas,
plátano, manglares, árbol del pan, banyans, parras
tropicales y numerosos cocoteros. Las islas más extensas
y con mayor humedad albergan limitadas zonas selváticas.
Los principales cultivos se reducen al boniato, la batata, la
malanga, el mijo y la sandía, aunque algunas islas más
fértiles cuentan con árboles cítricos y piñas.
La fauna salvaje escasea; pueden verse murciélagos gigantes
de la fruta, lagartos de vivos colores y ocasionales ratas. Entre
los animales domésticos, figuran gatos, algún que
otro pollo, cabras y algunos conejos. La fauna más interesante
se encuentra bajo el agua. Con unas gafas de buceo y un tubo,
se pueden contemplar peces mariposa, peces ángel, peces
loro, rascacios, peces unicornio, trompeteros, pargos de listas
azules, ídolos moros, plectognatos y otras muchas especies.
Igualmente, los submarinistas podrán buscar animales de
mayor tamaño, como tiburones, pastinacas, mantas, tortugas
marinas y delfines.
En general, los monzones dividen al año en dos épocas
climáticas: de diciembre a marzo, los meses más
secos, cuando aparece el monzón del Noreste, o ruvai; y
de abril a noviembre, cuando el monzón del Suroeste, o
ulhangu, provoca un clima más húmedo, un mayor número
de tormentas y vientos fuertes ocasionales. La temperatura media
diurna se mantiene en unos 28ºC durante todo el año.
La humedad disminuye durante la temporada seca, pero generalmente
sopla una refrescante brisa marina.
Cultura
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Las fiestas tradicionales se han visto con frecuencia influenciadas
por la cultura occidental. Se puede escuchar a músicos
tradicionales tocando temas de Michael Jackson, por ejemplo, pero
sigue habiendo ceremonias que se han mantenido en su tradición,
como el principio y el final del Ramadán, que tienen un
toque maldivo distintivo. Existen tres periódicos diarios
en Maldivas y varias revistas; grupos musicales de rock y algunos
edificios modernos que a veces eclipsan las viviendas autóctonas.
No obstante, el folclore autóctono es bastante rico. El
«bodu beru» es un tambor grande que se toca en los
espectáculos y bailes más tradicionales. Los bailarines
empiezan con un ritmo suave, balanceando sus brazos, y se vuelven
más animados a medida que el tempo aumenta, acabando en
un ritmo casi frenético. En una orquesta hay de cuatro
a seis percusionistas, y los ritmos tienen fuertes influencias
africanas.
El islam es la religión nacional y todos los maldivos son
musulmanes suníes. Ninguna otra religión está
permitida, aunque algunas creencias ancestrales persisten, como
el miedo a los «jinnis», malos espíritus que
vienen del mar, de la tierra o del cielo, a los que se les hace
responsables de todo aquello que la ciencia no puede explicar.
Su fervoroso seguimiento del Islam les prohíbe consumir
cualquier tipo de bebida alcohólica, por eso si trae alguna
hasta este país le será requisada en el aeropuerto.
Por motivos religiosos está prohibido también hacer
topless en las playas.
Aunque los espectáculos de música y danzas tradicionales
no llegan a celebrarse a diario, existe una fuerte cultura divehi
contemporánea con gran capacidad de adaptación,
pese a las influencias extranjeras, que abarcan desde la filmografía
india a las artes marciales, pasando por Michael Jackson y el
fundamentalismo islámico. Las modas occidentales, la música
pop y los vídeos resultan habituales en la capital, pero
en las celebraciones públicas, como el comienzo y el final
del Ramadán, los festejos siempre mantienen las peculiaridades
maldivas. Existen tres periódicos y varias revistas en
la única lengua nacional, grupos de rock divehi y edificios
de plantas inspirados en la arquitectura de las construcciones
tradicionales del archipiélago.
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Bodu beru designa a un gran tambor que ha cedido su nombre a
la música y danza tradicionales más conocidas. Los
hoteles turísticos ofrecen interpretaciones de este en
las veladas dedicadas a la cultura local, que pueden resultar
un espectáculo refinado e interesante: los bailarines comienzan
con un lento balanceo de brazos que se va acelerando siguiendo
la cadencia, para concluir con un ritmo endiablado. Un conjunto
de bodu beru está formado por entre cuatro y seis percusionistas,
y el sonido cuenta con fuertes influencias africanas. Los grupos
locales de rock a menudo actúan en establecimientos turísticos
donde realizan convincentes versiones de éxitos de toda
la vida. Al tocar ante un público local, tal vez incorporen
elementos de bodu beru en su música, con mucha percusión
y largos solos de tambor.
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