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Historia
Las primeras huellas humanas en Kenia datan del 2000 a.C. de
tribus nómadas desplazadas desde Etiopía. Un segundo
grupo llegó en el 1000 a.C. y el resto están comprendidos
entre el 500 a.C. y el 500 d.C. Pero es a partir del siglo XV
cuando los portugueses comienzan a llegar a esta zona, especialmente
en 1498, al superar Vasco de Gama el Cabo de Buena Esperanza.
Y se establecieron allí hasta el siglo XVII, época
en que colonizan la zona. Aunque con el paso del tiempo, paulatinamente
los árabes de los sultanatos de Omán y Mascate fueron
adueñándose del control de las costas. Esta situación
se mantuvo hasta el siglo XVIII, en que británicos y germanos
se interesan en la zona este del continente africano.
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En el siglo XIX las guerras civiles entre los Masaii, después
de años de dominación europea provocaron las desavenencias
entre las tribus y trajeron consigo miserias y hambrunas. Esto
provocó la mediación de los ingleses para negociar
una tregua y construir el ferrocarril que unía Mombasa
y Uganda. A partir del siglo XX la colonización inglesa
cambia radicalmente el paisaje del país, ya que a partir
de 1950 se comienzan a construir grandes plantaciones de café
y la población sufrió un considerable aumento.
En 1952 una sociedad secreta kikuyu, los Mau-Mau, iniciaron un
levantamiento en contra del colonialismo que también iba
dirigido hacia los nativos que colaboraban con el gobierno colonial.
Esto provocó que se modificaran las estructuras del país
y que comenzara un proceso que culminaría en la independencia
de Kenia el 12 de Diciembre de 1963. A partir de aquí comienza
un periodo de estabilidad política y social en el país
que únicamente se ha visto alterado por un intento de golpe
de estado en Agosto de 1982, y que fue inmediatamente aplastado
por las tropas leales al presidente Arap Moi.
En Agosto de 1997 surgieron nuevos problemas de carácter
étnico. Pero fueron rápidamente solucionados y en
las últimas elecciones celebradas en diciembre de 1997,
Arap Moi volvió a ser elegido como presidente.
Nairobi
La capital es una ciudad cosmopolita con muchos lugares que no
deben dejarse pasar sin un vistazo. Por ejemplo, la zona centro
(o ´River Road´) es conocida por la gran variedad
de personas y ambientes que allí confluyen. También
se puede acudir para deleitar la vista al Museo Nacional, al Museo
Snake o al Archivo Nacional.
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Nairobi es el más claro ejemplo de la extraña mezcla
de la modernidad implantada en una sociedad primitiva de estructura
tribal. Junto al rascacielos se alza la choza arcana, y se impone
el lujo de la colonia diplomática a las urbanizaciones
de planes de desarrollo. Hay discotecas instaladas en los pisos
intermedios de las torres conviviendo con los mercados de artesanía,
donde el viajero puede realizar las mejores compras a precios
más asequibles.
La vegetación tropical, entre la que se abren paso las
grandes plantaciones coloniales de la zona centro del país
habitada por los kikuyu, la tribu más evolucionada y una
de las más numerosas, rodea la capital de Kenia.
Desde Nairobi se pueden visitar otros parques nacionales, pero
si se quiere descansar del safari es mejor tomar rumbo a Mombasa,
en la costa del Indico. Un romántico tren realiza el trayecto,
adecuado para los que buscan el cliché difundido por Hollywood.
Mucho más práctico y cómodo es tomar el avión
y desembocar directamente en los inmensos arenales blancos rodeados
de palmeras y sembrados de grandes hoteles.
Mombasa y reservas
Esta ciudad puede presumir de tener el puerto más largo
de toda la costa de Africa, el Parque Nacional y Reserva de Marsabit
así como la Reserva Nacional de Masai Mara, lugares donde
el viajero puede deleitarse observando el amplio territorio keniano
y su fauna.
Con sus mujeres envueltas en ‘bui-buis’ y sus mercaderes
de ojos claros que aún suspiran por Granada, esta isla
de Kenia bañada por el Índico personifica un África
diferente.
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En la estación de hierro forjado como una estación
de provincias del norte de Europa se puede oler todavía
el hollín de las locomotoras, pero Mombasa vista desde
un autobús a las diez de la mañana rumbo al Índico,
para recuperarse de una disentería ganada a pulso en el
lago Turkana, era sólo una ciudad agradable, repleta de
bazares hindúes, más relajada, más tranquila,
más pobre y menos miserable que la Nairobi a lo Charles
Dickens.
Mombasa quizá sea la ciudad más hermosa de África
Oriental. El lugar donde la leyenda situaba las míticas
Minas del Rey Salomón, pero sobre todo la tierra en la
que se halla el verdadero sabor del país de los swahilis,
bien lejos de las hordas de turistas que desprecian Mombasa, que
la cruzan apresuradamente para encontrar una tumbona en cualquiera
de los grandes complejos hoteleros en los que uno puede olvidarse
que está en África.
Mombasa es una isla aunque ya no lo parece. Un trasbordador la
une a la tierra firme de Kenia, a la que pertenece en apariencia,
pues en realidad Mombasa es la capital del Universo Mítico
que forma con Zanzíbar, Pemba y Lamu, las tierras de las
puertas labradas y el misterio de piedra.
El aire es caliente y húmedo y cargado de promesas, no
tiene nada que ver con el aire discreto y limpio de las tierras
altas, éste es un aire corrupto y desvergonzado que nos
arroja sobre el azul hiriente del Índico, que nos tira
a las costas de Mombasa como un oleaje de pecado. El transbordador
de Mombasa es el único paseo turístico que un blanco
no tiene que pagar en África. Por supuesto hay hombrecillos
que piden dinero al mzungu, nombre local para los guiris, pero
enseguida unos cuantos ciudadanos indignados protestan. Es gratis
incluso para los blancos.
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Éste es el espíritu de la honesta Mombasa, por
todas partes educadas señoras tapadas hasta los pies por
túnicas de colores y caballeros con gastados trajes advertirán
de numerosos peligros al viajero. Por todas partes se desviarán
de su camino para conducirle a las más diversas direcciones
y facilitarle los más variados encargos.
Mombasa no es peligrosa, no puede compararse en absoluto a Nairobbery,
la capital de los ladrones del norte, y sus habitantes hacen lo
que pueden para que siga siendo así.
Tierra de especias
En el antiguo puerto, una puerta azul resguarda del siglo XXI
a los tradicionales barcos de madera. Huele a clavo, a canela
y a la pimienta con la que las mujeres árabes adoban sus
guisos.
Las Mil y Una Noches están fuera, en las callejuelas estrechas
de la medina donde los vendedores ambulantes venden pichones asados
rellenos de especias y pasteles frescos que rebosan lujuria y
grasa. Las calles están muy oscuras, se ven bultos blancos,
son hombres que caminan cogidos de la mano, otros saludan desde
los soportales de las casas con las galerías de madera
labrada y las puertas de madera olorosa trabajadas con los dibujos
de Dios.
Amanece al otro lado de Dingo Road, el peculiar río de
asfalto que divide en Mombasa lo nuevo y lo viejo. A un lado están
los bancos, las tiendas de electrodomésticos y los ruidosos
clubes nocturnos de los que salen los últimos borrachos;
al otro, las avenidas limpias rodeadas de palacios que llevan
de nuevo hasta Fuerte Jesús, lo único que queda
aquí de los portugueses si es que queda algo. En la luz
dorada, unos cuantos hombres nadan delante del fuerte. Hay una
buganvillia entre los cañones tan sola en África
como debió sentirse el que la plantó.
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La ciudad vieja no acaba de despertarse hasta que llega el vendedor
ambulante de café. Se instala debajo de un sicomoro, un
árbol enorme, con aspecto de haber estado aquí siempre,
antes que el fuerte, antes que la ciudad. Los hombres con túnicas
blancas, un anciano de larga barba blanca tocado con un birrete
y dos hombres de manos regordetas vestidos con trajes occidentales
beben lentamente en una minúscula taza de porcelana que
el vendedor limpia cuidadosamente en su vestido para cada nuevo
cliente.
Al olor del café la ciudad vieja comienza a desperezarse.
Es la primera mañana del mundo. Mujeres muy blancas, espolvoreadas
con polvos de arroz y largos velos salen de sus casas llevando
de la mano a chiquillos pálidos con pantalones cortos y
uniformes de colegio inglés. Un mercader vestido de blanco
y con los ojos verdes regenta un bazar fabuloso donde se venden
todas las caracolas del mar y muchas de las conchas que adornaban
el vestido de Venus.
Mombasa, antes llamada Manfisa o Maabese, no tiene un nombre que
se deshaga en la boca. Pero el que la visita se queda para siempre,
o al menos hay algo de la ciudad que se va con uno y algo de uno
mismo que se queda en ella.
Lamu
Guardiana de la mejor cultura swahili y rodeada de playas desiertas
y espléndidos fondos marinos, Lamu es la otra cara de un
país más conocido por sus safaris y orgullosos masais.
A principios de los años setenta, la isla keniata de Lamu
era para muchos el Katmandú de Africa, un lugar de espiritualidad
completamente aislado de la civilización. Hasta estas remotas
islas llegaban hippies y aventureros en busca de su particular
paraíso terrenal. Lamu era entonces un lugar remoto y desconocido
del océano Índico que atraía poderosamente
a los viajeros porque conservaba intacta su milenaria cultura
y tranquila forma de vida.
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Tras los primeros hippies fueron las grandes estrellas del rock
y algunos distinguidos miembros de la jet set internacional los
que sucumbieron a su hechizo. El primero fue Mick Jagger, líder
de los Rolling Stones, quien eligió como refugio una apacible
isla de este archipiélago llamada Kiwayu que forma parte
de la reserva marina Kiunga Marine National.
A él le siguieron la también cantante Madonna, actores
como Richard Burton y políticos como Henry Ford. Hoy la
princesa Carolina de Mónaco y su familia pasan unos días
al año en una elegante mansión en primera línea
de mar.
La presencia de famosos no ha alterado la relajada vida de sus
habitantes —en su mayoría musulmanes— y a la
isla siguen llegando turistas amantes del submarinismo, la pesca
deportiva y el windsurf que desean pasar unas vacaciones exóticas
lejos del calor sofocante de Nairobi.
Lamu es una auténtica reliquia de la cultura swahili y
la ciudad más antigua de Kenia. Parece milagroso que haya
conservado sus originales edificios de piedra crolina y mezquitas
de más de 600 años de antigüedad, que dan a
la isla un aire romántico y medieval. En sus estrechas
callejuelas se mantiene viva la huella de los navegantes árabes,
persas, chinos, hindúes, portugueses y los traficantes
de esclavos que durante siglos la frecuentaron. Gracias a esta
mezcla de culturas, Lamu posee una extraordinaria personalidad
sólo comparable a la de su vecina Zanzíbar en el
litoral de Tanzania.
El escritor Javier Reverte, en su libro El sueño de África,
decía que «Lamu ofrece, viva y en la calle, su alma
swahili en estado puro, en la realidad de una sociedad integrada
y segura de sí. Su carácter tiene el aire de una
Utopía rescatada del pasado o de una Arcadia ideal».
El origen de su ciudad encalada se remonta a finales del siglo
XlV, cuando se levantó la mezquita de Pwani. La mayoría
de sus edificios datan del siglo XVIII y se construían
con materiales enteramente locales: piedras de coral para las
paredes, suelos de madera sustentados sobre bloques de mangle,
tejados de makuti y celosías bellamente trabajadas para
las ventanas. Las puertas y dinteles profusamente decorados han
dado trabajo a generaciones y generaciones de carpinteros.
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En este laberinto de calles estrechas y oscuras están
los comercios, los cafés, las mezquitas, las escuelas y
los mercadillos al aire libre. Como en cualquier bazar, los olores
de las especias embriagan los sentidos; huele a clavo, curry y
cardamomo. Una gran plazoleta a los pies del fuerte rodeada de
frondosos árboles es, como hace siglos, el corazón
de la ciudad. Los ancianos sentados en bancos de piedra juegan
con pasión al dominó y los vendedores extienden
sus mercancías en el suelo.
Un pasado cruento
Al igual que otras ciudades costeras del África Oriental,
durante el siglo XV la isla se enriqueció con el lucrativo
comercio de esclavos. En aquellos días de esplendor Lamu
alcanzó un grado de refinamiento que superaba a lo que
pudiera imaginarse en el continente europeo.
Los fastuosos palacios y las casas de los nobles estaban dotados
de precisos sistemas de conducción de agua y ventilación,
los baños tenían agua caliente y fría, en
los jardines se construyeron sofisticadas fuentes y había
hermosas saunas de paredes estucadas.
A finales del siglo XIX los británicos ponen fin al tráfico
de esclavos y Lamu comienza un periodo de decadencia. Sólo
la llegada de los primeros viajeros y algunas personalidades la
salvan de su inevitable ocaso.
A sólo dos kilómetros de Lamu, siguiendo un agradable
paseo que bordea el mar, se llega a la aldea vecina de Shela,
conocida por su idílica playa de Jadini y sus antiguas
mezquitas. Uno de sus lugares más conocidos es el hotel
Peponi, que en lengua swahili significa «lugar de reposo
y quietud».
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Al atardecer las gentes de la isla acuden a su terraza para contemplar
la magnífica puesta de sol y la danza de los faluchos que,
con sus velas triangulares henchidas por el viento, regresan en
comitiva al puerto de Lamu.
En ese instante mágico uno recuerda un sabio proverbio
swahili a tener muy en cuenta: «Haraka haraka haina baraka»,
es decir, «Deja para mañana lo que puedas hacer hoy,
y si es para más tarde, mucho mejor».
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