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Tierra de leyendas
Escocia cuenta con una serie de rasgos exclusivos, pero en realidad,
no existe ni un solo elemento que defina el país. Por el
contrario, se trata de toda una variedad de ingredientes que se
han ido añadiendo y combinando a lo largo de los siglos
para dar lugar a una mezcla inconfundible. Aquí podrás
tener una primera toma de contacto con estos ingredientes: el
pasado a menudo turbulento del país, el carácter
extraordinario de sus gentes, la gran diversidad cultural y muchos
otros elementos característicos que se encuentran en este
país y que han dado lugar a una nación que guarda
su pasado como un tesoro y anticipa su futuro con entusiasmo.
Deben de haber ya pocos lugares en el mundo donde no se penalice
viajar sin programa previo. Las compañías de transporte
y los operadores turísticos han reducido sus tarifas, al
tiempo que implantan condiciones tan draconianas que impiden cualquier
cambio de última hora en los itinerarios. Una de las excepciones
a esa realidad es Escocia. Las diferentes compañías
fomentan viajar con plena libertad. La tarjeta Freedom of Scotland
en sus diferentes modalidades es la más completa pero hay
otras, como las que ofrece Caledonian MacBrayne, que desde hace
más de 150 años controla el transporte marítimo
entre la Escocia continental y las Islas Hébridas.
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El archipiélago de las Hébridas es uno de los lugares
más salvajes y misteriosos de Europa. Hay más de
un centenar, pero sólo una veintena de islas están
habitadas por comunidades que se resisten a cambiar sus costumbres
o sus creencias. Aquí la lengua más hablada sigue
siendo el gaélico y la religión aún marca
el ritmo de los días. Salvo en las islas más cercanas
a la costa continental, en el resto no se promueve el turismo.
El forastero sólo es bienvenido si respeta las costumbres
locales. Además, el clima en esta parte de Escocia es tan
cambiante como inclemente.
El agreste país tiene muchas menos rutas y ciudades que
Inglaterra y mucha más naturaleza intacta. Por ser la capital
internacional del whisky, Escocia percibe tantos ingresos anuales
por el turismo como por la exportación de esta bebida.
A lo largo de todo el camino desde el sur, nunca se pierden de
vista el mar y el campo pegados, inseparables, copiándose
sus movimientos. En el mar se ven olas azules rompiendo contra
acantilados sobre los que siempre hay algún castillo misterioso.
En el campo hay olas de largos pastos verdes agitadas por el viento
como una inmensa cabellera verde que quiere imitar al agua.
No es difícil imaginar en estas colinas verdes a los bravos
soldados de polleras a cuadros, como los que lideraba William
"Braveheart" Wallace (Corazón Valiente), el líder
escocés que luchó contra el dominio inglés.
Si a esto le sumas pueblitos de ensueño con casas de madera
pintadas de tonos pastel junto a lagos interminables, bosques
que en otoño se tiñen de dorado y la intensidad
de una banda de cincuenta gaitas sonando juntas, puedes darte
una idea de lo que es Escocia. Se trata de un territorio con una
identidad absolutamente personal y diferente al resto de las islas
británicas.
Su costa caprichosa y salvaje muestra cómo los antiguos
glaciares tallaron la tierra hasta llenarla de lochs (lagos) y
firths (estuarios), estrechos, largos y muy profundos. El mar
escocés agrupa 186 islas pertenecientes a la tierra del
whisky. Entre lochs y firths hay montañas que bajan de
norte a sur, desde las Highlands (tierras altas), pasando por
las Central Lowlands (tierras bajas centrales) hasta las Southern
Uplands (tierras altas del sur). Los lochs son tan profundos que
se tejen especulaciones sobre algunos acerca de plesiosaurios
escondidos en su lecho abisal, donde nunca llegó el sol.
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En los valles, entre las montañas, están las ciudades
que supieron modernizarse sin perder el aire de barrio pueblerino.
Una buena recorrida por Escocia incluye un viaje triangular que
va de Edimburgo -señorial y distinguida, sobre la costa
este del Firth of Fouth- a Glasgow -moderna e industrial, sobre
la costa oeste del Firth of Clyde- y luego al norte, hasta la
encantadora Inverness -del otro lado de la cordillera de los Grampians-
entre el Moray Firth y el interminable Lago (Loch) Ness.
Desde los acantilados agrestes de Aberdeen hasta la moderna Glasgow
con sus amplias peatonales, Escocia es como un jardín permanente:
siempre verde, con poblados llenos de rosas y rodeados por campos
de golf surcados por arroyos de montaña con abundancia
de truchas y salmones. Hay bosques por todas partes, y colinas
donde aún se encuentran ciervos y faisanes muy buscados
por los aficionados a la caza. El límite norte de Escocia
son las islas Hébridas, Orcadas y Shetlands, donde prevalecen
los rasgos culturales normandos y escandinavos, la mayor producción
de pulóveres con guardas coloridas y campos de cría
de ponies peludos. Luego de atravesar estos bosques, llegar a
Inverness -la capital de las Highlands- es llegar a un lugar especial,
para quedarse. La parte antigua de la ciudad está hecha
para caminarla por sus peatonales, shoppings y pubs donde siempre
hay un ambiente alegre de vacaciones. En invierno, es un importante
centro de partida para excursiones de esquí.
Las islas Hébridas
Quien busque naturaleza en estado puro, sensaciones distintas
y paisajes sobrecogedores, no saldrá defraudado. En un
lugar así, es inútil y absurdo estar sujeto a un
programa. En las Hébridas, la sorpresa es continua y se
aprende rápido que no vale la pena luchar contra las circunstancias.
Aunque CalMac, como todo el mundo conoce a la compañía
marítima, tiene servicios a las islas desde varios puertos
a lo largo de la costa escocesa, Oban es su cuartel general. A
menos de tres horas de Glasgow en tren, atravesando alguno de
los paisajes más espectaculares de las Highlands, esta
ciudad es tan atractiva que podría ser un destino por sí
mismo. Pero la sola visión de docenas de barcos en su puerto
incita a los viajeros a abandonarla casi de inmediato.
Desde aquí se puede ir a Islay, la isla donde se producen
los mejores maltas de whisky; a Iona vía Mull, el lugar
más sagrado de los escoceses; a Tiree para perderse en
sus larguísimas playas de arena blanca; al puerto de Tobermory
con sus casas multicolores o a Lismore, la isla de los monasterios.
Aunque si se busca la última frontera, hay que salir hacia
las Hébridas exteriores. Se tarda cinco horas desde Oban
a Castlebay en la isla de Barra. Un lugar tan remoto que su población
sigue siendo católica, porque prácticamente se olvidaron
de ella cuando llegó el protestantismo en el siglo XVI.
El minúsculo puerto está protegido por el castillo
de Kisimul, residencia de los McNeil desde la Edad Media. Nada
parece haber cambiado en Barra desde que rodaron la película
Whisky galore en los años 50 para conmemorar uno de los
episodios más curiosos de la II Guerra Mundial: en su costa
embarrancó un barco repleto de botellas de licor de la
vida, que sus habitantes no dudaron en vender hasta que la noticia
llegó a oídos de las autoridades y media población
tuvo que dar cuenta a la Justicia. Todavía en los pubs
de la isla se pueden ver botellas vacías del AM Politician.
Barra se puede recorrer andando o utilizando la furgoneta del
cartero. Hay playas inmensas de aguas color turquesa que parecen
sacadas de un catálogo turístico del Caribe, aunque
aquí los únicos bañistas suelen ser las focas.
Desde las playas del norte, donde aterriza el avión de
British Airways, se ven las montañas de South Uist, la
siguiente isla en la cadena de las Hébridas.
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Se tarda dos horas en llegar a Lochboisdale, el único
sitio habitado en este paraíso para observadores de aves.
Desde allí también salen los autobuses que comunican
las diferentes islas Uist, ahora unidas a través de puentes.
En el camino se pasa por Bembecula, un lugar casi secreto habitado
por un millar de soldados. Al final de la carretera está
Lochmaddy, puerto rodeado de lagos y tierras pantanosas.
La siguiente isla hacia el norte es Harris, donde el barco es
el único medio de comunicación. Aquí se teje
el mejor tweed, el que se utiliza para confeccionar los kilt o
faldas escocesas. Dicen que la mejor forma de descubrir sus imponentes
paisajes es en bicicleta siguiendo la Golden Road, una ruta que
bordea lagos y fiordos encajonados entre altas montañas
para luego alcanzar las playas salvajes de Seilebost y Luskentyre,
en la costa este.
La ruta de las Hébridas Exteriores termina en Lewis, la
mayor de las islas, la más misteriosa y esotérica.
Su paisaje estepario está salpicado de monumentos megalíticos
como el círculo de piedras de Callanish. Dicen que en esta
tierra se guardan las raíces culturales escocesas más
auténticas. Sus gentes son ferozmente conservadoras y religiosas.
Stornoway, su capital, es la única población de
cierta importancia en el archipiélago; un lugar insólito
y extraño, donde es posible encontrar ese tipo de personajes
que hacen que un viaje resulte inolvidable. Desde su puerto, CalMac
llega a Ullapool, una de las entradas naturales a las tierras
altas de Escocia y la capital de la pesca de la cigala.
La tierra de los lagos
Hay montañas mucho más altas y lagos infinitamente
más extensos, pero nada es comparable a la sensación
que se recibe al adentrarse en uno de los míticos glens
o valles de las Highlands. Cada uno tiene su historia y su propia
idiosincrasia pero en todos se tiene la extraña impresión
de atravesar esa línea invisible que separa la realidad
de la imaginación. Da igual que sean enormes o minúsculos,
son casi siempre tan estrechos y dramáticos que parecen
gigantescos. Y en lo más profundo, al final de laderas
intensamente verdes, nunca falta ese lago que se encadena con
otro lago y que de forma imperceptible puede transformarse en
ría, para terminar desembocando en la inmensidad del océano
Atlántico. No resulta extraño que en Escocia se
utilice la misma palabra —loch— para describir cualquier
masa de agua encuadrada en un valle, ya sea dulce o salada.
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No hay historia o leyenda en esta tierra que no esté relacionada
con un loch, casi siempre tan envuelto en brumas y misterio, que
de forma casi natural termina poblado por monstruos y fantasmas.
El más famoso es Loch Ness, donde ya nos cuenta San Adamnan
en su biografía del siglo VII cómo el evangelizador
de la antigua Caledonia tuvo que enfrentarse en medio del lago
a un monstruo con forma de serpiente, que intentaba atacar a uno
de sus monjes. Todavía hoy el lugar despide un halo inexplicable
y, por muy escéptico que se sea, es imposible no otear
el paisaje buscando a Nessie u otra criatura sobrenatural.
El Lago Ness forma parte con otros tres lagos del Gran Glen, una
inmensa falla natural de origen glaciar que corta diagonalmente
el país. Desde principios del siglo XIX y gracias a una
descomunal obra de ingeniería se ha transformado en una
privilegiada vía marítima —Caledonian Canal—
que une el norte del país con el sur, sin necesidad de
circunnavegar las peligrosas aguas del Cabo de la Ira. Tanto la
travesía en barco, como en bicicleta o incluso andando,
da la oportunidad de conocer de cerca los misterios de estos lagos.
Aunque menos conocidos, tanto Oich, Lochye como Linnhe albergan
criaturas tan extrañas como el popular Nessie. Es también
una zona llena de castillos, como el inquietante Urquhart, testigo
de muchas de las grandes batallas de la historia de Escocia.
Esta ruta permite conocer dos de las principales poblaciones de
las Highlands: Inverness en el norte y Fort William en el sur,
rodeada de las cimas más altas, incluido Ben Nevis al que
se puede subir por funicular. En esta última es importante
visitar el West Highland Museum donde se explica de forma didáctica
la cultura de esta parte de Escocia, centrada desde tiempos remotos
en la relación entre los clanes y la lengua gaélica;
la importancia de su vestimenta, el origen de los tartanes y del
kilt. Un material que desde el siglo XIX ha servido de inspiración
para todas esas obras literarias que dieron a conocer el lado
más romántico de esta región.
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No hay que irse de esta zona sin acercarse a Loch Morar, un lago
remoto, casi inaccesible, en cuyas profundas y oscuras aguas vive
Morag, un monstruo casi tan popular como Nessie pero aún
más temible y pavoroso si hacemos caso de los testimonios
de Duncan McDonnell y Bill Simpson, dos pescadores que lo avistaron
en 1969. En las inmediaciones se encuentra la playa de Cambusdarach,
principal escenario de la película Local Hero y una de
las mejores de la costa oeste.
Aunque cada viajero termina encontrando su loch favorito hay algunos
tan impresionantes que resultan irresistibles. Uno de ellos es
Loch Maree, entre Kinlochewe y Gairloch, salpicado de islas donde
se esconden tumbas vikingas perfectamente conservadas. Loch an
Eilean, en medio del bosque de pinos de Rothiemurchus, es perfecto
para recorrerlo a pie a través de un sendero de cinco kilómetros
que rodea sus orillas. Si se busca, en cambio, uno donde además
se pueda pescar, pocos pueden competir con el fantasmagórico
Loch Arkaig. A sólo 25 kilómetros de Fort William,
está situado en un paraje recóndito relacionado
con brujería, como lo demuestran nombres como Witches Pool
(La charca de las Brujas) o Dark Mile (La milla oscura).
Pero si se busca un lugar verdaderamente alejado del ruido, donde
lo sobrenatural supera de lejos cualquier escenario conocido,
hay que buscar Loch na Beiste, entre las rías de Loch Broom
y Loch Ewe. Uno de sus propietarios en 1840 intentó en
vano vaciarlo para encontrar a la bestia pero circunstancias misteriosas
le hicieron desistir de su propósito. Es un lugar fantástico
donde, gracias a la cálida corriente del Golfo, pueden
crecer palmeras y otras especies subtropicales como lo demostró
Osgood Mackenzie en los fastuosos jardines de Inverewe, a dos
pasos de allí, que se pueden visitar durante todo el año.
Edimburgo, la capital
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Lo mejor que te puede pasar al llegar a Edimburgo es encontrarte
a un gaitero vestido con pollera kilt y pompones en las medias
tocando una canción militar en algún portal medieval
de piedra torneada.
Pero lo mejor es llegar a Edimburgo en agosto y ver el desfile
militar Military Tatoo del Festival de Arte Internacional, en
el que todos los vistosos regimientos escoceses te hacen bailar
con la música de sus bandas y danzas folclóricas.
Si, en cambio, llegas en invierno, vas a sentir en la cara uno
de los fríos más rigurosos de Europa con un viento
marino húmedo de los que congelan las orejas. Buen momento
para comprarte en Princess Street una bufanda de auténtica
lana Cashmere o Shetland con los colores de kilt que identificaban
a los clanes tradicionales. Y así de abrigado, salir por
las callecitas empedradas tratando de adivinar de cuál
de sus pubs forrados en madera y cuero sale el aroma a guiso y
especias que indica que hay un delicioso haggis (puchero de cordero)
cocinándose a fuego lento.
Laberínticos caminos suben y bajan hasta llegar a la zona
comercial de la Royal Mile (Milla Real), como se conoce a la sucesión
recta de calles que unen al Castillo Real con la Abadía
de Holyrood.
A los pies del castillo se extienden los cuidados jardines de
Princess Gardens, limitados por la Princess Street, principal
arteria comercial de la ciudad moderna con una fuente de hierro
que cuenta su propia historia en un cartel: era el lugar donde
quemaban a las brujas.
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En el Scotch Whisky Heritage Center te explican, en una visita
guiada en toneles con rueditas, todo el proceso de elaboración
del aguardiente de cebada que hizo famosas a estas tierras. Ahí
cuentan que la palabra whisky deriva de Uisgue Beatha o agua de
vida (aquavit), como se llamaba al producto que empezó
a fabricarse en 1494 en manos de cirujanos que lo necesitaban
para anestesiar a sus pacientes. La recorrida finaliza catando
maltas diversas. Luego puedes seguir recorriendo esta ciudad hermosa,
con palacios de los siglos XVI y XVII, bordeando sus calles, la
catedral famosa por ser el templo del reformista John Knox, y
las casas de ropa de artículos importados de la India,
mezclados con pubs que venden la espesa Stout y distintos ales
(como le dicen allá a la cerveza).
Si te gustan las historias de terror, después del atardecer,
puedes apuntarte en los tours nocturnos a pie en que recorren
zaguanes y galerías oscuras a la vez que se narran escalofriantes
historias de crímenes y fantasmas que aún recorren
la ciudad. El susto está garantizado al ver largas sombras
proyectándose sobre las escalinatas solitarias de piedra.
Luego de esto conviene reponer energías en el Jackson´s
Restaurant o algún otro de sus cálidos y abarrotados
pubs, probando salmón ahumado seguido del famoso haggis
que te venía tentando con su aroma desde el comienzo del
día.
En la ciudad se distinguen claramente el casco antiguo, que abarca
desde la roca en la que se enclava el Castillo hasta el final
de la Milla Real y la parte moderna.
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Empezó a desarrollarse en el S. XII, después de
convertirse en burgo real. Pero hasta el S. XV no se le reconoció
como capital de Escocia, en la época de Jacobo II, quien
la fortificó y ubicó en ella su parlamento.
Con un estilo arquitectónico de los siglos XVIII y XIX,
entre los que se cuela la Edad Media por estrechos callejones,
la capital de Escocia parece haber podido sortear las modernas
estructuras de acero, vidrio y hormigón. Palacios victorianos,
tenebrosas iglesias de piedra negra, museos de arte y el legendario
Castillo de Edimburgo donde se atesoran las antiguas joyas de
la corona escocesa.
Edimburgo tiene algo de lúgubre y de señorial. Se
la considera una de las ciudades más hermosas de Europa,
y debido a su singular aspecto no se la puede comparar con ninguna
otra. Al avanzar por la calle Royal Mile se descubren elegantes
edificios de cinco o seis pisos –algunos doblemente centenarios–
construidos con enormes bloques de piedra al desnudo. La mayoría
de las iglesias exhibe ese rugoso reborde de la piedra sin pintar,
que se oscurece con los siglos y la humedad. El color negro de
sus paredes otorga un toque tenebroso al ambiente, donde priman
las iglesias negras de cúpulas puntiagudas, y el color
ocre de la piedra rústica. Y sin embargo, Edimburgo mantiene
inalterada su aura señorial, e incluso romántica.
A la vuelta de cualquier esquina del Old Town nos topamos con
estrechos callejones medievales. En cambio, el New Town mantiene
casi intacta su arquitectura del siglo XVIII, conformando el mayor
barrio europeo de estilo georgiano (siglos XVIII hasta comienzos
de XIX), que se impuso cuando la ciudad era una de las capitales
intelectuales del mundo occidental. Sin embargo, la arquitectura
que impera en Edimburgo es de estilo victoriano: grandes palacios
de cúpulas cónicas color verde, adornados con estandartes
reales y elevadas torres reloj.
La ciudad –particularmente pequeña– tiene 16.000
edificios catalogados oficialmente como de “importancia histórica”,
y en el extenso casco céntrico no hay una sola construcción
moderna que rompa la armonía estética. Edimburgo
es, básicamente, una ciudad del siglo XIX.
La Royal Mile
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Ubicada en el centro del Old Town, esta calle histórica
señala el corazón de la ciudad. Nace en el deslumbrante
Palacio de Holyroodhouse, que aun funciona como residencia oficial
de la reina en Escocia, y conserva una abadía del siglo
XII rodeada de hermosos jardines. A medida que se asciende por
la Royal Mile, en dirección a la colina del Castillo de
Edimburgo, se descubre que a los lados se ramifican estrechos
callejones medievales. El primer gran edificio que aparece es
la misteriosa catedral de High Kirk of Saint Giles, que en su
interior alberga una capilla decorada con estatuas de madera donde
sobresale un ángel tocando la gaita.
Más adelante, a mano izquierda, nace un callejón
llamado Brodies Close en honor al ignoto Francis Brodie, cuyo
hijo William era un respetable comerciante y carpintero que se
dedicaba a la buena vida y durante la noche oficiaba de ladrón.
En 1788 el cambiante Will terminó ahorcado públicamente
en el patíbulo para ajusticiar criminales que había
construido él mismo, y su mala fortuna inspiró a
otro célebre habitante de la ciudad –Robert Louis
Stevenson– para escribir El extraño caso del doctor
Jekyll y Mr. Hyde.
Poco antes de llegar al castillo está el Scotch Whisky
Heritage Centre, donde el visitante es transportado sobre un barril
en un recorrido a través de los 300 años de historia
de la famosa bebida escocesa, durante el cual se puede ver una
pequeña destilería y un holograma con la imagen
de un “maestro mezclador” que explica la fórmula
del whisky. Por supuesto, al final espera la degustación
de rigor. Pero quien desee beber whisky en un verdadero bar histórico
sólo tiene que bajar unos metros por la calle hasta llegar
al Ensign Ewart, uno de los pubs más antiguos de la ciudad,
que existe desde 1690 y también ofrece comida y música
tradicional.
El castillo del origen
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Algunas iglesias tienen al frente un cementerio, donde sobresalen
del pasto ilegibles epitafios tallados en piedra, bajo las ramificaciones
de los árboles sin hojas. Las gaviotas y unos pájaros
negros sobrevuelan los oscuros edificios, y el panorama incluye
un contexto de colinas circundantes que determinan la irregularidad
de las calles. Hacia el sur se divisa una extraña meseta
rocosa con una pronunciada inclinación, y al oeste, donde
termina la Royal Mile, se levanta en lo alto de una colina de
roca volcánica, el legendario Castillo de Edimburgo, que
atesora los testimonios de deslumbrantes coronaciones, y cuyos
muros resistieron sangrientos asedios y encubrieron las traiciones
más viles.
En la colina volcánica sobre la que se erige el Castillo
de Edimburgo está el origen de lo que hoy conocemos como
Escocia. Para los escoceses tiene un valor simbólico enorme,
ya que fue la residencia de su monarquía y aún guarda
las joyas de la corona; para los visitantes es el rasgo más
personal de la ciudad de Edimburgo, la nota predominante de su
silueta y el lugar desde el que obtener algunas de las mejores
vistas de la ciudad.
En cualquiera de los casos puede satisfacerse la curiosidad, ya
que el Castillo permanece abierto todos los días del año
excepto los 25 y 26 de diciembre. Hay que tener en cuenta que
es uno de los monumentos más concurridos en Reino Unido,
y que en temporada alta puede estar más masificado de lo
que cabría desear.
La visita dura unas dos horas. En un recorrido rápido es
imprescindible la sala donde se guardan las joyas de la corona
y la Piedra del Destino. Sobre ella fueron coronados todos los
monarcas escoceses hasta que los ingleses la «secuestraron»
en la abadía de Westmister en 1296. Escocia no recuperó
su piedra hasta 700 años después.
Existe evidencia de que hace ya 2000 años los altos de
esta colina funcionaban como una posición de fuerza. En
la actualidad, un foso rodea los elevados muros del castillo,
al que se ingresa cruzando un arco almenado y un gran portal de
madera donde montan guardia dos estatuas de hierro de caballeros
medievales. Inmediatamente se transita por las empinadas calles
empedradas que suben y bajan surcando este microcosmos amurallado,
un laberinto de escaleras y recovecos que conducen a patios internos
y largas balconadas con cañones apuntando hacia el mar.
En el castillo hay museos de armas antiguas, un cementerio de
perros de los caballeros medievales, un gran cañón
con balas más grandes que una pelota de básquet,
húmedas mazmorras y las famosas joyas de la corona.
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A lo largo de la historia, Edimburgo fue codiciada por diversos
reyes enemigos que siempre quisieron tenerla bajo su dominio.
Millares de hombres dieron la vida por ella, de un lado y del
otro de los muros del castillo, defendiendo milenarias lealtades
y las sagradas joyas que resguardaba. Seducidos por el esplendor
y la importancia política de la ciudad, casi todos los
grandes monarcas ingleses tuvieron a Edimburgo entre sus manos
alguna vez, y se la disputaron como el mayor tesoro de la isla
de Inglaterra.
Eduardo I ocupó el castillo en 1276, y la armada escocesa
lo recuperó en 1313, cuando el Conde Moray escaló
las escarpadas rocas y muros con apenas 30 hombres. Durante las
guerras anglo-escocesas, el castillo cambió de signo muchas
veces, y durante la Guerra Civil, Cromwell lo capturó luego
de atacarlo a cañonazos durante tres meses. En 1745 fue
por última vez el escenario de una batalla, cuando Bonnie
Prince Charlie fracasó en su intento de conquistarlo. El
cetro, la corona, la espada y el castillo mismo fueron siempre
la excusa y el medio. La razón de tanto vaivén era
la ciudad, deseada, buscada y añorada como la joya más
fina de la corona británica.
Inverness
Un antiguo castillo que corona la ciudad se ilumina por completo
a la noche: en él funciona la actual Municipalidad. Del
otro lado del río, un puente cruza a los suburbios de casitas
bajas cuyos dueños compiten por quién tiene el jardín
más cuidado y las rosas más perfumadas. Es aquí
donde se encuentran los mejores Bed & Breakfast. Hay agencias
de turismo en toda la ciudad, en las que se puede contratar una
camioneta o minibus con guía incluido para descubrir los
secretos de este lugar fascinante. Te darás cuenta que
el Lago Ness no tiene fin: es una postal interminable de bosques
y montañas reflejados en sus costas azules. En el camino
te muestran una destilería de whisky y una hilandería
del típico tejido de kilts, el museo de Nessie, el monstruo
del Lago Ness -que muchos juran haber visto u oído- , y
un maravilloso castillo de Urquhart, del siglo XII, al que se
llega en barco porque está estratégicamente ubicado
en una península sobre el lago.
Paisaje otoñal
Siente la mayoría que la mejor época para visitar
Escocia es el otoño, por la escasez de lluvias y por los
paisajes dorados en la ruta hacia las Tierras Altas.
Alerces, abedules, pinos de variedades infinitas emergen en las
carreteras en una gama sinfónica de colores rojos y amarillos
que, junto a montañas y ríos, dan al paisaje un
realce especial, irrepetible en otras épocas del año.
Clave es para los escoceses el agua de las vertientes y cascadas,
cuya calidad especial sirve para fabricar su whisky. Al mezclarla
con la cebada, obtienen la malta fermentada, que después
de un largo proceso de destilación se transforma en ese
alcohol fuera de serie.
Glasgow
Tras medio siglo de abandono y decadencia, la que fuera segunda
ciudad del Imperio Británico ha vuelto a recobrar parte
de su pasado esplendor. En la última década no ha
dejado de reinventarse a sí misma a través de todo
tipo de proyectos, que la convierten ahora en Capital de la arquitectura
y del Diseño. Glasgow sigue siendo una ciudad apartada
de los grandes circuitos turísticos, que arrastra el tópico
de población industrial de escaso atractivo cultural.
A diferencia de Edimburgo, que cautiva desde el primer momento,
Glasgow puede resultar en principio áspera, caótica
y desconcertante, sobre todo si se llega por carretera. Por eso,
la mejor forma de conquistarla es a través del tren. Da
igual que se utilice Central Station, donde llegan los trenes
procedentes de Londres, o Queens Station, comunicada con Edimburgo.
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Las dos están en el corazón de la Merchants City,
el elegante barrio que construyeron los grandes magnates del tabaco,
el azúcar y el algodón hace casi dos siglos. Docenas
de inmensos edificios de piedra roja o dorada todavía compiten
en esplendor y grandilocuencia. Recientemente renovados, han cambiado
sus inquilinos pero mantienen su impresionante presencia.
Ninguno rivaliza sin embargo con el Ayuntamiento, donde no se
escatimaron gastos. El interior parece una conjunción de
varias basílicas romanas, con el mayor despliegue de mármoles
semipreciosos de Gran Bretaña.
Glasgow es un lugar de enormes contrastes y continuas sorpresas.
En la misma Merchants City hay restos de pobreza y total abandono,
pero también palacios y oficinas, y un edificio en forma
de templo griego construido a finales del siglo XVIII, transformado
ahora en el GOMA, un chirriante museo de arte moderno que podría
confundirse con un salón de juegos para adolescentes del
siglo XXI.
El mestizaje es continuo y permanente. Más de la mitad
de la población es de origen irlandés, máximos
seguidores del Celtic. La comunidad pakistaní es enorme,
como lo demuestran las cada día más abundantes mezquitas,
incluida la Central, donde se puede ver una exposición
sobre arquitectura islámica.
Tarde o temprano el visitante termina cruzándose con el
río Clyde, el alma de la ciudad. Aunque ya ha perdido gran
parte de su importancia económica, sigue siendo su eje
central y comunicación directa con el mar.
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Todavía se puede coger, desde uno de los antiguos muelles,
el Waverley, un barco de vapor a ruedas, para visitar islas como
Bute o Arran. Quedan muchos descampados en el camino, pero ya
comienzan a dar frutos los planes de recuperación de esta
vía fluvial.
El edificio más emblemático de la ciudad es el Armadillo,
una espectacular sala de conferencias y conciertos diseñada
por Sir Norman Foster que recuerda a la ópera de Sidney,
aunque metalizada.
Lo imperdible
El Cristo de Port Lligat de Dalí, en el museo de arte
religioso.
Interesante resulta también la catedral gótica de
San Mungo. A los amantes de la botánica les sorprenderá
la extensa colección de orquídeas del Jardín
Botánico. Para los incondicionales de los museos y las
obras de arte: la Burrell Collection y la colección de
pintura española en la Pollok House.
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