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Una ciudad cosmopolita
Fundada en 979, su vocación cosmopolita la convirtió
en sede del parlamento europeo y de la OTAN. Además aquí
se asientan otros mil organismos internacionales.
Ostenta el tercer puesto por el número de congresos internacionales
que acoge y es el séptimo mercado financiero del mundo.
Todo ello hace que sea muy difícil sentirse extranjero
en Bruselas. Un vistazo a su cartelera lo confirma. Junto a los
estrenos en francés, neerlandés, inglés y
alemán menudean los cines que proyectan películas
en holandés y danés.
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El corazón de Bruselas se recoge en un pentágono
de vías rápidas, más o menos coincidentes
con las antiguas murallas de la ciudad. En su centro está
la Grand Place, una de las más bellas del mundo. Bordado
hecho piedra, dicen los belgas. Todos sus edificios son históricos.
Contemplarlos desde cualquiera de sus caberdouches o típicos
cafés es ejercicio obligado. Muy cerca está el Manneken
Pis, símbolo de la ciudad.
Su vocación cosmopolita hace que se acomode a los gustos
e intenciones más dispares. Puede realizarse un recorrido
por sus edificios modernistas más emblemáticos,
presididos por la inexcusable Horta House, de la calle Americana.
O se puede elegir la ruta del cómic, no en vano Bruselas
se autoproclama capital mundial del cómic. El punto de
partida de este paseo no puede ser otro que el Centre Belge de
la Bande Dessinée.
El centro de la zona histórica es la Grand Place, Patrimonio
de la Humanidad por la UNESCO, flanqueada de pintorescos edificios
construidos en el barroco del norte de Europa en el siglo XVII
como residencia para enriquecidos burgueses. Entre éstos
destaca el Ayuntamiento, considerado como uno de los edificios
más bellos de Europa. De esta plaza, especialmente bella
bajo la iluminación nocturna, surgen multitud de callejuelas
con nombres de antiguas actividades comerciales que muestran claramente
sus orígenes medievales. En una de estas callejuelas encontramos
el famoso Manneken Pis, una pequeña estatua de un niño
orinando en una pequeña fuente que se ha convertido en
el más famoso y reconocible símbolo de la ciudad.
Esta simpática figurilla posee más de 500 trajes
con los que se engalana en muchas ocasiones.
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Una de estas callejuelas medievales conduce a la catedral gótica
de San Miguel, construida a partir del siglo XIII y que alberga
preciosas vidrieras. Otras plazas destacadas son la neoclásica
Place Royale, donde se encuentra el Palacio Real, y la de Grand
Sablon, elegante punto de encuentro con multitud de restaurantes
y cafeterías que los sábados y domingos por la mañana
acoge un mercadillo de antigüedades donde se pueden encontrar
gangas.
Pero Bruselas no sólo es Edad Media. Entre los siglos XIX
y XX la ciudad se llenó de edificios y casas construidas
en el hermoso, elegante y altamente decorativo modernismo. Destacan
las diseñadas por Víctor Horta -cuyo museo, ubicado
en su casa, es un perfecto compendio del arte nouveau, con bellos
muebles, lámparas y techos-, la casa Hallet y los hoteles
Solvay y van Etvelde. El homenaje al átomo y al progreso
científico, la famosa estructura de hierro del Atomium
es, con permiso del Manneken Pis, uno de los símbolos de
Bruselas.
Donde beber cerveza es un arte
En muchas ciudades del mundo se le rinde culto, aunque ninguna
puede rivalizar con la pasión que siente la capital de
los belgas por esta bebida.
Bélgica es el único país en el mundo donde
se puede estudiar de forma específica el arte de servir
una cerveza. Los propietarios de las grandes brasseries tienen
que pasar por el Office Belge de l'Art de Servir la Bière,
donde se enseña meticulosamente cómo tratar cada
una de las decenas de variedades que se producen en este pequeño
país europeo.
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De todos los colores: blanca, roja flamenca, morena añeja,
ámbar, rubia dorada, roja cereza, naranja dulce. En Bruselas
se pueden probar cervezas de todos los colores. Cada una tiene
un sabor distinto y se suele beber en un tipo de vaso o copa diferente.
También hay que distinguir las de alambique lambic, las
de las abadías, las que solían hacer los trapenses,
las de fermentación alta, baja o espontánea. En
la cervecería Moeder lambic (rue de Savoie, 68) ofrecen
más de mil marcas distintas. En H2 0 (rue du Marché
au Charbon, 27), que tiene una decoración post industrial,
se pueden probar las cervezas más duras, indicadas para
los amantes de lo heavy.
Museos de la bebida nacional
Cualquier recorrido turístico por Bruselas tiene que comenzar
obligatoriamente en la Grand-Place, más aun si se trata
de una ruta cervecera. Entre los 20 museos dedicados a esta bebida
nacional, el más importante y entrañable está
en el número 10 de esta joya urbanística, detrás
de la noble fachada de la Casa Gulden Boom. Allí tiene
su sede, desde tiempo inmemorial, la Confédération
des Brasseries de Belgique, que mantiene un curioso museo dedicado
a la cervoise, que es el nombre tradicional que tenía en
la Edad Media. Allí, mientras se saborea una cerveza, de
la que no se dice el nombre, se viaja en el tiempo desde una fábrica
al estilo del siglo XVII, regida por monjes, a una ultramoderna,
donde se puede contemplar cómo se elabora hoy. Antes de
dirigirse a los otros museos como el Musée Schaerbeekois
de la Bière (Av. L. Bertrand, 33) hay que explorar las
distintas brasseries de la recién renovada Grand-Place,
ayudados por el espíritu de St. Arnould, patrón
de los cerveceros. La más característica es Le Roy
d Espagne, conectada sentimentalmente a nuestro país desde
la época del rey Carlos, pero hay otras curiosas, como
Bierkleder, donde se puede pedir cerveza y música a la
carta desde las seis de la tarde.
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Muy cerca de allí, atravesando la elegante galería
comercial de Saint Hubert, de 1847, se llega a la rue Montagne
aux Herbes Potagères, en cuyo número 7 se encuentra
La Mort Subite. Un lugar legendario con muchísimo ambiente,
cantado por Jacques Brel, donde se rinde culto a la peculiar gueuze,
un tipo de cerveza que cuenta con su propio museo en la Brasserie
Cantillon (rue Gueude, 56). El nombre de la cerveza y del café
proviene de un popular juego de dados practicado en este establecimiento,
cuyo final puede ocurrir de forma súbita. La gueuze hay
que tomarla siempre sin gas ni espuma.
Desde allí, y siguiendo el itinerario que precisamente
propone la Fundación Jacques Brel que tiene su sede a dos
pasos, en la Place de la Vielle Halle aux Blés, se pueden
descubrir otras brasseries o estaminets (la diferencia es más
simbólica que real) vinculadas a la música. La más
especializa en música francesa es Goupil le Fol, que se
encuentra en la rue de la Violette, 22. Quien busque un ambiente
más rockero, donde codearse con un público mayoritariamente
joven y poder encontrar litronas, debe acudir a Le Corbeau, en
la rue Saint-Michel, 18-20. Por otro lado, los amantes del bel
canto tienen su rincón en La Lunette, en la Place la Monnaie,
3. Allí se evoca el mundo de la ópera, cuyo teatro
está enfrente.
Otra pintoresca calle del casco antiguo idónea para ir
explorando los secretos de la cerveza belga es la Rue du Marché
aux Herbes.
La ciudad modernista
Del «art nouveau» al surrealismo: Bruselas tiene
posiblemente el mayor número de edificios art nouveau de
toda Europa, al haber sido la cuna de este movimiento. Uno de
los más emblemáticos es el que alberga la cervecería
Le Falstaff, en rue Henri Mauss,17. Abierta al público
desde 1903, mantiene un estilo decadente y señorial. Allí
se puede pedir por ejemplo una cerveza kriek, que tiene su propio
museo en la Brasserie Belle-Vue (Quai de Hainaut, 43).
Después de visitar el Museo de Arte Moderno, donde se conserva
la mayor colección de obras de los surrealistas belgas
como Paul Delvaux o Magritte, no queda más remedio que
conocer el cuartel general de estos artistas en los años
20. La Fleur en Papier Doré está en la rue des Alexiens,
y en su interior nada ha cambiado desde aquellos tiempos. Todavía
más populares son Rodenbach, Liefmans, Palm o De Koninck.
El recorrido puede terminar en el Museo Brueghel. Allí
murió el hombre que mejor pintó los ambientes de
taberna del siglo XVI. Está enclavado en Marolles, barrio
especializado en antigüedades y que cuenta también
con cervecerías tradicionales.
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Bruselas es, ante todo, surrealista. A través del “zwanze”,
su particular forma de humor popular. En las extravagancias del
Atomium o del Palacio de Justicia. En toda su belleza, que no
se descubre sino poco a poco. Me dejo llevar por las arterias
de esta Bruselas extraña donde se establecieron numerosos
artistas de los años 20. Se deja paso a lo insólito
con motivo de la gran retrospectiva consagrada en 1999 a James
Ensor.
Vidrieras de la creatividad
Las atractivas tiendas de las prestigiosas arterias de la capital
incitan a tomar algunas de ellas. En las Galerías Saint-Hubert
y, un poco más lejos, en la calle Antoine Dansaert, puedes
dejarte seducir por las más recientes creaciones de los
estilistas belgas, siguiendo las últimas tendencias de
la moda masculina o femenina. Cruza las puertas de pequeños
establecimientos insólitos que te contarán la historia
de Bruselas y sus habitantes. Así hasta llegar a lo más
selecto de la ciudad, donde las firmas del bulevar de Waterlo
impregnan el ambiente del lujo y la voluptuosidad de la moda de
los “grandes”.
El barrio europeo
Al dirigirte al centro de la ciudad, dejando atrás el
parque del “Cinquantenaire” (Cincuentenario), descubrirás
el busto de Robert Schuman, uno de los fundadores de Europa. Más
allá, la renovación del Berlaymont manifiesta con
fuerza la implantación de la sede de la Comisión
Europea en este centro. Al bajar, en dirección al parque
Léopold y a la estación de Luxembourg (Luxemburgo),
verás los nuevos edificios del Parlamento Europeo, “la
casa de cristal en la que se construye Europa”.
Bruselas siempre ha mostrado un carácter europeo e internacional.
En la explanada del Heysel, el gran recinto del palacio de exposiciones
y el Atomium evocan las exposiciones universales de 1897 y 1958.
Al pie del Atomium, “Mini-Europe” presenta en miniatura
el patrimonio europeo a través de un recorrido entre sus
más hermosos monumentos y de una exposición interactiva
sobre la Unión Europea.
Esplendor Real
Situada en el corazón del Estado Federal, Bruselas es
ante todo la capital del reino. La plaza Real parece minúscula
con su estatua ecuestre de Godofredo de Bouillon triunfante; sin
duda para incitarme a explorar las joyas que la rodean.
Dejando atrás los Reales Museos de Arte Moderno y de Arte
Antiguo se llega al Parque de Bruselas, atravesado por agradables
senderos perfectamente simétricos, como queriendo establecer
una conexión entre los elegidos del pueblo (el Parlamento)
y la monarquía (el Palacio).
Llama la atención una de las fachadas del Palacio, sobre
la que destaca un bajorrelieve que representa a Bélgica,
sujetando en una mano la bandera nacional y en la otra un medallón
con la efigie de Leopoldo II, el “Rey constructor”.
Cuento de hadas
El otro Palacio, el de Laeken, es la residencia de los soberanos
desde 1830. En un día de primavera, recorrer sus sendas
hasta internarse en los invernaderos del Parque Real, con una
hectárea y media de galerías oblongas y cristalinas
podrás saborear un sutil perfume de esencias raras.
Sin lugar a dudas se encuentra aquí una de las más
bellas colecciones de naranjos del planeta.
Inestimables riquezas
En el eje entre dos fuentes, el conjunto arquitectónico
del Cincuentenario erige sus monumentales arcadas. Desde su construcción
en 1880, para conmemorar el 50 aniversario del Reino de Bélgica,
alberga mil y un tesoros bajo las enseñas del Real Museo
del Ejército y de Historia Militar, el Museo del Automóvil
(Autoworld) y los Reales Museos de Arte y de Historia.
Como tantos niños belgas, se van descubriendo como quien
abre un regalo. Aquí es donde se explora Egipto, en el
segundo piso, entre las 9.000 obras de arte y objetos traídos
del Valle del Nilo.
La Bélgica colonial
El Real Museo del África Central de Tervuren es testigo
de la gran potencia que fuera la Bélgica colonial legada
por Leopoldo II; sus veinte salas de exposición resultan
tanto más grandiosas si tenemos en cuenta que son testimonio
de épocas pasadas. Bélgica rememora aquí
sus ambiciones y a tienta a seguir con el recorrido por la ciudad
lleno de descubrimientos.
Todos los géneros
¿Le gusta la música clásica? Deberás
entonces conocer La Moneda, uno de los “templos” líricos
más conocidos de Europa. Clásico entre los clásicos,
donde se interpretan “Otello”, “Parsifal”
o bien “Orfeo”, entre otras obras igualmente célebres.
También ballet clásico : Anna Teresa De Keersmaeker
ha establecido aquí su residencia. Conciertos clásicos,
con el denso programa de los 70 años de la Sociedad Filarmónica
de Bruselas. Se rinde homenaje a grandes compositores como Bach,
Händel o Debussy, además de incorporar repertorios
menos conocidos y otros estilos musicales procedentes de todo
el mundo.
No hay que olvidar los diversos festivales que dan ritmo a la
ciudad durante todo el año. El prestigioso Festival Internacional
de Flandes programa unas 300 manifestaciones dentro y fuera de
la capital; mientras que el Festival Internacional de Valonia
reafirma de año en año su carácter creativo.
Habrá también que permanecer todo oídos a
la audacia de Ars Música, un festival de música
contemporánea, pleno de entusiasmo innovador.
En abril, descubra “La primavera barroca”, en la que
el Sablon rememora su pasado glorioso.
Museos
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Continuando desde la Plaza Real, los Reales Museos de Bellas
Artes de Bélgica me abren sus puertas. Arte antiguo y arte
moderno se encuentran a pocos metros de distancia y unidos por
un pasillo, facilitando una agradable y completa visita.
Para empezar, puedes disfrutar contemplando las obras de arte
de Rubens, Breughel o Jérôme Bosch.
Muchos quedan perplejos ante la sala Breughel, que agrupa algunos
de los mejores cuadros del Maestro. “El censo de Belén”,
“La adoración de los Magos”, “La caída
de Ícaro” (…). Constatando igualmente que la
selección de pinturas holandesas del Siglo XVII es una
de las más importantes de Europa…
Continuando en el subsuelo de la sección de Arte moderno,
donde se pasa del fauvismo al expresionismo o al surrealismo.
En el antiguo Palacio de Carlos de Lorena se presentan las diversas
formas de expresión modernas como si se tratase de joyas
en un magnífico estuche. Un amplio tragaluz derrama como
por encanto una luz cristalina sobre la zona central de los distintos
niveles y esa luz muestras las fabulosas formas y contornos de
esculturas maravillosas... imposible no arrobarse ante la visión.
Las musas salen a la calle
La música no se limita a las salas de conciertos, se encuentra
en cada esquina de las calles de Bruselas. Y no me refiero sólo
a las charangas y las fiestas que hacen vibrar regularmente las
aceras y los parques de la ciudad, sino también a los ritmos
sincopados del jazz.
Pasada la inspiración del Festival de Otoño, las
tibias noches del mes de mayo se llenarán de las alocadas
notas del swing y del blues, durante el Brussels Jazz Marathon.
De las bocas del metro a las terrazas de los cafés, pasando
por escenarios improvisados al aire libre, Bruselas se revoluciona,
inyectando alegría en las venas.
Terrazas y marionetas
A principios de la tarde, en la terraza de un café se
respira una atmósfera festiva. Los bruselenses de toda
la vida se mezclan con la nueva generación y los turistas,
dando lugar a un alegre contraste. Ahí donde vaya, la lista
de cervezas en el menú despierta curiosidad.
Se necesitaría una noche entera para evaluar los respectivos
encantos de la Faro, la Gueuze, el Lambic o la Kriek y otros tantos
bares de cervezas
El recorrido del Gourmet
A todas luces, en Bruselas se disfruta de los placeres de la
buena mesa. En la Guía del Gourmet figuran más de
200 establecimientos. La gastronomía bruselense ofrece
sus exquisitas croquetas de camarones, su “stoemp” (puré
de patata y verduras), su “américain” (preparación
de carne picada) con patatas fritas, su conejo a la cerveza “gueuze”
o su “waterzooi”(cremosa sopa de pollo y verdura). De
la simple cazuela de mejillones acompañada de patatas fritas
al más fino restaurante, aquí se come francamente
bien. Es una suerte poder contar con tal variedad gastronómica.
Magritte, Hoy
Sus pinturas se basan en la realidad cotidiana, sin embargo cambian
los parámetros. Las modificaciones de escalas perturban
la jerarquía de los motivos, se alteran las cualidades
específicas y se permutan las funciones.
Pese a conservar como centro de inspiración su villa natal,
Ostende, James-Sydney Ensor estableció en Bruselas su segunda
residencia. Basta con ver su “Entrada de Cristo a Bruselas”,
donde se revela como observador implacable, reflejando una amarga
ironía. Su original imaginación resulta turbadora,
traduciéndose en expresiones fantásticas, muy cercanas
a Bruselas. ¿Quién negará hoy en día
que Ensor ha sido un precursor del surrealismo?
Sus barrios
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La Plaza Mayor (Grand Place), centro neurálgico de la
ciudad baja y de la capital, es una suma de edificios corporativos
con nombres tan pintorescos como El Zorro, La Loba, La Bolsa o
El Cucurucho.
Alberga estilos como el gótico, el barroco o el renacentista,
y sus edificios otorgan a su vez una belleza al conjunto que la
hace única.
Destrozada en 1695, sólo se salvó el Ayuntamiento
(que data de 1455), mientras que el resto fue reconstruido como
réplica exacta de los edificios de la época.
Bruselas es una ciudad de 1.200.000 habitantes, que puede dividirse
en cuatro segmentos bien diferenciados.
Así, por un lado está la denominada ciudad baja
que abarca desde la imponente Plaza Mayor hasta el minúsculo
Manneken Pis, y lugar cuyos edificios datan de finales del siglo
XIX y principios del XX.
Por otro lado, la zona del Atomium como monumento dominador, además
del Bruparck y el estadio de Heizel que da nombre a este segmento.
En tercer lugar se encontraría el Barrio Real con los parlamentos
nacional y flamenco, el Palacio Real o los museos de Bellas Artes
y Moderno como elementos más significativos.
Por último, el barrio europeo que alberga los edificios
administrativos de la Unión Europea.
También alberga este barrio el Parlamento de la nación
y el flamenco y, sobre todo, el Palacio Real (terminado en 1865),
cuyas espléndidas salas sólo se encuentran abiertas
a los visitantes unos meses al año y que son recuerdo de
una época en la que Bélgica llegó a ser la
cuarta potencia comercial del mundo.
Tanto los parlamentos como el palacio se hallan divididos por
el parque Warande, de proporciones exactas.
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Restaría por visitar el lado artístico que está
representado por los dos museos de reales de Bellas Artes. Por
un lado, el de arte antiguo (pintores flamencos, Peter Paul Rubens
o Anthony Van Dyck), y por otro el de arte moderno (Delvaux o
Magritte).
Y quizá para finalizar esta visita parcial, no hay que
olvidarse del Palacio de Justicia aunque sólo sea por haber
sido en su día la mayor construcción civil de Europa.
Si lo que quieres es visitar es el lugar donde se encuentra enterrado
otro excelente pintor, Pieter Breughel, éste se halla en
la iglesia Kapellekerk, también en el Barrio Real.
El atomium
El Atomium, por su parte, puede considerarse junto con el Palacio
de Justicia, la excentricidad belga, con sus 9 átomos aumentados
nada menos que 150 billones de veces, sus 102 metros de altura
y sus 2.400 toneladas de peso.
Construido con motivo de la Exposición Universal de 1958,
fueron necesarios 15.000 trabajadores durante tres años
para finalizar el monumento.
Se encuentra a las afueras de la ciudad, en el barrio de Heizel,
dentro del Bruparck, y junto al estadio de fútbol y al
parque Mini-Europe, que alberga representaciones en miniatura,
en proporción de 25/1, de los símbolos más
característicos del continente.
La entrada al Atomium no es barata pero siempre merece la pena
adentrarse en este monumento, subir (en ascensor) hasta el átomo
más elevado y disfrutar de unas magníficas vistas
de la ciudad.
La comodidad es total ya que el descenso se efectúa mediante
escaleras mecánicas y, a menudo, algunos de los átomos
se convierten en salas de exposición.
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