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Introducción histórica
Gracias a Champlain, que fundó la ciudad de Québec
a principios del siglo XVII, los franceses consiguieron completar
el mapa de la costa atlántica, desde Cape Bretón
hasta Cape Cod, y entrar en el continente a lo largo de la ruta
del San Lorenzo hasta el río Hudson, atravesando el lago
Champlain.
Enviado por Francisco I, rey de Francia, Jacques Cartier atracó
en Gaspé en 1534 y tomó posesión de un territorio
habitado desde hacía miles de años por amerindios
e inuits. Posteriormente, en 1608, Samuel de Champlain acostó
en la orilla norte del río San Lorenzo, en un lugar que
los indios llamaban Kébec. En 1642 Paul Chomedey de Maisonneuve
fundó una pequeña misión de evangelización
a la que llamó Ville-Marie y que se convertiría
en Montreal a finales del siglo XVIII.
La expansión de Nueva Francia se aceleró entre 1660
y 1713 a medida que Francia estableció colonias en Acadia
y a orillas del San Lorenzo. Durante la guerra franco-británica,
el ejército de Wolfe sitió Québec. La batalla
de las Llanuras de Abraham supuso la derrota de las tropas de
Montcalm el 13 de septiembre de 1759. Cuatro años después,
con el Tratado de París, el rey de Francia cedió
a “Su Majestad británica la propiedad íntegra
de Canadá con todas sus dependencias”. Esta cesión
produjo un importante movimiento migratorio hacia el Nuevo Mundo
de colonos ingleses, irlandeses y escoceses.
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En 1791 el Acta Constitucional de Canadá estableció
dos provincias: el Alto Canadá (la actual provincia de
Ontario), mayoritariamente anglófono, y el Bajo Canadá
(la actual provincia de Québec), mayoritariamente francófono.
La Rebelión de los Patriotas del Bajo Canadá, entre
1837 y 1838, se saldó con la dolorosa derrota ante el ejército
inglés. En 1867, la firma del Acta de América del
Norte Británica consagró la federación de
las provincias de Canadá, que constaba entonces de Québec,
Ontario, Nueva Brunswick y Nueva Escocia.
La vida económica de Québec hasta principios del
siglo XX estuvo ligada íntimamente a la agricultura y a
la industria forestal. Posteriormente, el proceso de urbanización
se aceleró y el crecimiento del sector manufacturero atrajo
a las ciudades a los habitantes de las zonas rurales. En aquella
época Québec seguía acogiendo inmigrantes,
mayoritariamente de origen europeo, que huían de la guerra
y de la miseria.
Los años 60 supusieron el inicio de la “revolución
tranquila” y, diez años después, se concretó
el debate en torno a la cuestión de la preponderancia del
francés. En 1976 llegó al poder el Partido Quebequense,
dirigido por René Lévesque. Cuatro años después,
la población rechazó en un referéndum el
proyecto de soberanía-asociación con el Gobierno
federal. Un proyecto similar también fue rechazado en 1995.
Québec, que goza de un nivel de vida alto, posee riquezas
naturales y energéticas abundantes. Destaca especialmente
en los campos de la ingeniería, transporte, telecomunicaciones,
sector aeronáutico y aeroespacial, investigación
y cuidados médicos, informática y biotecnologías.
La provincia exporta el 40 % aproximadamente de su producción,
sobre todo a Estados Unidos.
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En 1982, siendo primer ministro federal Pierre Elliot Trudeau,
se produjo la llamada repatriación de la Constitución,
que supuso que finalmente quedara en manos de los canadienses,
y no del Parlamento Británico, pasando la figura de la
Reina de Inglaterra a tener un papel absolutamente simbólico.
La nueva Constitución añadió la Carta de
Derechos y Libertades, el reconocimiento y afirmación de
los derechos de los pueblos aborígenes y el mecanismo de
reforma constitucional.
El conflicto de los nacionalistas de Québec surgió
en estos momentos, ya que en la nueva Constitución no se
tuvieron en cuenta las seculares aspiraciones de la provincia
a constituirse como una sociedad distinta dentro de la federación.
La confrontación llega hasta nuestros días.
En junio de 1990 se sometió a la votación de las
provincias y territorios de Canadá el llamado Acuerdo del
Lago Meech, que concedía a Québec determinados derechos
y se le transfería una serie de poderes que otras provincias
no tenían a su vez cedidos.
Dos provincias se negaron a aceptar el acuerdo. El último
referéndum celebrado en Québec en 1995 se saldó
con un escasísimo margen favorable a los no partidarios
de la independencia.
Aunque los dos idiomas oficiales son el inglés y el francés,
la única provincia oficialmente bilingüe es New Brunswick.
La región de Québec es francófona, con peculiaridades
gramaticales y de pronunciación que le ha valido el nombre
de "quebecois". Sus diferencias con la Canadá
anglohablante no son sólo idiomáticas, sino también
culturales. Los quebequenses se sienten distintos a sus vecinos,
y reclaman una mayor soberanía.
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El Québec actual se afirma como un estado moderno, que
mira decididamente hacia el futuro.
Québec posee un patrimonio natural realmente excepcional
por su extensión y su variedad, que colma tanto a los aficionados
a las actividades al aire libre y a la aventura como a los pescadores
y cazadores.
En cada una de las estaciones del año se descubre un aspecto
nuevo e inédito de Québec. Para lograr que invierno
rime con diversión, se inventó la motonieve; además,
se pueden ver, desde lo alto de las pendientes de esquí,
sus inmensidades nevadas.
Ya sean estancias en la ciudad o en el campo, vacaciones activas
o vacaciones de descanso, todas las fórmulas valen para
descubrir Québec. Cuando usted piense que lo conoce, ¡aún…
y siempre le sorprenderá!
Tierra de guerreros
Fueron estas tierras escenario de cruentas batallas y cuna de
feroces guerreros que durante milenios derramaron su sangre en
nombre de la venganza. Fueron tierras de algonquinos e iroqueses
representados por numerosas tribus en permanente lucha, que tomaban
las armas honrando a sus familias y portaban con dignidad el sello
de sus ancestros. Hombres de implacable valentía, no había
uno solo que no respondiera ante el grito de la guerra, y torturaban
a sus presos con la misma crueldad con que aceptaban ser castigados
por sus enemigos.
No ha pasado mucho desde los tiempos en los que la sobrecogedora
naturaleza de la costa atlántica canadiense era obra y
dádiva del Gran Espíritu, y sus habitantes acostumbraban
correr por vertiginosos desfiladeros y se movían con sigilo
al acecho de algún alce –ese cérvido colosal
cuya cornamenta se asemeja más a unas hojas que a unas
ramas– o caribú inmerso en frondosos bosques de olorosa
madera y hoja perenne, humedecidos por el viento que llega de
la corriente del San Lorenzo, el imponente río que atraviesa
la isla de Montreal y que por entonces fue bautizado el camino
que anda solo. En el siglo XVIII, el sabio hurón Adario
se dirigió así a su amigo francés La Hontan:
«¿Quién os ha dado todos los países
que estáis habitando? ¿Con qué derecho los
poseéis? Pertenecen a los algonquinos desde siempre».
Efectivamente, fueron ellos, los primeros hombres, quienes santificaron
y protegieron los montes Laurentinos y las enormes extensiones
de agua desde los Grandes Lagos hasta la bahía de Hudson;
fueron ellos quienes aprendieron a sobrevivir al duro invierno
gracias a las pieles animales y, sobre todo, al áneda (la
infusión a base de hojas de abeto y de pino que les proporcionaba
la vitamina C necesaria para defenderse del escorbuto en un entorno
nevado en el que no había ni rastro de verduras ni de frutas);
fueron también ellos quienes supieron extraer de los milenarios
arces esa dulce miel hoy célebre en todo el mundo; y quienes
guiaron a los primeros europeos desorientados por sinuosos peñascos
que atajaban kilómetros y kilómetros.
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Uno puede imaginarse el temor que sintieron los recién
llegados colonos europeos al encontrarse con unos fieros y salvajes
nativos altamente entrenados en el arte de la guerra, con los
rostros pintados y las cabezas afeitadas –salvo una llamativa
cresta– en señal de lucha, empuñando los tomahawks
(las hachas de guerra que en manos de iroqueses eran rompe-cráneos)
y lanzando un grito de guerra que pronto se perdía en los
profundos bosques de arces y abetos desde donde preparaban sus
emboscadas para sorprender al enemigo. Por razones históricas,
las relaciones entre los mohicanos y los hurones, las dos tribus
iroquesas quizás más conocidas de la región
que se estira desde la actual provincia de Québec hasta
el estado de Nueva York, fueron siempre extremadamente conflictivas
y sangrientas. La brutal enemistad entre las dos tribus se acrecentó
cuando los hurones empezaron a comerciar con los franceses las
pieles de castor hasta hacerse con el monopolio. Y bastó
que las hostilidades entre las ambiciosas monarquías europeas
se trasladaran cruelmente a terreno iroqués para que el
destino de estas naciones autóctonas quedara irreversiblemente
determinado: cuando los británicos atacaron la Nueva Galia
y se libró la primera gran batalla, los mohicanos se aliaron
con los primeros para luchar contra los hurones y los franceses.
Aquella primera contienda no sólo supuso la victoria para
el imperio británico en detrimento de Francia, sino, sobre
todo, el inicio del brutal exterminio de los hurones por parte
de los mohicanos. No obstante, la historia, y el propio James
Fenimore Cooper en su conocida obra, El timo mohicano, nos revela
que los odiados hermanos de los hurones no corrieron mejor suerte.
Con buen ánimo
El Québec actual vive intensamente al ritmo de América,
donde contribuye a propagar la lengua y la cultura francesas.
El francés es la lengua usual de la mayoría de la
población, aunque el inglés se habla y se comprende
en casi todas partes, especialmente en las ciudades.
Por su historia y su cultura, Québec se ha forjado una
personalidad original, llena de entusiasmo y sencillez, y marcada
por la franqueza y la sociabilidad. Québec acoge a sus
visitantes y viajeros de manera abierta y calurosa.
A los quebequenses les encanta festejar, y prueba de ello es el
calendario bien repleto de acontecimientos y festivales con que
cuentan. El buen comer y beber también es importante para
ellos. Aunque la tradición culinaria es fundamentalmente
francesa, se ha desarrollado una cocina regional típicamente
quebequense en la que se funden las influencias europeas e indígenas.
Esta cocina se adapta a las exigencias del modo de vida norteamericano,
utilizando para ello productos locales de primera calidad.
Según la temporada, la mesa ofrece pescado, mariscos, crustáceos,
carnes y caza. Québec se enorgullece de la gran variedad
de quesos de calidad que produce; asimismo, abundan la cerveza,
el vino, la sidra y el hidromiel. En las ciudades, la cocina es
cosmopolita y los amantes de la buena mesa pueden dar la vuelta
al mundo, gastronómicamente hablando, sin gran esfuerzo.
Un mix creativo
Québec es un crisol en el que se funden las expresiones
artísticas procedentes de sus orígenes europeos
y norteamericanos. Su desbordante energía creadora se manifiesta
tanto en la literatura, la canción, el teatro, la danza
o el circo, como en la pintura, la escultura o la artesanía.
Los museos ocupan un lugar muy importante en el mundo cultural
de los quebequenses. En este sentido, Montreal, Québec,
Gatineau y Trois-Rivières constituyen otras tantas etapas
ineludibles para quien desee conocer las riquezas artísticas
de Québec. Los amantes de la historia local descubrirán
en su viaje a través de Québec interesantes museos
y centros de interpretación que ofrecen un panorama completo
de la historia de la región o los grandes momentos de la
vida de sus hijos más ilustres.
Sitios históricos
La historia no está sólo en los museos. Los caminos
de Québec están llenos de testimonios de la vida,
a menudo rústica, que llevaban los primeros colonos. Por
agua o por tierra se podrán conocer innumerables viviendas
ancestrales, puentes cubiertos, molinos de agua o de viento y
antiguas capillas, lugares fundamentales para la memoria de las
generaciones actuales y futuras.
Entre los sitios históricos de importancia nacional con
los que cuenta Québec, cabe mencionar la Plaza Royale,
cuna de Nueva Francia, y el imponente conjunto de fortificaciones
de la ciudad de Québec; el barrio histórico de Montreal,
con sus múltiples monumentos; la isla Des Moulins en Terrebonne;
los fuertes de Chambly y Lennox, a orillas del río Richelieu,
testigos ambos de las guerras coloniales; Grosse Île, isla
cerca de Montmagny, en la que ocurrieron hechos fundamentales
para la inmigración europea que llegaba a Canadá,
así como Banc-de-Paspébiac, en Gaspésie,
y La Grave, en las islas de la Madeleine, que recuerdan el papel
económico primordial que hasta hace poco desempeñaba
la pesca en el golfo del San Lorenzo.
Lugares destacados dentro de la ciudad
Barrio Petit-Champlain
Este barrio, magníficamente restaurado, recuerda una bonita
ciudad en el borde del río. Sus calles estrechas y románticas,
rodeadas de tiendas donde los artesanos trabajan, están
animadas por payasos, malabaristas y gente del mundo del entretenimiento.
Puede regresar a la terraza Dufferin sin esfuerzo utilizando el
funicular del Viejo Québec, situado en la intersección
de las calles Petit-Champlain y Sous-le-Fort.
Basílica de Sainte-Anne de Beaupré
Desde 1658 la ciudad ha abrigado una capilla dedicada a Santa
Ana, a quien la creencia popular atribuía el salvamento
de numerosos náufragos a lo largo del cabo Tourmente. Este
fervor popular por los milagros de Santa Ana no ha disminuido.
De hecho, más de un millón y medio de personas llegan
cada año a la costa de Beaupré para hacer un peregrinaje
a la basílica y orar por la madre de la Virgen. Con frecuencia,
los peregrinos toman la histórica avenida Royale.
Calle del Trésor
La calle del Trésor toma su nombre del inmueble donde
los colonos, bajo el régimen francés, pagaban sus
cánones al Erario real. Con el tiempo, se transformó
en callejuela pintoresca y animada, donde numerosos artistas exponen
todo el año sus acuarelas, dibujos, pinturas...
Calle St-Paul y el Viejo Puerto (Plaza FAO)
Situadas al pie del Viejo Québec en su costado norte,
cerca del confluente del río Saint-Charles y el San Lorenzo,
la calle Saint-Paul y el Viejo Puerto constituyen uno de los sectores
más pintorescos. Muchos anticuarios y tiendas de artesanías
están instalados en la calle Saint-Paul. Muy cerca, el
Viejo Puerto comprende un sector rico en historia que evoca el
patrimonio portuario y marítimo de Québec.
Camino del Rey en Portneuf
El pueblo de Québec en la época de la Nueva Francia
se formo principalmente a lo largo de las orillas del río
San Lorenzo, principal vía de comunicación y transporte
de la colonia. Tuvo que esperarse hasta 1734 para que se construyera
una vía transitable. De esta forma, el camino del Rey,
la primera vía transitable de Canadá, ha enlazado
a Montreal y Québec, los dos centros urbanos más
importantes de la colonia.
Château Frontenac y la terraza Dufferin
Se dice que el Château Frontenac es el hotel más
fotografiado en el mundo. Verdadero símbolo de la ciudad,
este imponente y majestuoso edificio celebró su centenario
en 1993. Justo a un costado, la terraza Dufferin ofrece una magnífica
vista del río y la región de al rededor. En el extremo
este de la terraza Dufferin se encuentra el funicular, que permite
llegar al barrio Petit-Champlain y a la Place-Royale en un minuto.
Citadelle de Québec (La Guarnición)
Situada en la cumbre del cabo Diamente, la Citadelle constituye
el flanco este de las fortificaciones de Québec. Algunos
autores románticos se han inspirado de la Citadelle cuando
han designado a Québec como el "Gibraltar de América".
Una imponente muralla rodea al Viejo Québec, el barrio
más antiguo de la única ciudad fortificada al norte
de México. Los visitantes pueden circular en las fortificaciones
tomando un sendero de 4.6km. Los letreros de interpretación
que ahí se encuentran permiten comprender la evolución
del sistema de defensa de Québec.
Isla de Orleáns
Situada a 15 minutos del Viejo Québec, la isla de Orleáns
está conectada con la ribera norte por medio de un puente
construido en 1935. Deténgase en la oficina de información
turística de la isla, a la que puede comunicarse al (418)
828-9411. Podrá obtener guías turísticas,
audioguías para el automóvil o mapas para los circuitos
de ciclismo. ¡Con esto, su visita a la isla de Orleáns
será una experiencia inolvidable!
Parlamento de Québec
Primer sitio histórico nacional de Québec, el Hotel
del Parlamento es un edificio imponente, cuyas cuatro alas forman
un cuadro de cerca de 100m de lado. Su arquitectura, casi única
en Norteamérica, se inspira del clasicismo francés
del siglo XVI. Usted podrá visitar la Sala de la Asamblea
Nacional y la Sala del Consejo Legislativo. La entrada es gratuita.
Parque de la Jacques-Cartier
La cuenca de la Jacques-Cartier, paraíso de actividades
al aire libre todo el año, se encuentra sólo a 40
minutos del centro de la ciudad de Québec. Imagínese...
Una cuenca dotada de un microclima que permite una impresionante
diversidad ecológica, donde habita una fauna variada: mapaches,
lobos, ciervos de Virginia y ciervos nativos. Podrá practicar
una pléyade de actividades acuáticas y deportivas
en esta cuenca: el canotaje, el campamento, la pesca, la raqueta,
la marcha, la observación de la flora y fauna. La belleza
de los paisajes de este magnífico parque silvestre lo deslumbrará.
Parque de las cataratas Montmorency
Al este de Québec se encuentra el parque de las cataratas
Montmorency, declaradas históricas en diciembre de 1994.
Este parque, situado en un ambiente natural resplandeciente, ofrece
una vista inexpugnable del San Lorenzo, la isla de Orleáns
y la Vieja Capital. Admire las bellísimas cataratas de
una altura de 83m., es decir, 30 metros más que las cataratas
del Niágara.
Place Royale
Acurrucada al pie del cabo Diamante, la Place-Royale es uno de
los barrios más antiguos de Norteamérica. Sus estrechas
calles y casas de piedra evocan cuatro siglos de historia. Durante
el verano, la Place-Royale está llena de actividades.
Plaza d'Youville
Verdadero centro de la vida de Québec, la plaza d'Youville,
además de ser una de las puertas de entrada al Viejo Québec
y a sus comercios, constituye la plataforma de las artes de la
escena. Ahí encontramos tres salas de grandes espectáculos
y varios conciertos al aire libre se llevan a cabo todo el año.
Puente de Québec
Proclamado monumento histórico internacional de ingeniería
civil por la Sociedad Canadiense de Ingeniería Civil (Société
canadienne de génie civil) y la Sociedad Americana de Ingenieros
Civiles (American Society of Civil Engineers), el puente de Québec
posee un tramo suspendido que mide 549m., entre los dos pilares
principales, lo que lo hace el puente cantiléver más
largo del mundo. En el momento de su construcción, el tramo
central se derrumbó dos veces (en 1907 y 1916), causando
la muerte de muchos trabajadores. El puente fue abierto a la circulación
ferroviaria en 1917 y a la circulación de autos en 1929.
Viejo Québec (ayuntamiento)
Este distrito histórico es el único centro urbano
en Norteamérica inscrito en la prestigiada lista del patrimonio
mundial de la UNESCO. Posado en la cumbre del cabo Diamante, el
Viejo Québec domina el río San Lorenzo.
El ser “québecois”
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Hoy en día es posible recorrer las orillas de algún
gran lago de la provincia de Québec y contemplar los tipis
(las clásicas tiendas) abandonados de antiguos poblados,
que emergen de la tierra silenciosos y solitarios como los restos
mortales de una gran familia desposeída y desterrada. Pero
el entorno parece conservarse sagrado, y cuando menos virginal
e incólume fuera de las grandes ciudades.
Existe un lugar llamado Odanak, en las afueras de la localidad
de Trois Rivières (de camino entre Montreal y la ciudad
de Québec), donde se levanta una gran cabaña de
madera frente a un paisaje de montañas, bosques, ríos
y un inmenso lago. Es posible hospedarse en ella y descubrir el
idílico entorno; practicar deportes de nieve (esquí
de fondo, trineo con perros, patinaje sobre hielo, paseo en raquetas,
motonieve) y disfrutar de un paisaje blanco inmaculado, si es
invierno, o dedicarse al trekking, al senderismo y a bañarse
en el lago durante el verano. La zona sufre una superpoblación
de castores pese a que en siglos pasados fueron cazados masivamente
por los hurones para cambiar sus pieles por la mágica agua
de fuego (alcohol) y, más tarde, por las todopoderosas
carabinas.
No se exagera al decir que la región ha sido agraciada
con una naturaleza espectacular, pero también la capital,
Québec, resulta cuando menos sorprendente por su tinte
casi medieval en un país y aun en un continente que no
ha vivido la Edad Media del viejo mundo. No en vano la ciudadela
de Québec –cuyo mayor emblema es el château
de Frontenac– fue declarada Patrimonio de la Humanidad por
la UNESCO, y pasear por sus callejuelas atestadas de pequeños
comercios es como adentrarse en un extraño cuento de hadas
en el que los príncipes azules llevan plumas y fuman la
pipa de la paz.
Y si Québec es bella en sus formas, Montreal es atractiva
por su contenido multicultural y orgullosamente francés.
No debe haber pueblo en el mundo que con mayor orgullo presuma
de su carácter y defienda con tanto celo la cultura gala,
sobre todo frente a la omnipresente anglosajona, hasta el punto
de que –podrá fijarse el viajero– los coches
quebequenses llevan en su placa de matrícula un curioso
«Je me souviens» (Me acuerdo) que alude a su tirante
pasado con los ingleses, aunque hoy son, todos por igual (francófonos
y anglófonos), hijos de la corona británica y miembros
de la Commonwealth.
El río San Lorenzo
Es en el río San Lorenzo a lo largo del cual se ha construido
Québec. El San Lorenzo se encuentra entre los grandes ríos
del planeta, se distingue por su anchura (más de 300 km
en el golfo), por su profundidad, sus ecosistemas, su flora y
fauna diversas, sus numerosos centros ornitológicos, sus
innumerables islas de encanto variado y por la belleza natural
de sus riberas.
El San Lorenzo atraviesa Québec y baña las riberas
de catorce de sus veinte regiones. Cuanto más se acerca
al océano, más se ensancha y más saladas
son sus aguas. En el golfo, donde apenas puede verse la otra orilla,
se le llama "mar". En el estuario, el agua es semisalada
y cada verano recibe la visita de ballenas y de otros impresionantes
mamíferos marinos. Entre el lago Saint-Pierre (formado
en el mismo río San Lorenzo) y el lago Ontario, el tramo
fluvial es tranquilo por lo general. Pero, ¡cuidado! También
hay rápidos impresionantes en Lachine, cerca de Montreal.
Desde los grandes lagos al Atlántico y de estación
en estación, el río no para de transformarse. Hay
que verlo en invierno, cuando se hiela y se pone completamente
blanco.
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Para conocer el río en automóvil, se puede seguir
una de las numerosas carreteras panorámicas que hay a lo
largo de sus riberas, como el Camino del Rey (Chemin du Roi),
la Ruta de Nueva Francia Route de la Nouvelle-France), la Ruta
de los Navegantes (Route des Navigateurs) o la Ruta de las ballenas
(Route des baleines). Podrás contemplar paisajes asombrosos
y un sinfín de pueblos encantadores antiguos. Para atravesar
de una orilla a otra, basta con montar en uno de los numerosos
transbordadores. Y para descubrir las bellezas de las islas del
río, las aves marinas, las focas y las numerosas ballenas,
no hay nada mejor que un crucero.
En Québec la naturaleza es dueña y señora.
Sólo una ínfima parte de este inmenso territorio,
tres veces mayor que el de Francia, está ocupado por los
humanos. Los bosques boreales, la tundra, el millón de
lagos y ríos así como el río San Lorenzo
están habitados por una fauna rica, típica de los
países nórdicos. No pierdas algunos espectáculos
inolvidables, como el ballet acuático de las ballenas o
el paso de decenas de miles de aves migratorias, que rasgan el
cielo en un alegre estruendo.
Joya del patrimonio mundial
La zona histórica de esta ciudad figura, desde 1985, entre
los bienes del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Québec,
única ciudad fortificada al norte de México, le
invita desde sus imponentes murallas a adentrarse en la historia
de los siglos pasados.
Tu visita puede comenzar por el Parque de la Artillería,
cerca de la puerta Saint-Jean, una de las cuatro puertas de la
fortificación. La Artillería comprende, entre otros
edificios, un imponente reducto que data de la época francesa.
Tras las viejas fachadas de la ciudad antigua se encuentran varios
museos, entre los que destacan el Museo de la América Francesa,
situado dentro del Seminario, el Museo de las Ursulinas y el de
las Agustinas. La basílica Notre-Dame-de-Québec,
rica en obras de arte, ofrece un magnífico espectáculo
de luz y sonido.
Puedes bajar luego hasta la Plaza Royale, en la parte inferior
de la ciudad, cuyo origen remonta a los primeros tiempos de la
colonia. Toda esta zona, al igual que el barrio vecino de Petit-Champlain,
muestra una gran actividad a pesar de su antigüedad. En esta
parte de la ciudad se encuentran un centro de información
y exposición, tiendas de arte y de artesanía, varios
restaurantes y bares. El Museo de la Civilización, situado
muy cerca, presenta exposiciones sobre temas concretos para las
que emplea técnicas interactivas muy actuales. No dudes
en tomar un barco en el Viejo Puerto para efectuar un refrescante
crucero por el río.
En la Ciudadela, que domina la ciudad, pasarás por delante
del inmortal castillo Frontenac, con sus torretas y techos puntiagudos
de inspiración medieval, y por la terraza Dufferin, que
ofrece una incomparable vista del río.
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Luego están los Llanos de Abraham, conocidos también
con el nombre de Parque del Campo de Batalla. En esta amplia zona,
hoy ajardinada, se enfrentaron las tropas francesas e inglesas
en 1759, uno de los acontecimientos militares de mayor importancia
en la historia de América. Allí se encuentra el
Museo de Québec, que posee una importante colección
de arte quebequense y presenta a veces grandes exposiciones internacionales.
La guía
Las regiones meridionales de Ontario y Québec presentan
un clima húmedo, con inviernos fríos, veranos calurosos
y abundantes precipitaciones a lo largo de todo el año.
La unidad monetaria es el dólar canadiense. Se divide
en 100 centavos. Hay monedas de 1, 5, 10 y 25 (quarter) centavos,
y de 1 dólar, conocida como un «loonie». Los
billetes son de 2, 5, 10, 50, 100, 500 y 1.000$. Los dólares
USA son comúnmente aceptados. No existen límites
para introducir moneda en Canadá.
En todo el país está extendido el uso de las tarjetas
de crédito. Los cajeros automáticos son abundantes
y no existe ningún problema para cambiar.
La vida en Canadá no es excesivamente cara sobre todo para
los servicios básicos (comida, alojamiento y transporte).
Es costumbre dar propina en los restaurantes (en torno a un 15%
del importe).
En coche
Una posibilidad es alquilar un coche. Hay numerosas compañías
y los coches son generalmente de cambio automático.
Si se piensan recorrer largas distancias, es recomendable elegir
un vehículo con un gran depósito, ya que es frecuente
que las gasolineras escaseen en algunas regiones.
En autobús
En distancias no excesivamente largas, el autobús es la
opción más recomendable, mucho más económica
que el avión. La famosa compañía Greyhound
cubre todo el territorio nacional, con salidas muy frecuentes.
De mayo a octubre el carné Tourpass permite desplazarse
en autocar durante 14 días, sin límite de trayectos,
en las provincias de Québec y Ontario.
En tren
La línea más importante es la del corredor Québec-Windsor
(Ontario). Los fines de semana hay tres servicios de este tren
entre Toronto y Montreal. El viaje dura cinco horas.
En general, no existen zonas de riesgo y las condiciones de salubridad
son muy buenas. Tampoco se exige ninguna vacuna.
Es muy importante viajar con un seguro médico, ya que las
tarifas pueden ser elevadas. También es recomendable portar
los medicamentos habituales y un botiquín de urgencias.
En caso de emergencia se puede llamar al 911, que permite ponerse
en contacto con la Policía, la ambulancia o con los bomberos
en todo el territorio canadiense.
En Québec la oferta de compras en amplísima, destacando
la artesanía del lugar (como las colchas de patchwork)
y los dibujos y tallas de los abenake, los primitivos pobladores.
También encontrarás en la ciudad de Québec
interesantes antigüedades, muebles y objetos coloniales en
la calle St. Paul (Basse Ville).
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