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Introducción
Austria es un Estado Federal integrado por nueve Estados Federados:
Burgenland, Carintia, Baja Austria, Alta Austria, Salzburgo, Estiria,
Tirol, Vorarlberg y Viena. Su superficie abarca 83.858 km2.
Austria comparte sus fronteras con nada menos que ocho Estados
cuyos habitantes pertenecen a los grandes grupos étnicos
europeos germánico, latino y eslavo, con excepción
de los húngaros (magiares) que forman parte de los pueblos
uraloaltaicos.
La diversidad de clima y el relieve crean una gran riqueza de
especies vegetales. Austria figura entre los países europeos
más ricos en bosques: las regiones forestales ocupan casi
el 40% de la superficie total. En la región subalpina el
bosque ha sido reemplazado, paulatinamente, por tierras de labor.
En el borde norte de los Alpes, en zonas no muy elevadas, dominan
los pastos, mientras que la zona del este está poblada
por matorrales, florestas y brezo estepario.
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Parte del territorio que hoy forma Austria fue dominado por los
romanos, cuyo poder sólo llegaba hasta el Danubio. Cuando
se produjo la caída del Imperio Romano, los longobardos
se instalaron al norte del Danubio, mientras que los ostrogodos
lo hicieron en el sur. En el siglo VIII hicieron su aparición
los ávaros, que fueron aniquilados por Carlomagno quien,
para preservar el reino, creó una serie de marcas fronterizas
entre ellas.
A lo largo del siglo XVIII Viena se llenó de fastuosos
palacios barrocos y se convirtió en meca de músicos
como el genial Mozart, que amenizaban las lujosas reuniones de
la corte con sus composiciones. La ascensión en 1740 al
trono de la emperatriz María Teresa inauguró una
etapa de esplendor con florecimiento de las artes. Un apogeo que
se vio amenazado tras la derrota de Austria a manos de Napoleón
en Austerlitz (1805), si bien tras la caída de Napoleón
el Congreso de Viena (1815) sumió de nuevo a Europa por
algunos años en el absolutismo.
A lo largo del siglo XIX mantuvo diversos conflictos con otras
potencias europeas que provocaron la pérdida o modificación
de sus territorios. De su guerra con Prusia surgió su retirada
de la Confederación Germánica y quedó reestructurada
como el Imperio Austro-Húngaro, siendo Francisco José
emperador de Austria y rey de Hungría. En 1882 formó
la Triple Alianza junto con Alemania e Italia para enfrentarse
a la Triple Entente, integrada por Inglaterra, Francia y Rusia,
y se anexionó parte de los Balcanes (Bosnia Herzegovina).
Este equilibrio de fuerzas se mantuvo hasta el asesinato del heredero
del trono de Austria Francisco Fernando en Sarajevo, que desembocó
en la I Guerra Mundial. Con el conflicto terminó el dominio
monárquico del país: el imperio Austro-Húngaro
fue desmembrado por los vencedores dejando el territorio de Austria
muy reducido. Antiguos territorios como Checoslovaquia, Polonia,
Hungría, Yugoslavia, Rumania y Bulgaria se declararon independientes.
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En 1938 Austria fue anexionada al Reich por Hitler en el Anschluvs,
entrando en el conflicto junto a las fuerzas del Eje. Tras la
derrota, los aliados dividieron el país, como Alemania,
en cuatro sectores de ocupación hasta 1955. Desde esta
fecha Austria ha estado vinculada mediante tratados al resto de
los países europeos y forma parte de la Unión Europea.
Se respira cultura, y se escucha música
La manifestación cultural que más se asocia con
Austria es la música. Desde el siglo XVII, la corte vienesa
fue refugio de compositores que crearon algunas de las cimas de
la música clásica. Uno de los mayores genios de
la música, Mozart, nacido en Salzburgo, se dio a conocer
como niño prodigio en la corte de la emperatriz María
Teresa, desde donde su fama se extendió por toda Europa
a través de sus sinfonías y óperas. Otro
destacado músico barroco fue Joseph Haydn. La música
romántica alcanzó una de sus cimas con el prolífico
vienés Franz Schubert. Si bien alemanes, Beethoven y Bramhs
se formaron en las numerosas y prestigiosas escuelas de música
vienesa.
El Danubio inspiró una de las piezas más conocidas
de la música, el 'Danubio azul' de Johann Strauss, un perfecto
ejemplo de vals, danza que popularizó la lujosa corte vienesa
y que aún está muy arraigado en Austria. El siglo
XX vio surgir a figuras como Gustav Mahler o Schoenberg.
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La rica actividad musical de Viena queda patente en su ópera,
orquesta filarmónica, en los populares 'Niños cantores
de Viena', en activo desde el siglo XV o el famoso 'Concierto
de Año Nuevo'. Además, los festivales musicales
son numerosos por todo el país, destacando el que tiene
lugar en Salzburgo, cuna de Mozart.
Los distintos estilos arquitectónicos han dejado buenas
muestras en Austria, desde el románico al gótico
y el renacimiento. No obstante, la modalidad artística
más importante fue el barroco, en el que se construyeron
numerosas iglesias, catedrales y palacios. Un estilo que derivó
en el recargado rococó, como en Schönbrunn. El neoclasicismo
y el romanticismo también ofrecen excelentes obras, en
especial en Viena.
La capital austriaca fue, a lo largo del siglo XIX y hasta la
Primera Guerra Mundial, una de las mecas culturales de Europa,
sin nada que envidiar a París. Movimientos como el romanticismo,
el art nouveau y las vanguardias florecieron en la Viena decimonónica
y de principios del siglo XX a través de músicos
y artistas como Gustav Klimt, Egon Schiele y Kokoschka. La literatura
tampoco se queda atrás, con autores como Robert Musil o
Stefan Zweig.
El racionalista Alfred Loos sentó, junto a la alemana Bauhaus,
las bases de la arquitectura moderna. Iconos del pensamiento moderno
como Ludwig Wittgenstein o Sigmund Freud escribieron sus influyentes
obras en Viena. Tras la II Guerra Mundial Viena decayó
como cuna cultural, aunque aún surgieron figuras como la
del pintor Fritz Hundertwasser.
Viena
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La capital austriaca remite irremediablemente a la época
de los Habsburgo, que dominaron media Europa durante seis siglos
y dotaron a esta mágica ciudad a orillas del Danubio de
una serie de magníficas construcciones renacentistas, barrocas,
rococós o neoclásicas, patentes en iglesias, plazas
y abundantes palacios de bellos jardines.
Pero quizás lo que mayor fama haya dado a la cuna del vals
es su condición de meca cultural desde el siglo XVIII hasta
la I Guerra Mundial. Importantes músicos como Mozart, Beethoven,
Bramhs o Strauss compusieron sus principales obras cerca de la
corte Habsburgo, y su condición de capital de la música
es incuestionable gracias a su Filarmónica, su coro de
niños cantores y sus festivales de música clásica.
Desde el siglo XIX fue además cuna de artistas modernistas
y art nouveau como Klimt, de pintores de vanguardia como Schiele
y Kokoschka y lugar de reunión de importantes literatos
y pensadores como Freud.
La visita de la ciudad debe empezar en la Stephansplatz, una plaza
peatonal de encantador aspecto en la que se encuentra el magnífico
edificio gótico de la catedral de San Esteban, reconocible
por los coloreados azulejos de su tejado y por su aguja denominada
«Steff» que se eleva hasta los 136 metros de altura
y permite una magnífica vista sobre la ciudad. La panorámica
abarca el laberinto de callejuelas empedradas, iglesias, patios
y palacios. De esta plaza surgen multitud de callejuelas peatonales
que delatan su origen medieval y que hay que recorrer para poder
respirar el auténtico aire vienés.
Entre los edificios y monumentos más notables que encontraremos
en esta monumental y bella urbe donde a cada rincón nos
asalta algún majestuoso edificio cabe destacar: la Neuermarkt;
la iglesia de Kaisergruft, donde están enterrados diversos
miembros de la familia Habsburgo y, por supuesto, el Hofburg,
o Castillo Imperial, que durante 600 años sirvió
de residencia a los reyes de Austria y que es auténticamente
una ciudad dentro de otra ciudad.
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La parte más antigua de esta ciudadela es la Schweizerhof
, que data del siglo XIII, si bien la más espectacular
es la construida desde el siglo XIX con los Apartamentos Imperiales
o las joyas del Tesoro Imperial. Un edificio célebre es
la Escuela Española de Equitación, donde caballos
españoles eran entrenados para realizar fascinantes espectáculos
acrobáticos que aún pueden disfrutarse.
Cualquier amante de las artes no deberá perderse el Kunsthistorisches
Museum. Gran parte de la magnífica colección de
pintura, arte antiguo, arte medieval, armaduras, joyas, libros
o instrumentos musicales recopilados por los Habsburgo a través
de siglos se guardan en este museo ubicado detrás del Castillo
Imperial.
Algo más alejados del centro encontramos el parque del
Prater, con su gran extensión de prados. El parque de atracciones
es conocido por su noria gigante, popularizada en la película
«El Tercer Hombre», protagonizada por Orson Welles,
y el palacio imperial de Schönbrunn, inicialmente un pabellón
de caza al que Leopoldo I quiso dar una fisonomía similar
al palacio de Versalles -aunque el edifico finalmente levantado
resultó menos espectacular-. Especialmente recomendable
es la visita de sus jardines, ya que son realmente espectaculares
y desde algunos lugares se pueden contemplar interesantes vistas
de la ciudad.
El espacio del dulce encuentro
Una parada donde encontrar auténtico mazapán es
en el histórico café Demel, fundado en 1786. Ana
Demel regentó la casa desde principio del siglo XX y es
una figura gloriosa, una ejemplar empresaria, sorprendente para
su tiempo. Hoy es una hiperrealista escultura junto a la caja
registradora —ambas confeccionadas de mazapán—que
preside en los bajos del café un insólito Museo
del Mazapán. A esta casa llegó la receta y los ingredientes
desde Lübeck, Alemania, y desde allí se extendió
al mundo entero. Sus sucesores han mantenido la tradición
artesanal, con innovaciones estéticas, con revolucionarios
y artísticos envases que permiten reconstruir el gusto
de dos siglos. Últimamente, la escultora, Helga Petra,
se encarga de diseñar el escaparate con piezas únicas
alusivas al calendario o a la vida social de la ciudad.
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Y es que el café, los cafés, vienen siendo el escenario
de la vida social, de la vida cotidiana de los vieneses, desde
poco después de 1683, cuando Viena frenó el avance
de los turcos y como botín de guerra se apropió
de unos sospechosos granitos. La intendencia creyó que
se trataba de alimento para los camellos pero uno de los héroes
de la batalla, un armenio o polaco llamado Kolschitzky, conocedor
de la receta turca y las propiedades de la infusión de
aquella materia prima, inauguró con ella la primera cafetería,
en la calle de la Catedral. Más aún, puesto que
a sus conciudadanos no les gustó dicha fórmula,
eliminó los posos con un colador. Y hasta hoy. Pero la
historia del café vienés tiene otro hito, se llama
Julius Meinl y puso tienda en 1862 en el corazón comercial
y vital de la ciudad. Un edificio ecléctico desbordante
de lujo y de tentaciones gastronómicas nacido en torno
a sus importaciones de cafés exóticos.
Pero, vivir una Viena gastronómica también significa
pasarse por el restaurante-tienda Babette’s, de Natalie y
Silke. Y, por supuesto, por el Nasch Market, un batiburrillo de
aromas exóticos, un escaparate abierto al mundo entero,
como un símbolo vivo del istmo que fue Viena, uniendo Oriente
y Occidente.
En Viena existen más de 1.000 cafés convertidos
en lugares de reposo, en oficina o lugares de encuentros sociales,
literarios, de negocios... Mientras uno se toma un auténtico
café vienés con nata y canela, se puede pasar la
tarde en animada tertulia, leyendo periódicos o, lo que
más habitual, conversando. En algunos cafés se ameniza
la velada con música en directo: son los llamados cafés-concierto.
Entre los más populares se encuentra el Hawelka, un vetusto
y acogedor local que transpira personalidad propia, sin artificios.
El Café Central es el lugar de los artistas, escritores
y filósofos. O el café Landtmann, el café
más lujoso y el preferido por políticos, periodistas
y artistas. Estos son los mejores lugares para enterarte de todo
lo que sucede en la ciudad de Viena. Pero si el primer amor de
los vieneses es el café, el segundo es el vino. La capital
austriaca cuenta con 700 hectáreas de viñedos.
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El vino blanco y ligero es adorado por sus habitantes. Se prescribía
incluso como medicina y en los hospitales se permitía a
algunos enfermos beber hasta cuatro litros por día. Grinzing,
un pueblo de vinicultores que hoy es un distrito de Viena, es
famoso por sus tabernas heurigen.
A la sombra de abedules y avellanos, en los patios y jardines
desde donde se ve el bonito valle del Danubio, esperar la noche
en compañía de los amigos, bebiendo vino y degustando
una apetitosa comida al son de la música, es una de las
diversiones preferidas de los vieneses. Para aguantar sereno estas
veladas se rebaja el vino con agua con gas y así no se
sube a la cabeza.
Carnaval a ritmo de vals
El Carnaval es una costumbre muy arraigada en las tradiciones
populares austriacas, que en Viena comienza a mediados de enero
con la temporada de los bailes. En total, desde el Baile del Emperador
en el Palacio Imperial de Hofburg hasta el final de la temporada
se celebran unas 2.000 manifestaciones de carnaval en Viena, de
las cuales 300 son encuentros galantes al compás de la
orquesta. Los bailes más populares son el de los Filarmónicos
de Viena, la Fiesta de los Deshollinadores o el de la Ópera,
que este año se celebra el 22 de febrero en la Ópera
Estatal de Viena. Este brillante espectáculo se abre con
200 parejas de debutantes y cierra el calendario de fiestas.
De ahí que uno de los símbolos más representativos
de la ciudad sea la estatua dorada de Johann Strauss hijo, el
rey del vals, en los Jardines Municipales de Stadtpark. La vida
social vienesa se desarrolla, sobre todo, en los cafés.
«Estar en el café es encontrarse en casa sin estar
en ella», escribía Peter Altenberg, arquetipo de
los poetas de café, hoy inmortalizado con una estatua a
tamaño natural en una mesa del Café Central.
«Art Nouveau» y vanguardias en el corazón
de Austria
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Sissi paseaba y bailaba el vals en su Viena imperial, y fuera
de su palacio de Schönbrunn, ese Versalles en menor dimensión
que supo evitar el hilarante rococó, los corceles blancos
exhibían su fina crin a las puertas de la Casa Real, justo
al lado de la actual residencia del canciller austriaco. Es a
Viena la grande, aunque pequeña, a donde el excéntrico
Wolfgang Amadeus Mozart se mudó desde Salzburgo para mimar
los caprichosos oídos de los aristócratas, y por
allí también pasó Ludwig van Beethoven, el
sordo loco que anticipó al mundo el expresionismo musical
al mismo tiempo que su coetáneo y también sordo
Goya lo hacía en la pintura desde España. También
tuvo su casa en la capital austriaca Franz Schubert, el joven
atormentado, y allí nacieron los hermanos Strauss, afortunada
familia de genios, más o menos vecinos de Haydn y del posterior
Schöenberg, padre de la dodecafonía.
Y si de fundadores hablamos, fue en el número 9 de la calle
Bergasse donde el padre del psicoanálisis pasó la
mayor parte de su vida. En su casa uno descubre que Sigmund Freud
se carteaba con Albert Einstein y era amigo de Maria Bonaparte,
quien a su vez fue retratada por el innovador esteta Gustav Klimt,
el cual, por su parte, solía frecuentar el Café
Museum (Friedrichstrasse, 6), donde se encontraba con Egon Schiele
y Oskar Kokoschka en la mesa de los artistas, mientras Stefan
Zweig, unas mesas más allá, quizás redactaba
una solemne carta al alemán Thomas Mann, al tiempo que
este último denunciaba por escrito la irrupción
de las fuerzas de las SS en la morada del doctor Freud. Es el
Círculo de Viena, la fuerza magnética de la Ringstrasse,
el espejismo de los edificios gemelos que hoy albergan el Museo
de Ciencias Naturales y de Arte Histórico.
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En las calles peatonales que parten de Stephans- platz, en el
casco antiguo, los músicos siguen interpretando a sus clásicos
y las familias tradicionales se paran en una de las tantas pastelerías
a merendar, cuando no en el celebérrimo hotel Sacher cuyos
pasteles, del mismo nombre, hacen las delicias de los más
exigentes paladares.
Si algo no le falta a Viena son los museos, desde las numerosas
pinacotecas y casas de personajes célebres hasta exposiciones
de todo tipo. Y ahora Schiele, aquel joven destinado a ser la
eterna sombra de Klimt, su amigo y compañero del Jugendstil
(el Art Nouveau alemán), tiene su espacio propio en el
Museo Leopold, recién inaugurado en el nuevo Barrio de
los Museos (Museumsquartier). Y también el neonato museo
Ludwig, bajo la forma de un gran bloque negro que recuerda al
dadaísmo, se yergue hacia abajo, subterráneo, en
un viaje hacia las entrañas del arte. Se trata de un complejo
de salas de exposiciones con una arquitectura intencionalmente
vanguardista pero adaptada a las exigencias del conservadurismo
vienés.
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