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Camagüey, el laberinto
En esta provincia se encuentra el famoso archipiélago
formado por los cayos: Coco, que, en realidad, pertenece a la
vecina provincia de Ciego de Ávila, Romano, Guajaba y Sanibal.
La región está encuadrada en la segunda barrera
coralina más importante de Latinoamérica, la primera
está en Belice.
La ciudad de Camagüey, capital de la provincia, es de todas
las ciudades cubanas la más medieval en el trazado de sus
calles. Entre sinuosas y laberínticas, todas confluyen
en plazas y plazuelas. Esta complicada geografía urbana
se creó por temor a los piratas, se construyó un
verdadero laberinto en sus calles con salida a plazoletas propias
para emboscadas.
Sus casas, alejadas del estilo palaciego, tienen en su interior
un patio central en el que se plantan hierbas aromáticas
y donde se sitúan sus famosos tinajones, enormes tinajas
que se usaban para recoger el agua de la lluvia. La región
también comprende las provincias limítrofes de Ciego
de Ávila y Las Tunas.
La provincia de Ciego de Ávila posee costas pantanosas,
numerosos cayos y manglares, lo que constituye su principal atractivo
turístico. Entre sus puntos de interés destacan
el mencionado Cayo Coco, la Isla de Turiguanó y la laguna
de la Leche. Al sur se localiza el Laberinto de las Doce Leguas,
un pequeño archipiélago con numerosos cayos e innumerables
islotes. Estos no ofrecen servicios turísticos, excepto
el de Caguamas, pero se ha de contratar la excursión. Otras
poblaciones importantes son Florida y Guáimaro.
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Ubicada en el centro-este de la isla, la tercera ciudad de Cuba
resguarda el casco histórico más grande del país.
Son 316 manzanas con casas y edificios de los siglos XVII, XVIII
y XIX, callejuelas laberínticas, e “iglesias a torrentes”
al decir de Nicolás Guillén, el célebre poeta
camagüeyano. Y en la costa, la barrera de coral y las arenas
blancas de Santa Lucía.
Vista desde la azotea del edificio Lugareño –el más
alto del casco histórico de Camagüey–, la ciudad
parece un mar de techos rojos con tejas de barro donde sobresalen
los campanarios de las iglesias vetustas de la colonia, que proliferan
desproporcionadamente por cada rincón de la ciudad.
El siguiente rasgo que se distingue desde la altura es el singular
trazado urbano de las calles, quizás el más irregular
de toda América. En Camagüey, la caprichosa geometría
de calles forma, por ejemplo, triángulos casi perfectos
y bifurcaciones en senderos que mucho más adelante confluyen
en el mismo lugar. Las calles de adoquines gastados –que
rara vez corren en línea recta por un largo trecho–
vagan a la deriva por un curso sinuoso. El visitante está
condenado a deambular también sin rumbo, para encontrarse,
luego de varias horas e involuntariamente, en el mismo punto de
partida donde comenzó su paseo.
Pero el caos urbanístico tiene una lógica muy racional.
La antigua Santa María de Puerto Príncipe –una
de las siete villas fundadas por Diego Velázquez–
fue saqueada y vuelta a fundar varias veces como consecuencia
del ataque de piratas célebres como Henry Morgan, quien
devastó Camagüey en 1668. Por eso se copió
adrede la estructura laberíntica de la ciudad europea medieval
para desorientar así al invasor y conducirlo siempre a
los espacios abiertos de las plazas, donde se tendían las
emboscadas.
Este intrincado dédalo de calles inspiró a Nicolás
Guillén a escribir “Mis queridas calles camagüeyanas”,
las mismas que hoy son la perdición y el encanto de todo
viajero. En el centro de este laberinto –hay que buscarlo–
se encuentra el Callejón del Silencio, el más famoso
de los ‘60 que tiene Camagüey y el más angosto
del país: mide 1,40 metro de ancho.
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Camagüey fue fundada en 1514 y, a diferencia de las otras
villas coloniales de la isla, carece de un núcleo central
con una plaza mayor que aglutine a su alrededor a un cabildo,
la catedral, la aduana o los edificios administrativos. Por el
contrario, hay un total de veinte plazas, plazoletas y parques
desperdigados por la estructura multipolar de la ciudad vieja,
al igual que los otros edificios importantes de la colonia.
Si bien el casco colonial es mayor que el de La Habana Vieja,
no tiene la grandilocuencia de su similar habanero. El estilo
camagüeyano es más sobrio, sencillo y discreto, ya
se trate de las viviendas, las iglesias o los edificios de dos
plantas. En el casco antiguo hay 316 manzanas declaradas Monumento
Nacional, donde predominan las casas de familia, habitadas de
manera ininterrumpida desde los tiempos de la colonia. El más
antiguo conjunto de viviendas del siglo XVII –con retoques
mudéjares y pre-barrocos– está alrededor de
la Plaza de las Cinco Esquinas del Ángel. Pero fue en el
siglo XVIII cuando se desarrolló a pleno la arquitectura
colonial de las casas de Camagüey, con sus puertas flanqueadas
por medias pilastras, sus artísticas rejas de hierro forjado
y madera torneada, y los altos puntales en los techos. El rasgo
distintivo de la casa colonial es su patio central, fresco y poblado
de árboles, alrededor del cual se estructura toda la casa,
un poco al modo de una fortaleza. La hora de la siesta quizá
sea el mejor momento para deslizar la mirada tras los barrotes
de las enormes ventanas y husmear un poco en la intimidad de los
camagüeyanos. Allí se verán mecedoras de madera,
fotos del Che y de Fidel, pisos de mármol, un grupo de
amigos bailando al ritmo de los Van Van en un día de semana
o una pareja de viejitos emocionados hasta las lágrimas
con el final de una telenovela brasileña.
Camagüey es una ciudad de puertas y ventanas abiertas, como
toda Cuba. De las casas brota el aroma a tabaco de los tradicionales
habanos y una música a todo volumen que inunda las calles
desde las ventanas. Pero el sonido musical rivaliza un poco con
el de la efusividad del camagüeyano común –bullanguero
por derecho propio– que cuando ve a un amigo caminando a
media cuadra le grita desde la distancia: “Compadre, ¿cómo
está usté?”. Las mujeres también suelen
hablar a los gritos, de ventana a ventana, con la comadre de la
casa de enfrente.
Acceder a la casa de un desconocido en Camagüey es una tarea
bastante sencilla. Basta acercarse a paso tranquilo, intercambiar
una mirada que abra el diálogo y al rato la invitación
estará hecha. Antes de lo previsto, uno se encuentra sentado
en un frondoso patio interno rodeado de galerías, saboreando
un “rocío de gallo” (café con unas gotas
de ron). Y aquí aparece justamente otro símbolo
distintivo de la ciudad. En algunas plazas y sobre todo en los
patios descansan sobre el suelo los tinajones de barro cocido
donde, en tiempos coloniales, se almacenaba el agua de lluvia
que bajaba de los techos por unas canaletas. En Camagüey
siempre hubo problemas de agua; y eso explica la proliferación
de centenarios tinajones de hasta dos metros de altura y cuatro
de diámetro que hoy decoran incontables casas y lugares
públicos.
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En Cuba, los camagüeyanos tienen fama de cultos, galantes
y enamorados. Por la ciudad proliferan peñas literarias
de acceso libre donde mucha gente se reúne a recitar poesía.
Por su parte, en la Casa de la Trova –Cisneros 171–
se juntan los músicos locales de martes a domingo a tocar
son tradicional y boleros desde la tarde hasta altas horas de
la noche. Y muchos sábados se instalan en distintos puntos
de la ciudad una serie de altoparlantes. Con la música,
enseguida empieza el baile y “nos desbaratamos de ritmo”,
como dicen los cubanos.
Una interesante recorrida por la ciudad podría comenzar
por la Plaza San Juan de Dios, un amplio espacio abierto alrededor
del cual se levantan edificios de gran valor arquitectónico
como el viejo Hospital de San Juan, que data de 1728, ligado de
manera simbólica a Ignacio Agramonte, uno de los héroes
de la primera guerra de la independencia cubana. Fue justamente
en este hospital donde los españoles expusieron en público
en 1873 el cadáver de “El Mayor” antes de cremarlo
para que no quedaran rastros suyos sobre la tierra. El temido
Mayor General Agramonte fue héroe de 45 batallas a las
que iba al frente de una caballería de mambises (luchadores
por la independencia) que avanzaba a golpes de machete. Una placa
con la letra de la famosa canción de Silvio Rodríguez
en homenaje a El Mayor recuerda este suceso.
La otra figura emblemática de Camagüey es el poeta
Nicolás Guillén, cuya modesta casa natal guarda
objetos personales del escritor y hoy es una sede del Instituto
Superior de Arte (calle Hnos. Agüero 58).
Camagüey es de esencia multifacética; un lugar donde
lo más diverso se mezcla dando resultados sorprendentes.
Que un sector del barrio colonial se convierta por la noche en
una ruidosa discoteca callejera es una escena digna del realismo
mágico. Sepa también el viajero que por muchas razones
quien va a Cuba también va a España. Y a África,
con magia negra incluida. Por último, si un refinado cubano
se despide con un afrancesado “aurevoir” es porque nació
en Camagüey.
Cienfuegos
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Es la provincia más pequeña de Cuba, además
de ser la que cuenta con menos litoral. Es el tercer puerto en
importancia de Cuba y el primero como exportador de azúcar.
La fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles de
Jagua, erigida para defender la ciudad de los piratas, domina
la entrada de su bahía. Cuenta con un malecón de
2 km. que desemboca en la arteria principal de la ciudad, el paseo
del Prado, donde converge la Avenida de los Cienfuegueros. Allí
se pueden admirar bustos de los habitantes más ilustres,
el parque del teatro Luisa, las fachadas de colores y hermosos
soportales de columnas. Otro parque, el de José Martí,
concentra los más bellos ejemplos de la arquitectura de
la ciudad, con edificios del siglo XIX y principios del XX, considerados
Monumento Nacional.
Resulta ineludible conocer el teatro de estilo neoclásico
Tomás Ferry, el palacio Ferrer -desde cuyo mirador se tiene
una impresionante vista de la bahía de Jagua-, y Punta
Gorda, antiguo barrio aristocrático donde se pueden observar
elegantes mansiones conservadas en excelentes condiciones. Hay
que reservar tiempo para visitar el Jardín Botánico
de la Soledad , a 25 km. de Cienfuegos, donde se puede ver una
rica colección de especies tropicales, como la palmera
Real, originaria de la isla.
El apacible rumor de las palmas y cocoteros, la arena blanca y
fría que se escurre entre los dedos, el suave mareo de
un daiquiri bien frappé, el placer turquesa del mar...
Después de uno o dos días en las relajadas playas
del Caribe cubano, la mayoría de los viajeros quiere ampliar
los territorios de su estadía en esa isla casi mítica
para internarse en otros paisajes de su verde geografía
y conocer otros lugares de su intensa historia, cuya revolución
conmovió a América latina y al mundo.
Es la mayor de las Antillas, pero isla al fin, es pequeña
en relación con otros países continentales. Sin
embargo, las posibilidades de viajes y excursiones por las provincias
que la integran son variadísimas y todas se pueden realizar
desde las playas de Varadero, Holguín o cualquier otro
de los centros turísticos. Y por supuesto, también
desde La Habana, la capital y una de las dos ciudades, junto con
Cartagena de Indias, que atesoran los centros históricos
coloniales más bellos del Caribe.
Trinidad: un cofre de tesoros
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El conjunto urbano la ciudad de Trinidad, declarada Patrimonio
de la Humanidad por la UNESCO en 1988, constituye algo único
en América. Aunque existen algunas edificaciones más
sobresalientes por sus dimensiones y lujos, las casas que más
abundan tienen como característica la ancha fachada sin
portal y sin zaguán, con la sala espaciosa después
de la entrada principal.
Según fuentes bibliográficas consultadas en el Archivo
provincial de Historia de Sancti Spíritus -a 350 kilómetros
de La Habana- Trinidad, villa nacida hace 489 años y que
conserva su estilo de los siglos XVIII y XIX, atesora un interesante
conjunto urbano con elevada concentración y casi absoluto
predominio de edificaciones coloniales.
Aunque existen algunas más sobresalientes por sus dimensiones
y lujos, las casas que más abundan tienen como característica
la ancha fachada sin portal y sin zaguán, con la sala espaciosa
después de la entrada principal. Estas viviendas son además
poco profundas, con patio o huerta interior rodeado de habitaciones,
mientras la cocina y los servicios domésticos se encuentran
al fondo.
La no existencia de paredes medianeras entre sala y comedor, separados
nada más que por unos arcos simples, dan en cambio una
cierta imagen de grandeza, haciéndolas más claras
y ventiladas. Los techos en general de las moradas de la tercera
villa fundada por los españoles son de alfarjes sencillos,
salvo en las mansiones de los más ricos hacendados que
vivieron en la ciudad en el siglo XIX. Las ventanas resultan muy
llamativas al transeúnte, pues son muy altas y espaciosas,
sin llegar al piso, y tienen como regla un apoyo de aproximadamente
medio metro, que hoy los trinitarios utilizan como asientos.
Tienen las ventanas una personalidad propia porque se asoman a
la acera, lo cual permite a los vecinos estar al tanto de lo que
ocurre en la calle sin salir del hogar. Sus rejas, algunas de
hierro y otras de madera, están bien trabajadas y constituyen
por sí solas un detalle de elegancia, dondequiera que estén
instaladas.
Dentro del casco histórico de Trinidad se encuentra la
Plaza Mayor, que se distingue por su inigualable belleza, a la
cual se unen por sus cuatro lados construcciones que datan de
finales del siglo XVIII. Uno de estos es el Palacio Brunet, ubicado
en una de las esquinas de la plaza y que en la actualidad acoge
al Museo Romántico, uno de los más interesantes
en Cuba. Aunque la instalación sufrió algunos cambios
con el tiempo, conserva bastante intacto su aspecto original,
de 1808.
Si bien el proyecto de restauración concibe, en algunas
piezas y como recurso estético, la colocación de
falso techo, en otras los alfarjes alcanzan la escala de obra
de arte. Muy elaborados se observan los lazos de cierre de los
tirantes pareados, con piezas en forma de estrella, de donde penden
las lámparas. Otras de las construcciones que distinguen
el conjunto urbano trinitario es la Casa Padrón; su portal,
sobre columnas simples, sobresale en el contexto de la ciudad
trinitaria, donde si bien hay pocas casas porticadas, son aún
más raras las que poseen postes de mampostería.
Para muchos historiadores cubanos, es la Plazuela de Segarte el
alma y el punto de referencia con vistas a hablar de la ciudad
museo del Caribe, pues en ella se encuentran varias de las más
importantes y típicas casas de la Trinidad del siglo XVIII.
Los Tesoros de La Punta
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Galeones hundidos, expediciones frustradas y tesoros perdidos
han envuelto en halo místico la historia de la Bahía
de La Habana. Los misterios de las profundidades y los rumores
de buscadores de fortunas han levantado más de una conjetura
entre los interesados en el tema
Muchos enigmas quedaron revelados con la apertura del Museo de
San Salvador de La Punta, que prueba el valor de los grandes pecios
rescatados en la Bahía de La Habana, y descubre algunas
de las riquezas que permanecieron durante siglos en el fondo del
mar.
Como un vigía que domina la entrada del puerto habanero
se yergue el nuevo museo, otrora fortaleza ideada por el ingeniero
militar Giovanni Baptista Antonelli. Su construcción, finalizada
hacia 1630, reforzó las defensas, trincheras y cadena que
ponía límites al canal, insuficientes hasta entonces
por la ambición que despertaba La Habana en corsarios y
piratas.
Alejado de sus propósitos primigenios, el castillo vivió
en el siglo XX otras funciones no relacionadas con valores estratégicos.
Su deterioro hizo que la Oficina del Historiador de la Ciudad
le devolviera el esplendor de sus orígenes a una de las
fortificaciones declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
Expresión de todas las técnicas de restauración
y de las artes constructivas, el proyecto rehabilitador permitió
acceder al basamento original de rocas y transformar las derruidas
estructuras. El entorno de la actual edificación renace
con una plaza de adoquines antiguos, testimonio de sus pavimentos
originales.
Junto a ellos, las magníficas lozas de barro extraídas,
al pie del pescante del Morro, del naufragio del San Antonio,
constituyen una auténtica joya de la preservación.
Al castillo lo rodean ahora catorce láminas de bronce,
con los planos de cada una de las catorce fortalezas militares
que protegían el puerto de La Habana.
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Gracias a tratamientos especiales, los hallazgos de las excavaciones
subacuáticas que parecían pedazos de rocas cubiertas
por corales, areniscas y algas, han recobrado su apariencia original.
Varias de las piezas expuestas han sido rescatadas del fondo del
mar y conservadas por CARISUB, institución cubana que desde
1980 desarrolla en el territorio nacional las actividades de Arqueología
Subacuática.
Al finalizar este recorrido por el museo, que hoy describe con
exactitud el sistema defensivo de La Habana, aparecen las maquetas
navales que remedan embarcaciones de los siglos XV al XIX, mientras
la sala transitoria acoge los grabados y otras piezas que describen
la Toma de La Habana por los ingleses.
Así, con más de 400 años de historia, la
Real Fortaleza de San Salvador de La Punta une a su eterna misión
de centinela y protectora de la bahía habanera, la de guardiana
de un inestimable tesoro de los siglos, de las rocas y del mar.
Santiago de Cuba, la heroica
Antigua capital de la isla, Santiago de Cuba merece una detallada
visita que comienza en el parque Céspedes (antigua plaza
de armas) para deleitarse con la impresionante balconada de la
Casa Velázquez, la más antigua de América.
Este es el punto de partida idóneo iniciar un interesante
periplo que parte de la calle Heredia, auténtica columna
vertebral de la ciudad. En su entorno encontraremos muchos monumentos
y lugares imprescindibles como: la Casa de la Trova, los museos
de Ambiente Histórico Cubano y del Carnaval y la Casa del
Estudiante, entre otros.
El sistema defensivo de la ciudad concentra su máximo interés
en el castillo del Morro, con su museo de Piratería. Uno
de los lugares de reunión por excelencia de los santiagueros
es la calle Pico, en cuya base se abre el barrio de Tívoli,
corazón del carnaval. Quienes deseen profundizar en la
historia de Santiago deben acercarse a la plaza de la Revolución
y al cementerio de Santa Ifligenia (catalogado como Monumento
Nacional), con esculturas y mausoleos considerados una obra de
arte de la estatuaria, allí reposan los restos de José
Martí y José Antonio Maceo.
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En los alrededores de la ciudad se ubican dos lugares de ineludible
visita: el parque Baconao, declarado Reserva Natural de la Biosfera,
y el santuario de la patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad
del Cobre. Para deleitar la vista nada mejor que admirar el espectacular
paisaje de la sierra Maestra, con sus grandes plantaciones de
café.
Ya en la provincia de Holguín, llamada "tierra del
níquel", es una de las mayores reservas mundiales
de este metal, podemos acercarnos a su capital, ciudad con su
mismo nombre, y tener una hermosa vista del valle de Mayabe desde
su mirador. Entre los puntos destacados están el museo
Indocubano Baní, la playa Cuernalavaca, una de las más
hermosas de Cuba, y la bahía Naranjo. Los amantes de la
caza pueden acercarse al cayo Saetía, lugar que cuenta
con una abundante fauna.
La ciudad cabecera del municipio es Santiago de Cuba, una de las
siete villas fundadas por Diego de Velázquez en los primeros
momentos de la conquista y colonización, por España,
de la isla de Cuba.
Su primera actividad económica fue la búsqueda de
oro, que pronto se agotó. El descubrimiento de yacimientos
de cobre posibilitó la explotación de la primera
mina de ese mineral en Cuba, en la zona de El Cobre, cercana a
la ciudad, donde hoy se levanta el Santuario de la Virgen de la
Caridad del Cobre, patrona de Cuba, identificada (sincretizada)
con Ochún en las tradiciones afrocubanas.
Santiago de Cuba fue objeto de la codicia de piratas y corsarios
que con frecuencia la asaltaban, lo que provocó la construcción
de un sistema defensivo a partir de 1633. El Castillo del Morro,
hoy Museo de la Piratería, y las baterías de la
Socapa y la Estrella.
En el siglo XVIII, un grupo de colonos franceses que escaparon
de la sublevación de esclavos de Haití, introdujo
el cultivo del café en Cuba, que comenzó a sembrarse
en las montañas de la zona.
En 1878, cuando se definen las seis provincias que conformarían
el país, Santiago de Cuba pasa a ser la capital de la Provincia
de Oriente.
En 1976, con la última división política-administrativa,
el territorio oriental quedó conformado por 5 provincias.
Es el momento en que surge la provincia de Santiago de Cuba con
su actual demarcación y toma el nombre de su municipio
cabecera.
El municipio de Santiago de Cuba está formado por los siguientes
poblados: El Caney, El Cobre, El Cristo, Siboney, Boniato y Ramón
de la Yaguas que, junto a los 1 5 Consejos Populares urbanos,
constituyen las 21 estructuras de base que conforman el gobierno
Municipal.
Santiago de Cuba tiene una población cercana al medio millón
de habitantes, conformada por más de 470.000 habitantes
y una población flotante de 40.000 personas entre turistas
nacionales y extranjeros, personas en viajes de negocios, en tratamientos
en centros de salud, etc.
En Santiago de Cuba toda la identidad del Caribe se vive y disfruta
a plenitud. La hospitalidad y alegría de los santiagueros
es antológica, lo mismo que su música y bailes tradicionales.
Rodeada de montañas y asentada ella misma sobre elevaciones,
la ciudad tiene una apariencia única que la distingue entre
las demás. Una parte de la urbe, cercana al centro, preserva
sus casas coloniales que forman calles estrechas y hacia la periferia,
espléndidas avenidas, edificios altos y modernas zonas
residenciales se abren al desarrollo.
Es la ciudad más caribeña y oriental de Cuba, cuna
del bolero y el ron, rodeada de montañas y el mar azul.
Sensualidad, tambores y ritmo de semillas secas en una conga carnavalera
por las escalonadas calles coloniales de Santiago.
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La ciudad se asentó sobre un complejo terreno de colinas,
dando como resultado una serie de calles irregulares y escalonadas,
con pendientes muy pronunciadas. El punto culminante de estos
despeñaderos urbanos es la calle Padre Pico –el mirador
santiaguero por excelencia–, que es en realidad una larga
escalinata con viejas casas a los costados.
El centro histórico Santiago tomó de España
su arquitectura colonial con cierto acento morisco, que perdura
en los patios señoreados con azulejos de Sevilla. Por las
estrechas calles aún transitan carretas tiradas a caballo,
y en las casas se ven balcones con barandas de madera labrada
y grandes ventanales coloniales que son un muestrario de la herrería
cubana del siglo XIX, con su exuberante profusión de arabescos,
liras y claves de sol.
El Parque Céspedes, rodeado de antiguos edificios coloniales,
es el corazón de la ciudad vieja. A su lado se levanta
la catedral y enfrente reluce la impresionante balconada de la
casa del Adelantado Diego Velázquez, construida en 1516,
la más antigua de Latinoamérica. En el Parque nace
la calle Heredia, columna vertebral de la ciudad colonial. El
lugar más animado y tradicional de esta calle es la Casa
de la Trova. Allí se reúnen cubanos y extranjeros
a escuchar a veteranos trovadores al estilo Compay Segundo que
dan vida a boleros clásicos y sones como Lágrimas
Negras y Son de la Loma. Aquí no hay salsa ni amplificadores;
los soneros desfilan de manera más o menos espontánea,
todos los días desde las 10 de la mañana hasta la
madrugada. Los músicos se abrazan a sus contrabajos con
curvas de mulata, sacuden las maracas y puntean sobre las cuerdas
del agudo “tres”. El bolero es oriundo de Santiago,
y el ambiente originario de aquella época de oro se conserva
en este bar, decorado con cuadros y fotos de luminarias como Bola
de Nieve, el Trío Matamoros, Beny Moré, y el “renacido”
Compay Segundo.
Muchos atributos coronan a la ciudad de Santiago de Cuba como
la joya de la nación, no por gusto tiene un modo de identificarse
dentro y fuera de fronteras: Rebelde Ayer, Hospitalaria Hoy, Heroica
Siempre.
Para su fortuna el Mar Caribe también le aporta una peculiaridad
sin par: a su gente, a su clima y sobre todo a sus costas.
Sumergirse en ese mismo mar es descubrir lo insólito, tocar
lo inalcanzable, vivir la vida.
Pero bucear en las caribeñas aguas de Santiago de Cuba
tiene algo más; entraña también la seguridad
que siempre reclama el inmersionista.
En aras de preservar la confianza de aquellos que buscan la aventura
en esta zona del Caribe, cuatro prestigiosas instituciones de
Santiago de Cuba fusionaron talento y experiencia: el Instituto
Superior de Ciencias Médicas, el Hospital General Santiago,
el hospital militar Dr. Joaquín Castillo Duany y la Clínica
Internacional, perteneciente a la Compañía Turismo
y Salud del Grupo Cubanacan.
De conjunto, contribuyen a evaluar las posibilidades de los que
desean practicar el buceo, brindan atención especializada
en caso de accidentes durante la inmersión y contribuyen
a la perfección de los conocimientos que sobre medicina
subacuática se posean.
Todo ello para poner en mano de los amantes de las profundidades,
justo lo que más se busca bajo el mar: tranquilidad, seguridad,
disfrute.
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